Last call
- Última llamada para el vuelo 8702 con destino Paris-Orly. Last call to flight 8702 to Paris-Orly.
La azafata mira a Miguel y a su hijo. En su mano sostiene tres billetes de avión.
- Si quiere ir a buscar a su mujer, yo puedo cuidar del pequeñín.
- Ahora viene, no se preocupe. Viene ahora, sólo ha tenido que ir al baño. Nada más.
- Seguro, no se preocupe. Pero tenemos que cerrar…
- ¿Puede llamarla otra vez?
- Atención, se ruega a la Señora Rosario Zalaeta preséntese en la puerta E68. Señora Rosario Zalaeta, puerta E68.
La azafata devuelve las tarjetas de embarque al hombre y toca la cabeza del niño.
- No se preocupe, seguro que aparece enseguida –y agachándose, cambiando el tono, le dice al niño- ¿Qué, a Eurodisney, eh?
Miguelito la mira de abajo arriba, como miran casi todos los niños, con esos ojos abiertos y grandes, sin comprender porque utiliza ese tono cariñoso ni porque vocaliza de esa forma. Miguelito mira y calla.
- Miguelito, dile que sí a la señora. Miguelito.
Sus padres piensan que es un niño tímido, introvertido, hasta le hicieron pruebas por si era autista. Miguelito se vuelve hacia su padre. Sus nombres son iguales, pero no les llaman de la misma forma. Miguelito hace girar las hélices de su avión de plástico y lo aterriza en el mostrador.
- Atención, se ruega a la Señora Rosario Zalaeta preséntese en la puerta E68. Señora Rosario Zalaeta, puerta E68.
En el monitor, Miguel observa el parpadeo de “última llamada”. Vuelve a mirar el pasillo, mira fijamente a las mujeres que se dirigen hacia ellos como, si en cualquier momento, una de ellas fuera a transformarse en su esposa (Rosi, Rosario, Ro. Aquella chica del último pupitre con la que ha vivido sus últimos veintitrés años). ¿Queda alguna posibilidad de que aparezca, presurosa, con el pelo revuelto, la respiración agitada, le dé un beso en los labios e invente, mienta, le diga que se ha entretenido en el Duty Free?
- Señor Zalaeta, me temo que vamos a tener que cerrar el embarque, ¿suben?
Miguelito tira de la manga de la americana de su padre. Miguel le mira, vuelve a mirar el pasillo, otra vez a su hijo: apenas un metro de alto, la cara redonda, los ojos abiertos. Su mirada permanece tranquila, plácida y ajena. Nunca sé lo que está pensando, en eso se parece a su madre, piensa.
La azafata mira a Miguel y a su hijo. En su mano sostiene tres billetes de avión.
- Si quiere ir a buscar a su mujer, yo puedo cuidar del pequeñín.
- Ahora viene, no se preocupe. Viene ahora, sólo ha tenido que ir al baño. Nada más.
- Seguro, no se preocupe. Pero tenemos que cerrar…
- ¿Puede llamarla otra vez?
- Atención, se ruega a la Señora Rosario Zalaeta preséntese en la puerta E68. Señora Rosario Zalaeta, puerta E68.
La azafata devuelve las tarjetas de embarque al hombre y toca la cabeza del niño.
- No se preocupe, seguro que aparece enseguida –y agachándose, cambiando el tono, le dice al niño- ¿Qué, a Eurodisney, eh?
Miguelito la mira de abajo arriba, como miran casi todos los niños, con esos ojos abiertos y grandes, sin comprender porque utiliza ese tono cariñoso ni porque vocaliza de esa forma. Miguelito mira y calla.
- Miguelito, dile que sí a la señora. Miguelito.
Sus padres piensan que es un niño tímido, introvertido, hasta le hicieron pruebas por si era autista. Miguelito se vuelve hacia su padre. Sus nombres son iguales, pero no les llaman de la misma forma. Miguelito hace girar las hélices de su avión de plástico y lo aterriza en el mostrador.
- Atención, se ruega a la Señora Rosario Zalaeta preséntese en la puerta E68. Señora Rosario Zalaeta, puerta E68.
En el monitor, Miguel observa el parpadeo de “última llamada”. Vuelve a mirar el pasillo, mira fijamente a las mujeres que se dirigen hacia ellos como, si en cualquier momento, una de ellas fuera a transformarse en su esposa (Rosi, Rosario, Ro. Aquella chica del último pupitre con la que ha vivido sus últimos veintitrés años). ¿Queda alguna posibilidad de que aparezca, presurosa, con el pelo revuelto, la respiración agitada, le dé un beso en los labios e invente, mienta, le diga que se ha entretenido en el Duty Free?
- Señor Zalaeta, me temo que vamos a tener que cerrar el embarque, ¿suben?
Miguelito tira de la manga de la americana de su padre. Miguel le mira, vuelve a mirar el pasillo, otra vez a su hijo: apenas un metro de alto, la cara redonda, los ojos abiertos. Su mirada permanece tranquila, plácida y ajena. Nunca sé lo que está pensando, en eso se parece a su madre, piensa.
Comentario:
No se por que, pero tu historia me dejó un nudo en la garganta...
andaré sensible... supongo
beso
andaré sensible... supongo
beso
Comentario:
Los niños son...deliciosos...tanto como tu relato!
Biko.
Biko.

Comentario:
De tal palo, tal astilla... si.






