La literatura como problema
Parece que entre los lectores hay una caja de truenos que suele estar convenientemente cerrada pero que, cuando es abierta por un incauto, desata las pasiones y hiere todo tipo de sensibilidades. Se inicie como se inicie el debate en torno a la lectura: ¿leemos en el transporte?, ¿nos gusta hablar de libros con cualquiera?, ¿qué es bueno y qué es malo literariamente hablando?, ¿hay lectores de primera y lectores de segunda?, ¿y libros de primera y de segunda?, en seguida aparecen las ampollas. Claro ejemplo de cómo el debate se suscita, se escora, se enciende y cobra unas dimensiones jamás previstas ni por unos ni por otros, aquí.
El otro día, decía yo que no me gusta hablar de lo que leo con cualquiera. Yo iba en el autobús leyendo el bellester El poder del ahora y un lector de Kafka desató sobre mí un millón de preguntas sobre mis afanes como lectora. Y, ciertamente, me molestó. Decía que no me gusta la gente que habla de literatura como quien habla del tiempo. Quizás me excedí por inconcreta. Lo que yo quería decir es que no me gusta que la gente hable conmigo de literatura como quien habla del tiempo. Y con “como quien habla del tiempo”, me refiero a sostener una conversación banal sobre cualquier asunto para llenar un silencio. Pido público perdón a todos los meteorólogos y, en especial, a Mario Picazo, por usar este símil. Me molesta de igual manera que mi vecino raro me pregunte en el ascensor si estoy escuchando a Schubert, a los Manic Street Preachers, a Emilio Cao o a Eros Ramazzotti. En general, he de confesar que me molesta que me hablen con el mero fin de rellenar un silencio.
Quizás, simplemente, me molesta que la gente necesite rellenar los silencios. Culpa o gracia de mis dos grandes maestros en el arte del silencio, calderoniano el uno, de ojos alephianos el otro. Pero sé hablar del tiempo para rellenar un silencio que incomoda a otro. Sé hablar de la política de andar por la calle en un taxi. No me importa exhibir mi absoluto desconocimiento de la botánica en el trabajo si es necesario. Pero me cuesta muchísimo más dar respuestas sencillas, concretas y asumibles sobre cuestiones vitales. No me gusta que me las hagan y no me gusta responderlas si todo lo contenido en esa conversación es una mera excusa para no sostener, en cambio, un agradable silencio. Quizás debería hacerme una camiseta que rezase: “no hablo de cuestiones vitales con desconocidos; a saber, literatura, mis problemas, la música, el fútbol, las raíces, dios y el miedo”. O que dijese: “hablemos del tiempo, del trabajo, de los alquileres”. O bien: “no se rellenan silencios ajenos.” Sólo quería decir eso y sólo quería decirlo.
Sin embargo, parece que eso molesta. No me molesta que moleste. Pero a veces se hacen inferencias que, espero, no laten en mi discurso. Traigo aquí una serie de comentarios extraídos de Cuchitril Literario en este post.
Javi R. dice que no es mejor que esa señora que lee en el metro, ni un lector de mejor intelecto. Tampoco yo he dicho eso. Ni siquiera he dicho, ni querido decir, que me molestase hablar con la gente que va conmigo en el autobús porque me crea mejor que ellos, mejor lectora, mejor persona, más alta, más guapa, mejor jugadora de badminton, mejor cocinera, mejor bebedora de cerveza, mejor esclava del capitalismo. Ni siquiera creo haber establecido esa dicotomía que anda suelta por ahí, de cuya existencia no hay ninguna certeza científica y que, sin embargo, parece que duele, entre lectores de bellesteres y lectores de literatura. A mí me parece estupendo que cada quien compre lo que le dé la gana, lea lo que le dé la gana, defienda su derecho a no leer, e, incluso, defienda su derecho a hablar de libros como quien habla del tiempo o de hacer calceta (mis disculpas para los apasionados de la calcetería). Es más, a nadie debería importarle si a mí me parece estupendo o no, puesto que yo no soy ningún órgano sancionador sobre la bondad de las costumbres y las morales ni una patria postestas cuya aprobación deban buscar. Simplemente digo, irónica y sarcásticamente digo, que yo no soy la interlocutora que ellos buscan si quieren hablar de libros (de Frankl, de Alberti, de Dan Brown, de Danielle Steel o de Wittgenstein) para matar el tiempo.
El último peatón, por su parte, dice:
Está claro que pensamos cosas distintas. Para él, hablar de literatura es lo mismo que hablar del tiempo, de fútbol, de sexo o de jardinería. Para mí no es lo mismo. Sí es lo mismo hablar de sexo que de jardinería, e incluso es lo mismo hablar de literatura que de fútbol. Pero no es lo mismo hablar de sexo y de jardinería que hablar de literatura y de fútbol. No sé si por tópicas trascendencias o por pedanterías. Creo que es más bien porque estos temas me atraen, me arrastran y me interesan mucho más que el sexo como tema, la jardinería como tema o el tiempo como tema. Sin embargo, cuando digo que a mí “me interesan mucho más” no estoy diciendo que crea –firmemente crea- que esta actitud deba ser elevada a categoría universal. No soy tan falazmente kantiana.
También dice que nosotros ambos both no podríamos hablar de literatura porque a él le gustan Paul Auster y Javier Marías y, sin en cambio, no le gustan los microrrelatos. Es decir, porque tiene una opinión diferente de la mía. ¿De verdad se deduce de lo que yo he escrito que conmigo sólo se puede hablar de los libros y los autores que a mí me gustan y que a mí no me gustan sí y solo sí el otro participante en la conversación tiene los mismos gustos y disgustos literarios que yo? No creo. A mí me gusta Kafka y, sin embargo, no me gustó la actitud del lector de Kafka ante mis lecturas. No me gustan las novelas de Houellebecq y, sin embargo, puedo hablar cien horas seguidas (si hay cerveza de por medio) con Fournier sobre sus novelas. E incluso escribirle una carta al autor. Sindudamente, me encanta hablar de libros. Pero en el momento y el lugar apropiados y si los libros son el fin (objeto o motivo) de la conversación y no el medio (cosa que puede servir para un determinado fin: ligar, rellenar silencios).
La discusión sobre los “pobres lectores de bestsellers” es otra. Y no podré jamás entrar en ella partiendo de esa premisa porque nunca he pensado en un lector de bellesters como alguien “infeliz, desdichado y triste”. Au contraire, messieurs. Eso sí, no me pregunten en el autobús por este tema.
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El otro día, decía yo que no me gusta hablar de lo que leo con cualquiera. Yo iba en el autobús leyendo el bellester El poder del ahora y un lector de Kafka desató sobre mí un millón de preguntas sobre mis afanes como lectora. Y, ciertamente, me molestó. Decía que no me gusta la gente que habla de literatura como quien habla del tiempo. Quizás me excedí por inconcreta. Lo que yo quería decir es que no me gusta que la gente hable conmigo de literatura como quien habla del tiempo. Y con “como quien habla del tiempo”, me refiero a sostener una conversación banal sobre cualquier asunto para llenar un silencio. Pido público perdón a todos los meteorólogos y, en especial, a Mario Picazo, por usar este símil. Me molesta de igual manera que mi vecino raro me pregunte en el ascensor si estoy escuchando a Schubert, a los Manic Street Preachers, a Emilio Cao o a Eros Ramazzotti. En general, he de confesar que me molesta que me hablen con el mero fin de rellenar un silencio.
Quizás, simplemente, me molesta que la gente necesite rellenar los silencios. Culpa o gracia de mis dos grandes maestros en el arte del silencio, calderoniano el uno, de ojos alephianos el otro. Pero sé hablar del tiempo para rellenar un silencio que incomoda a otro. Sé hablar de la política de andar por la calle en un taxi. No me importa exhibir mi absoluto desconocimiento de la botánica en el trabajo si es necesario. Pero me cuesta muchísimo más dar respuestas sencillas, concretas y asumibles sobre cuestiones vitales. No me gusta que me las hagan y no me gusta responderlas si todo lo contenido en esa conversación es una mera excusa para no sostener, en cambio, un agradable silencio. Quizás debería hacerme una camiseta que rezase: “no hablo de cuestiones vitales con desconocidos; a saber, literatura, mis problemas, la música, el fútbol, las raíces, dios y el miedo”. O que dijese: “hablemos del tiempo, del trabajo, de los alquileres”. O bien: “no se rellenan silencios ajenos.” Sólo quería decir eso y sólo quería decirlo.
Sin embargo, parece que eso molesta. No me molesta que moleste. Pero a veces se hacen inferencias que, espero, no laten en mi discurso. Traigo aquí una serie de comentarios extraídos de Cuchitril Literario en este post.
“A mi no me incomodia que una señora me cuente en el metro lo que lee. No sy mejor que ella ni un lector de mejor intelecto por haber leído alguna cosilla, no demsaiadas, más que ella. Y me encanta poder hablar del código que también he leído, y contarla que literariamente no aporta nada pero que estuve entretenido tres dias antes de pasar a otro tipo de lectura.
Dile a Cristina que baje del pedestal, que se refocile con nosotros, pobres lectores de bestsellers”
Javi R. dice que no es mejor que esa señora que lee en el metro, ni un lector de mejor intelecto. Tampoco yo he dicho eso. Ni siquiera he dicho, ni querido decir, que me molestase hablar con la gente que va conmigo en el autobús porque me crea mejor que ellos, mejor lectora, mejor persona, más alta, más guapa, mejor jugadora de badminton, mejor cocinera, mejor bebedora de cerveza, mejor esclava del capitalismo. Ni siquiera creo haber establecido esa dicotomía que anda suelta por ahí, de cuya existencia no hay ninguna certeza científica y que, sin embargo, parece que duele, entre lectores de bellesteres y lectores de literatura. A mí me parece estupendo que cada quien compre lo que le dé la gana, lea lo que le dé la gana, defienda su derecho a no leer, e, incluso, defienda su derecho a hablar de libros como quien habla del tiempo o de hacer calceta (mis disculpas para los apasionados de la calcetería). Es más, a nadie debería importarle si a mí me parece estupendo o no, puesto que yo no soy ningún órgano sancionador sobre la bondad de las costumbres y las morales ni una patria postestas cuya aprobación deban buscar. Simplemente digo, irónica y sarcásticamente digo, que yo no soy la interlocutora que ellos buscan si quieren hablar de libros (de Frankl, de Alberti, de Dan Brown, de Danielle Steel o de Wittgenstein) para matar el tiempo.
El último peatón, por su parte, dice:
“Pues yo creo sinceramente que hablar de literatura es igual que hablar del tiempo, de fútbol, de sexo o de jardinería. No veo por qué ha de ser distinto (salvo por tópicas trascendencias o pedanterías de las que prefiero mantenerme al margen).
Leyendo el texto de Cristina, ya sé que difícilmente podría hablar con ella de este asunto, ya que a mí sí me gustan (y mucho, vive Dios) Paul Auster y Javier Marías, y además el microrrelato es un género que me intersa poco o casi nada. Quizá sea apropiado para la formación o los concursos, pero jamás leería un libro compuesto íntegramente por microrrelatos.”
Está claro que pensamos cosas distintas. Para él, hablar de literatura es lo mismo que hablar del tiempo, de fútbol, de sexo o de jardinería. Para mí no es lo mismo. Sí es lo mismo hablar de sexo que de jardinería, e incluso es lo mismo hablar de literatura que de fútbol. Pero no es lo mismo hablar de sexo y de jardinería que hablar de literatura y de fútbol. No sé si por tópicas trascendencias o por pedanterías. Creo que es más bien porque estos temas me atraen, me arrastran y me interesan mucho más que el sexo como tema, la jardinería como tema o el tiempo como tema. Sin embargo, cuando digo que a mí “me interesan mucho más” no estoy diciendo que crea –firmemente crea- que esta actitud deba ser elevada a categoría universal. No soy tan falazmente kantiana.
También dice que nosotros ambos both no podríamos hablar de literatura porque a él le gustan Paul Auster y Javier Marías y, sin en cambio, no le gustan los microrrelatos. Es decir, porque tiene una opinión diferente de la mía. ¿De verdad se deduce de lo que yo he escrito que conmigo sólo se puede hablar de los libros y los autores que a mí me gustan y que a mí no me gustan sí y solo sí el otro participante en la conversación tiene los mismos gustos y disgustos literarios que yo? No creo. A mí me gusta Kafka y, sin embargo, no me gustó la actitud del lector de Kafka ante mis lecturas. No me gustan las novelas de Houellebecq y, sin embargo, puedo hablar cien horas seguidas (si hay cerveza de por medio) con Fournier sobre sus novelas. E incluso escribirle una carta al autor. Sindudamente, me encanta hablar de libros. Pero en el momento y el lugar apropiados y si los libros son el fin (objeto o motivo) de la conversación y no el medio (cosa que puede servir para un determinado fin: ligar, rellenar silencios).
La discusión sobre los “pobres lectores de bestsellers” es otra. Y no podré jamás entrar en ella partiendo de esa premisa porque nunca he pensado en un lector de bellesters como alguien “infeliz, desdichado y triste”. Au contraire, messieurs. Eso sí, no me pregunten en el autobús por este tema.
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