EL FIN DEL CUERPO
Cuerpo y alma se dieron la mano y saltaron por la borda, no sin dudas ni sin miedos, pero dispuestos a que éstos no les impidieran ser honrados con ellos mismos.
No lo hacían el uno por el otro, lo hacían, porque habían llegado a un punto sin retorno. La carretera se había acabado y ante ellos se abría lo que a todas luces y a toda penumbra era un gran abismo. Era hora de volar, y volaron como sus lágrimas y las que no eran de ellos, porque con su amor dañaron a inocentes, como ellos, que también eran en parte culpables.
Sin embargo, el cuerpo, más atado a lo terrenal, tuvo miedo de su decisión y decidió dejarse arrastrar por la resaca de las olas que lo atrajeron hacia lo profundo lejos de la orilla donde el alma lo esperaba. Se marchó para nunca regresar, mientras el alma le decía adiós con la mano.
El alma cayó, desmayada, sin nadie que pudiera recogerla. Miles de brazos y de voces se abrieron paso en su inconsciencia. Durmió durante días o tal vez semanas... y al despertar oyó una voz nueva al otro lado de la isla. Nadie más aparecía y decidió entablar conversación con esa voz misteriosa. Discutieron durante horas y días. Era una voz preciosa cuyo tono se tornaba desagradable.
--Lo siento -- dijo el alma -- jamás nos pondremos de acuerdo. Mucho me temo que odio a aquellos que te han hecho daño, que creo en la libertad, en la irracionalidad del amor y creo en Dios pero no en el opus.
--Yo no lo siento -- repuso la voz -- porque yo entiendo y amo a los que me dañaron, creo que la libertad es una ilusión, que el amor es una reacción química, que Dios no existe, aunque crea en el Opus y en el señor de la Botella. Sin embargo, no pienses en las diferencias y amémonos porque me apetece decirte que te quiero.
El alma se enamoró de la voz, aún sin saber qué o quien era. Paradojas del destino, resultó ser una gaviota, espíritu no corpóreo, otra alma lanzada al abismo.
--¿Con qué tienes un cuerpo? Yo tengo otro, viviendo ahora mismo en mi presente. Pero desde que he llegado a esta isla sólo tú me pareces real.
--Ya no tengo ningún cuerpo, me abandono y desde entonces vaga por ahí, perdido como yo. Te advierto que no sé donde voy, pero si voy contigo, no iré a ninguna parte sin ti.
Vayamos pues, ahora que esta historia tiene un fin.
No lo hacían el uno por el otro, lo hacían, porque habían llegado a un punto sin retorno. La carretera se había acabado y ante ellos se abría lo que a todas luces y a toda penumbra era un gran abismo. Era hora de volar, y volaron como sus lágrimas y las que no eran de ellos, porque con su amor dañaron a inocentes, como ellos, que también eran en parte culpables.
Sin embargo, el cuerpo, más atado a lo terrenal, tuvo miedo de su decisión y decidió dejarse arrastrar por la resaca de las olas que lo atrajeron hacia lo profundo lejos de la orilla donde el alma lo esperaba. Se marchó para nunca regresar, mientras el alma le decía adiós con la mano.
El alma cayó, desmayada, sin nadie que pudiera recogerla. Miles de brazos y de voces se abrieron paso en su inconsciencia. Durmió durante días o tal vez semanas... y al despertar oyó una voz nueva al otro lado de la isla. Nadie más aparecía y decidió entablar conversación con esa voz misteriosa. Discutieron durante horas y días. Era una voz preciosa cuyo tono se tornaba desagradable.
--Lo siento -- dijo el alma -- jamás nos pondremos de acuerdo. Mucho me temo que odio a aquellos que te han hecho daño, que creo en la libertad, en la irracionalidad del amor y creo en Dios pero no en el opus.
--Yo no lo siento -- repuso la voz -- porque yo entiendo y amo a los que me dañaron, creo que la libertad es una ilusión, que el amor es una reacción química, que Dios no existe, aunque crea en el Opus y en el señor de la Botella. Sin embargo, no pienses en las diferencias y amémonos porque me apetece decirte que te quiero.
El alma se enamoró de la voz, aún sin saber qué o quien era. Paradojas del destino, resultó ser una gaviota, espíritu no corpóreo, otra alma lanzada al abismo.
--¿Con qué tienes un cuerpo? Yo tengo otro, viviendo ahora mismo en mi presente. Pero desde que he llegado a esta isla sólo tú me pareces real.
--Ya no tengo ningún cuerpo, me abandono y desde entonces vaga por ahí, perdido como yo. Te advierto que no sé donde voy, pero si voy contigo, no iré a ninguna parte sin ti.
Vayamos pues, ahora que esta historia tiene un fin.
DESNUDA CON EL CUERPO, DESNUDA SIN ÉL
Varios encuentros furtivos más se sucedieron y entre ellos besos, caricias y miradas. De nuevo se enredaron nuestros cuerpos y poco a poco, sin darnos cuenta, aún más y más nuestras almas. Caminábamos juntos, dados de la mano, un solo compás, un solo camino, el que nos marcó el destino cuando por sorpresa aparecí en su cama, cuando por sorpresa abrimos los ojos ante un amanecer distinto a cualquier otro.
El ansia crecía y yo notaba que con ella mi corazón y mi deseo. Nos preguntábamos en silencio qué era lo que estaba pasando y en el fondo de una taza de té, el cuerpo pareció encontrar la respuesta.
--Creo que esto ha sido una historia de amor desde el principio
Mi perplejidad no pudo ser mayor, por la sencillez de sus palabras, por la grandeza de lo que significaban.
Cien noches pasaron, con sus cien lunas. Un crucero y una cita en el Empire State. Una mano que me guió a su cama y que yo seguí hipnotizada. La marea traía resaca y entre la fuerza de las embestidas yo le susurré al oído: “A ti y a mi nos llevan olas sin leyes”. Después de tantos besos, era de nuevo como si fuera el primero y sentí la timidez de desnudar mi cuerpo, porque ya no eran ojos anónimos los que me miraban, sino mis propios ojos reflejados en los suyos, porque ya no éramos desconocidos, ni solo amantes, porque yo le había abierto puertas a mis entrañas que para todos permanecen cerradas. Me pidió que le desnudara, aunque mis manos ya rozaban el mar de sus secretos. Entonces sentí un enorme respeto. Dejó de ser sexo, si alguna vez fue solo eso.
A media luz, a media voz, la fuerza nos invadió y nos dejamos caer uno sobre otro. Torrente de pasión que no se sacia. Aire que mana de una boca a otra y manos que avanzan imparables por dos cuerpos que no se agotan. Los gritos rompieron el silenció sólo rasgado por el ruido de las olas chocando en nuestra barca. Le hice mío y me dejé caer sobre su piel, indefensa.
Le herí los labios de tanto besarle y se hirió mi corazón de tanto amarle.
No hay despedidas más tristes que las que nosotros dos tenemos, porque nunca sabemos si volveremos a vernos, aunque no dejemos de buscarnos, porque hay cosas que se quedan siempre en la esfera de los “pretendos”. Siempre existe el temor, el nunca es una palabra que a los dos nos da miedo. Y aunque siempre tengo espacio en mi cuerpo, no siempre existe el tiempo.
--Yo te quiero a ti – continuó diciendo mientras mis ojos aún no estaban ni abiertos.
Y yo recordé aquel crucero, con Cary Grant y Deborah Kher.
--¿Le quieres?
--Ahora ya no.
-----------------------------------------------------------------------------------------------------------
Tírate por la borda. Tirémonos que el tiempo no nos sobra. Pero no puede ser. Y te marchas por tu sendero y yo me abrigo con otros cuerpos.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------
--He conocido a un cuerpo – dije sin haberlo planeado – Y aunque siempre y nunca esté con él, debes saberlo.
--No me importa. ¿Por qué no está ahora él contigo y tú con él? Yo no lo veo – me contestaron
Y yo me dejé besar, y me dejé recorrer y me dejé desnudar sin respeto. Y sus brazos envolvieron lo que no era de ellos, mientras sus manos subían mi ropa y la tiraban al suelo. Se desnudó despacio mientras se hacía hueco. Pasé la noche a su abrigo. Se despidió con una sonrisa y con un te quiero. No quiso escucharme. No dormí sola, pero tampoco pude soñarle.
El ansia crecía y yo notaba que con ella mi corazón y mi deseo. Nos preguntábamos en silencio qué era lo que estaba pasando y en el fondo de una taza de té, el cuerpo pareció encontrar la respuesta.
--Creo que esto ha sido una historia de amor desde el principio
Mi perplejidad no pudo ser mayor, por la sencillez de sus palabras, por la grandeza de lo que significaban.
Cien noches pasaron, con sus cien lunas. Un crucero y una cita en el Empire State. Una mano que me guió a su cama y que yo seguí hipnotizada. La marea traía resaca y entre la fuerza de las embestidas yo le susurré al oído: “A ti y a mi nos llevan olas sin leyes”. Después de tantos besos, era de nuevo como si fuera el primero y sentí la timidez de desnudar mi cuerpo, porque ya no eran ojos anónimos los que me miraban, sino mis propios ojos reflejados en los suyos, porque ya no éramos desconocidos, ni solo amantes, porque yo le había abierto puertas a mis entrañas que para todos permanecen cerradas. Me pidió que le desnudara, aunque mis manos ya rozaban el mar de sus secretos. Entonces sentí un enorme respeto. Dejó de ser sexo, si alguna vez fue solo eso. A media luz, a media voz, la fuerza nos invadió y nos dejamos caer uno sobre otro. Torrente de pasión que no se sacia. Aire que mana de una boca a otra y manos que avanzan imparables por dos cuerpos que no se agotan. Los gritos rompieron el silenció sólo rasgado por el ruido de las olas chocando en nuestra barca. Le hice mío y me dejé caer sobre su piel, indefensa.
Le herí los labios de tanto besarle y se hirió mi corazón de tanto amarle.
No hay despedidas más tristes que las que nosotros dos tenemos, porque nunca sabemos si volveremos a vernos, aunque no dejemos de buscarnos, porque hay cosas que se quedan siempre en la esfera de los “pretendos”. Siempre existe el temor, el nunca es una palabra que a los dos nos da miedo. Y aunque siempre tengo espacio en mi cuerpo, no siempre existe el tiempo.
--Yo te quiero a ti – continuó diciendo mientras mis ojos aún no estaban ni abiertos.
Y yo recordé aquel crucero, con Cary Grant y Deborah Kher.
--¿Le quieres?
--Ahora ya no.
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Tírate por la borda. Tirémonos que el tiempo no nos sobra. Pero no puede ser. Y te marchas por tu sendero y yo me abrigo con otros cuerpos.
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--He conocido a un cuerpo – dije sin haberlo planeado – Y aunque siempre y nunca esté con él, debes saberlo.
--No me importa. ¿Por qué no está ahora él contigo y tú con él? Yo no lo veo – me contestaron
Y yo me dejé besar, y me dejé recorrer y me dejé desnudar sin respeto. Y sus brazos envolvieron lo que no era de ellos, mientras sus manos subían mi ropa y la tiraban al suelo. Se desnudó despacio mientras se hacía hueco. Pasé la noche a su abrigo. Se despidió con una sonrisa y con un te quiero. No quiso escucharme. No dormí sola, pero tampoco pude soñarle.





