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Laberinto continuo
Augusto Monterroso tardó diez años en escribir (aunque, como pensará cualquiera que lo haya leído, no creo que sea el verbo correcto) Movimiento perpetuo. ¿Cuánto debería tardar yo en leerlo? Puedo asegurarles que sería capaz de devorarlo en una tarde; la edición que poseo apenas se trata de 125 cuartillas, algunas ni siquiera manchadas en la mitad de su superficie y, con esa manía editorial de comenzar los cuentos (o lo que quiera que sea que A.M. escribió para o por este libro) en página impar, muchas de ellas permanecen impolutas, virginales y casi diría vertiginosas.
Incluso, y debido seguramente a este escaso lomo, otras ediciones de las que me han hablado y no me he atrevido a consultar (por eso de la educación cristiana y ser hombre de una sola mujer), incluyen cuentos y fábulas de los dos libros que escribió y publicó (ahora sí, el verbo correcto) entre 1959 y 1969 (aunque vaya usted a saber cuando naciera la semilla de cada uno). Y me vuelvo a preguntar: ¿cuánto tiempo debería emplear en leerlo?
Supongamos que la misma edición de la que yo aún sigo disfrutando cayese en manos, por azar o capricho del destino lo mismo da, de un orgulloso padre de familia que tiene como afición la lectura. Este sujeto, mosca o no, disfruta de unos siete minutos de felicidad diaria, plena y exclusiva justo antes del sueño revitalizador y necesario. Este sujeto, como es norma, tras cumplir o no (también sucede) con sus deberes conyugales, patriarcales, oficinescos que le mantienen todo el día ocupado, al fin por fin consigue llegar a la cama y abrir el libro en cuestión: a razón de un escrito, incluyendo la cita que suele acompañarlos, por noche; tardaría 32 jornadas (seguramente más. Podríamos decir que tardaría 32 jornadas laborables y completar así un perfil oficinesco burocrático, pero tampoco es cuestión de complicar el personaje a la vez que la forma de escribir) en terminarlo si no leyese el prólogo que, como es sabido, suele omitirse por sistema en pro de emociones rápidas fruto de la búsqueda de la verdad hallada por uno mismo y sin ayo que le guíe.
Pero supongamos que se trata de otra persona más cercana, o de la misma en diferentes circunstancias, y que opta por una primera lectura apasionada y voraz, propia de un loco intermitente, empujado por la primera sentencia que abre el libro y me permito repetir: “Hay tres temas; el amor, la muerte y las moscas.” O por este quítame-de-aquí-estas-letras que ojalá pudiera suceder (con perdón en un futuro próximo y antes de mi óbito o defunción).
Este apasionado lector tardaría, apenas, una noche que vendría seguida de una mañana ojerosa y de reflexión si acaso el cerebro humano, todavía hoy, sirve para algo. Incluso, poseído por este nuevo texto sagrado, comienza a incitar (esa misma mañana y valiéndose de mañas modernas como el correo electrónico o el teléfono móvil) a otros para que lean y reflexionen este libro escuálido del que no se puede desentender por más que intenta prestarle atención al precio de los tomates o a si era el suavizante o el papel higiénico lo que se le había acabado.
Y, además, para poseer mejores argumentos contra los que se atrevan a criticarlo, al volver a casa, pues ese día tampoco es capaz de faltar al trabajo, se dedica a releer las páginas que tanto le han cambiado.
Y, al tiempo, tras colocar el libro en la estantería de pronto y sin explicación, este sujeto retorna a sus viejos hábitos y olvida, con el beneplácito de su salud mental, aquella porción de paraíso que permanece en estricta vertical, junto a otros congeniales de menor envergadura, o junto a Rayuela (que, para los perezosos, es un libro un poco más largo pero es igual de bueno o mejor).
Y no vuelve a abrirlo, mucho menos a leerlo; demostrando, una vez más, que nuestro sujeto, ahora de nuevo objeto, irrevocablemente (o no), se ha vuelto loco (otra vez) y es capaz de desenvolverse con inusitada soltura y sonrisa en lo que el mundo se ha dado en llamar normalidad.
Pero sin encontrar la coma que falta en la página 45.
Sin explicar el punto y coma de la primera frase.
Y así.
 
Comentario:
Sólo nos queda esperar el tuyo, mientras, seguimos moviéndonos, más o menos.
 
Comentario:
Aunque no era tu intención (abrir mentes), lo hiciste, después de leer tu post, recordé el libro, también recordé muchas cosas más sobre autor, las emociones cuando me lo regalaron... y muchas cosas más que tenía olvidadas.
Gracias y cuando lo relea te cuento. hora estoy con “El último lector” de Ricardo Piglia.
beso
 
Comentario:
No era mi intención "abrir mentes". Sólo espero que pases un buen rato leyéndolo, que disfrutes de su lectura como yo lo hice. En el verbo disfrutar caben otros muchos verbos.
Suerte!
PD: cuando lo hayas terminado, me gustaría saber tu opinión.
 
Comentario:
Lo leí hace un tiempo atrás... y después de tu relato, creo que lo desempolvaré y lo leeré nuevamente.
Gracias por abrir nuestras mentes... te seguiré la pista.
beso
 
Comentario:
Tu leelo... te agradara.

El Enigma
Nox atra cava circumvolat umbra
 
Comentario:
Moscas y vacas. No te preocupes, le puede pasar a cualquiera. A tus "Pies".
 
Comentario:
Acabo de leer...mi comentario, me choca equivocarme al escribir, pero mis dedos van más rápido que mis sentidos, es la falta de café. Buen día :)

biko azulBiko.
 
Comentario:
Ummmmm....ahora me explico el porue de la mosca sobre el terrón de azúcar, ahora me explico lo delicioso que se vuelve leerte, ahora me explico solo algunas de las cosas que me atraen de mi ventana a tu pasillo...

Tengo que "devorar" este libro!!

biko azulUn biko fuerte ;)

p.d.Bonito detalle tenerme en tus enlaces..aunque confieso que ya había pensado ponerte en im ventana, y sin permiso! :P
No