El viaje a Lisboa: 2º Parte.
El tranvía
Nuestra misión en el viaje, después de leernos la enciclopedia completa sobre lo que ver en Lisboa, era montar en el tranvía Nº 28, para hacer un recorrido completo ( y el más bonito) por toda la ciudad. Parecía algo simple, sólo teníamos que encontrar una de las paradas estrella y subirnos. El primer día nos llevó unas 3 horas encontrarla.
Los autobuses van muy rápido, aquello parece el tren bala...madre mía. Algunas calles son de adoquín por lo que tu vas en el autobús pegando saltos como una pulga mientras el cristal que vas mirando retumba y te resulta imposible contabilizar las paradas que ha hecho el bus y las que ha pasado de largo, si no hay gente esperando. Cuando te bajas es peor, tienes el cuerpo con sensación de hormigueo y te encuentras más perdida que un pulpo en un garaje.
Nos hicimos un lío tremendo con tanto subir y bajar. Logramos hacer varios simulacros frustrados para dar con la parada de ese tranvía. Una de las veces aparecimos en el barrio de Belén, en la marquesina de la línea de bus... pequeño fallo técnico: miramos el plano de bus y no el del tranvía... La dispersión también me acompaña cuando viajo.
Tiempo después, conseguimos encontrar otra de las paradas objetivo uno ¡Por fin! y estuvimos 45 minutos esperando y... esperando... sin éxito, por allí no pasaba ni el Tato. Nos fuimos más quemadas que la moto de un hippy, callejeando durante 1 hora hasta que aparecimos en el Bronx de Lisboa: chabolas y un descampado formaban el paisaje urbano, sin rastro de civilización... aquello daba miedo.
Parece ser y según Lu, detrás del descampado se encontraba otra parada. Como pude la convencí para abortar la aventura, una cosa es tener ilusión en subirnos al cacharro y otra jugarnos la vida.
El segundo día volvimos a intentarlo. Después de varias horas, al caer la tarde,¡LO LOGRAMOS!!! Bueno que subidón, no nos los creíamos. Nos montamos, pagamos y cuando arranca y van pasando las calles nos damos cuenta que esa ruta no es la que esperábamos...como no sabíamos portugués (para chulas nosotras), resultó que justamente ese tranvía en el que estábamos montadas, ¡Y SOLO ESE!, había cambiado la ruta, por no sé qué problema de última hora y en vez de hacer la ruta 28 sustituía la del 25. Claro que nadie nos dijo anda al subirnos. Nos enteramos de la noticia una vez que nos obligaron a bajar en no me acuerdo que plaza y una chica española nos explico el infortunio. Acabamos tiradas en vete tú a saber donde y con ganas de llorar.
Para compensar el disgusto nos fuimos de visita al Castillo de San Jorge, por el camino nos encontramos una calle totalmente desierta, al fondo una cabina de teléfono y a su lado una barbacoa portátil quemando con llamas quilométricas unas piedras de carbón y algo de leña, en una acera en pendiente y de trazo desigual. Todavía nos estamos preguntando que se celebraba pues no se veía a nadie en las cercanías. ¿Quién puso la barbacoa allí?
A la salida del Castillo, (visita de obligado cumplimiento) un grupo de personas esperaban para montar en taxi, sólo había uno y vacío. Por más golpes que le dieron a la ventana, no consiguieron despertar al conductor que estaba profundamente dormido.
Con tantas emociones fuertes y tanta frustración-tranvía, nos fuimos al Barrio de Alfama a cenar el típico bacalao pa’ darnos un homenaje.
Otra hazaña para el recuerdo: Encontrar restaurante y mesa...
Comentario:





