Como si fuera la ultima vez
Y la atención dispersa aparece flotante, flotando entre la maraña de hilos que quedaron sueltos por culpa de los gritos. Mientras, al otro lado de la puerta intentan sostener la pared porque creen que se la estamos tirando encima a base de golpes acompasados. Suenan las esquinas como haciendo música de vanguardia y los remolinos de tu pelo se dejan ver mientras los segundos se funden en un momento inolvidable. Todo vive a impulsos y no podemos pararlo, ni queremos, ni sabemos, ni debemos, ni siquiera lo intentamos. Por puro placer se deslizan los dedos entre el sudor de los besos, se derriten los cuerpos entre el calor de la piel y se confunden las prisas con la necesidad de sentirse queridos. Cuando pasa del minuto ya es amor, y, si llega a tres, incluso incondicional. El cinco no existe más que en los cuentos de hadas y el diez en los sueños. Mientras susurras me acerco sigiloso, como mirando de reojo lo que haces, y tú no eres capaz de verme porque voy demasiado despacio vaciando recuerdos muertos de tu memoria y dejando que entre la luz por tus ojos. La mañana nos mece y ya no podemos hacer nada, sólo queda la sumisión ante los acontecimientos, ante el aire que respiramos, tanteamos y mendigamos, o, mejor dicho, que habíamos mendigado.
Mi autosuficiencia para suicidarme
Tres...dos...uno...comenzamos y perdemos la orientación. Hay trozos de tela perdidos en el espacio cubriendo cuellos manchados de nicotina. También veo tambores silbando una melodía inaudible, imaginaria, visible, casi tanto como el polvo que estamos respirando sin control. Ahora llegan los vómitos y los mareos por culpa del tiempo, de la saciedad, de la suciedad y de la sociedad. Ahora se acerca el momento de pedir perdón por todo, arrodillarse y agachar la cabeza para liberarte. Entonces se para y separa todo, y gira tanto que los ojos no son capaces de seguirlo hasta que te desplomas en el suelo. Ahí es cuando vuelves a notar el polvo, que ya no es tan polvo, y la melodía, que ya no es tan inaudible ni imaginaria ni visible, y coges fuerzas de cualquier pedazo de tierra sin duelo ni dueño ni sueños marcados para ponerte de nuevo de rodillas, agachar la cabeza y pedir perdón. En ese momento, justo en ese momento, empecé a pensar si estaba siendo liberado o simplemente me había acostumbrado. Y no quise seguir adelante.
Porque he visto
Colocado como una estantería y atornillado como la nieve, débil y confuso, buscando una salida. Así, desviado y escupiendo sílabas desordenadas, casi tanto como los recuerdos. Y la calma, dejando pensar con frío, en frío, pidiendo a gritos el silencio, el aire, despacio. Espacios redondos sin esquinas en las que sentarse a llorar con la cabeza sobre las rodillas y final triste por definición, por bañarse en charcos salados de lágrimas que son de otros, por decir y no recibir más que ruido repartiendo tarjetas de embarque a ningún lugar más allá de las paredes.
"La función acaba de comenzar y empiezan las cosquillas", decías.
"Pero es que ésto ya no es mi vida", decía yo.
Teatro de lo infinito
Así estaba Él, como una bolsa estampada contra el rompeolas, sabiendo que nada de lo que hiciese valdría para algo. Su mundo se hacía niebla y los ojos giraban alrededor del sol, como el aire que notaba cuando pasaba el tren limándole las uñas después de arrepentirse una vez más. Y con la cabeza agachada, minutos, horas y segundos se convertían en sonrisas, lágrimas y disgustos. Todo por pasar al nivel siguiente del juego sin amarrar bien el bote, por perder la vida entre líneas y dejar que las plumas cogieran fuerza flotando a la vez. Los dientes acaban por gastarse de tanto frotar y el color de los ojos se vuelve gris por no querer ver lo invisible. Ahora es cuando aparece el telón, se cierra y todos nos vamos a casa. Aplausos.
- Tienes la sonrisa más bonita del mundo.
- Lo sé, pero es que yo soy tu mundo, así que no me vale
Cards for sorrow. Cards for pain.
Sabes de sobra que la nieve acaba por escapar entre los dedos y que la lluvia te cala y se queda cuidando tu cuerpo en los días en que sale el sol, que las notas se dispersan en cuanto las pierdes un poco de vista y que las teclas del piano huyen si no sabes acariciarlas como se merecen. Buscas que te comprenda cuando me rodeas sin mirarme a los ojos para disimular que te mueres por sacarlos de sus cuencas, y pides a gritos que te preste la mano si la tierra se vuelve loca y hace justicia abriéndose bajo tus pies. Pero es que tú sabes de sobra que cuando rozas sale cicatriz pasada una media hora y aún así me quieres convencer de que las rosas no hacen daño, de que las flores no las carga el diablo y de que las galletas no tienen peligro si no las masticas con cuidado. Esta vez puede que, simplemente, gire la cara cuando busques cazarme las pupilas por última vez.
- Es la declaración de amor más bonita que he oído nunca.
- Porque sé que puedes hacerme daño.
- Porque sabes que puedo tirar del hilo.
- Y, sin embargo, te quiero.