Petróleos, transportistas y miedos de la sociedad opulenta.

Nos hemos vistos inmersos en las últimas semanas en un auténtico torbellino de movilizaciones con un denominador común: el alza de los precios (y conste que uso el plural expresamente) del petróleo y sus derivados. Transportistas y pescadores están siendo la punta de lanza de un clamor que exige energía barata, una auténtica utopía tal y como están las cosas.
Al hilo de estos acontecimientos creo que debería llamarse la atención sobre dos fenómenos. Me pongo como deberes para otro post el proceder a un análisis algo más riguroso: tensiones inflacionistas sobre el petróleo y reacción social ante las movilizaciones. Sobre lo primero, y sin menospreciar las explicaciones convencionales, quiero señalar que la auténtica esencia del capitalismo y el libre-mercado no se encuentran exactamente en la ley de la oferta y la demanda, sino en el principio de que un producto vale lo máximo que se puede pagar por él, y este precio no lo marca rigurosamente el mercado. No voy a negar la presión de consumo que está recibiendo el petróleo mientras su capacidad de extracción, a ojos de muchos expertos, ha alcanzado ya el famoso "peak oil" a partir del cual solo podemos esperar una curva decreciente. Es cierto, pero también se están produciendo distorsiones en los procesos de comercialización que pocos se atreven a acabar de denunciar. Lo mismo hemos visto en este país sobre el producto "vivienda" y se está empezando a ver mundialmente sobre los productos alimenticios. En España hemos sufrido una hiperinflación de la vivienda que nadie puede achacar seriamente a su demanda como "residencia" sino a su uso especulativo, como valor-inversión, y en cuanto a alimentación, sin entrar ni tan solo en el actual alza mundial, hace mucho que vemos un auténtico abismo entre el precio que cobra el productor y el precio que paga el consumidor. Estoy hablando pues, del gravísimo y oneroso coste económico y social que está provocando una figura hasta ahora poco regulada: el intermediario. Una figura plenamente instalada en nuestro sistema en forma de distribuidores, subcontratas, comisionistas que alquilan sus contactos y productos financieros como los mercados de futuros.
El segundo tema que no ha dejado de bailarme por la cabeza durante estos días ha sido la reacción de injustificado pánico popular al desabastecimiento que las huelgas de estos días han suscitado. Una auténtica reacción apocalíptica de acumular víveres y combustibles como si para un cataclismo nos preparásemos. Desde luego solo a una sociedad opulenta como la nuestra le puede entra semejante "acojone" a... quedarse 2 días sin beber leche?, a tener que ir a trabajar en transporte público...? Estamos hablando de unas movilizaciones que a todas luces no iban a pasar de una semana... y resulta que nos ha entrado miedo a vivir unos días sin depende qué. Un miedo absurdo, me apuesto lo que quieran que la mayoría de los hogares españoles, de ordinario, ya cuentan con los productos necesarios para pasar una semana sin ir al supermercado. Pero en una sociedad opulenta la posibilidad de quedarse sin cereales para el desayuno o chocolatinas para el picoteo es poco menos que un cataclismo ante al que hay que exigir a las autoridades que saquen las fuerzas del orden público a la calle y restauren por la fuerza el suministro de chuminadas. Jesús, qué país.





