Instinto
Cuando se muera el gato no quedará nada de mi padre. Y la verdad es que sólo le puso el nombre. No lo quería. Si por querer se entiende no darle palizas.
El nombre es poca cosa. No es académico, ni tiene razón. Nadie preguntaría, al oírlo, por qué se le puso; y si alguien lo hiciese, ninguno de nosotros sabría responderlo. A veces me pregunto que hubiese pasado si llega a ser gata. Habría dado igual: tenía que llamarse Chico. Y sin embargo, no hubo ceremonia a la hora de ponérselo. Lo dijo al aire, como para ver si le pegaba. A mi madre y a mis hermanos y a mí nos debió parecer bien. Chico. Tres varones y ahora un gato: quien siempre salía perdiendo era mi madre.
Chico era una bola de pelo que enseguida se hizo grande. Grande y con rayas negras sobre fondo marrón. Los ojos verdes y limpios, como un espejo. Su juego preferido era correr por los pasillos y saltar contra la pared apoyando todas sus patas un metro por encima del suelo. Después se lanzaba sobre la alfombrilla de la cocina, e inmovilizándola con las zarpas delanteras, no paraba de golpearla con las traseras. Era su forma de darnos la bienvenida: ebrio de alegría por nuestro regreso, corría y saltaba (al menos un metro), arañaba, mordía y nos hacía reír. Siempre terminaba tumbándose sobre los muslos de uno de nosotros que, sentados en el tresillo, fingíamos mirar la tele.
Mi padre nunca vio estos juegos. Justo antes de que se abriese la puerta, Chico era el único que podía escapar debajo de la cama. De vez en cuando, desde el salón, se escuchaban bufidos mezclados con los jadeos. Siempre le acababa cogiendo. El castigo debía ser público. Eso era el respeto.
El nombre es poca cosa. No es académico, ni tiene razón. Nadie preguntaría, al oírlo, por qué se le puso; y si alguien lo hiciese, ninguno de nosotros sabría responderlo. A veces me pregunto que hubiese pasado si llega a ser gata. Habría dado igual: tenía que llamarse Chico. Y sin embargo, no hubo ceremonia a la hora de ponérselo. Lo dijo al aire, como para ver si le pegaba. A mi madre y a mis hermanos y a mí nos debió parecer bien. Chico. Tres varones y ahora un gato: quien siempre salía perdiendo era mi madre.
Chico era una bola de pelo que enseguida se hizo grande. Grande y con rayas negras sobre fondo marrón. Los ojos verdes y limpios, como un espejo. Su juego preferido era correr por los pasillos y saltar contra la pared apoyando todas sus patas un metro por encima del suelo. Después se lanzaba sobre la alfombrilla de la cocina, e inmovilizándola con las zarpas delanteras, no paraba de golpearla con las traseras. Era su forma de darnos la bienvenida: ebrio de alegría por nuestro regreso, corría y saltaba (al menos un metro), arañaba, mordía y nos hacía reír. Siempre terminaba tumbándose sobre los muslos de uno de nosotros que, sentados en el tresillo, fingíamos mirar la tele.
Mi padre nunca vio estos juegos. Justo antes de que se abriese la puerta, Chico era el único que podía escapar debajo de la cama. De vez en cuando, desde el salón, se escuchaban bufidos mezclados con los jadeos. Siempre le acababa cogiendo. El castigo debía ser público. Eso era el respeto.
Comentario:
Todo... absolutamente todo, tiene más lecturas.
Gracias por tu comentario.
beso
Gracias por tu comentario.
beso
Comentario:
Mis padres nunca me dejaron tener gato. Mi padre era un cafré y le puso al gato chulo porque era muy chulo...que cosas, que iba a ser chulo... es un caramelo y muy tranquilo pero la gata es otra cosa y ahora es la que recibe esas lecciones de respeto que yo recibía :'((
Comentario:
Cuantas veces se confunde el amor con dolor, la disciplina con golpes, el respeto con miedo.
Buen fin de semana.
Buen fin de semana.







