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  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Alain y yo y VI
    y 6
    Quisimos enviarle el retrato, pero fue imposible convencer a la pétrea abuela de que lo dejase marchar. Pensamos, entonces, en hacerle fotografías y mandárselas. O escribirle, simplemente, contándole la historia. Pero nos dimos cuenta de que todas estas muestras sólo pretendían hacer más patente lo que ya era obvio, la mágica coincidencia, el vaivén entre Francia, las islas y Galicia, que se aderezaba con unas pocas frases. No tenía sentido querer darle con la realidad en las narices a Robbe-Grillet, si era la realidad la que se estampaba, orgullosa y casi inasible, contra nosotras. Queríamos decirle, hemos unidos todas las piezas de este tablero mágico y luego preguntarle, ¿a que es mágico? para que él contestase, sí es mágico y todos asintiésemos con la cabeza, cada uno desde su confín particular, como si hubiésemos desentrañado un misterio.

    El misterio, sin embargo, seguía sin desentrañar. El misterio (o lo que llamamos misterio) no era más que la realidad. Envolvente, danzarina, ilógica si es vista desde las gafas de apaciguar humanos, graciosa, recurrente, dilatada en el tiempo para no asustarnos… Esa realidad, cotidianamente tan fácil de asir y deshilvanar, es el misterio. Así que decidimos dejar el retrato en casa de mi abuela. Más allá de unos cuantos rituales carnavalescos que pretendían homenajear nuestra historia secreta y que, por vergüenza no voy a detallar aquí, aprendimos a incorporarlo a las rutinas gallegas. El beso al abuelo, hojear el periódico, no contestar jamás el teléfono tremendamente ajeno de la casa, oír, sonreír, contar algún trocito de vida, ver, preguntar por algún otro trocito de vida y callar. Y, escapando de algún silencio levemente incómodo, o de camino a la cocina para poner orden entre los platos sucios, o simplemente mientras alguien hablaba sobre cualquier cosa, levantar casi imperceptiblemente los ojos, encontrarnos con los de Alain de perfil (en realidad, averiguarlos, transportarlos desde Tenerife y el pasado), sonreírnos en secreto, olvidar el miedo o la tensa vigilancia de otras veces.

    Esa realidad, la realidad, es el misterio. Cuando volvimos a Caen, Alain Robbe-Grillet ya había muerto y todos los obituarios, todos los teóricos de la literatura, todos los detractores agazapados, esperaban que pasase el tiempo justo para poder salir de sus cuevas con sus paquetitos de verdades, teorías, mentiras y rencores. Fuimos a ver la tumba, por supuesto, más por cariño que por curiosidad. Nos había costado mucho encontrar strelitzias en Caen. Cuando por fin dimos con una tienda que podía conseguirlas, tuvimos que esperar dos días porque tenían que traerlas desde otra ciudad más lejana y más cálida.

    Ante la tumba de Robbe-Grillet, mi hermana y yo miramos el ramo inmenso de esas flores que abajo se llaman aves del paraíso, dejamos junto a ellas las dos que traíamos y nos fuimos con esa realidad, el misterio, todavía flotando entre nosotras.

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