De ángeles, demonios, estrellas y hermitaños
A veces olvido quien soy. Me vuelvo sombra, me envuelvo en mi alma, por ella cubierta, pero no más a cubierto por ello. Cierro los ojos y respiro. Paso sin pisar el suelo. Sonrío sin que mi rostro lo sienta. Frío helado que me recorre el cuerpo en un invierno tan largo que dura ya varios años.
Muchos somos los seres extraños, ángeles, demonios, estrellas y hermitaños, que más que pasar levitamos por este mundo. Y de una cosa estoy segura, para ser ángel antes se ha debido descender a los infiernos, como la Beatriz de Dante, porque la vida es una divina comedia, a veces más diva que comedida, a veces con poco de gracia y poco de vida.
Hasta Cristo bajo al averno, estuvo muerto, en el limbo de las almas perdidas, y revivió al tercer día. Y lo que no nos cuentan, es que siglos más tarde, Cristo se hizo mujer, Cristo se hizo Cristina.
Cristina un día murió en silencio, sin previo aviso, sin un solo grito de dolor. Rozó con la punta de los dedos el lugar donde moran los condenados y entre ellos reconoció a muchos de ellos y con todo el dolor de su corazón, prosiguió su camino. Sabía que ese no era su lugar. Escaló y escaló y consiguió llegar al purgatorio, donde encontró aún más tormento si cabe, el de los inculpados que intentaban desesperadamente desculparse. También entre ellos reconoció a amigos y no tan amigos, pero también les abandonó, porque tampoco ese era su lugar. Marchaba de un lugar a otro, gastando lágrimas para sí, regalando sonrisas para ellos. Y así consiguió llegar al cielo. Miraba a su alrededor y sólo veía felicidad, armonía y una paz fuera, que ella ya había sentido dentro en muchas ocasiones.
Un ángel o un demonio (a estas alturas ya no se sabe) se acercó a Cristina, intrigado por su mirada desconcertada.
-- Sé que cuesta el cambio. Hay tanto dolor ahí abajo… tanto que aún tengo metidos en la cabeza los gritos de los prisioneros de sus propias almas. Ellos están ahí porque así lo eligen. Son su propia cárcel, carceleros de ellos mismos que eligen infligirse dolor. En la Tierra las gentes piensan que es Dios quien los juzga, pero una vez que aquí llegamos, nos damos cuenta de que Dios jamás haría eso. Ni siquiera aprobó las oposiciones. Ahora tranquila, ya estás a salvo.
Cristina callaba y pensaba, pensaba y callaba. Y, de repente, sus ojos se iluminaron y pareció salir de su estado hipnótico. Subió unas enroscadas escaleras de caracol, saltando los peldaños de dos en dos, llamó a una pequeña puerta de madera que le aguardaba al final, y entró dentro. Permaneció allí durante varios minutos, y al salir llevaba un paracaídas atado a la espalda. El mismo demonio (¿o dijimos que era ángel?) sorprendido le preguntó:
--¿Dónde se supone que vas? No hay más lugar donde subir. Ya no se puede escalar. Estás en el mejor sitio. A salvo.
En lugar de contestarle, Cristina saltó rebotando de nube en nube, gritando y riendo como una niña. ¿A salvo?. Ella no quería estar a salvo. Había decidido regresar a la tierra y salvar con sus rezos, sus canciones de soul y sus sonrisas a todos los ángeles, demonios, estrellas y hermitaños que había visto perdidos en infierno y purgatorio.
Sabía que había elegido un camino difícil, que habría de perderse infinitud de veces, que lloraría y pasaría noches en vela, por todas aquellas almas que no podría salvar, pero sobre todo por todas aquella almas que como ella, no querrían salvarse.
Comentario:
Es lo primero que leo escrito por tí, salvo alguno que otra crítica de cine... y sólo puedo darte las gracias por tu generosidad de compartir con nostros esa creatividad y esa genialidad que tiens para poner sentimientos por escrito y darles formas de cuentos y estimular imágenes tan bellas que parecen sueños.
Comentario:
Gracias Raquel. Por tu sonrisa. Por tu mirada cómplice que entiende todo sin haber dicho nada con palabras. Porque de lo más cotidiano absorbes la energía, la mezclas con tarot, y el resultado es una poción mágica. Te quiero.





