Añoranzas y recuerdos varios
Ve pasar a esas niñas vestidas de adolescentes, a adolescentes vestidas de mayores, y piensa que hay un tiempo para cada cosa. Las oye hablar, intenta escucharlas pero todas las palabras están tan vacías... tanto.... Piensa que por qué esas niñas ya no sueñan con ser princesas, o magas, como ella hacía, ahora sueñan con tener esa magnífica minifalda y el top a juego, sueñan con qué chaval caerá en sus redes de maquillaje y pintalabios. Son artificiales, antinaturales incluso.
Y así, pensando, intentando averiguar los porqués de esas niñas, recuerda su tiempo en el colegio. No vestía como eses proyectos de adolescentes. Adoraba su sudadera negra del pato Lucas, comprada en el San Froilán, y los pantalones flojos con bolsillos. Se recuerda así, es la ropa que más usaba, eso y su eterno traje de Wu-Shu, de casaca china y pantalones, todo negro con el escudo en blanco. Recuerda que tampoco hablaba de esas cosas. Hablaba de lo que había hecho en el fin de semana, de sus perros, de la serie que había visto la tarde pasada.
Y entonces vuelven a aflorar los buenos recuerdos, los que son realmente válidos, los que ha querido guardar en una cajita a salvo del mundo. Había una niña pequeña, al cuidado de las monjas. Su padre la maltrataba y su madre era prostituta. ¿Cómo se llamaba esa niña...? ¿Cómo demonios...? Ah, eso, Iris. Qué nombre tan lindo, pensaba. Jugaba todos los recreos de su último año en el colegio con ella. Y con ese chico, Fernando, un niño encantador, muy simpático, que cogía en los hombros a la pequeña Iris y echaba a correr, jugando al pillado de esa extraña manera. Iris reía a carcajada limpia mientras rebotaba en sus hombros. Después ella la cogía, cargaba sus pocos kilos a la espalda y corría también, con Iris agarrada a su pelo. Decía que olía bien, a melocotón. Y Fernando reía. Qué tontería, la pequeña Iris decidió llamarlos papá y mamá, porque ella, con su lógica aplastante, decía que una monja no podía ser su mamá, y el señor al que veía algún fin de semana no la quería, le hacía daño, así que no era su papá.
Era todo inocencia pese a todo lo que había tenido que soportar en sus cortos años de vida. Su hermana, un poco mayor, ya no sonreía. Se había marchitado, estaba desengañada de todo. pero veía a Iris reír, y sus ojos se iluminaban. La recuerda sentada siempre en la base de la canasta de baloncesto del patio. Jamás se movía de allí. No jugaba en el recreo, nadie se sentaba con ella a mirar como los demás jugaban. Eran tan parecidas y a la vez diferentes...
¿Qué habrá sido de ellas? A veces ve a Fernando, de camino a casa, y hablan de muchas cosas. Pero ninguno mencionó nunca a esa "hijita". Quizá esté ya en el instituto al que todos sus compañeros de colegio van, quien sabe. Aún así, no podría reconocerla cuando la viera. Seguro que ya ha perdido esa ternura, seguro que no recuerda nada de sus juegos. O quizá sí...
Si las niñas fueran así, si no se esforzaran por crecer a destiempo como esas que decían "Sexo" para salir en una foto...
Pero ya no son así. No sueñan, son materialistas porque se lo inculcan, superficiales.... ¿Qué harán cuando crezcan? No lo sabe, ni quiere saberlo en realidad.
Cree que son la generación perdida, algo así como niñas robot, hecha para pensar en su próximo ligue, para vivir sin cuestionar la sociedad o su papel en ella. Pequeñas conformistas en potencia. Y son el futuro del mundo... menos mal que siempre habrá alguna Iris.

Y así, pensando, intentando averiguar los porqués de esas niñas, recuerda su tiempo en el colegio. No vestía como eses proyectos de adolescentes. Adoraba su sudadera negra del pato Lucas, comprada en el San Froilán, y los pantalones flojos con bolsillos. Se recuerda así, es la ropa que más usaba, eso y su eterno traje de Wu-Shu, de casaca china y pantalones, todo negro con el escudo en blanco. Recuerda que tampoco hablaba de esas cosas. Hablaba de lo que había hecho en el fin de semana, de sus perros, de la serie que había visto la tarde pasada.
Y entonces vuelven a aflorar los buenos recuerdos, los que son realmente válidos, los que ha querido guardar en una cajita a salvo del mundo. Había una niña pequeña, al cuidado de las monjas. Su padre la maltrataba y su madre era prostituta. ¿Cómo se llamaba esa niña...? ¿Cómo demonios...? Ah, eso, Iris. Qué nombre tan lindo, pensaba. Jugaba todos los recreos de su último año en el colegio con ella. Y con ese chico, Fernando, un niño encantador, muy simpático, que cogía en los hombros a la pequeña Iris y echaba a correr, jugando al pillado de esa extraña manera. Iris reía a carcajada limpia mientras rebotaba en sus hombros. Después ella la cogía, cargaba sus pocos kilos a la espalda y corría también, con Iris agarrada a su pelo. Decía que olía bien, a melocotón. Y Fernando reía. Qué tontería, la pequeña Iris decidió llamarlos papá y mamá, porque ella, con su lógica aplastante, decía que una monja no podía ser su mamá, y el señor al que veía algún fin de semana no la quería, le hacía daño, así que no era su papá.
Era todo inocencia pese a todo lo que había tenido que soportar en sus cortos años de vida. Su hermana, un poco mayor, ya no sonreía. Se había marchitado, estaba desengañada de todo. pero veía a Iris reír, y sus ojos se iluminaban. La recuerda sentada siempre en la base de la canasta de baloncesto del patio. Jamás se movía de allí. No jugaba en el recreo, nadie se sentaba con ella a mirar como los demás jugaban. Eran tan parecidas y a la vez diferentes...
¿Qué habrá sido de ellas? A veces ve a Fernando, de camino a casa, y hablan de muchas cosas. Pero ninguno mencionó nunca a esa "hijita". Quizá esté ya en el instituto al que todos sus compañeros de colegio van, quien sabe. Aún así, no podría reconocerla cuando la viera. Seguro que ya ha perdido esa ternura, seguro que no recuerda nada de sus juegos. O quizá sí...
Si las niñas fueran así, si no se esforzaran por crecer a destiempo como esas que decían "Sexo" para salir en una foto...
Pero ya no son así. No sueñan, son materialistas porque se lo inculcan, superficiales.... ¿Qué harán cuando crezcan? No lo sabe, ni quiere saberlo en realidad.
Cree que son la generación perdida, algo así como niñas robot, hecha para pensar en su próximo ligue, para vivir sin cuestionar la sociedad o su papel en ella. Pequeñas conformistas en potencia. Y son el futuro del mundo... menos mal que siempre habrá alguna Iris.
Simplezas
Empieza a sentirse viva de nuevo, sin tener realmente una razón, pensando que cada detalle da un poco de coherencia al hecho de estar aquí, hasta donde ha llegado con ayuda y también por su propio pie, dando rodeos innecesarios ahora que ve su vida de otra manera. Qué tontería parece sabiendo lo joven que es, qué pensarán ahora aquellos que no comprendan su forma de pensar, su manera de ver la vida, pero le trae sin cuidado porque sabe mejor que ellos de qué están hechos los sueños, de qué puede prescindir para vivir, sabe por qué piensa lo que piensa y ellos no, así nada le importa.
Ha visto que el pasado es el pasado, y no volverá a él aunque algunos intenten obligarla. Las cartas le dan la razón, y ella lo sabe. Encuentra apoyo y opiniones contrarias, pero es su vida, si quieren opinar que lo hagan sobre su propia forma de ver el mundo, la suya no les importa en absoluto, ella es un aparte, no pueden manejarla, no hará caso a sus críticas.
Hay mentes y mentes. Algunas, piensa recordando una conversación, son simples como cajas de zapatos. Ven la vida en linea recta, no se detienen a pensar en cada cosa. Todo les da igual mientras tengan su rutina, sus estupideces diarias y sus batallas que contar. Otras se entretienen demasiado en buscar una razón, mil razones, a un hecho aleatorio, se pierden en los detalles y no encuentran un objetivo. Las menos aprecian cada cosa en su justa medida, lo valoran todo y aprenden lo que pueden. Otros ven la vida pasar desde su cómodo asiento, moviéndose lo menos posible y dejando que los demás lo hagan todo por ellos. Pero no pueden vivir por ellos. Cada uno debería vivir su vida y dejar la de los demás en un aparte. Influyendo unos en los otros, claro que sí. Ayudándose, apoyándose, pero nunca cambiando el destino de alguien o dejando que los otros cambien el nuestro.
Porque lo único que todos poseemos en realidad, enteramente, es la vida. Y algunos dejan que otros la dirijan. No tienen nada. Ni siquiera su alma puede considerarse propia, pero ellos no lo ven así. Creen que esa es la manera natural de ver la vida, sin preocuparse por nada, sin buscar un sentido a algo.
No saben que lo importante de la pregunta no es la respuesta, sino el hecho de hacerse esa pregunta, como lo importante del camino no es el final, sino el propio camino.
No se dan cuenta que cortan sus alas.

Ha visto que el pasado es el pasado, y no volverá a él aunque algunos intenten obligarla. Las cartas le dan la razón, y ella lo sabe. Encuentra apoyo y opiniones contrarias, pero es su vida, si quieren opinar que lo hagan sobre su propia forma de ver el mundo, la suya no les importa en absoluto, ella es un aparte, no pueden manejarla, no hará caso a sus críticas.
Hay mentes y mentes. Algunas, piensa recordando una conversación, son simples como cajas de zapatos. Ven la vida en linea recta, no se detienen a pensar en cada cosa. Todo les da igual mientras tengan su rutina, sus estupideces diarias y sus batallas que contar. Otras se entretienen demasiado en buscar una razón, mil razones, a un hecho aleatorio, se pierden en los detalles y no encuentran un objetivo. Las menos aprecian cada cosa en su justa medida, lo valoran todo y aprenden lo que pueden. Otros ven la vida pasar desde su cómodo asiento, moviéndose lo menos posible y dejando que los demás lo hagan todo por ellos. Pero no pueden vivir por ellos. Cada uno debería vivir su vida y dejar la de los demás en un aparte. Influyendo unos en los otros, claro que sí. Ayudándose, apoyándose, pero nunca cambiando el destino de alguien o dejando que los otros cambien el nuestro.
Porque lo único que todos poseemos en realidad, enteramente, es la vida. Y algunos dejan que otros la dirijan. No tienen nada. Ni siquiera su alma puede considerarse propia, pero ellos no lo ven así. Creen que esa es la manera natural de ver la vida, sin preocuparse por nada, sin buscar un sentido a algo.
No saben que lo importante de la pregunta no es la respuesta, sino el hecho de hacerse esa pregunta, como lo importante del camino no es el final, sino el propio camino.
No se dan cuenta que cortan sus alas.

Aprendiendo a luchar
Hoy se ha despertado pensando que ya era suficiente. Agarró con la poca fuerza que sus manos dormidas le ofrecían la espada que alguien había clavado en su corazón y la tiró al suelo. Con el estrépito del pesado metal ensangrentado despertó a su conciencia, a sus ganas de luchar. Algo que hace tiempo dormía en ella está ahora en pie, alerta, dispuesto a luchar contra aquello que pueda hacerle daño.
Coge con cuidado la empuñadura del arma antes alojada en su cuerpo, y su decisión se hace más y más fuerte. La fuerza de sus espíritu quema en sus venas, donde muchos decían que la escarcha sustituía a su sangre.
Luchará hasta el final, ahora lo sabe. Luchará por ella y por toda esa gente a su alrededor. Luchará por su orgullo. No la vencerán, no ahora que se sabe fuerte. O se cree fuerte. ha aprendido a ver en sus consejos lanzados a otros una respuesta para ella. Y aunque las preguntas sean más poderosas que las respuestas, es siempre cierto que una pregunta lleva a una respuesta, aunque sea inconsciente y adecuada para otra pregunta. Tiene la verdad de su lado, su fuerza y su coraje, y no se rendirá jamás.
Hay algo que la empuja a fabricarse un escudo, pero no se esconderá tras él. Será de madera y servirá sólo para llevar su símbolo, aquel que le da ánimos y le anima a seguir. Ese ángel.
Y su armadura será de viento y hojas, y su segunda arma plumas en el viento. Y sus niñas serán el apoyo que necesita. Tiene todo lo que ha querido, ha construido ya sus defensas, y el combate la espera. Se dirige hacia allí sabiendo que el tiempo es suyo, que puede cerrar su puño y atrapar los segundos que necesite para reconstruír el cristal de su vida con estocadas. Aprovechar cada momento para no vivir aguantando golpes, sino aceptándolos, desviando cada ataque, sabiendo caer y erguirse de nuevo, la cbez alta y la espada en su mano. Confía en ella y en aquellos que la ayudan. Y se sabe vulnerable e invencible, porque sólo el caballero que puede ver su derrota alcanza la victoria. Ahora conoce algo más de la lucha que la gente llama vida. Ayudará como pueda al resto de luchadores a encontrar el sufrimiento y doblegarlo a sus pies.
Convencida, parte hacia el horizonte, levando consigo esperanza y valor.

(Para mis ángeles y también para Sly, el caballero de la oscuridad)
Coge con cuidado la empuñadura del arma antes alojada en su cuerpo, y su decisión se hace más y más fuerte. La fuerza de sus espíritu quema en sus venas, donde muchos decían que la escarcha sustituía a su sangre.
Luchará hasta el final, ahora lo sabe. Luchará por ella y por toda esa gente a su alrededor. Luchará por su orgullo. No la vencerán, no ahora que se sabe fuerte. O se cree fuerte. ha aprendido a ver en sus consejos lanzados a otros una respuesta para ella. Y aunque las preguntas sean más poderosas que las respuestas, es siempre cierto que una pregunta lleva a una respuesta, aunque sea inconsciente y adecuada para otra pregunta. Tiene la verdad de su lado, su fuerza y su coraje, y no se rendirá jamás.
Hay algo que la empuja a fabricarse un escudo, pero no se esconderá tras él. Será de madera y servirá sólo para llevar su símbolo, aquel que le da ánimos y le anima a seguir. Ese ángel.
Y su armadura será de viento y hojas, y su segunda arma plumas en el viento. Y sus niñas serán el apoyo que necesita. Tiene todo lo que ha querido, ha construido ya sus defensas, y el combate la espera. Se dirige hacia allí sabiendo que el tiempo es suyo, que puede cerrar su puño y atrapar los segundos que necesite para reconstruír el cristal de su vida con estocadas. Aprovechar cada momento para no vivir aguantando golpes, sino aceptándolos, desviando cada ataque, sabiendo caer y erguirse de nuevo, la cbez alta y la espada en su mano. Confía en ella y en aquellos que la ayudan. Y se sabe vulnerable e invencible, porque sólo el caballero que puede ver su derrota alcanza la victoria. Ahora conoce algo más de la lucha que la gente llama vida. Ayudará como pueda al resto de luchadores a encontrar el sufrimiento y doblegarlo a sus pies.
Convencida, parte hacia el horizonte, levando consigo esperanza y valor.
(Para mis ángeles y también para Sly, el caballero de la oscuridad)





