Las zapatillas rojas
Hace tiempo me compré unas zapatillas rojas. No tenían nada especial, pero pensé que me daban suerte. Estuve un mes con ellas puestas hasta que esta mañana me levanté y cogí unos zapatos. Nadie se dio cuenta. En el sitio donde suelo desayunar, ya pasada la una del mediodía, me pusieron mis tostadas de pan con mantequilla y mermelada, sin mencionarlo. Intercambié algún comentario, sobre fútbol o acerca de la lluvia, con el camarero, pero no dijo nada (de las zapatillas, del cambio de las zapatillas, del cambio de las zapatillas y de todo lo que significaba el haberlas llevado un mes, un mes entero sin importarme que lloviese o hiciese sol, sin pararme a pensar si serían apropiadas, aunque también es cierto: unas zapatillas rojas valen para todo).En el periódico tampoco decían nada. Suelo leer detenidamente la sección Local, sin embargo, en sus catorce páginas no había ninguna referencia ni anuncio. Me llamó la atención que había subido el índice de atropellos y que una Asociación de Vecinos le pedía al Alcalde que reformase unas calles por las que no cabía una ambulancia. Leí con atención todas las letras, las palabras, todas las páginas, pero en ninguna parte encontré la esquela de mis zapatillas (rojas).
Comentario:
Hoy tengo yo esas zapatillas y tampoco nadie me dijo nada.






