logotipo

img_google







Inicio
_
Licencia de Creative Commons
Sindicación
 
Uno más
No sé porqué quería empezar recordando la muerte de Richard Avedon (quizá porque ya hace un año). Luego pensé en un indigente mirando un reloj. Y en los libros que me gustaría comprar. Mientras, bebo un café solo después de uno con leche. Suena música, música fácil entre el ajetreo de la cafetera. Paso la página del periódico.
Publicidad. La publicidad pretende hacer mágico cada momento. Cada compra. Si compras.
Más noticias. Más paseos del camarero y su bandeja. Otro sorbo. Servilleta.
Si Truman Capote no estuviese muerto, estaría vivo. Ruinas. Hoy tengo un día de esos tontos, un día de esos en los que te enfrentas a ti mismo. Debe ser el otoño. Una mujer se sienta dos mesas más allá. Nunca sabré su nombre. Hay perdedores y perdidos. Todavía no sé a cual pertenezco. Quizá nunca llegué a averiguarlo. Hoy no quiero.
 
Aterrizo
Un avión aterriza cada treinta segundos y un autobús nos pasea por todas las pistas de aterrizaje (calientes, líquidas, cuando lo he pisado, como si el asfalto fuese un chicle pegado a mi suela número 42) y miro indiferente las caras de supositorio de los aviones. He llegado hasta aquí en un supositorio con alas, aunque podría haberse estrellado y que todo se acabase y este papel se hiciera cenizas y yo, aire. Pero confío en la ciencia, la misma ciencia que ha inventado la bomba atómica y móviles del tamaño de la palma de una mano.
Las ventanillas de la cabina de un supositorio están cubiertas con papel de periódico. Unos ingleses lo señalan y ríen. Ríen y lo señalan, unos ingleses de pelo blanco y piel rosada. Ríen mientras esperan de pie que abran las puertas del autobús y pisar el asfalto (como un chicle).
Y la verdad es que todo podía haberse acabado. Lo pensé (pensé que nunca llegaría a esta ciudad, que nunca volvería y menos sin ti, Laura. Y menos buscándote, Lau) cuando subía las escaleras del avión detrás de un gordo, obesidad mórbida, que zarandeaba una bolsa de deporte y no me asusté (porque sería un final menos doloroso) porque la llevaba con tal desgana que iba chocando contra todos los barrotes de la barandilla de la escalera del supositorio.
¿Si fuese una bomba explotaría? No lo sé. Imagino que la alarma de un móvil es más efectiva que un golpe, aunque no estoy seguro, a pesar de mi cara y disfraz de culpable.
Viajo junto a la ventana, pero al lado de la cocina. Huele a una mezcla de queroseno y comida de plástico que antes era gratis y en bandeja. La gente habla en voz alta de lo bien que se lo ha pasado estas vacaciones. Por fin el avión se pone en movimiento, pienso en la mochila, oteo por encima de un bosque de cabezas, a la caza del gordo, sin llegar a atraparlo. Aire.
Viajo sin equipaje, sólo con esta libreta, un libro que ya he leído, varios rotuladores de punta fina (miedo, miedo a quedarme sin tinta como me he quedado sin ti) y una camisa de manga larga con olor a embutido, marisco, medallones de merluza, ternera y tarta real. Café y puro. Plástico. Mentira.
Tengo cara de culpable y cuando paso por los detectores de metales sudo bajo la mirada estúpida y atenta de un tipo con uniforme que amenaza con ponerse sus guantes de látex.
 
Todo lo que ocurre a la luz del día
¡Basta ya! Basta de este galimatías tono plañidera. ¿Soy acaso un personaje de Chéjov? ¿Un tipo honesto, utópico, comprometido con el bienestar de su sociedad, la belleza, pero incapaz de hacer nada de provecho en su vida personal? Chéjov lleva muerto desde 1904. Ya he cubierto mi cuota de tipo raro: no veo la tele; veo La 2 y escucho Radio 3 todo el día. Escribo

quiero rezar a una rosa (blanca) en tu lecho de muerte

He dicho que se acabó. ¿Me ha dejado? Pues ya volverá. Haré que vuelva. Tardé seis meses en conquistarla. Era la novia de un futbolista. Seis meses tardé. Y han sido los ocho años más felices de mi vida. ¿Qué tengo que hacer para recuperarla? Actuar. Actuar y dejar de gemir de barra en barra, cerveza tras cerveza, ir a buscarla. Seguro que está en casa.
Llamó al portero. Nada.
Su amiga, su mejor amiga, eso. Marco acelerado los números en mí teléfono. No sabe nada. Me dice que no sabe nada, pero no tarda desea contarme la verdad: se ha ido a Madrid.
Yo también.
 
De la barra a tu ventana
“...el amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, ya que ese deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres, sino en el deseo de dormir junto a alguien, pues ese deseo se produce en relación con una única mujer...”
El Libro de la risa y el olvido. Milan Kundera


Quinta cerveza. Borracho. El camarero camiseta amarilla Rolling Stones ya no entiende lo que le digo porque no soy capaz de vocalizar. El baño está ocupado. El tipo tarda lo que tardo en otra cerveza. Menos mal que el Lorcho es uno de esos bares tranquilos donde te puedes emborrachar a gusto y luego el camarero te acompaña a tu casa. Sólo que si no llega B, yo no tengo donde ir a dormir. Ni con quién. Y B no llega. Seguro que está con el tarará tarará chimpún
(como dos enamorados viviendo la historia de una princesa que desayuna –fresas– en la cama de un hotel. Juntos, de la mano, jugando a ser novios entre mesas de aluminio con vistas al puerto donde atienden camareros argentinos que no saben hacer té. Dime cuanto me has echado de menos, dime que me amas, dime que con un día es suficiente, un día al año volveremos a este lugar y juntos de la mano entre mesas de aluminio con vistas al puerto)
El tipo del baño por fin sale y yo entro. Me miro al espejo y veo un borracho. Demasiado borracho. Seguro que estás en casa. Con Siete. Echo de menos.
Otra cerveza. No es la solución, pero B no llega. Estoy esperando en una barra, borracho. Si estuviera todavía con ella, me iría a casa a ver una película. Una comedia romántica. Un musical de final feliz. Ella dormiría enroscada en mi pecho. Sus manos grandes y como cisnes. Sus ojos verdes, cerrados.
- ¿Qué es eso?
- Una idea… para una canción. Creo que esta parte se presta a un I love you.
- No tienes porqué quererme como yo te quiero a ti.
- Es tan fácil.
A la vida le faltan frases geniales. Unas cuantas frases geniales como las de De-lovely. Con ella era inteligente volverme pronto a casa y no malgastar la noche. Una buena película fumando marihuana y ella enroscada en mi pecho
como una boa constrictor tragándose mi aliento
Sigue la película:
- Oh, Venecia, largos viajes de tu mano. Góndolas desde las que cantar ¿Qué es eso que llaman amor?
Y no entender nada.
Son las tres, ¿pero qué más da? Estoy cansado nada más abrir los ojos. Ya no me entretengo mirando el techo, ordenando mis primeros pensamientos en frases coherentes con las que llenar un cuaderno. Si ahora estoy loco; siempre lo he estado, pero tú eras medicina. Litio. El reloj naranja de la mesilla te lo estará diciendo: son las tres. Hará clac como siempre hace a esta hora que las sombras están tan quietas y nada suena en la calle excepto el coche que pasa rápido. Puedo escuchar el clac y ver tu ventana. Son las tres y no hay luz tras la cortina, ¿no se te hace grande la cama, Laura?
Los editores no leen, las editoriales no reciben manuscritos. Todos tienen ordenador en casa. Todos escriben. Todo el mundo tiene una novela. Me dijo hace poco uno de ellos. Yo te lo contaba, estábamos en la cama y tú me quitabas la ropa.
 
Apoyado en la barra
“La incompetencia se manifestará en la utilización de demasiadas palabras”
E. Pound

Fumar. Otra calada. Morirse apoyado en la barra de un bar de una ciudad cualquiera. Esperando a B. Enganchado a una botella. Sentir el alcohol en tu garganta. Sentir. Sentir que la brisa baila las hojas, la brisa que llega de las montañas. Hay música (aquí donde estoy no, en mi cabeza), jazz, que suena bajo. Es fácil existir. Dejar de existir. Un cálido gesto. Tu mano acaricia mi cuello. Me besas apartando el pelo que me cae sobre los hombros. Sentir. ¿Hay algo más suave que tus labios? Pánico. Sería fácil dejar de existir. Pero la felicidad a tu lado me impide todo. La literatura es eso que hago cuando no estás. No estás. Como una especie de río con rápidos, meandros, remansos, una gran desembocadura arenosa donde el mar besa el agua dulce con sabor a sílice y cuarzo. Apagas mi sed con un beso sencillo (¿pueden los besos ser sencillos?) y apago el ordenador. Todavía no estoy cansado (no sé la respuesta) Y me coges de la mano. Saltamos.
Tres caladas después y una cerilla menos, sigo apoyado en la barra del bar de una ciudad cualquiera. Sigo esperando a B. Es fácil morirse en la barra de un bar. Mi padre lo hizo. Yo no soy mi padre. Esta mañana me levanté y estaba en el salón. Mi padre está muerto, le digo. Lo sé, contesta, y se echa a reír. La locura es un fino hilo por el que caminar descalzo (no tiene sentido), la mierda huele mal (eso se entiende. Epíteto) Tengo un lunar en el muslo, un tatuaje en el brazo y las uñas largas. Mi padre sale del baño. Tiene los ojos negros, la nariz rota (se la rompí yo mismo), un hueco entre los dientes delanteros. Yo no quiero ser como mi padre, pienso mientras pido otra cerveza y sorbo inmediatamente según la ponen delante de mí.
“Zapatos rojos de tacón, vaqueros azules, estrechos. Suéter negro, zapatos rojos, de tacón. Me gusta observarte la espalda, mirarte desnuda en el bar…”, te escribí, pero tú no venías. Tú nunca venías conmigo. No te gustaba. Prefiero esperarte en casa, decías. Yo llegaba borracho. Tú, dormida. Por la mañana la habitación olía a alcohol, mi pelo a humo, no te acercabas.
 
Olor a gasolina
Paramos en una gasolinera para que Laura se asease. Me tomé un café de máquina. Por hacer algo. Cuando volvió todavía tenía las mejillas coloradas y los ojos, esos ojos verdes que acababa de hacer llorar, húmedos. Pagó la gasolina y se fue sin decirme nada. El dependiente me miró. Sabía que yo era culpable. Laura salió como si fuese una mujer que para en una gasolinera. En una gasolinera cualquiera. Cualquier mujer llamada Laura en una gasolinera.
Salí. Estaba sentada en el asiento del copiloto. Puse el motor en marcha. Ella estaba a punto de decir algo. Entramos a la autovía. Estaba cansada. Quería que me fuese. No podíamos seguir así. Ahora no. Empezaba a llover. Las gotas se deslizaban por el cristal de la ventanilla. De repente tenía frío. Entonces, lloré yo.