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Leyendo
  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Las que viajamos leyendo
    Me acaba de llegar a las manos un libro de Vila-Matitas llamado Desde la ciudad nerviosa. En la cubierta, sesuda, se entristece Hedy Lamarr por no ser Merle Oberon, así como yo me entristezco por no ser la corbata de Mourinho; es decir, con discreción. Abierto por la página adecuada, es decir, al azar, me topo con un articulito simpático-anecdótico sobre las que viajamos leyendo. En él, detalla nuestro Espíritu Santo del Demonio, las cabriolas y curiosidades a que nos sometemos los envenenados en letras por averiguar lo que leen los demás. El vicio inconfesable más confesado entre lectores.

    Leyendo lo que escribí el otro día, me decía mi amiga Fournier que no debería yo indignarme contra los intelectualoides chismosos de autobús si yo misma hacía mis indagaciones sobre las lecturas de los demás. La diferencia estriba, argumentaba yo, en que yo –atención- maniobro con sutileza y callo a la perfección. Es decir, soy, en mis quejas, achaques, anhelos y curiosidades, discreta. Y también, en el buen y en el mal sentido de la palabra, egoísta. Me encanta averiguar qué leen los demás. Pero más como reto que como curiosidad. No me interesan ellos. Nada de aquel hombre que, escondido tras la mochila, el tupperware, la botella de agua y las ojeras, lee un para sí lejano banquete de Platón en griego. En absoluto quiero saber nada de las motivaciones y coincidencias que han llevado a la adolescente ruborosa, faldita y confusa a sobar lentamente las páginas de un libro del divino Kawabata al lado de un más que descarado carnehambriento que levanta, carpintero, entre sus manos, las vigas del tejado de Salinger. Me gusta la albricia de las portadas multicolores en los autobuses. Aquí un viejito con su sobre de exámenes médicos aprobados por los pelos se deleita con las Odas elementales de Neruda y aquí, pero de vuelta, un joven hijo de cualquier escuela marginal revolotea entre las letras de Bob Dylan. Sin embargo, ellos, los lectores, no me interesan. Por discreta, no deben interesarme. Por egoísta, no me interesan.

    Me interesa mucho más lo que yo pienso de ellos. Yo los veo apretar obsesivamente el botón de parada con la mano olvidada, los veo adelantarse tres semáforos al momento álgido de la apertura de puertas; los veo guardar pulcramente el libro en la zona habilitada para el uso de su respectiva bolsa laboral o estudiantil; los veo lanzar miradas inquietantes al periódico gratuito del de enfrente; los veo empujar ladinamente con los codos al de al lado; los veo rezongar de desconcentración ante la impúdica y agotadora cháchara de esa diosa de la fecundidad e hija del grito que jamás leerá una línea si tiene quien la escuche; los veo apurar los pasos, calculados, hacia la que sea su oficina y, francamente, no me interesan. Si siempre he sido pacata, casi morne en mis necesidades materiales de autobús, la fantasía y el pensamiento en el transporte público se me dan más bien à la grandeur allemande. ¡Qué vida aventurera le asigné a aquel hombre que, durante cuatro largos meses, no hizo más que pasear las obras completas de R.L. Stevenson! ¡Cómo empuñaba los labios secos y ya desvaídos la doméstica lectora del pijama a rayas sobre la boca sorprendida del filósofo guapo y barato que siempre subrayaba los tomazos de Isaiah Berlin! ¡Cómo diagnostiqué depresión post-parto y maternidad soltera a aquella chica que sudaba sobre las líneas de la segunda meditación metafísica! Hice una magna obra de albañilería y alicatado para dividir en dos el cuarto de baño de esa otra pareja cuarentona, rubia ella, gafitas tiernas él, que con las manos entrelazadas entre página y página, se esmeran en el periódico ella y en dan brown él con diferentes ritmos y distinta atención.

    Los títulos de los libros que leen son la primera línea de una novela fantástica que va creciendo en mi cabeza y cobrando, las más de las veces, unas dimensiones disparatadas que, sin embargo o por eso, harían mucho más felices, potentes y simpáticos (o todo lo contrario), es decir, en definitiva, más vivos, a sus dueños.

    Concluye Vila-Matas (cuyo artículo, me temo, he vampirizado de manera caótica), felicitándose por la feliz idea de haber escogido para leer, no la novela aburrida, encuadernada y de salón, sino la apabullante, multiforme y sorprendente de “la calle”.

    Yo concluyo, agotada, cuando se abren las puertas del autobús, dejo pasar la infame riada de estos lectores de trayecto –de cuyas vidas he sido dueña durante veinte minutos- y regreso a lo que queda de mí (triste jirón de mí) tras el esfuerzo.

    ¿No escribes?, me increpa S. de M. cuando regreso a casa. Escribo, claro. Hoy ,tres novelas a la ida y cuatro a la vuelta. Y dos de mis personajes me han frito los tobillos a patadas.

    (Y aún quedan entre los vicios confesables de esta lectora, la historia de amor con el librero incauto y el estropicio de las lecturas ajenas en el metro... quizás próximamente en el patio gris.)

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    No