No oimos el silencio, simplemente no oimos
La generalización de los concursos por llamada en la parrilla nocturna de las cadenas de televisión es un fenómeno desalentador. Mas cuando nació desde el abuso como forma de ganar dinero. Me recuerda mucho al timo de la estampita. Para mi es claramente amoral cubrir las horas muertas con esa oferta televisiva.
Los programas rozan la ilegalidad cuando no la traspasan, luego citaré un caso. Nadan en el terreno de la alegalidad, en el intersticio de la libertad que las leyes regulan, basándose en dos leyes que funcionan a modo de axiomas sofísticos:
“Si los otros lo hacen o pueden hacerlo, ¿Por qué nosotros no?”... es una ley de gregarismo, de borreguismo, una ley egoísta… la justicia parece delimitarse a que todos tienen libertad para hacerlo o no… me parece una excusa cínica. Es el axioma sobre el que se sustenta tanto esta clase de juegos (desde los directivos y los espectadores) como el famoso timo de la estampita (timadores y timados). La diferencia entre ambos puede estribar en los primeros alguno de los muchos que gastan dinero puede ganar más dinero del que jugó y en los otros que aquel que gaste su dinero no lo recuperará. No obstante tanto desde los dos se abusa y se engaña.
Personalmente aborrezco la premisa de “jugar un poco de dinero no hace daño a nadie”, es una premisa turbia en la que a veces se amalgaman otros conceptos a mi modo de ver como “publicidad engañosa”.
Es el caso de mezclar los juegos de azar con la idea de altruismo: Ejemplos, los huérfanos niños de San Ildefonso, el cupón de la ONCE, el sorteo de la Cruz Roja etc.…
Entro en terreno escabroso ya que el Estado auspicia este tipo de eventos, incluso están muy metidos en lo emocional, tradicional y otros cajones desastre.
Resulta contradictorio que un Estado fundado en los supuestos del bienestar social, la administración, y la redistribución de las riquezas mediante parámetros apoye el puntual reparto arbitrario y libre, me resulta especialmente ricas las metáforas de la válvula de escape de una hoya, el rincón oscuro donde obra el mediador del destino, la frontera entre dentro y fuera…
La libertad para equivocarse, el hábitat para el engaño, la sociedad de libre consumo, la libertad de expresión… ¿por qué no choca, por qué no se ve la amenaza?; ¿acaso no permiten colocar cepos en la calle por muy cebados de carnaza que estén? ¿y los anuncios de crédito fácil?, ¿no hiere que afirmen regalar una parrilla?
El 6 de septiembre, apenas hace unos días, a un programa llamado “9 live” llamó una menor en los últimos minutos… se la despachó con viento fresco. Si una menor llama, y logra entrar, cuantos menores llamaran y no lograran entrar… y cuantas personas demasiado mayores llaman, y cuantas personas llaman compulsivamente… Esos programas epilépticos tienen un solo objetivo, una presa. Esconden las bases de sus juegos inaccesibles desde la plataforma que los ofertan y atacan con nocturnidad.
En el programa de ese día buscaban nombres de marcas de coches con la letra “a”, una vez que salió el nombre de un coche conocido y un “concursante” ganó una cantidad ridícula hincharon el premio sucesivamente, y en una representación patética incitaron de mil formas a los espectadores para que llamasen… apelando a su codicia, a su ingenio, a su suerte… resulto patético descubrir que cuando entró la última llamada y mencionó una marca de coche corriente le dijeran que lo sentían, pero que esa marca no estaba oculta en el pizarrón obsceno. Inmediatamente, apelando a la transparencia, en los últimos segundos del programa, arrancaron las tiras de papel que ocultaban los nombres de las marcas de los coches con la letra “a” que si hubieran resultado premiados de ser dichos: todo nombres de marcas estadounidenses, yo no las había oído en mi vida. Cuando descubrí que una de las marcas de los coches que habían descubierto ni contenía la letra “a” me decidí a escribir este artículo: la marca era “Covic”.
Debo añadir unas notas: no confundir la crítica con las dudas, no es mi intención comparar los concursos por teléfono con los sorteos por billetes. Comparo únicamente dos premisas que a mi entender tienen comunes leyes, que yo en particular me permito en cuestionar severamente. Naturalmente, a los juegos por teléfono hay que añadir la poderosa lacra del gasto virtual o a crédito con la factura telefónica. Me hubiera gustado incluir la legitimidad moral de los juegos mediante las máquinas tragaperras, pero confieso que ya me he salido del tiesto al incluir a los huerfanos, una asociación de ciegos, y la honorable cruz roja... a quienes no reprocho ni los objetivos ni los resultados... únicamente expreso los peros que el medio me suscita. No es mi deseo llegar a imponer mis opiniones al respecto, sino el que nos paremos a reflexionar con las cosas cotidianas y con los fenómenos nuevos para estar alerta.





