El dinero huele a rosas
Esta historia comienza con una reunión y una pequeña charla, sucintamente se habó de la sociedad de libre consumo no como tema sino como conclusión, es decir, a partir del desarrollo de un problemilla financiero se llegó a la conclusión de la existencia de normas aparentemente injustas en el seno de la sociedad únicamente sujetas a las leyes de la sociedad de consumo… todo esto que parece tan complicado se puede resumir en una palabra: bancos. El estado se beneficia del control del dinero, y por tanto, otorga derechos o protecciones al dinero depositado en los mismos que no da a otras personas que libremente no lo dejan ahí. A partir de ese pensamiento se pueden prever increíbles relaciones entre el estado, la banca, el ciudadano y sus ingresos. El conjunto actúa a modo de rosario unido por estas leyes, en las que un tirón de una parte repercute en el tirón por la otra parte… bueno, dejo el tema ahí aparcado, caído del guindo a ver si florece en otros como floreció en mí esa sensación de profundo malestar desconocido del derecho al pataleo.
Entre medias y circundante se encuentra el opio del pueblo, todo aquello que distrae a la gente de todas las cosas que le afectan y que sin duda, muchas veces, intenta eludir tanto consciente como inconscientemente. He de destacar que hay personas que no las eluden, y se benefician de aquellas que si las eluden (de ahí la injusticia). La injusticia existe por partida doble ya que aquellos que viven sin eludir se desprecian por no eludirlas en ocasiones, creando en el seno de la sociedad un sentimiento de desarraigo.
Hablar en clave de claro oscuros me permite mutar entre la paranoia de unos, la rallada de otros y la incredulidad de terceros en la esperanza de unos cuartos.
Como lo importante y clarificante es la parábola voy a contar una pequeña historia:
En una celebración de una fiesta una familia compuesta por marido y mujer, hijo e hija, sobrinos, primos… el padre de los dos hijos se aburre. Está acostumbrado al mundo de las finanzas, es amigo de los números y posee aparentemente lo que todos consideraríamos como una brillante vida profesional, aunque el a veces se lo replantea. Es una persona por tanto juiciosa, con orígenes modestos, trabajador y de un joven soñador. La fiesta no deja de planteársele un medio hostil en el que apenas puede desenvolverse o lucirse; brilla el sol.
Recorre el jardín, pues la fiesta se da en un jardín hortera de un hotelito, y ve, bajo un árbol, una rosa abierta. Levanta la vista y se siente rodeado por la multitud de familiares más o menos desconocidos y extraños. Si fueran todos conocidos disculparían su natural apetencia de inclinarse y arrancar la rosa para dársela a su mujer… o tal vez no; y si fueran todos extraños no se sentiría culpable de hacerlo, o tal vez sí…. Entre estas meditaciones, nuestro personaje recuerda una ley de la que el es maestro seguidor, e idea el modo de conociéndola, valerse de ella si puede, además con otros fines. Cuando paladea la viabilidad no ya de el objetivo inicial sino de todos los demás que se plantea le invade un irrefrenable impulso de llevar su plan a cabo.
Llama a su hijo y a su hija, y estratégicamente ofrece a ambos una oferta: un billete de 50€ a quien arranque la flor. Los hermanos rápidamente salen de su asombro y mientras observan al padre echando mano a la cartera giran sus cabecitas adolescentes alrededor, buscando caras y cruces, objetivos y modos de llevarlo a fin. Como conocen la persistencia del espíritu de su padre no sólo reflexionan, sino que analizan. La hija, apenas un poco mayor que su hermano dirige al otro con el fin de situarle a modo de parapeto mientras arranca la flor. El hermano obedece y la flor ya está en la mano del padre, y los 50€ en la de la hija. Y el padre viendo que su obra no era simétrica prosiguió sonriendo pero también diciendo: ahora, hijo mío, ya que tu hermana tiene 50€, tu también puedes tener 50€ si vas con tu hermana y dais esta flor a vuestra madre mientas le besáis las mejillas. Todos debéis saber como terminó: se constató una vez más ley del libre consumo por 100€ y una rosa.
Y el padre vio que todo estaba hecho y todo estaba bien porque el mundo ese día le sonreiría.





