Pequeños pensamientos en el motor de un autobús
1
Ayer iba yo, timpánica y vieja como una catedral románica, sentada en uno de todos los autobuses de los que me subo y bajo en Madrid a lo largo del día. En torno al autobús pueden suceder cosas muy curiosas: esta semana me he sentado cuatro días seguidos al lado de un señor que, curiosamente, se sube y se baja donde yo misma me subo y me bajo. Ambos escuchamos música y ambos leemos… el mismo libro. Los dos sabemos que nos ocupamos en lo mismo los mismos minutos al día. Como dos estudiantes formalones, nos aplicamos en nuestra lectura sin mirar al otro más que con un levísimo reojo imperceptible para todos los demás. No necesitamos decirnos nada y por supuesto, no lo vamos a hacer. Pasamos la página y luego, pasamos la página. Pienso que me resulta reconfortante verme convertida en un hombre de cuarenta años con pulsera de cuero y calma infinita.
No suelo darle mucha importancia a estas casualidades simpáticas que andan hermanando lectores por las ciudades. Ayer, sin embargo, yo ya había terminado mi libro y había decidido empezar otro que no tenía nada que ver con el anterior. Para hacernos una idea, de una lectura a otra mediaba la distancia que puede haber entre un libro como El poder del ahora de Eckhart Tolle, best seller del New York Times destinado a hacer la vida de los súbditos de la pereza mental aún más fácil y otro como La derrota del pensamiento de Alain Finkielkraut, una embestida verbal digna del siglo de las Luces sobre el empeño en bautizar como cultura todas aquellas manifestaciones que para este hombre con nombre de col alemana no lo son pero que para Umberto Eco sí.
Pues bien, ni bien había yo empezado a ahuecar las páginas de mi nueva lectura cuando yo misma, convertida en un dulce hombre de cuarenta años con pulsera de cuero y calma infinita, me siento a mi lado, abro mi cartera laboral y saco de ella, para ahuecarle las páginas con ansia y cariño… el mismo libro distante. Achacosa como un gato de la calle, pensé en que no me vendría mal, para enfrentarme ilesa al día, ser de verdad él, con su calma, su cuero y su aparente salud imperturbable. Pero tanto no consigue la literatura.
Ahora me da miedo saber si yo leo lo que lee él o es él quien lee lo que yo leo. No quiero pensar en quién de los dos decidirá nuestra próxima lectura y me maldigo (o le maldigo a él) por haber escogido un libro tan corto. ¿Me veré obligada por su culpa a volver a caer en Paul Auster? ¿O conseguiré que él lea también los poemas de Harold Pinter? ¿No deberíamos hablar, establecer un consenso, hacer un pacto de do ut des para que yo no tenga que leer más bellesteres y él no se vea obligado, si no quiere, a buscar el sentido de su/mi/nuestra vida en los libros de Viktor Frankl?
2
En el dificultoso e intempestivo regreso a casa, fui a dar con mis huesos al lado de otro lector. Manoseaba, más que leía, un libro de Kafka (no recuerdo cuál). Y digo manoseaba más que leía porque en cuanto posé mis intelectualizadas posaderas al lado de las suyas y saqué mi librito, se lanzó a la andanada interrogativa. ¿Qué tal está? Es que me lo recomendó una amiga. ¿Es de filosofía? ¿No será más bien de autoayuda? Pero, ¿está bien? Yo, ahora, estoy leyendo… Y otra serie de exabruptos más sobre su íntima vida lectora que, francamente, no me interesan. Detesto a esa gente que piensa que hablar de literatura es como hablar sobre el tiempo y enarbolan el tema allá por donde van y ametrallan con preguntas incesantes, banales y facilonas sobre las lecturas del de al lado. Son auténticos violadores de la intimidad literaria. Miran el escote empalabrado de lo que leo y, en vez de imaginarse el resto, se lanzan a manosear con sus preguntas insustanciales lo que hay debajo. Sinceramente, yo los echaría del autobús por intentar meterme mano.
Yo echaría a estos ligones de cartoné barato de los autobuses, de los cócteles, de los trenes, de las oficinas. ¿Qué autores te gustan? ¿Cuál es tu poeta favorito? ¿Qué estás leyendo ahora? Señores: eso no se pregunta. Como decía un fraile amigo mío: hablemos de sexo y dejemos la literatura para la intimidad. ¿Por qué habría de ser más fácil hablar de literatura que de sexo con un desconocido? ¿Por qué habría yo de sentirme tentada a compartir con un extraño las jamás reveladas sensaciones que me producen los poemas de E. Bishop, la escabrosidad de Bukowski o la bárbara repetitividad de Javier Marías? Señores, hablen de sexo y luego, hablen de sexo. Pero no me toquen las literaturas y no me las toquen.
Mi mamá me enseñó a no hablar de literatura con desconocidos. Ahora sí, viendo que los literatos de autobús piensan que es agradable para una dama, renqueante y laboral, sí, pero dama al fin y al cabo, verse supuestamente cortejada en sus inquietudes culturales, pienso en si sería conveniente darle la vuelta a la tortilla, hacerles ver que resulta tan obsceno que se dirijan a mí con los pensamientos que les brotan de su redonda y mullida cabecita, ¿te gusta Alberti?, que con los impulsos que les nacen del cerebro insistente y alargado de más abajo, ¿te quieres tomar una copa conmigo?
Sí, les diré a partir de ahora, me encantan los microrrelatos, porque son como un buen polvo rápido pero profundo en un ascensor de oficina. Me encanta Thomas Bernhard, amigo, porque es un egoísta que sólo atiende a su propio placer. Sin embargo, lo más sigue siendo follarse a un ruso. Claro, a un Tolstoi o a un Dostoievski. Un ruso apasionado y de largo alcance, señor, no como esos europeos del sur como Javier Marías o Italo Calvino que van de recoveco en recoveco haciendo acrobacias y alharacas para acabar echándote siempre un aburrido polvo estrictamente idéntico al del día anterior. A ver si así se callan, hombre.
3
En torno al autobús pueden suceder cosas muy curiosas, sí. Ayer, tras una hermosa velada en la azotea del Círculo de Bellas Artes a la que acudí en autobús, renqueante, sí, pero digna como un Napoleón que no perdiera ninguna batalla, fui haciendo el camino de regreso hacia la siguiente parada de autobús, renqueante y lenta, buscando la luz de los faroles para ir leyendo mi recién adquirido Ellis Island.
Ya se había hablado de literatura en el cóctel (entre amigos, por supuesto), ya se había lanzado la propuesta de elaborar unas “instrucciones para leer a Zweig” al estilo Montano, ya nos habíamos besado y despedido y yo caminaba, sorteando oscuridades, al ritmo del enrevesamiento de Perec: “docks desmoronados, fábricas donde, desde hace mucho tiempo, no se fabrica más nada, cocheras abandonadas, depósitos olvidados invadidos por la hierba mala”.
En la calle de los madrazo o en alguna otra peligrosamente similar, me tropecé con el humeante colchón de un clochard murmurante. “Cuidadito, lectora”, me dijo, “no te he invitado a mi casa”. Alcé la vista sorprendida y me topé con sus barbas y su alcohol. (“No se trata de apiadarse, sino de comprender”.) Le pedí perdón, hice un gesto de disculpa con despiste, blandí mi libro como excusa, sonreí e hice un esfuerzo por comprender sin apiadarme. El burbujeante clochard burbujea “isle of hope, isle of tears”. Y pronuncia con un curioso acento. (“No tiene sentido querer hacer hablar a esas imágenes, forzarlas a decir aquello que no sabrían decir.”)
Me paro a pensar cuál sería su Ellis island en este Madrid tan lleno de autobuses mágicos o malditos. “¿Perdona?”, le digo. “Ellis island, no te he invitado a mi casa”. Le pido perdón otra vez, lo pienso entre pasillos y burocracias, lo pienso entre el frío y los cartones, lo pienso con bolígrafos, lo pienso en ascensores, en otros países, en verano, entre las uvas… “Pero si quieres te invito, Ellis island”, me dice. Yo quiero decirle que llevo prisa, que siempre tengo mi pequeño paquete de miedos y reticencias en el interior, que me quiero ir y me quiero ir. Pero no me muevo. “Ellis, ellis island, ¿me tienes miedo?” y yo quiero decirle que en parte sí lo tengo y en parte se trata de comprender. “Me tienes miedo un poco” sigue burbujeando y lanzando un brazo por encima de su cuerpo mal acostado, como una bandera vieja. “Come on lee un poco, Ellis island”. Y entonces, le leo
lo que yo, Georges Perec, he venido a preguntarme aquí
es la errancia, la dispersión, la diáspora.
Ellis Island es para mí el lugar mismo del exilio,
es decir,
el lugar de la ausencia de lugar, el no-lugar,
el ninguna parte.
es en este sentido que las imágenes
me conciernen, me fascinan, me implican,
como si la búsqueda de mi identidad
pasara por la apropiación de este lugar-depósito
donde funcionarios fatigados bautizaban
americanos a granel.
lo que para mí se encuentra aquí
no son referencias, raíces o huellas,
sino lo contrario: algo informe,
en el límite de lo decible,
algo que puedo llamar cierre,
o escisión, o corte,
y yo, Georges Perec o Ellis island,
o Cristina siempre a bordo de autobuses,
como tú quieras,
voy a perder el autobús
y salgo corriendo y corro porque esta vez sí, voy a perder el autobús, y tengo un poco de susto, el último autobús. Y lo voy a perder. Y el clochard grita “¡gracias Ellis, gracias Ellis island. Qué amable, señorita Ellis island. Viva la burocracia!” Todo con un duro acento a país pasado por el alcohol.
Me acuesto, timpánica y renqueante, un poquito empapada por el alcohol.
Señorita Ellis island. No habla de literatura en los autobuses. Hágase saber.
|
Ayer iba yo, timpánica y vieja como una catedral románica, sentada en uno de todos los autobuses de los que me subo y bajo en Madrid a lo largo del día. En torno al autobús pueden suceder cosas muy curiosas: esta semana me he sentado cuatro días seguidos al lado de un señor que, curiosamente, se sube y se baja donde yo misma me subo y me bajo. Ambos escuchamos música y ambos leemos… el mismo libro. Los dos sabemos que nos ocupamos en lo mismo los mismos minutos al día. Como dos estudiantes formalones, nos aplicamos en nuestra lectura sin mirar al otro más que con un levísimo reojo imperceptible para todos los demás. No necesitamos decirnos nada y por supuesto, no lo vamos a hacer. Pasamos la página y luego, pasamos la página. Pienso que me resulta reconfortante verme convertida en un hombre de cuarenta años con pulsera de cuero y calma infinita.
No suelo darle mucha importancia a estas casualidades simpáticas que andan hermanando lectores por las ciudades. Ayer, sin embargo, yo ya había terminado mi libro y había decidido empezar otro que no tenía nada que ver con el anterior. Para hacernos una idea, de una lectura a otra mediaba la distancia que puede haber entre un libro como El poder del ahora de Eckhart Tolle, best seller del New York Times destinado a hacer la vida de los súbditos de la pereza mental aún más fácil y otro como La derrota del pensamiento de Alain Finkielkraut, una embestida verbal digna del siglo de las Luces sobre el empeño en bautizar como cultura todas aquellas manifestaciones que para este hombre con nombre de col alemana no lo son pero que para Umberto Eco sí.
Pues bien, ni bien había yo empezado a ahuecar las páginas de mi nueva lectura cuando yo misma, convertida en un dulce hombre de cuarenta años con pulsera de cuero y calma infinita, me siento a mi lado, abro mi cartera laboral y saco de ella, para ahuecarle las páginas con ansia y cariño… el mismo libro distante. Achacosa como un gato de la calle, pensé en que no me vendría mal, para enfrentarme ilesa al día, ser de verdad él, con su calma, su cuero y su aparente salud imperturbable. Pero tanto no consigue la literatura.
Ahora me da miedo saber si yo leo lo que lee él o es él quien lee lo que yo leo. No quiero pensar en quién de los dos decidirá nuestra próxima lectura y me maldigo (o le maldigo a él) por haber escogido un libro tan corto. ¿Me veré obligada por su culpa a volver a caer en Paul Auster? ¿O conseguiré que él lea también los poemas de Harold Pinter? ¿No deberíamos hablar, establecer un consenso, hacer un pacto de do ut des para que yo no tenga que leer más bellesteres y él no se vea obligado, si no quiere, a buscar el sentido de su/mi/nuestra vida en los libros de Viktor Frankl?
2
En el dificultoso e intempestivo regreso a casa, fui a dar con mis huesos al lado de otro lector. Manoseaba, más que leía, un libro de Kafka (no recuerdo cuál). Y digo manoseaba más que leía porque en cuanto posé mis intelectualizadas posaderas al lado de las suyas y saqué mi librito, se lanzó a la andanada interrogativa. ¿Qué tal está? Es que me lo recomendó una amiga. ¿Es de filosofía? ¿No será más bien de autoayuda? Pero, ¿está bien? Yo, ahora, estoy leyendo… Y otra serie de exabruptos más sobre su íntima vida lectora que, francamente, no me interesan. Detesto a esa gente que piensa que hablar de literatura es como hablar sobre el tiempo y enarbolan el tema allá por donde van y ametrallan con preguntas incesantes, banales y facilonas sobre las lecturas del de al lado. Son auténticos violadores de la intimidad literaria. Miran el escote empalabrado de lo que leo y, en vez de imaginarse el resto, se lanzan a manosear con sus preguntas insustanciales lo que hay debajo. Sinceramente, yo los echaría del autobús por intentar meterme mano.
Yo echaría a estos ligones de cartoné barato de los autobuses, de los cócteles, de los trenes, de las oficinas. ¿Qué autores te gustan? ¿Cuál es tu poeta favorito? ¿Qué estás leyendo ahora? Señores: eso no se pregunta. Como decía un fraile amigo mío: hablemos de sexo y dejemos la literatura para la intimidad. ¿Por qué habría de ser más fácil hablar de literatura que de sexo con un desconocido? ¿Por qué habría yo de sentirme tentada a compartir con un extraño las jamás reveladas sensaciones que me producen los poemas de E. Bishop, la escabrosidad de Bukowski o la bárbara repetitividad de Javier Marías? Señores, hablen de sexo y luego, hablen de sexo. Pero no me toquen las literaturas y no me las toquen.
Mi mamá me enseñó a no hablar de literatura con desconocidos. Ahora sí, viendo que los literatos de autobús piensan que es agradable para una dama, renqueante y laboral, sí, pero dama al fin y al cabo, verse supuestamente cortejada en sus inquietudes culturales, pienso en si sería conveniente darle la vuelta a la tortilla, hacerles ver que resulta tan obsceno que se dirijan a mí con los pensamientos que les brotan de su redonda y mullida cabecita, ¿te gusta Alberti?, que con los impulsos que les nacen del cerebro insistente y alargado de más abajo, ¿te quieres tomar una copa conmigo?
Sí, les diré a partir de ahora, me encantan los microrrelatos, porque son como un buen polvo rápido pero profundo en un ascensor de oficina. Me encanta Thomas Bernhard, amigo, porque es un egoísta que sólo atiende a su propio placer. Sin embargo, lo más sigue siendo follarse a un ruso. Claro, a un Tolstoi o a un Dostoievski. Un ruso apasionado y de largo alcance, señor, no como esos europeos del sur como Javier Marías o Italo Calvino que van de recoveco en recoveco haciendo acrobacias y alharacas para acabar echándote siempre un aburrido polvo estrictamente idéntico al del día anterior. A ver si así se callan, hombre.
3
En torno al autobús pueden suceder cosas muy curiosas, sí. Ayer, tras una hermosa velada en la azotea del Círculo de Bellas Artes a la que acudí en autobús, renqueante, sí, pero digna como un Napoleón que no perdiera ninguna batalla, fui haciendo el camino de regreso hacia la siguiente parada de autobús, renqueante y lenta, buscando la luz de los faroles para ir leyendo mi recién adquirido Ellis Island.
Ya se había hablado de literatura en el cóctel (entre amigos, por supuesto), ya se había lanzado la propuesta de elaborar unas “instrucciones para leer a Zweig” al estilo Montano, ya nos habíamos besado y despedido y yo caminaba, sorteando oscuridades, al ritmo del enrevesamiento de Perec: “docks desmoronados, fábricas donde, desde hace mucho tiempo, no se fabrica más nada, cocheras abandonadas, depósitos olvidados invadidos por la hierba mala”.
En la calle de los madrazo o en alguna otra peligrosamente similar, me tropecé con el humeante colchón de un clochard murmurante. “Cuidadito, lectora”, me dijo, “no te he invitado a mi casa”. Alcé la vista sorprendida y me topé con sus barbas y su alcohol. (“No se trata de apiadarse, sino de comprender”.) Le pedí perdón, hice un gesto de disculpa con despiste, blandí mi libro como excusa, sonreí e hice un esfuerzo por comprender sin apiadarme. El burbujeante clochard burbujea “isle of hope, isle of tears”. Y pronuncia con un curioso acento. (“No tiene sentido querer hacer hablar a esas imágenes, forzarlas a decir aquello que no sabrían decir.”)
Me paro a pensar cuál sería su Ellis island en este Madrid tan lleno de autobuses mágicos o malditos. “¿Perdona?”, le digo. “Ellis island, no te he invitado a mi casa”. Le pido perdón otra vez, lo pienso entre pasillos y burocracias, lo pienso entre el frío y los cartones, lo pienso con bolígrafos, lo pienso en ascensores, en otros países, en verano, entre las uvas… “Pero si quieres te invito, Ellis island”, me dice. Yo quiero decirle que llevo prisa, que siempre tengo mi pequeño paquete de miedos y reticencias en el interior, que me quiero ir y me quiero ir. Pero no me muevo. “Ellis, ellis island, ¿me tienes miedo?” y yo quiero decirle que en parte sí lo tengo y en parte se trata de comprender. “Me tienes miedo un poco” sigue burbujeando y lanzando un brazo por encima de su cuerpo mal acostado, como una bandera vieja. “Come on lee un poco, Ellis island”. Y entonces, le leo
lo que yo, Georges Perec, he venido a preguntarme aquí
es la errancia, la dispersión, la diáspora.
Ellis Island es para mí el lugar mismo del exilio,
es decir,
el lugar de la ausencia de lugar, el no-lugar,
el ninguna parte.
es en este sentido que las imágenes
me conciernen, me fascinan, me implican,
como si la búsqueda de mi identidad
pasara por la apropiación de este lugar-depósito
donde funcionarios fatigados bautizaban
americanos a granel.
lo que para mí se encuentra aquí
no son referencias, raíces o huellas,
sino lo contrario: algo informe,
en el límite de lo decible,
algo que puedo llamar cierre,
o escisión, o corte,
y yo, Georges Perec o Ellis island,
o Cristina siempre a bordo de autobuses,
como tú quieras,
voy a perder el autobús
y salgo corriendo y corro porque esta vez sí, voy a perder el autobús, y tengo un poco de susto, el último autobús. Y lo voy a perder. Y el clochard grita “¡gracias Ellis, gracias Ellis island. Qué amable, señorita Ellis island. Viva la burocracia!” Todo con un duro acento a país pasado por el alcohol.
Me acuesto, timpánica y renqueante, un poquito empapada por el alcohol.
Señorita Ellis island. No habla de literatura en los autobuses. Hágase saber.
|
Etiquetas: ellis-island-soy-yo





