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  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Alain y yo V
    5
    Al regresar a España quise visitar el retrato y confrontarlo con los recuerdos de Tenerife y las fotos que había estado buscando por Internet del escritor francés. Podría haber querido leer todas sus novelas, adentrarme en las inquietudes del hombre, buscar, precisamente, todo lo que no se ve en las fotografías ni en los cuadros adustos de pintores torpes. Pero lo que me interesaba era la envoltura, la gracia de la piel, el desajuste de la mirada delicada y sutilmente pérfida con la dureza acartonada y burda en torno a los ojos. Cuando leí la placa sobre el marco, A. Robbe-Grillet. Santiago, 1964, no me sorprendí demasiado. Había crecido a cuestas con aquel nombre apelotonado, cuando aún no significaba nada, o cuando todo lo que significaba era lo que yo decidía sobre él: algún código de exportación, la matrícula de un barco pesquero, el nombre de un puerto lejano o un código abstracto que tapara la vergüenza de un “sin título”. Había decidido, tiempo atrás, que monsieur Lesenfants de Tenerife era el mismo del retrato. Por eso, a mi corazón intuitivo no le costó demasiado reconocer que, en efecto, se trataba de la misma persona. Cartesianamente, sí estuve dándole vueltas al asunto. Por poco sutil, la coincidencia se me antojaba increíble y todas las leyes de causa-efecto aprendidas con los años querían enterrar aquella certeza de niña pequeña que aún se empecinaba en abrirse paso.

    Le pregunté a mi abuela, 86 años sobre las piernas espesas, la nostalgia por el Santiago perdido y mucha jerga gallega, quién era el hombre del retrato. “Cousas do tío Moncho”, me dijo. Su hermano Moncho, dueño de la mitad de la cadena de droguerías más famosas de toda la provincia de La Coruña –y, si creemos a mi abuela, de toda Latinoamérica-, había sido pintor en su juventud. Había tenido un pequeño taller en la ruela de san Clemente mientras sus padres se buscaban en Brasil y se peleaban para no hacerse cargo de la custodia de sus hijos. Una vez pasada la juventud, la bohemia autorizada por la ausencia de los padres y el ansia de cambiar el mundo pintando, se había dedicado a asuntos más prácticos. Los cuadros que había pintado –y que, a lo que se ve, no había conseguido vender jamás- decoraban ahora todas las casas en que sus hermanos se obstinaban en envejecer rodeados aún de esa cierta pátina de poder que creían merecer por ser una de las familias más antiguas de Santiago.

    No conseguí hablar con “el tío Moncho” (mi tío abuelo, en todo caso), porque las rencillas familiares y sus peleas latifundistas no lo consentían. Lo más que conseguí arrancar de mi abuela fueron amargas alusiones a la facilidad con que él dejaba entrar a casa a cualquier extranjero y la dedicación absolutamente improductiva (en términos monetarios, por supuesto) con que retrataba a cualquier hombre cuya cara le pareciera curiosa o extravagante. Estuve mucho tiempo imaginando a mi tío Moncho (un ser borroso con un delantal blanco) buscando modelos por la plaza del Obradoiro. Ideaba un posible encuentro con Robbe-Grillet, los intuía intentando comunicarse: mi tío abalanzando sus manos pintureras sobre la barba del francés, el escritor retrocediendo hacia las masas, mi tío argumentando en gallego, Robbe-Grillet mirando hacia los cielos buscando compasión, mi tío con un cuaderno y aspavientos, el escritor resignado en un taburete rodeado de esos geranios que tanto cuidó mi madre y que siguen adornando la casa de san Clemente que un día –cuanto más lejano y eludido en las conversaciones familiares, mejor- fue el estudio de mi tío Moncho, el pintor de celebridades que no conocía.

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    No