AUSENCIA Y PRESENCIA DE "EL CUERPO"
Tu ausencia se ha convertido en el eco de mis pasos y ha envenenado el aire que respiro, que me escuece en el lado izquierdo de mi pecho. Mi corazón se ha marchado, escondido detrás de estas letras, me ha abandonado y ha puesto rumbo a tus suspiros. Porque por las noches me dice tu mirada que suspiras lo que al alba callas.
Gracias a los dioses a ti y a mi nos llevan olas sin leyes, como decía un poeta olvidado, y así es como, queriendo y sin quererlo, ponemos fin a esa ausencia que cada día nos mata un poco más, en ese cielo que vivimos dentro del averno.
Te llamo como canto de sirena, te reclamo para reír juntos mientras lloramos. Y, aunque me haces dudar, siempre apareces, amor, siempre apareces, fiel a nuestro encuentro. Es curioso, porque siento que ni puente ni barca me trajo hasta aquí y, sin embargo, allí nos hallamos sedientos de nuestros besos, de nuestras bocas y alientos.
Velamos nuestros encuentros por la clandestinidad de una noche, con o sin luna. Una noche que invento solo para buscarle en la desnudez de nuestros cuerpos.
Dudé en ir, dudé hasta el último momento. ¿Miedo? Sí, miedo. Miedo a verle y no poder tocarle ni con mis palabras ni con mis dedos. Tortura insoportable. Di vueltas desorientada: diez pasos hacia arriba, diez pasos hacia abajo. En círculos, en diagonal, de lado a lado. Y el cuerpo mirando sin ser mirado. Le esquivé la mirada tantas veces como pude, aún sin evitar dejar caer mi mano esperando ser atrapada por la suya, feliz sólo con el leve roce de su piel.
Pensé que la tortura no acabaría nunca, pensé que el sueño había terminado. Pensé tantas cosas que me sentí naufragando. Si así tiene que ser, así será. Pero, siempre ocurre, siempre pasa, que el destino nos ata por nuestras cinturas y los hados o la luna juega con nuestros abrazos.
A solas.
Me he acostumbrado a que abra mi boca e infunda su aliento entrando por mis venas, llegando a cada rincón de mis pensamientos, desnudando sin tregua tragedias y penas. Perdí el control y perdí el respeto, allá libres de miradas que nos seguían entre los muertos. Le besé con tanta fuerza que acabé mordiendo sus labios, desesperada por arrastrarle y hacer realidad todas las plegarias que esa noche recogieron las estrellas que nos guardan. Mis dedos se enredaron en su pelo, mis manos se asieron a su cintura, se abalanzó sobre mí y me faltaban brazos para envolverle. El deseo empezó a recorrer mi sangre bombeada por un corazón palpitante que no parecía saciarse. En manos de mis querencias y de las suyas, necesitaba llegar a sus lugares prohibidos, tocarle donde sólo habían estado unos cuantos elegidos, lugares donde no había estado nadie o, al menos, no como yo quería llegarle. Nos detuvimos. No hay licencia.
Tregua. Respiro.
Cojo aliento y no me resisto.
Más besos, más, nuestras lenguas enzarzadas, labios, dientes, el néctar que me da la vida y sin el que se me para el pulso en cada despedida.
--Alguien viene
--No importa, sigue.
Buceando entre su ropa mis manos se vuelven torpes y mi lengua traza un sendero por su cuello y por su nuca. Marco un territorio que en ese momento es sólo mío y que el cuerpo reconoce con sus sollozos y sus gemidos.
--No sabes cómo lo echaba de menos, cómo lo necesitaba
--Y yo, y yo – ya no importa quien dice cada cosa
--Tengo que marcharme
--Sí, tienes que irte. Vete o no te dejaré marcharte.
Gracias a los dioses a ti y a mi nos llevan olas sin leyes, como decía un poeta olvidado, y así es como, queriendo y sin quererlo, ponemos fin a esa ausencia que cada día nos mata un poco más, en ese cielo que vivimos dentro del averno.
Te llamo como canto de sirena, te reclamo para reír juntos mientras lloramos. Y, aunque me haces dudar, siempre apareces, amor, siempre apareces, fiel a nuestro encuentro. Es curioso, porque siento que ni puente ni barca me trajo hasta aquí y, sin embargo, allí nos hallamos sedientos de nuestros besos, de nuestras bocas y alientos.
Velamos nuestros encuentros por la clandestinidad de una noche, con o sin luna. Una noche que invento solo para buscarle en la desnudez de nuestros cuerpos.
Dudé en ir, dudé hasta el último momento. ¿Miedo? Sí, miedo. Miedo a verle y no poder tocarle ni con mis palabras ni con mis dedos. Tortura insoportable. Di vueltas desorientada: diez pasos hacia arriba, diez pasos hacia abajo. En círculos, en diagonal, de lado a lado. Y el cuerpo mirando sin ser mirado. Le esquivé la mirada tantas veces como pude, aún sin evitar dejar caer mi mano esperando ser atrapada por la suya, feliz sólo con el leve roce de su piel.
Pensé que la tortura no acabaría nunca, pensé que el sueño había terminado. Pensé tantas cosas que me sentí naufragando. Si así tiene que ser, así será. Pero, siempre ocurre, siempre pasa, que el destino nos ata por nuestras cinturas y los hados o la luna juega con nuestros abrazos.
A solas.
Me he acostumbrado a que abra mi boca e infunda su aliento entrando por mis venas, llegando a cada rincón de mis pensamientos, desnudando sin tregua tragedias y penas. Perdí el control y perdí el respeto, allá libres de miradas que nos seguían entre los muertos. Le besé con tanta fuerza que acabé mordiendo sus labios, desesperada por arrastrarle y hacer realidad todas las plegarias que esa noche recogieron las estrellas que nos guardan. Mis dedos se enredaron en su pelo, mis manos se asieron a su cintura, se abalanzó sobre mí y me faltaban brazos para envolverle. El deseo empezó a recorrer mi sangre bombeada por un corazón palpitante que no parecía saciarse. En manos de mis querencias y de las suyas, necesitaba llegar a sus lugares prohibidos, tocarle donde sólo habían estado unos cuantos elegidos, lugares donde no había estado nadie o, al menos, no como yo quería llegarle. Nos detuvimos. No hay licencia.Tregua. Respiro.
Cojo aliento y no me resisto.
Más besos, más, nuestras lenguas enzarzadas, labios, dientes, el néctar que me da la vida y sin el que se me para el pulso en cada despedida.
--Alguien viene
--No importa, sigue.
Buceando entre su ropa mis manos se vuelven torpes y mi lengua traza un sendero por su cuello y por su nuca. Marco un territorio que en ese momento es sólo mío y que el cuerpo reconoce con sus sollozos y sus gemidos.
--No sabes cómo lo echaba de menos, cómo lo necesitaba
--Y yo, y yo – ya no importa quien dice cada cosa
--Tengo que marcharme
--Sí, tienes que irte. Vete o no te dejaré marcharte.
HABLA EL CUERPO
Perdí los pasos que me llevaron hasta aquí. Perdí la cuenta de los besos, las caricias y los sueños. Cuando desperté, ella dormía a mi lado y yo había aceptado la proa y la popa como lecho. Cada noche naufragamos. Hemos puesto rumbo a lo desconocido, lejos de toda orilla segura, sin saber donde dirigirnos. No voy solo en este viaje, a parte de mi cuerpo y mi alma, transporto un puñado de ilusiones, responsabilidades y secretos mezclados con arenas. Me refugio en mi silencio, y ella, a veces se pierde entre tanto misterio. Si la quiero, sólo yo lo sé. Si la deseo, sólo nosotros sabemos la pasión que mece nuestra nave. ¿Lo que ocurrirá? Eso prefiero no saberlo.
¡Qué absurda es a veces la vida! Irracional por completo. Debatiéndome entre dejar que la marea me arrastre o asirme a un ancla pesada, clavada en el fondo del abismo. Ella a veces titubea, y yo tiemblo al verla. Le pedí que no tuviera miedo, que izara las velas, que no se privara de este dulce placer y dolor. No sé si me hizo caso o no. He de suponer que sí, porque cada noche viene a buscarme y me duermo con su latido. Otras veces soy yo quien dudo, es difícil aceptarse siendo cómo soy, siendo como somos, almas gemelas a la deriva.
Los primeros amaneceres dudé de quien era quien, perdido en el nombre que ella quiso darme: “el cuerpo”. Poco a poco fui comprendiendo, al mismo tiempo que ella comprendía y de la mano buscamos la salida de la caverna, lejos de sombras y cegados por la luz desconocida de un sol nunca visto. Ella huía y yo era incapaz de comprender de qué y de quien. Siempre estuvimos ahí, en la oscuridad pero, nunca antes nos vimos, hasta que una vez frente a frente nos mordimos los labios, respiramos de nuestras bocas y dejamos salir todo lo que se escondía entre aquellas sombras.
Le abrí mi corazón y me metamorfosee en alma, la verdad confusa salió por mis manos que se cruzaron con las suyas sin tiempo para porqués. No es mía, y lo es más que nadie. Nos pertenecemos más de lo que nunca reconoceremos. Si cierro los ojos aún la veo bañada por la luz tenue, cuando me dejé mecer por las olas, encima y debajo de su piel, la recorrí con mis besos y con la yema de mis dedos, aparté su peló y entré por sus ojos a su alma. Esquivé sus labios hasta que me atraparon en la profundidad de un mundo nuevo. Aquella noche no dormimos, fue mejor que todo eso.
El sueño cada vez es más real. Fotogramas de una película, uno tras otro cruzándose por mis ojos. Primero encima, después debajo, a mi costado y entre mis brazos. Besos furtivos, escurridizos, evitando lo inevitable, engancharnos como dos imanes. Y que no existe lugar ninguno sobre la tierra extranjera. Ni para un gran amor ni para una gran blasfemia” (Bergson)
Sólo sé que hay hueco para nosotros dos, que la marea nos arrastra ineludiblemente, que sonrío entre las olas, que me sumerjo y emerjo, que muero y renazco, que ansío sus besos y que haga de mi cuerpo “su cuerpo”, que naufrague en él y haga de mi piel su orilla, embriagados los dos de locura.
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Sólo sé que quiero vivir, que la muerte está cerca y que en mis bolsillos quiero llevar tu recuerdo: Yo soy “el cuerpo”, tú mi pecado.
¡Qué absurda es a veces la vida! Irracional por completo. Debatiéndome entre dejar que la marea me arrastre o asirme a un ancla pesada, clavada en el fondo del abismo. Ella a veces titubea, y yo tiemblo al verla. Le pedí que no tuviera miedo, que izara las velas, que no se privara de este dulce placer y dolor. No sé si me hizo caso o no. He de suponer que sí, porque cada noche viene a buscarme y me duermo con su latido. Otras veces soy yo quien dudo, es difícil aceptarse siendo cómo soy, siendo como somos, almas gemelas a la deriva.
Los primeros amaneceres dudé de quien era quien, perdido en el nombre que ella quiso darme: “el cuerpo”. Poco a poco fui comprendiendo, al mismo tiempo que ella comprendía y de la mano buscamos la salida de la caverna, lejos de sombras y cegados por la luz desconocida de un sol nunca visto. Ella huía y yo era incapaz de comprender de qué y de quien. Siempre estuvimos ahí, en la oscuridad pero, nunca antes nos vimos, hasta que una vez frente a frente nos mordimos los labios, respiramos de nuestras bocas y dejamos salir todo lo que se escondía entre aquellas sombras.
Le abrí mi corazón y me metamorfosee en alma, la verdad confusa salió por mis manos que se cruzaron con las suyas sin tiempo para porqués. No es mía, y lo es más que nadie. Nos pertenecemos más de lo que nunca reconoceremos. Si cierro los ojos aún la veo bañada por la luz tenue, cuando me dejé mecer por las olas, encima y debajo de su piel, la recorrí con mis besos y con la yema de mis dedos, aparté su peló y entré por sus ojos a su alma. Esquivé sus labios hasta que me atraparon en la profundidad de un mundo nuevo. Aquella noche no dormimos, fue mejor que todo eso.El sueño cada vez es más real. Fotogramas de una película, uno tras otro cruzándose por mis ojos. Primero encima, después debajo, a mi costado y entre mis brazos. Besos furtivos, escurridizos, evitando lo inevitable, engancharnos como dos imanes. Y que no existe lugar ninguno sobre la tierra extranjera. Ni para un gran amor ni para una gran blasfemia” (Bergson)
Sólo sé que hay hueco para nosotros dos, que la marea nos arrastra ineludiblemente, que sonrío entre las olas, que me sumerjo y emerjo, que muero y renazco, que ansío sus besos y que haga de mi cuerpo “su cuerpo”, que naufrague en él y haga de mi piel su orilla, embriagados los dos de locura.
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Sólo sé que quiero vivir, que la muerte está cerca y que en mis bolsillos quiero llevar tu recuerdo: Yo soy “el cuerpo”, tú mi pecado.
EL CUERPO IV
Estuviese donde y con quien estuviese, las últimas noches siempre había volado junto al cuerpo. Por las mañanas huía de su cama antes de la llegada del alba, justo a tiempo para que se preguntara si fue realidad o ficción, verdad o ilusión, si estaba solo o acompañado. En esa última y primera mañana ambos nos armamos de valor para despertar juntos y quedarnos mirándonos. Encontré sus ojos clavados en los míos y busqué al cuerpo con mi alma en un alterado deseo de que dejara de ser cuerpo, por fin. Y así sucedió, se hizo voz y se metamorfoseó en alma. Le hice libre y él se confesó esclavo de su libertad. Se abrió la caja de Pandora. Inevitablemente la sangre de la herida resbaló por donde antes habían resbalado caricias.

--No puedo atarte, no puedo macar a quien nunca ha sido mía – me escribió en el aire – pero solo pienso en recomponerte con mis manos y mis labios y seguir luchando en esta guerra de besos.
--Navega cuerpo, marcha con vientos más propicios – le dije con la melodía de una canción desesperada de fondo – Yo viviré en este cementerio de besos, rodeada de tumbas que aún albergan fuego dentro. Sé que ese es mi destino.
-- Necesito verte, necesito abrazarte – más cantos desesperados y ropa por el suelo. El cuerpo desnudo ante mis ojos pero, triste y moribundo.
Por la noche, todo estaba perdido. Tanto que no tuve fuerzas ni tan siquiera para amar a otros cuerpos, ni tan siquiera para pensarlos. Cuando menos lo esperaba, cuando más lo deseaba, noté una presencia detrás de mi espalda. En el silencio más absoluto descubrí una mirada clavada en mi almohada, una voz sepultada en mi frente, y un corazón que no sé muy bien por qué venía a visitar mis sábanas. En la más profunda de las dulzuras se hizo sitio entre mi cuerpo, y sin decir nada más y sin borrar nada de lo ya dicho, se enredó entre mi pelo. Miré su piel desnuda marcada por mis labios. Cerré los ojos y navegamos sin rumbo.
Mis manos le descubrían de su dolor, de sus palabras, de sus máscaras y de sus miedos, que fueron deslizándose por su piel hasta llegar a los pies de la cama. Mis labios, más hambrientos que nunca dieron de beber a su boca, fuente de placer. Mi pasión invadió su esencia y se coló hasta las profundidades de su cuerpo, allí de donde nacía un calor aún más intenso. Quizás no era capaz de pronunciar mi nombre, pero lo dibujaba con la yema de sus dedos en mi espalda. Aún sigue ahí y cada vez que me desnudo la luna puede espiarlo. Nuestras lágrimas hicieron nuestros cuerpos resbaladizos y nuestra hambre de besos acabó devorando la carne de nuestros cuerpos. No me importa si me quiere. Yo le adoro.
Al despertar descubrí un postergado encuentro. Fui en su busca, con valor y también con miedo, pero sobre todo con la necesidad de sentir de nuevo el calor de sus brazos.
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Te vi esperando, y supe que antes que las palabras vendrían los besos. Puede besarse sin labios, puede amarse en silencio. Nos hicimos uno, cuerpo y alma, que habla sin palabras. No sé cuantas cosas te dije, no se cuantas cosas me dijiste. Aún hoy no sé qué pensar de ese momento. Sentimientos, ideas, dudas… ¿Quién huye de quien? ¿Quién huye y de qué? No había nada más que decirse, no había más maneras de mirarse, ni más maneras de quererse, y aún así, anclados como árboles ancianos, no nos movíamos de aquel limbo de sueños.
-- No soy cuerpo
--Nunca lo fuiste, no – te confirmé
--Soy corazón. Ven. Siéntelo. Sígueme –y yo lo acaté como una orden

En un rincón apartado del tiempo, abriste tu pecho y vi y sentí tu corazón latiendo. Reptaste por mi piel, pegando tu corazón al mío, taladrando con tus latidos mi corazón. Me enseñaste que sentías, aunque no supieras qué. Tu corazón desbocado gritaba lo que tú callabas, y aún callas pero, los dos sabemos. Cerré los ojos, muerta de miedo y me hundí en tu cuello, sabiendo que de ese recuerdo viviría. Te apreté fuerte contra mí, te solté y volví a tomarte. Lejos de tu cuerpo todo era frío y me resistía a perder el calor de tu mirada.
Seguimos con paso firme. Marchando sin saber muy bien a donde, pero cuerpo y alma juntos. Tu mano se con-fundió con la mía. Me buscó y encontró la fuerza de mis dedos, entrelazados. Mis manos dejaron de estar vacías. Todo dejó de importar. Las palabras fueron borradas. Los sentimientos siguen ahí.
Desde esa noche, tú y yo dormimos juntos, soñamos lo que no vivimos. Juntos siempre, aún en la distancia. Te preguntas el por qué, y yo antes de llegar a esa pregunta me interrogo sobre qué es esto. Da igual, esto no es el final, es el principio. Ahora, no me preguntes de qué. Ahora déjame quererte y quiéreme.

--No puedo atarte, no puedo macar a quien nunca ha sido mía – me escribió en el aire – pero solo pienso en recomponerte con mis manos y mis labios y seguir luchando en esta guerra de besos.
--Navega cuerpo, marcha con vientos más propicios – le dije con la melodía de una canción desesperada de fondo – Yo viviré en este cementerio de besos, rodeada de tumbas que aún albergan fuego dentro. Sé que ese es mi destino.
-- Necesito verte, necesito abrazarte – más cantos desesperados y ropa por el suelo. El cuerpo desnudo ante mis ojos pero, triste y moribundo.
Por la noche, todo estaba perdido. Tanto que no tuve fuerzas ni tan siquiera para amar a otros cuerpos, ni tan siquiera para pensarlos. Cuando menos lo esperaba, cuando más lo deseaba, noté una presencia detrás de mi espalda. En el silencio más absoluto descubrí una mirada clavada en mi almohada, una voz sepultada en mi frente, y un corazón que no sé muy bien por qué venía a visitar mis sábanas. En la más profunda de las dulzuras se hizo sitio entre mi cuerpo, y sin decir nada más y sin borrar nada de lo ya dicho, se enredó entre mi pelo. Miré su piel desnuda marcada por mis labios. Cerré los ojos y navegamos sin rumbo.
Mis manos le descubrían de su dolor, de sus palabras, de sus máscaras y de sus miedos, que fueron deslizándose por su piel hasta llegar a los pies de la cama. Mis labios, más hambrientos que nunca dieron de beber a su boca, fuente de placer. Mi pasión invadió su esencia y se coló hasta las profundidades de su cuerpo, allí de donde nacía un calor aún más intenso. Quizás no era capaz de pronunciar mi nombre, pero lo dibujaba con la yema de sus dedos en mi espalda. Aún sigue ahí y cada vez que me desnudo la luna puede espiarlo. Nuestras lágrimas hicieron nuestros cuerpos resbaladizos y nuestra hambre de besos acabó devorando la carne de nuestros cuerpos. No me importa si me quiere. Yo le adoro.
Al despertar descubrí un postergado encuentro. Fui en su busca, con valor y también con miedo, pero sobre todo con la necesidad de sentir de nuevo el calor de sus brazos.
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Te vi esperando, y supe que antes que las palabras vendrían los besos. Puede besarse sin labios, puede amarse en silencio. Nos hicimos uno, cuerpo y alma, que habla sin palabras. No sé cuantas cosas te dije, no se cuantas cosas me dijiste. Aún hoy no sé qué pensar de ese momento. Sentimientos, ideas, dudas… ¿Quién huye de quien? ¿Quién huye y de qué? No había nada más que decirse, no había más maneras de mirarse, ni más maneras de quererse, y aún así, anclados como árboles ancianos, no nos movíamos de aquel limbo de sueños.
-- No soy cuerpo
--Nunca lo fuiste, no – te confirmé
--Soy corazón. Ven. Siéntelo. Sígueme –y yo lo acaté como una orden

En un rincón apartado del tiempo, abriste tu pecho y vi y sentí tu corazón latiendo. Reptaste por mi piel, pegando tu corazón al mío, taladrando con tus latidos mi corazón. Me enseñaste que sentías, aunque no supieras qué. Tu corazón desbocado gritaba lo que tú callabas, y aún callas pero, los dos sabemos. Cerré los ojos, muerta de miedo y me hundí en tu cuello, sabiendo que de ese recuerdo viviría. Te apreté fuerte contra mí, te solté y volví a tomarte. Lejos de tu cuerpo todo era frío y me resistía a perder el calor de tu mirada.
Seguimos con paso firme. Marchando sin saber muy bien a donde, pero cuerpo y alma juntos. Tu mano se con-fundió con la mía. Me buscó y encontró la fuerza de mis dedos, entrelazados. Mis manos dejaron de estar vacías. Todo dejó de importar. Las palabras fueron borradas. Los sentimientos siguen ahí.
Desde esa noche, tú y yo dormimos juntos, soñamos lo que no vivimos. Juntos siempre, aún en la distancia. Te preguntas el por qué, y yo antes de llegar a esa pregunta me interrogo sobre qué es esto. Da igual, esto no es el final, es el principio. Ahora, no me preguntes de qué. Ahora déjame quererte y quiéreme.





