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  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
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    Sindicación
     
    Ideas sobre la novela, de José Ortega y Gasset
    Pío Baroja publicó en el periódico El Sol unas notas sobre la novela a las que Ortega y Gasset respondió con sus Ideas sobre la novela. Lo primero que me inquieta es su modernidad. ¿Valdrán hoy estas ideas? ¿Cuántas nociones superadas encontraremos al leer este libro? ¿Todas? No importa. Quizás casi un siglo de experiencias y publicaciones le habrán quitado la razón al Coquí Ortega. Podemos tomar el libro como una predicción del tarot y comprobarlo. No interesa saber qué porcentaje de los planteamientos de Ortega han sido adelantados por la derecha, sino más bien, la facilidad con que eso ha ocurrido si es que ha ocurrido. Quizás la modernidad de ciertos planteamientos teóricos radique más que en su capacidad para persistir como una lapa pegada a la historia, en su capacidad para desenvolver y revelar las cuestiones que siempre resultan espinosas.

    La novela se agota
    Con cierta lógica, dice Ortega que los géneros se agotan por no ser orbes infinitos de posibilidades. Por ser más bien canteras, vetas, minas. Y asume el agotamiento de la novela con una perspectiva práctica aunque, él mismo lo admite, carente de rigor matemático.

    ¿Se agota la novela? ¿Se agota el lenguaje? ¿Se agota la necesidad de expresión? ¿Se agotan las personalidades? Llevamos un siglo haciéndonos cruces ante el inevitable y próximo agotamiento de la novela. Y, sin embargo, surgen incansablemente nuevos desafíos, nuevas formas extrañas, palpitantes, temblorosas, desacertadas, de seguir adelante con el género. Supongo que todo buen escritor desea hacer algo nuevo. O contar algo que no estaba contado o contarlo de una forma en que no estaba contado para hacerlo nuevo. Así Clarice Lispector, así Philip Roth, así el controvertido Hernández Mallo, así los ensayovelas de Vila-Matas.

    Más que como una fruta enorme y estallante a punto de ofrecernos la última gota de su zumo, me imagino la novela como un árbol que va soltando frutos cada vez más dispares a medida que se alimenta de ese propio zumo (entre otros nutrientes). Imagino el lugar de la novela como un árbol interminable sobre cuyas ramas están sentados los escritores, cada vez más alejados, cada vez más diferentes, todos con una difusa pose de fruta en su actitud.
    “Cada obra, más perfecta que la anterior, anula a ésta y a todas las de su nivel. […] En el arte el triunfo es cruel, y al conseguirlo una obra, aniquila automáticamente legiones de obras que antes gozaban de estimación.”

    Pienso en la primera, lejanísima rueda y pienso, a continuación, en vehículos aún no inventados, surcando rasantes cualquier pista. Los pienso deslizándose sin ruedas, apoyándose en la primera, lejanísima y ruda, noción de la rueda. ¿Fue la primera novela como la primera rueda? ¿Cuántas cosas en absoluto parecidas a la rueda nacieron de la rueda?

    Autopsia
    Ortega defiende el género novelístico como “presentativo”. La novela no debe referir, debe presentar, no debe definir, debe mostrar. La novela es una presentación de vida. Una mostración, una Darstellung. Hay una diferencia absolutamente perceptible entre “había un bosque azotado por el viento” y “las hojas de los árboles se movían inquietas”. La constatación de que la novela es un género autóptico puede parecernos ahora gratuita y facilona.

    Sin embargo, este carácter es la esencia misma del arte. Podemos saber“Gustav von Aschenbach padecía una depresión típica en la madurez” de formas muy diversas. Un análisis del paciente, de sus síntomas y de sus historias clínicas puede brindarnos un diagnóstico científico. Un ensayo sobre la personalidad del sujeto en cuestión y sobre la conjunción de una serie de circunstancias y la conversión de este tipo de apariciones en un sistema puede brindarnos un microcosmos preñado de filosofía. Tocar a un sujeto von Aschenbach con el guante de nuestra experiencia puede hacernos saber lo que padece. Leer Muerte en Venecia es lo más parecido al conocimiento artístico que se puede alcanzar sobre esa frase.

    ¿Seguimos queriendo ese tipo de experiencia, estética y vital cuando leemos novelas? ¿Sigue habiendo caracteres, circunstancias, actitudes que son cognoscibles de esta forma o son las novelas inventarios del pasado? Saber el carácter presentativo de la novela, del arte y conocer el número casi infinito de lo ya producido no significa cerrar la mina, significa que hay que excavar cada vez más metros bajo tierra. No conformarse, es cierto, con las migajas de oro de un nivel ya esquilmado. Bajar todavía más, hundirse y encontrar… más oro. O quizás plomo, piedras, azufre, humanos.

    Morosidad de la novela
    Que se deduce de lo anterior. La novela es algo que sucede en el tiempo. Aunque existen intentos de ordenar otro tiempo para las novelas, de abolir la simple línea cronológica a favor de la sincronicidad, del sintiempo, de la colmena temporal, como experiencia de lectura, la novela es un hilo que se extiende por el tiempo. Obviamente, si narramos todo lo narrable en dos párrafos, no tenemos novela. La morosidad es esencial en la novela, contar sin contarlo todo, añadir sin añadirlo todo, hacer saber al lector que todavía permanece ignorante. Nos gusta ver pasar a los personajes, verlos afanarse en la cocina, temblar de manos y tirar torpemente un par de copas al suelo. El tiempo no es un lastre que le pese a la novela, sin el cual habría podido alcanzar los cielos más perfectos. El tiempo es un elemento más de la novela-globo, es un aire que la envuelve. La novela puede dejarse mecer por el aire caprichoso de la atmósfera o puede idear anclajes, retos, mecanismos para abolirlo, para hacerle frente, para aprovecharlo en contra de sí mismo.

    La verdadera novela no condena al tiempo, no lo maldice, no lo desdeña. Lo transforma.

    Pensar en estas Ideas sobre la novela de Ortega es lo más parecido a tomarse un cóctel con él. Discutir, poner ejemplos, negar la mayor, pedir otra copa, reírse, negar con la cabeza, pensar que se está a punto de vencer en la dialéctica, estar a punto de perder, caer en la cuenta de que las verdaderas discusiones, las que interesan, las que iluminan son las que nunca llegan a término, las que van dejando por el camino, hitos de cansancio, callejas sin salida, problemas esquinados. No creo que exista una teoría de la novela. A lo más, pienso, se puede ir con ingenuidad de niño viejo, tal como hace Vila-Matas, “hacia una teoría de la novela”. Poniendo a prueba lo pensado con lo escrito. Con paso blando y timidez pajarera.

    (PD. El libro da para más notas, para más diálogos, para más debates interminables mojados en aceitunas. Pero a veces nos cierran los bares y las ideas no expresadas se nos agolpan en los hombros, al acecho. Dejémoslas que vayan tejiendo su nido en nosotros, que vayan horadándonos con su insistencia la oreja, el pensamiento. Estas notas seguirán, por lo tanto, cuando venga el viento que las torne reales. Ya se hablará, por lo tanto, de lo que sabía la rana Ortega ayer de los best sellers de hoy.)

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