Blogs.ya.com Quitar publicidad
Espacio sobre Literatura
Enlaces en ventana nueva
Acerca de
Gnosce te ipsum
Contacta
espaciosobreliteratura@gmail.com
Busca en este Sitio

Busca en el DRAE

Leyendo
  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Alain y yo I
    1
    En casa de mi abuela hay un retrato de Alain Robbe-Grillet pintado por un artista de Santiago de la época en que, si creemos las genealógicas pantomimas de mi abuela, la mitad honrosa y pétrea de la ciudad pertenecía a nuestra familia. Yo estaba acostumbrada a jugar solitaria junto a él al Monopoly, vendiéndome y comprándome calles y canales en un Madrid franquista y sin connotaciones; también releía El zoo de Pitus, único libro infantil en el panteón compostelano de mi abuela, bajo la intimidante indiferencia del perfil de Robbe-Grillet. Era fácil percibir cierta censura surgiendo de aquella forma de no mirar, de aquel empeño reductor, no sé si buscado por el artista, que mantenía al retratado en una actitud absolutamente plana y pobre, en la que la postura era dominada por el marco y la expresión estaba totalmente enterrada bajo el peso de las toscas pinceladas.

    En aquel retrato, Robbe-Grillet fumaba en una pipa que por bidimensional y tosca no hacía pensar jamás en las pipas de verdad ni tampoco en las representaciones de las pipas. La pipa de Robbe-Grillet era más bien un intento de pipa y el perfil del escritor detrás de aquella mancha marrón, como colocado en hilera, era también un intento. Se podría decir, no sé si para defender el cuadro o para denostarlo todavía más, que se trataba de un atisbo cavernícola y pueblerino de lo que Manet había conseguido años antes: dejar que la pintura se representase a sí misma mientras fingía representar otra cosa. Sin embargo, para mi infancia lega en crítica artística y crecida en las prohibiciones de la solariega casa familiar, había en aquella fallida tentativa una indiferencia cargada de reproche. Incapaz de mirarme a los ojos, condenado a su estrecho espacio, Robbe-Grillet se concentraba en la mancha de su pipa y en la cara interna de un marco de madera oscuro y hacía caer sobre mí, probablemente porque la unión de su inexpresividad con la cargada patencia de la pintura producía un efecto inquietante y contradictorio, una desaprobación muda hacia mis movimientos y escalas de niña sana.

    La crítica oculta de Robbe-Grillet se unía armoniosamente a todas las reprobaciones que flotaban en el ambiente de la casa. Ya digo que había aprendido a hacerme un hueco de felicidad con los dos únicos elementos aptos para niños que había en la casa; sabía moverme en silencio entre la calle José Antonio y la enfermedad de Pitus; me concentraba, excesiva, en el tablero manoseado para no llamar la atención o me tumbaba discretamente en la alfombra, detrás de la obligada mesa camilla de Galicia, para pasar inadvertida. Pero sabía, siempre sabía, que en su eterno viaje en pos de su pipa, un tal Alain Robbe-Grillet me vigilaba y se esforzaba por adelgazarse contra el lienzo para hacer como que no me veía.

    |
    No