clásicos navideños
Ayer fue un día intenso para mí, se me juntaron dos acontecimientos navideños.
Soy de las que juega a la lotería, lo normal es que no toque, pero la ilusión es la ilusión. En este caso duró apenas 5 minutos pues el gordo salió antes de que pudiera asimilar que los niños habían comenzado a “cantar”. Yo a pesar de todo, estoy satisfecha con los resultados. No me tocó ni un céntimo pero me quedé a 37.000 números de rozar el gordo.. CASI!! Si tenemos en cuenta que hay un total de 65.000 números, haciendo una equivalencia en una escala de 1 a 10 me quedaría de nota media un 5,5 APROBADO o eso creo. No está mal para tratarse de un sorteo.
Una vez superado la decepción prevista, recuerdo el segundo acontecimiento del día: Esta noche es la cena de Empresa. Momento de crisis, ansiedad y otros desordenes bioquímicos de reacciones en cadena imprevistas. Como todos los años y da igual en el trabajo que esté, mis jefes acaban haciendo el ridículo, bebiendo y cantando.
Para empezar nos perdimos, más bien nos confundimos de restaurante, de dirección y casi de ciudad. Llegamos con 45 minutos de retraso. A nuestra llegada -3 pringadas formábamos la expedición ruta del bacalao- aplausos en el local y la OLA. Madre mía que recibimiento... ¡la gente nos quiere! les digo a mis compañeras para romper la tensión del ambiente.
No fuimos las únicas que llegamos tarde, el jefe llegó después que nostras, ¡mira que parecía difícil superar el reto! En verdad venía de doblete de una comida, ósea con una tajada de impresión y sonriendo como si se alegrara de vernos.
Él, que sabe que me da alergia, se pasó toda la noche siguiendo mi rastro. A mí no se me ocurrió mejor cosas que empezar a subirme por las paredes con la disculpa de que me encanta la escalada y últimamente ando muy mal de tiempo para practicar mi deporte favorito.
El siguiente momento crítico de la cena fue el reencuentro con gente del pasado que te conoce pero no se acuerda de ti. Te sonríen y saludan con disimulo, mientras se preguntan quien coño eres tú, al tiempo que tratan de ubicarte en tiempo y espacio. La conversación de besugos se convierte en un estudio sociológico, digno de documental de la 2.
Momento especial para los camareros. Siempre doy con los más torpes o les pillo en su día malo, me tiraron el vino y la sopa. Con tanta mancha, parecía la bandera de vete tu a saber que país. Como reclamo publicitario no tenía precio. Estaba monísima.
La lotería no me tocará pero la comida y bebida que sale por los aires, me cae siempre la serie completa. Empiezo a plantearme si mi vida no será un centro gravitatorio de situación extrañas, porque esto no es normal.
Bueno, que al final me fui cuando comenzaron con el repertorio de villancicos y otros clásicos populares, alegando que mi periquito estaba con gripe y necesitaba medicación.
Que alivio pensar que falta un año para la próxima cena de Navidad de Empresa...
Soy de las que juega a la lotería, lo normal es que no toque, pero la ilusión es la ilusión. En este caso duró apenas 5 minutos pues el gordo salió antes de que pudiera asimilar que los niños habían comenzado a “cantar”. Yo a pesar de todo, estoy satisfecha con los resultados. No me tocó ni un céntimo pero me quedé a 37.000 números de rozar el gordo.. CASI!! Si tenemos en cuenta que hay un total de 65.000 números, haciendo una equivalencia en una escala de 1 a 10 me quedaría de nota media un 5,5 APROBADO o eso creo. No está mal para tratarse de un sorteo.
Una vez superado la decepción prevista, recuerdo el segundo acontecimiento del día: Esta noche es la cena de Empresa. Momento de crisis, ansiedad y otros desordenes bioquímicos de reacciones en cadena imprevistas. Como todos los años y da igual en el trabajo que esté, mis jefes acaban haciendo el ridículo, bebiendo y cantando.
Para empezar nos perdimos, más bien nos confundimos de restaurante, de dirección y casi de ciudad. Llegamos con 45 minutos de retraso. A nuestra llegada -3 pringadas formábamos la expedición ruta del bacalao- aplausos en el local y la OLA. Madre mía que recibimiento... ¡la gente nos quiere! les digo a mis compañeras para romper la tensión del ambiente.
No fuimos las únicas que llegamos tarde, el jefe llegó después que nostras, ¡mira que parecía difícil superar el reto! En verdad venía de doblete de una comida, ósea con una tajada de impresión y sonriendo como si se alegrara de vernos.
Él, que sabe que me da alergia, se pasó toda la noche siguiendo mi rastro. A mí no se me ocurrió mejor cosas que empezar a subirme por las paredes con la disculpa de que me encanta la escalada y últimamente ando muy mal de tiempo para practicar mi deporte favorito.
El siguiente momento crítico de la cena fue el reencuentro con gente del pasado que te conoce pero no se acuerda de ti. Te sonríen y saludan con disimulo, mientras se preguntan quien coño eres tú, al tiempo que tratan de ubicarte en tiempo y espacio. La conversación de besugos se convierte en un estudio sociológico, digno de documental de la 2.
Momento especial para los camareros. Siempre doy con los más torpes o les pillo en su día malo, me tiraron el vino y la sopa. Con tanta mancha, parecía la bandera de vete tu a saber que país. Como reclamo publicitario no tenía precio. Estaba monísima.
La lotería no me tocará pero la comida y bebida que sale por los aires, me cae siempre la serie completa. Empiezo a plantearme si mi vida no será un centro gravitatorio de situación extrañas, porque esto no es normal.
Bueno, que al final me fui cuando comenzaron con el repertorio de villancicos y otros clásicos populares, alegando que mi periquito estaba con gripe y necesitaba medicación.
Que alivio pensar que falta un año para la próxima cena de Navidad de Empresa...





