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  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
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    Reseña: Cuando fuimos los mejores, de Aixa de la Cruz
    Cuando fuimos los mejores nos empapa de la vida de una adolescente bilbaína que deambula, errática y torpona, entre el mundo interior de su familia y las enormes posibilidades transgresoras de la vida en el instituto. Un mundo absolutamente cerrado –el de su familia-, regido por normas estrambóticas e impuestas por rutina, necesidad e instinto -no por reflexión ni inclinación hacia lo mejor-, y un mundo tremendamente abierto, el del instituto como una órbita y todo lo que se cobija bajo él: los bares, los primeros encuentros sexuales, las fiestas, las peleas, los saltos sobre todas las prohibiciones. El único punto de unión es una chica frágil que vive en los dos hasta las últimas consecuencias.

    Los acontecimientos son innumerables y la vida va subiendo a borbotones por las páginas, llameando, devorando, adueñándose de esta chica y de su entorno. Ella está en la novela como el ojo de una aguja, dejándose enhebrar constantemente, con la ingenuidad del inexperto, con la curiosidad del niño, con la torpeza del pajarito y con la monstruosidad todopoderosa del adolescente.

    Lo hermoso de esta novela es la sinceridad abrupta del retrato. El autor no pide favor para ninguna causa, no pretende que amemos los errares rockeros de la tía Nuria, ni quiere que juzguemos a la madre que no se comunica y admite los desmoronamientos todos de su familia con enajenación y locura. No se nos invita a perdonar los errores de Kattalin por lo que su comportamiento tiene de tierno, ni se nos pide que comprendamos sus desatinos por su situación familiar.

    Quizás acertó Pimentel más de lo que creía cuando dijo que la obra tiene “la belleza de la opera prima”. Su autora no ha salido al paso de nada, no ha escrito para darle un bofetón a lo esperado. Las escuelas, los dogmas, las falsas expectativas, la moralina se rehúyen solos en esta novela. No hay un intento de clavar una posición ideológica en el mundo, ni una aspiración a escribir la verdadera novela del aprendizaje del siglo XXI. Es pura de intenciones y por eso el relato avanza chapoteando en la mera alegría de ser.

    Se suceden en el relato los barbarismos típicos del realismos sucio: sexo, drogas, rock and roll, mucho barro. Gritos, incomprensión, barreras generacionales. Como un tifón rodea este batiburrillo a la protagonista, la envuelve, la atenaza. A veces, las cosas se desbordan tanto que ella se inmoviliza y comienza a tomar distancia. Otras veces, se refugia en la autocomplacencia de la desesperación típica de la adolescencia. Pero no podemos hablar de “realismo sucio”. Porque no hay una opción moral que se desdeña ni se hace del lodo bandera, de la marginación himno, de la incomprensión disculpa.

    No hay una opción. Por eso tampoco hay moralina fácil (que, incluso en el realismo sucio, por contraposición de los consensos, se da). Kattalin abre los ojos, confusa y sin brújula, ante miles de posibilidades. El camino que elige al final, la opción, no es tal. Es sólo un tímido paso hacia una construcción más definitiva de la personalidad. Es la sola comprensión de la adolescencia como un proceso en el que se halla inmersa. Ese es el único paso al frente. Válido por real y tembloroso.

    Todos los acontecimientos de catálogo de adolescente vienen tímidamente aderezados por pequeños indicios. La protagonista siente que quiere salvarse “de tanta oscuridad”, reconoce su propia autocompasión, atina a ver los impulsos que la llevan a ciertas rebeldías. Pero este proceso, como en la vida adolescente, se esconde bajito y terco, pasa como un hilo delgadísimo entre la maraña abundante y colorida de las noches, el alcohol y la omnipotencia. Pero está. Y con esas tímidas apariciones, al final de los trepidantes capítulos en que Katta se vuelca al exterior, se va nutriendo una ternura necesaria para la comprensión total del personaje.

    Lejos de quedarse en la estampa adolescente y urbana, la novela también ahonda en la vida de una familia absolutamente disfuncional. Una tía silenciosa y esotérica, otra liberada y ligera, una madre caótica, irresponsable e incomunicativa, tres críos diferentes y chocantes. Ellos acotan el mundo con su modo de estar en él. Son como quieren ser y, en medio del caos funcional y emocional en que viven, se soportan, se apoyan y se entienden. Este caos familiar nos hace pensar que hay desórdenes que funcionan y que albergan. En él, todos los seres de esta familia tienen derecho a una identidad, a un yo único, por más que se antoje estrafalario, insoportable o en los límites de lo legal. El caos urbano del instituto es el contrario. En él, los temblorosos y vacilantes egos de Katta y sus amigos tiemblan y vacilan cada vez más, pierden su energía en proponer una máscara que los haga fuertes e invulnerables. El caos los modela a ellos, que van dejándose llevar allá donde los letreros del bar, las canciones de moda, las transgresiones más al alcance, los obligan a ir. De ahí la contraposición de narradores, una tercera persona como una mano que empuja a Katta por toda la ciudad inexorablemente y una primera persona más íntima sin perder su voluntad objetiva para lo que ocurre en la casa.

    Cuando fuimos los mejores bucea en los entresijos. Busca en los huecos poco explorados de una incipiente conciencia. Busca en las posibilidades nunca contempladas de una familia caótica que, pese a todo, se mantiene unida. Busca en los secretos de las mochilas de los adolescentes. Rastrea las posibilidades ocultas. Va destapando toda esa realidad que solemos esconder debajo de la alfombra. Por cambiante, por compleja. A veces por incomprensible. Con el descaro y la belleza de la opera prima.

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