La confesión
Levantó el pie del acelerador. No sé cómo se había enterado. ¿Quién se lo había dicho? Miré, de nuevo, por la ventanilla. Eucaliptos, algún carballo, el cielo azul. Estuve cinco minutos escuchando sus lágrimas, sin decir nada. La radio seguía sonando, pero no nos atrevimos a apagarla. Creo que pensé que si no me movía, si no decía nada…
Ella detuvo el coche y se lanzó fuera. Vomitó apoyada en un árbol. No salí a sujetarle la cabeza ni nada de eso. No podía moverme, no podía decir nada. Era culpable. Ni siquiera había llegado a contestar su pregunta. Bastó con que nos mirásemos. Ella, Laura, tenía los ojos verdes, profundos. Nunca los vi tan claros. ¿Cuánto hacía que no me fijaba en ellos? Todo comenzó una tarde. Llovía.
Ella detuvo el coche y se lanzó fuera. Vomitó apoyada en un árbol. No salí a sujetarle la cabeza ni nada de eso. No podía moverme, no podía decir nada. Era culpable. Ni siquiera había llegado a contestar su pregunta. Bastó con que nos mirásemos. Ella, Laura, tenía los ojos verdes, profundos. Nunca los vi tan claros. ¿Cuánto hacía que no me fijaba en ellos? Todo comenzó una tarde. Llovía.
Humo
Dejó el cigarro y se empezó a desnudar. Su cuerpo era precioso, redondo, dorado. Se tumbó a mi lado y me dijo al oído. Sonreí, sonreí como un estúpido que por fin ha conseguido lo que quiere y luego me mordió, despacio. Fue suave, al principio. Olía a una mezcla de colonia para bebes y a vainilla. Me hizo creer que todo era así de fácil. Todo era sencillo si volvíamos a estar juntos, pensé que nunca volveríamos a separarnos. Fui feliz porque hicimos el amor, pero sobre todo porque estábamos juntos después de tanto tiempo. Otra vez.
Me desperté. Ya era de noche, pero ella seguía a mi lado. Estaba fumando otro cigarro. Dijo que tenía hambre, que iba a salir a tomar algo.
- Voy contigo.
Sonrió y, sin decir nada, se puso la ropa. Me dejó un beso en los labios antes de marcharse. Ya no olía a colonia, ni a vainilla. El cenicero estaba lleno. El paquete de tabaco, vacío.
Me desperté. Ya era de noche, pero ella seguía a mi lado. Estaba fumando otro cigarro. Dijo que tenía hambre, que iba a salir a tomar algo.
- Voy contigo.
Sonrió y, sin decir nada, se puso la ropa. Me dejó un beso en los labios antes de marcharse. Ya no olía a colonia, ni a vainilla. El cenicero estaba lleno. El paquete de tabaco, vacío.
O recuncho de Maite
¿Por qué me odias Maite? Sólo quiero tomarme un pincho de tortilla y un café solo. Hoy no te salió tan rica. ¿Qué pone en el periódico? Llueve. Es bueno para los incendios. Lo bueno es malo. Quizá por eso hoy me desperté con morriña. Anoche cuando me acosté Laura ya estaba dormida. Cuando se fue esta mañana, no tuve fuerzas para abrir los ojos. Cuando me he levantado no estaba. La cama es muy grande, Maite. El gato tenía hambre y no quedaba de su comida (esas bolas que huelen tan mal, pero a él le gustan).
No me mires así. Puedo sentir tu mirada. En el periódico, ¿hay algo interesante? Hoy es jueves; no está César. ¿Leíste la del aire acondicionado? Aire en condiciones. Debería sacarlas en un libro. Yo, ya sabes, sigo esperando una llamada. Algún día, cuando menos te lo esperes, te lo regalo.
Que más me dan las noticias. Echo de menos al gato Samuel. El mío se llama Siete, ¿lo sabías? Siete es pelirrojo y lento. Y me mira de frente. No le gusta estorbar, como a mí. Todo el mundo dice que nos parecemos bastante. ¿Tienes gato? Laura tiene que estar a punto de volver. Siete no entiende de inspiración, de rapto, de ninguna de esas vainas. Tiene un reloj en el estómago y otro en el corazón, el de los mimos.
Tengo que hacer la comida. Ahora te pediré la cuenta, Maite, y miraré como subes la escalinata (sé que tú también sientes mi mirada) y en el último escalón te girarás. Desde allí arriba, parada, me dices que deje de mirarte de esa manera, como si fueras mi novia. Tu voz pierde volumen, ni siquiera puedes acabar la frase, tímida, no sabes cómo explicarte. Y cuando te vuelves (y vuelas) yo sigo sonriendo a tu minifalda.
No me mires así. Puedo sentir tu mirada. En el periódico, ¿hay algo interesante? Hoy es jueves; no está César. ¿Leíste la del aire acondicionado? Aire en condiciones. Debería sacarlas en un libro. Yo, ya sabes, sigo esperando una llamada. Algún día, cuando menos te lo esperes, te lo regalo.
Que más me dan las noticias. Echo de menos al gato Samuel. El mío se llama Siete, ¿lo sabías? Siete es pelirrojo y lento. Y me mira de frente. No le gusta estorbar, como a mí. Todo el mundo dice que nos parecemos bastante. ¿Tienes gato? Laura tiene que estar a punto de volver. Siete no entiende de inspiración, de rapto, de ninguna de esas vainas. Tiene un reloj en el estómago y otro en el corazón, el de los mimos.
Tengo que hacer la comida. Ahora te pediré la cuenta, Maite, y miraré como subes la escalinata (sé que tú también sientes mi mirada) y en el último escalón te girarás. Desde allí arriba, parada, me dices que deje de mirarte de esa manera, como si fueras mi novia. Tu voz pierde volumen, ni siquiera puedes acabar la frase, tímida, no sabes cómo explicarte. Y cuando te vuelves (y vuelas) yo sigo sonriendo a tu minifalda.
Sábado en el centro comercial
Yo recomendaría la muy denigrada torre de marfil, no como prisión del escritor sino sólo como dirección estable, provista naturalmente de teléfono y ascensor por si a uno le apetece bajar un momento a comprar el periódico de la tarde o pedirle a un amigo que suba a jugar una partida de ajedrez, cosa ésta sugerida en cierto modo por la forma y la textura de la morada. Es un lugar fresco y agradable, con un inmenso panorama circular, y cantidades de libros y de aparatos prácticos. Pero antes de construirse uno su torre de marfil debe tomarse la inevitable molestia de matar algunos elefantes.
Vladimir Nabokov
Curso de literatura europea. Ediciones B. 1980
El sábado salté por la ventana, le fui infiel a mi librera y estuve en el cine. Hacía mucho tiempo que no hacía ninguna de las tres cosas. Quizá lo más triste fue lo de la infidelidad, pero no así lo más doloroso. ¿No me creen? Vayan a ver la película.
Todo el mundo piensa que ser infiel es algo divertido. A mí, no me pone. De verdad. Además, por si fuera poco, elegí el peor sitio que se puedan imaginar: un centro comercial, una gran superficie dentro de un centro comercial. Ella, mi librera, todavía no lo sabe. Todavía no sabe que le fui infiel, estoy tan nervioso, que no sé si consigo explicarme. El sábado, durante el acto, estuve tentado de mandarle un SMS, incluso me hubiese gustado cruzarme con algún conocido que corriera a contárselo y así evitarme el mal trago de tener que decírselo (yo mismo) o invitarle a que lo lea en estas líneas (lo cual me parece una cobardía que acabaré realizando).
La broma me costó 12 €, seis por cabeza.
Al principio tardé en ponerme. Había demasiada luz, las tapas duras, todas aquellas fotos mirándome… No sabía por dónde empezar. Por muchas veces que lo haya hecho, el primer acercamiento me sigue llenando de nervios el estómago, una sensación de montaña rusa, mezcla de peligro y placer... pero hay un momento, un instante distinto a todos los demás en el que ya no puedes volver atrás. Ese instante, una especie de clic cerebral para que me entiendan, marca que no hay retorno. Y ya, una vez que se tienen los pantalones bajados, no queda más que disfrutar de la experiencia e intentar sacar algo positivo de aquello. Lo cual (dicen) siempre es posible (¿qué sabrán ellos?). Tras un par de horas lo conseguí: en aquella montaña de papel higiénico con tapa dura, conseguí encontrar uno de Azcona y un Monterroso. La tarde estaba salvada. No los iba buscando, pero como les pasa a ustedes (a todos ustedes), acabé comprando (de eso se trata).
Una cajera, ni simpática ni lo contrario, más bien de plástico, pasó mi tarjeta de crédito por el lector y me hizo firmar un papel. Luego, entré en un sitio horrible y pequeño, al que el ruido y el tufo proveniente de los servicios lo hacían parecer todavía peor. Sencillamente, porque no había otra manera de hacer tiempo hasta la hora de la película. Si al menos hubiese encontrado un banco, o el suelo no estuviese tan sucio que daba asco pisarlo, no ya sentarse... Pensé que un poco de lectura (aún en ese antro) minimizaría la espera y me equivoqué. Una hora después, el café con hielo me costó 1.40 € (lo mismo que un paquete de un kilo importado de Brasil y tostado a mano por bellas indígenas comprado en el súper de debajo de mi casa) y no había conseguido avanzar ni una sola página.
Algo cabreado y con mal sabor de boca, salí y, cuando estaba a punto de bajar las escaleras para entrar al cine, vi una tienda de golosinas (están estratégicamente colocadas). Parecía que no todo iba a ser malo aquella tarde. Como antídoto a tanta amargura decidí tomar un chupachups, pero no uno cualquiera: uno de esos que tienen chicle por dentro y que cuando yo era joven (más joven) se llamban Kojak, como el célebre y calvo investigador privado. ¿Adivinan? Tuve que conformarme con una imitación (eso sí, Made in Alicante) ¿o es que ya nada es como antes?. A estas alturas ya no tenía fuerzas para preguntarle a la chica si ya no se fabricaban aquellas (ahora sí) añoradas bolas de caramelo con palo y corazón de chicle. Pagué (¡0.30 €!) y, por fin, me sumergí en la oscuridad de la sala.
De la película, mejor no hablemos.
Vladimir Nabokov
Curso de literatura europea. Ediciones B. 1980
El sábado salté por la ventana, le fui infiel a mi librera y estuve en el cine. Hacía mucho tiempo que no hacía ninguna de las tres cosas. Quizá lo más triste fue lo de la infidelidad, pero no así lo más doloroso. ¿No me creen? Vayan a ver la película.
Todo el mundo piensa que ser infiel es algo divertido. A mí, no me pone. De verdad. Además, por si fuera poco, elegí el peor sitio que se puedan imaginar: un centro comercial, una gran superficie dentro de un centro comercial. Ella, mi librera, todavía no lo sabe. Todavía no sabe que le fui infiel, estoy tan nervioso, que no sé si consigo explicarme. El sábado, durante el acto, estuve tentado de mandarle un SMS, incluso me hubiese gustado cruzarme con algún conocido que corriera a contárselo y así evitarme el mal trago de tener que decírselo (yo mismo) o invitarle a que lo lea en estas líneas (lo cual me parece una cobardía que acabaré realizando).
La broma me costó 12 €, seis por cabeza.
Al principio tardé en ponerme. Había demasiada luz, las tapas duras, todas aquellas fotos mirándome… No sabía por dónde empezar. Por muchas veces que lo haya hecho, el primer acercamiento me sigue llenando de nervios el estómago, una sensación de montaña rusa, mezcla de peligro y placer... pero hay un momento, un instante distinto a todos los demás en el que ya no puedes volver atrás. Ese instante, una especie de clic cerebral para que me entiendan, marca que no hay retorno. Y ya, una vez que se tienen los pantalones bajados, no queda más que disfrutar de la experiencia e intentar sacar algo positivo de aquello. Lo cual (dicen) siempre es posible (¿qué sabrán ellos?). Tras un par de horas lo conseguí: en aquella montaña de papel higiénico con tapa dura, conseguí encontrar uno de Azcona y un Monterroso. La tarde estaba salvada. No los iba buscando, pero como les pasa a ustedes (a todos ustedes), acabé comprando (de eso se trata).
Una cajera, ni simpática ni lo contrario, más bien de plástico, pasó mi tarjeta de crédito por el lector y me hizo firmar un papel. Luego, entré en un sitio horrible y pequeño, al que el ruido y el tufo proveniente de los servicios lo hacían parecer todavía peor. Sencillamente, porque no había otra manera de hacer tiempo hasta la hora de la película. Si al menos hubiese encontrado un banco, o el suelo no estuviese tan sucio que daba asco pisarlo, no ya sentarse... Pensé que un poco de lectura (aún en ese antro) minimizaría la espera y me equivoqué. Una hora después, el café con hielo me costó 1.40 € (lo mismo que un paquete de un kilo importado de Brasil y tostado a mano por bellas indígenas comprado en el súper de debajo de mi casa) y no había conseguido avanzar ni una sola página.
Algo cabreado y con mal sabor de boca, salí y, cuando estaba a punto de bajar las escaleras para entrar al cine, vi una tienda de golosinas (están estratégicamente colocadas). Parecía que no todo iba a ser malo aquella tarde. Como antídoto a tanta amargura decidí tomar un chupachups, pero no uno cualquiera: uno de esos que tienen chicle por dentro y que cuando yo era joven (más joven) se llamban Kojak, como el célebre y calvo investigador privado. ¿Adivinan? Tuve que conformarme con una imitación (eso sí, Made in Alicante) ¿o es que ya nada es como antes?. A estas alturas ya no tenía fuerzas para preguntarle a la chica si ya no se fabricaban aquellas (ahora sí) añoradas bolas de caramelo con palo y corazón de chicle. Pagué (¡0.30 €!) y, por fin, me sumergí en la oscuridad de la sala.
De la película, mejor no hablemos.
Esa mujer de blanco
De Madriz vengo. Y eso se nota. A ratos. Hoy me he vuelto a dar cuenta al ver a una mujer cruzando un paso de cebra. Vestido blanco, melena rubia peinada y lisa, chanclas a juego, enorme bolso. Un reloj brillaba en su muñeca. Los pendientes, a juego. Yo esperaba frente al hotel Riazor y ella esperaba a que el semáforo se pusiese verde. Yo sabía que ella iba a la playa y ella también.
En el Levante (esa playa de Madriz que se pone insoportable en agosto, paréntesis dentro de paréntesis: como todas) se baja de cualquier forma a la playa. Si acaso, las mujeres se ponen un pareo (un pañuelo grande) para no andar en bikini (que son como las bragas, pero secan antes) por delante de los bares del Paseo. En el Norte, la costa norte, incluyendo el Oeste desde el que escribo; las señoras y los señores, la mayoría de los señores, se acicalan para bajar a la playa. Quizá porque estamos en una ciudad, quizá por algún antiguo rito que desconozco, es difícil distinguir entre quién baja a la playa o se dirige al trabajo o de compras al nuevo centro comercial (y ya aprovecho: ¿otro? ¿era necesario? Amenazan con dos más para el año que viene).
Y ya termino. Lo mejor, como siempre, viene al final y para relatarlo permítanme que me afecte: esa mujer de blanco, una vez instalada cómodamente en su toalla, extraída del gigantesco bolso que colgara de su hombro, saca, del mismo bolso y con igual elegancia, un enorme y oloroso bocadillo envuelto en su correspondiente (y reglamentario) papel de aluminio (mal llamado, de plata). Las dos, hora de comer, aquí, en Madriz y en el Levante.
En el Levante (esa playa de Madriz que se pone insoportable en agosto, paréntesis dentro de paréntesis: como todas) se baja de cualquier forma a la playa. Si acaso, las mujeres se ponen un pareo (un pañuelo grande) para no andar en bikini (que son como las bragas, pero secan antes) por delante de los bares del Paseo. En el Norte, la costa norte, incluyendo el Oeste desde el que escribo; las señoras y los señores, la mayoría de los señores, se acicalan para bajar a la playa. Quizá porque estamos en una ciudad, quizá por algún antiguo rito que desconozco, es difícil distinguir entre quién baja a la playa o se dirige al trabajo o de compras al nuevo centro comercial (y ya aprovecho: ¿otro? ¿era necesario? Amenazan con dos más para el año que viene).
Y ya termino. Lo mejor, como siempre, viene al final y para relatarlo permítanme que me afecte: esa mujer de blanco, una vez instalada cómodamente en su toalla, extraída del gigantesco bolso que colgara de su hombro, saca, del mismo bolso y con igual elegancia, un enorme y oloroso bocadillo envuelto en su correspondiente (y reglamentario) papel de aluminio (mal llamado, de plata). Las dos, hora de comer, aquí, en Madriz y en el Levante.
Tarde de vómitos
Es fácil saber de que humor me encuentro esta tarde. Basta con escuchar la música, su volumen elevado. Mis gritos sordos llenan la habitación y aumentan la temperatura. Saber el humor que gasto es bastante más fácil que mirarme a la cara. Ni yo mismo me aguanto. Tengo ganas de salir, de mirar el horizonte, de fumar, olvidar, perderme. Estoy molesto, hablo con desgana, miro a los ojos, miro mal miro. Abro y cierro el procesador de textos, cierro sin guardar el último párrafo. Me da igual lo que pienses, me da igual me da igual lo que sientan (tú y el resto). Soy un puto friki sin patria, adicto a la monotonía de mañanas de paseo y de tardes leyendo escribiendo o mirando webs porno. Renuncio al dinero por todo esto y si quiero ganarlo será sólo por ella y por ese mínimo de vanidad que de vez en cuando me encuentro.
Todo es absurdo, carece de sentido, sería mejor pegarme un tiro; nadie me echaría de menos, esta bola de barro seguiría dando vueltas, tardarían más en limpiar mis sesos de las paredes que en olvidar mi nombre porque soy el excremento de una mosca sobre la pantalla de un ordenador, soy esa mancha de óxido que aparece en las camisetas que cuelgas con pinzas viejas, soy una especie de silbido que produce una ráfaga de viento y que te roba el sombrero, te levanta la falda y deja ver tus muslos, te sorprende y descoloca, pero sigues caminando y me olvidas como se olvida el sabor de una mirada, el olor de un beso. El primer beso con sabor a nocilla en el terraplén de mi pueblo y luego nada. Volver a casa y no tener a quién contárselo. Un beso, el beso de una niña de diez años que ahora recuerdo en una tarde amarilla, con la espalda pegada a una pared de piedra, el sudor de las cinco de la tarde
¿a dónde vas con el calor que hace?
y cómo se lo iba yo a explicar a mi abuela, decirle que había visto una chica, que no era guapa, ni me gustaba, pero yo sabía que
sólo uno, me da igual
Y todo por nada. ¿Cómo se llamaba? ¿Qué más da? Aquella tarde amarilla vuelve a mi cabeza y pierdo los nombres y confundo las caras, la izquierda con la derecha, no me importa donde queda el norte porque yo sólo quiero seguir el rumor de tus pasos, el sonido de tus bufidos cuando mis dedos se empapan dentro de ti y sentir(te). Que hace mucho que no te tengo y me vuelvo a preguntar algo y no tengo respuestas porque nada tiene sentido excepto un beso (que no fue el tuyo) y que no volverá a serlo. Lo he perdido, no recuerdo tu nombre y lo mejor de todo es que no quiero saberlo.
Todo es absurdo, carece de sentido, sería mejor pegarme un tiro; nadie me echaría de menos, esta bola de barro seguiría dando vueltas, tardarían más en limpiar mis sesos de las paredes que en olvidar mi nombre porque soy el excremento de una mosca sobre la pantalla de un ordenador, soy esa mancha de óxido que aparece en las camisetas que cuelgas con pinzas viejas, soy una especie de silbido que produce una ráfaga de viento y que te roba el sombrero, te levanta la falda y deja ver tus muslos, te sorprende y descoloca, pero sigues caminando y me olvidas como se olvida el sabor de una mirada, el olor de un beso. El primer beso con sabor a nocilla en el terraplén de mi pueblo y luego nada. Volver a casa y no tener a quién contárselo. Un beso, el beso de una niña de diez años que ahora recuerdo en una tarde amarilla, con la espalda pegada a una pared de piedra, el sudor de las cinco de la tarde
¿a dónde vas con el calor que hace?
y cómo se lo iba yo a explicar a mi abuela, decirle que había visto una chica, que no era guapa, ni me gustaba, pero yo sabía que
sólo uno, me da igual
Y todo por nada. ¿Cómo se llamaba? ¿Qué más da? Aquella tarde amarilla vuelve a mi cabeza y pierdo los nombres y confundo las caras, la izquierda con la derecha, no me importa donde queda el norte porque yo sólo quiero seguir el rumor de tus pasos, el sonido de tus bufidos cuando mis dedos se empapan dentro de ti y sentir(te). Que hace mucho que no te tengo y me vuelvo a preguntar algo y no tengo respuestas porque nada tiene sentido excepto un beso (que no fue el tuyo) y que no volverá a serlo. Lo he perdido, no recuerdo tu nombre y lo mejor de todo es que no quiero saberlo.
A primera vista
Al salir del metro ando entre charcos. Sales del portal y casi chocamos. Nuestras miradas se cruzan y enseguida me doy cuenta de quien eres. Intento seguirte, pero la gente me despista. Toco un hombro, ella se gira, distinta mujer, el mismo cuento.
Vuelvo a tu calle y vigilo el portal. Hace rato que no llueve. Empiezo a pensar que a lo mejor no vives aquí. Puede ser que estuvieses visitando a un amigo, amiga... algún conocido.
Llega la noche y con ella el camión de la basura. Hace mucho ruido, algún impaciente toca el claxon y aumenta el ruido. Detrás del camión, que no deja de hacer ruido, ha quedado atrapado tu coche. Sales y me miras y te acercas con un cigarro en los labios. Te doy fuego y sonrío. Sonrío y hablamos. Poco. Una, cinco preguntas. Siete, tres respuestas. El camión avanza y ahora te pitan a ti. Corres al coche, arrancas y te pierdo de vista.
Sigo toda la noche esperando. No llegas.
Era un coche pequeño, de formas redondeadas. Tenía matrícula nueva. Explico en Tráfico. Se niegan a darme tus datos. Pido por favor. El funcionario reniega. Decido marcharme y antes de salir vuelvo a verte. Me pongo a tu lado y hacemos cola ciento veinte minutos. Luego nos mandan a la ventanilla nueve y esperamos otro poco. Cuando te atienden, tomamos café. Yo, uno solo; tú, uno con leche.
Recuerdas que tienes que hacer algo. Te pido el teléfono y te amenazo con llamarte esta misma tarde. A los dos nos gustan las películas.
El número es falso. Me has mentido.
En el cine la gente come palomitas. Leo los subtítulos y me río con los chistes. Todos nos reímos a carcajadas. Distingo tu risa. Te busco. Tres filas por delante. También has venido sola. Me levanto y voy a tu lado. Miramos la película en silencio y leemos los créditos. Cuando encienden las luces no me reconoces, pero yo sé que eres tú.
No te importa que paseemos. Caminamos por una calle, luego por otra. Juraría que por aquí ya hemos pasado. Que al llegar a esta esquina giramos. Ahora seguimos recto. Dices de coger un taxi, todavía queda un trecho y estás un poco cansada. Yo necesitaría ir a un cajero. Dices que no hace falta, siempre (además es mejor) te has apañado sola. Pero no hay luna. Hay mucho loco suelto. No quiero que estés sola. A doscientos metros veo un cajero. Te pido que esperes mientras echo a correr y cuando tecleo el número personal, miro y veo el piloto verde del taxi al que te estás subiendo. Cancelo la operación y no sale la tarjeta. Pulso y pulso. Espero y desespero. Cojo el móvil y marco el número de “en-casos-de-extravío-comuníquelo-sin-demora”.
Tu voz me saluda y me dices tu nombre y me preguntas en qué puedes ayudarme. Te lo explico lentamente. Anulas mi tarjeta y solicitas un duplicado. Como medida de seguridad compruebas mi dirección. Te la digo y te sientes satisfecha. Empieza a llover. Me escondo en una marquesina y antes de colgar pregunto si puedo llamarte cuando quiera. Afirmativo.
Salto bajo la lluvia hasta meterme en la boca de metro más cercana. Empapado y sudando me siento. Consigo dormir un rato y estoy soñando contigo (estábamos en lo mejor del sueño), cuando el tren llega haciendo ruido y pitando.
Entro. En el vagón no hay nadie. En la próxima parada subes y te sientas lejos. Voy. Te digo mi nombre y finges no recordarlo. Por primera vez me quedo sin palabras. No sé cómo seducirte. Eres tú la que empieza. Hablamos en pasado. Hay bromas que no entiendo. No me gusta lo que dices. Quiero bajarme. Me tocas.
Al salir del metro ando entre charcos. Sales del portal y casi chocamos. Nuestras miradas se cruzan y enseguida me doy cuenta de quien eres. Intento seguirte, pero la gente me despista. Toco un hombro, ella se gira, distinta mujer, el mismo cuento.
Vuelvo a tu calle y vigilo el portal. Hace rato que no llueve. Empiezo a pensar que a lo mejor no vives aquí. Puede ser que estuvieses visitando a un amigo, amiga... algún conocido.
Llega la noche y con ella el camión de la basura. Hace mucho ruido, algún impaciente toca el claxon y aumenta el ruido. Detrás del camión, que no deja de hacer ruido, ha quedado atrapado tu coche. Sales y me miras y te acercas con un cigarro en los labios. Te doy fuego y sonrío. Sonrío y hablamos. Poco. Una, cinco preguntas. Siete, tres respuestas. El camión avanza y ahora te pitan a ti. Corres al coche, arrancas y te pierdo de vista.
Sigo toda la noche esperando. No llegas.
Era un coche pequeño, de formas redondeadas. Tenía matrícula nueva. Explico en Tráfico. Se niegan a darme tus datos. Pido por favor. El funcionario reniega. Decido marcharme y antes de salir vuelvo a verte. Me pongo a tu lado y hacemos cola ciento veinte minutos. Luego nos mandan a la ventanilla nueve y esperamos otro poco. Cuando te atienden, tomamos café. Yo, uno solo; tú, uno con leche.
Recuerdas que tienes que hacer algo. Te pido el teléfono y te amenazo con llamarte esta misma tarde. A los dos nos gustan las películas.
El número es falso. Me has mentido.
En el cine la gente come palomitas. Leo los subtítulos y me río con los chistes. Todos nos reímos a carcajadas. Distingo tu risa. Te busco. Tres filas por delante. También has venido sola. Me levanto y voy a tu lado. Miramos la película en silencio y leemos los créditos. Cuando encienden las luces no me reconoces, pero yo sé que eres tú.
No te importa que paseemos. Caminamos por una calle, luego por otra. Juraría que por aquí ya hemos pasado. Que al llegar a esta esquina giramos. Ahora seguimos recto. Dices de coger un taxi, todavía queda un trecho y estás un poco cansada. Yo necesitaría ir a un cajero. Dices que no hace falta, siempre (además es mejor) te has apañado sola. Pero no hay luna. Hay mucho loco suelto. No quiero que estés sola. A doscientos metros veo un cajero. Te pido que esperes mientras echo a correr y cuando tecleo el número personal, miro y veo el piloto verde del taxi al que te estás subiendo. Cancelo la operación y no sale la tarjeta. Pulso y pulso. Espero y desespero. Cojo el móvil y marco el número de “en-casos-de-extravío-comuníquelo-sin-demora”.
Tu voz me saluda y me dices tu nombre y me preguntas en qué puedes ayudarme. Te lo explico lentamente. Anulas mi tarjeta y solicitas un duplicado. Como medida de seguridad compruebas mi dirección. Te la digo y te sientes satisfecha. Empieza a llover. Me escondo en una marquesina y antes de colgar pregunto si puedo llamarte cuando quiera. Afirmativo.
Salto bajo la lluvia hasta meterme en la boca de metro más cercana. Empapado y sudando me siento. Consigo dormir un rato y estoy soñando contigo (estábamos en lo mejor del sueño), cuando el tren llega haciendo ruido y pitando.
Entro. En el vagón no hay nadie. En la próxima parada subes y te sientas lejos. Voy. Te digo mi nombre y finges no recordarlo. Por primera vez me quedo sin palabras. No sé cómo seducirte. Eres tú la que empieza. Hablamos en pasado. Hay bromas que no entiendo. No me gusta lo que dices. Quiero bajarme. Me tocas.
Al salir del metro ando entre charcos. Sales del portal y casi chocamos. Nuestras miradas se cruzan y enseguida me doy cuenta de quien eres. Intento seguirte, pero la gente me despista. Toco un hombro, ella se gira, distinta mujer, el mismo cuento.
Last call
- Última llamada para el vuelo 8702 con destino Paris-Orly. Last call to flight 8702 to Paris-Orly.
La azafata mira a Miguel y a su hijo. En su mano sostiene tres billetes de avión.
- Si quiere ir a buscar a su mujer, yo puedo cuidar del pequeñín.
- Ahora viene, no se preocupe. Viene ahora, sólo ha tenido que ir al baño. Nada más.
- Seguro, no se preocupe. Pero tenemos que cerrar…
- ¿Puede llamarla otra vez?
- Atención, se ruega a la Señora Rosario Zalaeta preséntese en la puerta E68. Señora Rosario Zalaeta, puerta E68.
La azafata devuelve las tarjetas de embarque al hombre y toca la cabeza del niño.
- No se preocupe, seguro que aparece enseguida –y agachándose, cambiando el tono, le dice al niño- ¿Qué, a Eurodisney, eh?
Miguelito la mira de abajo arriba, como miran casi todos los niños, con esos ojos abiertos y grandes, sin comprender porque utiliza ese tono cariñoso ni porque vocaliza de esa forma. Miguelito mira y calla.
- Miguelito, dile que sí a la señora. Miguelito.
Sus padres piensan que es un niño tímido, introvertido, hasta le hicieron pruebas por si era autista. Miguelito se vuelve hacia su padre. Sus nombres son iguales, pero no les llaman de la misma forma. Miguelito hace girar las hélices de su avión de plástico y lo aterriza en el mostrador.
- Atención, se ruega a la Señora Rosario Zalaeta preséntese en la puerta E68. Señora Rosario Zalaeta, puerta E68.
En el monitor, Miguel observa el parpadeo de “última llamada”. Vuelve a mirar el pasillo, mira fijamente a las mujeres que se dirigen hacia ellos como, si en cualquier momento, una de ellas fuera a transformarse en su esposa (Rosi, Rosario, Ro. Aquella chica del último pupitre con la que ha vivido sus últimos veintitrés años). ¿Queda alguna posibilidad de que aparezca, presurosa, con el pelo revuelto, la respiración agitada, le dé un beso en los labios e invente, mienta, le diga que se ha entretenido en el Duty Free?
- Señor Zalaeta, me temo que vamos a tener que cerrar el embarque, ¿suben?
Miguelito tira de la manga de la americana de su padre. Miguel le mira, vuelve a mirar el pasillo, otra vez a su hijo: apenas un metro de alto, la cara redonda, los ojos abiertos. Su mirada permanece tranquila, plácida y ajena. Nunca sé lo que está pensando, en eso se parece a su madre, piensa.
La azafata mira a Miguel y a su hijo. En su mano sostiene tres billetes de avión.
- Si quiere ir a buscar a su mujer, yo puedo cuidar del pequeñín.
- Ahora viene, no se preocupe. Viene ahora, sólo ha tenido que ir al baño. Nada más.
- Seguro, no se preocupe. Pero tenemos que cerrar…
- ¿Puede llamarla otra vez?
- Atención, se ruega a la Señora Rosario Zalaeta preséntese en la puerta E68. Señora Rosario Zalaeta, puerta E68.
La azafata devuelve las tarjetas de embarque al hombre y toca la cabeza del niño.
- No se preocupe, seguro que aparece enseguida –y agachándose, cambiando el tono, le dice al niño- ¿Qué, a Eurodisney, eh?
Miguelito la mira de abajo arriba, como miran casi todos los niños, con esos ojos abiertos y grandes, sin comprender porque utiliza ese tono cariñoso ni porque vocaliza de esa forma. Miguelito mira y calla.
- Miguelito, dile que sí a la señora. Miguelito.
Sus padres piensan que es un niño tímido, introvertido, hasta le hicieron pruebas por si era autista. Miguelito se vuelve hacia su padre. Sus nombres son iguales, pero no les llaman de la misma forma. Miguelito hace girar las hélices de su avión de plástico y lo aterriza en el mostrador.
- Atención, se ruega a la Señora Rosario Zalaeta preséntese en la puerta E68. Señora Rosario Zalaeta, puerta E68.
En el monitor, Miguel observa el parpadeo de “última llamada”. Vuelve a mirar el pasillo, mira fijamente a las mujeres que se dirigen hacia ellos como, si en cualquier momento, una de ellas fuera a transformarse en su esposa (Rosi, Rosario, Ro. Aquella chica del último pupitre con la que ha vivido sus últimos veintitrés años). ¿Queda alguna posibilidad de que aparezca, presurosa, con el pelo revuelto, la respiración agitada, le dé un beso en los labios e invente, mienta, le diga que se ha entretenido en el Duty Free?
- Señor Zalaeta, me temo que vamos a tener que cerrar el embarque, ¿suben?
Miguelito tira de la manga de la americana de su padre. Miguel le mira, vuelve a mirar el pasillo, otra vez a su hijo: apenas un metro de alto, la cara redonda, los ojos abiertos. Su mirada permanece tranquila, plácida y ajena. Nunca sé lo que está pensando, en eso se parece a su madre, piensa.
Soñador de imposibles
El pez se enamoró de la caricia del aire y murió asfixiado.
Prometí que no lo haría
Hoy, mientras media España llora de sed y la otra se asfixia, desayuno un pincho de tortilla y un café solo. Camino por la atalaya del Paseo Marítimo y deslizo mi mirada por el horizonte y la arena, toallas, mujeres y agua. Dejo que el sol me vaya despertando mientras repaso mentalmente estas líneas para llevarlas al cuaderno y luego trabajarlas. Cuando no puedo más, me siento y escribo. Me detengo para contemplar un beso, un turista al que le piden que haga una foto.No bajo a la arena, sólo miro. Prometí que no iba a hacerlo, igual que prometí que no miraría tus pechos desnudos en la playa. Soy de poca palabra, cobarde y culpable.
Repican campanas. Un anciano con garrota y gorra arrastra sus zapatillas de estar por casa hasta el extremo del dique y se apoya en la barandilla. Lucha con el viento. Pierde. Dobla “El Progreso” bajo el brazo. Media vuelta, respira hondo y pasa a mi lado. De nuevo el horizonte para mí solo. Pero la foto en la que pienso no es la de hoy, no es un día soleado. (Era un día de viento, había llovido. Un invierno, el primero que pasaba en esta ciudad, en un paseo solitario, hice una foto que ahora, no sé porqué, recuerdo.)
Alguien olvidó un sombrero sobre el banco que hay enfrente. Sé que no voy a cogerlo. Prometí que no lo haría, que no iba a hacerlo, pero soy tan cobarde. Ciclotímico. Dije (para mis adentros, que es como hacer una promesa) que no publicaría aquí lo que me fuese sucediendo, que estos textos descansarían en cajones y carpetas (de un disco duro que a poco he ido llenando) antes de que nadie más pudiese leerlos.
Pero hoy esto no es eso. En estas líneas en las que no he dicho nada (lo reconozco: quizá haya jugado con alguna imagen, cambiado algún verbo, inventado una metáfora, o ninguna), todavía no he dicho cual es el motivo de mi alegría, de esta felicidad contenida con la que recorro el Paseo. Y va siendo el momento: he recibido por contrareembolso Pájaros de Hispanoamérica de Augusto Monterroso. Y me he leído el primer retrato, Ernesto Cardenal (Nicaragua), mientras desayunaba un café solo y un pincho de tortilla.
Laberinto continuo
Augusto Monterroso tardó diez años en escribir (aunque, como pensará cualquiera que lo haya leído, no creo que sea el verbo correcto) Movimiento perpetuo. ¿Cuánto debería tardar yo en leerlo? Puedo asegurarles que sería capaz de devorarlo en una tarde; la edición que poseo apenas se trata de 125 cuartillas, algunas ni siquiera manchadas en la mitad de su superficie y, con esa manía editorial de comenzar los cuentos (o lo que quiera que sea que A.M. escribió para o por este libro) en página impar, muchas de ellas permanecen impolutas, virginales y casi diría vertiginosas.Incluso, y debido seguramente a este escaso lomo, otras ediciones de las que me han hablado y no me he atrevido a consultar (por eso de la educación cristiana y ser hombre de una sola mujer), incluyen cuentos y fábulas de los dos libros que escribió y publicó (ahora sí, el verbo correcto) entre 1959 y 1969 (aunque vaya usted a saber cuando naciera la semilla de cada uno). Y me vuelvo a preguntar: ¿cuánto tiempo debería emplear en leerlo?
Supongamos que la misma edición de la que yo aún sigo disfrutando cayese en manos, por azar o capricho del destino lo mismo da, de un orgulloso padre de familia que tiene como afición la lectura. Este sujeto, mosca o no, disfruta de unos siete minutos de felicidad diaria, plena y exclusiva justo antes del sueño revitalizador y necesario. Este sujeto, como es norma, tras cumplir o no (también sucede) con sus deberes conyugales, patriarcales, oficinescos que le mantienen todo el día ocupado, al fin por fin consigue llegar a la cama y abrir el libro en cuestión: a razón de un escrito, incluyendo la cita que suele acompañarlos, por noche; tardaría 32 jornadas (seguramente más. Podríamos decir que tardaría 32 jornadas laborables y completar así un perfil oficinesco burocrático, pero tampoco es cuestión de complicar el personaje a la vez que la forma de escribir) en terminarlo si no leyese el prólogo que, como es sabido, suele omitirse por sistema en pro de emociones rápidas fruto de la búsqueda de la verdad hallada por uno mismo y sin ayo que le guíe.
Pero supongamos que se trata de otra persona más cercana, o de la misma en diferentes circunstancias, y que opta por una primera lectura apasionada y voraz, propia de un loco intermitente, empujado por la primera sentencia que abre el libro y me permito repetir: “Hay tres temas; el amor, la muerte y las moscas.” O por este quítame-de-aquí-estas-letras que ojalá pudiera suceder (con perdón en un futuro próximo y antes de mi óbito o defunción).
Este apasionado lector tardaría, apenas, una noche que vendría seguida de una mañana ojerosa y de reflexión si acaso el cerebro humano, todavía hoy, sirve para algo. Incluso, poseído por este nuevo texto sagrado, comienza a incitar (esa misma mañana y valiéndose de mañas modernas como el correo electrónico o el teléfono móvil) a otros para que lean y reflexionen este libro escuálido del que no se puede desentender por más que intenta prestarle atención al precio de los tomates o a si era el suavizante o el papel higiénico lo que se le había acabado.
Y, además, para poseer mejores argumentos contra los que se atrevan a criticarlo, al volver a casa, pues ese día tampoco es capaz de faltar al trabajo, se dedica a releer las páginas que tanto le han cambiado.
Y, al tiempo, tras colocar el libro en la estantería de pronto y sin explicación, este sujeto retorna a sus viejos hábitos y olvida, con el beneplácito de su salud mental, aquella porción de paraíso que permanece en estricta vertical, junto a otros congeniales de menor envergadura, o junto a Rayuela (que, para los perezosos, es un libro un poco más largo pero es igual de bueno o mejor).
Y no vuelve a abrirlo, mucho menos a leerlo; demostrando, una vez más, que nuestro sujeto, ahora de nuevo objeto, irrevocablemente (o no), se ha vuelto loco (otra vez) y es capaz de desenvolverse con inusitada soltura y sonrisa en lo que el mundo se ha dado en llamar normalidad.
Pero sin encontrar la coma que falta en la página 45.
Sin explicar el punto y coma de la primera frase.
Y así.
Mensajes solidarios
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