A primera vista
Al salir del metro ando entre charcos. Sales del portal y casi chocamos. Nuestras miradas se cruzan y enseguida me doy cuenta de quien eres. Intento seguirte, pero la gente me despista. Toco un hombro, ella se gira, distinta mujer, el mismo cuento.
Vuelvo a tu calle y vigilo el portal. Hace rato que no llueve. Empiezo a pensar que a lo mejor no vives aquí. Puede ser que estuvieses visitando a un amigo, amiga... algún conocido.
Llega la noche y con ella el camión de la basura. Hace mucho ruido, algún impaciente toca el claxon y aumenta el ruido. Detrás del camión, que no deja de hacer ruido, ha quedado atrapado tu coche. Sales y me miras y te acercas con un cigarro en los labios. Te doy fuego y sonrío. Sonrío y hablamos. Poco. Una, cinco preguntas. Siete, tres respuestas. El camión avanza y ahora te pitan a ti. Corres al coche, arrancas y te pierdo de vista.
Sigo toda la noche esperando. No llegas.
Era un coche pequeño, de formas redondeadas. Tenía matrícula nueva. Explico en Tráfico. Se niegan a darme tus datos. Pido por favor. El funcionario reniega. Decido marcharme y antes de salir vuelvo a verte. Me pongo a tu lado y hacemos cola ciento veinte minutos. Luego nos mandan a la ventanilla nueve y esperamos otro poco. Cuando te atienden, tomamos café. Yo, uno solo; tú, uno con leche.
Recuerdas que tienes que hacer algo. Te pido el teléfono y te amenazo con llamarte esta misma tarde. A los dos nos gustan las películas.
El número es falso. Me has mentido.
En el cine la gente come palomitas. Leo los subtítulos y me río con los chistes. Todos nos reímos a carcajadas. Distingo tu risa. Te busco. Tres filas por delante. También has venido sola. Me levanto y voy a tu lado. Miramos la película en silencio y leemos los créditos. Cuando encienden las luces no me reconoces, pero yo sé que eres tú.
No te importa que paseemos. Caminamos por una calle, luego por otra. Juraría que por aquí ya hemos pasado. Que al llegar a esta esquina giramos. Ahora seguimos recto. Dices de coger un taxi, todavía queda un trecho y estás un poco cansada. Yo necesitaría ir a un cajero. Dices que no hace falta, siempre (además es mejor) te has apañado sola. Pero no hay luna. Hay mucho loco suelto. No quiero que estés sola. A doscientos metros veo un cajero. Te pido que esperes mientras echo a correr y cuando tecleo el número personal, miro y veo el piloto verde del taxi al que te estás subiendo. Cancelo la operación y no sale la tarjeta. Pulso y pulso. Espero y desespero. Cojo el móvil y marco el número de “en-casos-de-extravío-comuníquelo-sin-demora”.
Tu voz me saluda y me dices tu nombre y me preguntas en qué puedes ayudarme. Te lo explico lentamente. Anulas mi tarjeta y solicitas un duplicado. Como medida de seguridad compruebas mi dirección. Te la digo y te sientes satisfecha. Empieza a llover. Me escondo en una marquesina y antes de colgar pregunto si puedo llamarte cuando quiera. Afirmativo.
Salto bajo la lluvia hasta meterme en la boca de metro más cercana. Empapado y sudando me siento. Consigo dormir un rato y estoy soñando contigo (estábamos en lo mejor del sueño), cuando el tren llega haciendo ruido y pitando.
Entro. En el vagón no hay nadie. En la próxima parada subes y te sientas lejos. Voy. Te digo mi nombre y finges no recordarlo. Por primera vez me quedo sin palabras. No sé cómo seducirte. Eres tú la que empieza. Hablamos en pasado. Hay bromas que no entiendo. No me gusta lo que dices. Quiero bajarme. Me tocas.
Al salir del metro ando entre charcos. Sales del portal y casi chocamos. Nuestras miradas se cruzan y enseguida me doy cuenta de quien eres. Intento seguirte, pero la gente me despista. Toco un hombro, ella se gira, distinta mujer, el mismo cuento.
Vuelvo a tu calle y vigilo el portal. Hace rato que no llueve. Empiezo a pensar que a lo mejor no vives aquí. Puede ser que estuvieses visitando a un amigo, amiga... algún conocido.
Llega la noche y con ella el camión de la basura. Hace mucho ruido, algún impaciente toca el claxon y aumenta el ruido. Detrás del camión, que no deja de hacer ruido, ha quedado atrapado tu coche. Sales y me miras y te acercas con un cigarro en los labios. Te doy fuego y sonrío. Sonrío y hablamos. Poco. Una, cinco preguntas. Siete, tres respuestas. El camión avanza y ahora te pitan a ti. Corres al coche, arrancas y te pierdo de vista.
Sigo toda la noche esperando. No llegas.
Era un coche pequeño, de formas redondeadas. Tenía matrícula nueva. Explico en Tráfico. Se niegan a darme tus datos. Pido por favor. El funcionario reniega. Decido marcharme y antes de salir vuelvo a verte. Me pongo a tu lado y hacemos cola ciento veinte minutos. Luego nos mandan a la ventanilla nueve y esperamos otro poco. Cuando te atienden, tomamos café. Yo, uno solo; tú, uno con leche.
Recuerdas que tienes que hacer algo. Te pido el teléfono y te amenazo con llamarte esta misma tarde. A los dos nos gustan las películas.
El número es falso. Me has mentido.
En el cine la gente come palomitas. Leo los subtítulos y me río con los chistes. Todos nos reímos a carcajadas. Distingo tu risa. Te busco. Tres filas por delante. También has venido sola. Me levanto y voy a tu lado. Miramos la película en silencio y leemos los créditos. Cuando encienden las luces no me reconoces, pero yo sé que eres tú.
No te importa que paseemos. Caminamos por una calle, luego por otra. Juraría que por aquí ya hemos pasado. Que al llegar a esta esquina giramos. Ahora seguimos recto. Dices de coger un taxi, todavía queda un trecho y estás un poco cansada. Yo necesitaría ir a un cajero. Dices que no hace falta, siempre (además es mejor) te has apañado sola. Pero no hay luna. Hay mucho loco suelto. No quiero que estés sola. A doscientos metros veo un cajero. Te pido que esperes mientras echo a correr y cuando tecleo el número personal, miro y veo el piloto verde del taxi al que te estás subiendo. Cancelo la operación y no sale la tarjeta. Pulso y pulso. Espero y desespero. Cojo el móvil y marco el número de “en-casos-de-extravío-comuníquelo-sin-demora”.
Tu voz me saluda y me dices tu nombre y me preguntas en qué puedes ayudarme. Te lo explico lentamente. Anulas mi tarjeta y solicitas un duplicado. Como medida de seguridad compruebas mi dirección. Te la digo y te sientes satisfecha. Empieza a llover. Me escondo en una marquesina y antes de colgar pregunto si puedo llamarte cuando quiera. Afirmativo.
Salto bajo la lluvia hasta meterme en la boca de metro más cercana. Empapado y sudando me siento. Consigo dormir un rato y estoy soñando contigo (estábamos en lo mejor del sueño), cuando el tren llega haciendo ruido y pitando.
Entro. En el vagón no hay nadie. En la próxima parada subes y te sientas lejos. Voy. Te digo mi nombre y finges no recordarlo. Por primera vez me quedo sin palabras. No sé cómo seducirte. Eres tú la que empieza. Hablamos en pasado. Hay bromas que no entiendo. No me gusta lo que dices. Quiero bajarme. Me tocas.
Al salir del metro ando entre charcos. Sales del portal y casi chocamos. Nuestras miradas se cruzan y enseguida me doy cuenta de quien eres. Intento seguirte, pero la gente me despista. Toco un hombro, ella se gira, distinta mujer, el mismo cuento.
Comentario:
Me has recordado...un pasaje de "la identidad" de Kundera...donde uno de los protagonistas busca entre la gente en un metro a la persona que ama...ese choque inconsecuente de miradas y roces que parecen esconderse en los ojos de un desconocido que quizás al final no lo sea...o sí?.
Me gusta.
Biko y buen finde.
Me gusta.
Biko y buen finde.

Comentario:
muy bueno
Comentario:
wow!
tremenda historia :)
Un abrazo eterno, encantada de leerte
salu2!
tremenda historia :)
Un abrazo eterno, encantada de leerte
salu2!






