QUERIDA JOHNETTE NAPOLITANO
Éste es el texto de una canción que Johnette Napolitano (Concrete Blonde) le dedicó a Marlon Brando en su disco “Pretty and Twisted”, del grupo con el mismo nombre que ella formó con el guitarra de Wall of Voodoo Marc Moreland. Siempre me pareció una canción muy simpática, como poesía arrojada a un amor o a un ídolo inalcanzable. Yo, le doy la vuelta al texto y se la dedico a ella:
dear johnette napolitano
I’d like to come and visit if you’d give me a call
anytime of the day or night
at all
dear miss napolitano
I’ve been reading all about you in that web you made
you’ve seen it all
you are the coolest of the cool
I hope you call
we can talk about anything
anything you want, if you want to
we can do anything or nothing
nothing at all
if you don’t wanto to
we can go to the island
and get out of the city
for a little while
all alone without a telephone
or another human being for miles and miles and miles
just you
and me
and the fishes in the deep blue sea
querida johnette napolitano
me gustaría ir y vistarte si me llamases
a cualquier hora del día o de la noche
da igual
querida señorita napolitano
He estado leyendo todo sobre ti en la web que hiciste
lo has visto todo
eres la mejor de lo mejor
espero que llames
podemos hablar sobre cualquier cosa
cualquier cosa que quieras, si quieres
podemos hacer cualquier cosa o nada
nada en absoluto
si tú no quieres
podemos ir a la isla
y salir de la ciudad
por un rato
solos sin teléfono
ni otro ser humano en millas y millas y millas
sólo tú
y yo
y los peces en el profundo y azul mar
¿Por qué admiro a Nadal?
Yo no tengo ídolos, o al menos eso creo; no, desde luego, en el sentido de la jovencita histérica desmayándose delante de su cantante(s) favorito. Sin embargo, admiro a Rafael Nadal, el tenista, sí, el de la foto; y no sigo dando señas, que a pesar de que el tenis sea minoritario, cuando de españolitis se trata todos estamos al tanto de lo que pasa, aunque sea el campeonato internacional de petanca.

Y lo admiro, no como persona, porque conozco muy poco de él, y es una tontería idolatrar a quien no conoces realmente (bueno, a Johnette Napolitano sí que la idolatro, je). Pero admiro cómo lleva jugando de un tiempo a esta parte, su concentración entrevista a pesar de la adversidad, cuando otros tenistas (cuyo estilo de juego siempre me resultó más vistoso, Carlos Moyá, por ejemplo) tienen tendencia a hundirse. Pues este chico no se hunde, y tal vez sea el momento de frescura que lleva poseyendo especialmente durante estos dos últimos años, pero lo ves y te da la sensación (y esto ya lo dijo Corretja) de que, aunque el marcador le sea desfavorable, no va a perder.
Juega, se concentra, resiste, vence, y luego al terminar sonríe con inocencia. Si esto lo aplicamos a otras esferas de la vida, a mí desde luego me inspira, me hace creer en el éxito, en el esfuerzo, en la modestia, y por eso lo admiro, aunque sólo esté admirando al tenista.
Toros y rol
Dos cosas que no tienen nada que ver. El título para este comentario podía haber sido “Como justificar algo y no caer en el intento”, pero éste llama más, ¿no?

Siempre me han hecho gracia aquellos que salen en defensa del espectáculo taurino con la manida frase de que “los que critican es que no saben lo que es la fiesta”. Y entonces yo, manía mía, me pongo en su lugar, y no se me ocurre mejor símil para ponerme en el lugar del aficionado taurino que el mundo del rol, que conozco bien, pues aunque semijubilado, todavía pertenezco a él. Pues bien, cuando debido al tan famoso crimen de hace unos años y a otras insinuaciones posteriores la gente “que no sabe lo que es la fiesta del rol” ponía toda su desconfianza sobre aquellos que jugábamos al rol, podíamos salirles (y salíamos) con la misma respuesta que los amantes de lo taurino: que “no saben lo que es el rol”. Y es cierto; y por si algún despistado aún no lo sabe, un juego de rol, el más común, el de mesa, no es nada más que eso, un juego de mesa donde se tiran dados y se usa más la imaginación que un tablero, donde no hay intenciones ocultas ni acciones físicas que no sean unas risas y algunos dados rodando.
La gran diferencia entre esta frase como excusa aplicable para ambos mundos, es el objetivo de cada uno. A saber, en el mundo del toro uno pretende hacer un espectáculo, cuyo resultado final suele ser la muerte de un animal: el toro, y así está preestablecido. En el mundo del rol, sin embargo, el único objetivo es pasarlo bien unas horas con unas hojas, unos lápices, unos dados, y una buena dosis de imaginación que no sale de una mesa.
Ahora bien, desde el aficionado taurino que observa en las gradas hasta el torero que se juega la piel allá abajo nos puede llegar una explicación paciente de qué significa para ellos el mundo de los toros. Tal vez y sólo tal vez sería un error juzgarles únicamente por el resultado final de su espectáculo: la muerte de un animal, puesto que podríamos pecar de hipócritas. A ver, ¿no matamos animales para comer? ¿No mutilamos y matamos animales de laboratorio para la mejora de nuestra existencia?
Quizá aquellos con férreas convicciones al respecto, por ejemplo, un vegetariano, serían la excepción, y podrían decir algo al respecto, y aquí entraríamos en un complicado debate en el que yo siempre me retrotraigo a la crueldad de la naturaleza en la que nos hallamos. Las especies se comen a otras especies para sobrevivir, y el hombre desde que es hombre ha tenido que hacer lo mismo, y ante eso no hay objeción alguna. Bueno, sí; el hecho de que ahora, tan avanzados como somos (a veces), podemos elegir. Podemos elegir qué nos denigra como personas, qué nos hace más salvajes, menos “humanos”. Y yo no tengo la vara para medir, pero sí podría regirme por un criterio práctico, con el respeto al mundo animal como base. Podemos matar un pollo para comer, podemos sacrificar a un perro enfermo y peligroso, y tendremos la vida y la salud como justificación, pero ¿podemos también matar a un animal por dinero, deporte, afición o mera diversión?
La justificación aquí sería más débil, ¿no os parece?

Siempre me han hecho gracia aquellos que salen en defensa del espectáculo taurino con la manida frase de que “los que critican es que no saben lo que es la fiesta”. Y entonces yo, manía mía, me pongo en su lugar, y no se me ocurre mejor símil para ponerme en el lugar del aficionado taurino que el mundo del rol, que conozco bien, pues aunque semijubilado, todavía pertenezco a él. Pues bien, cuando debido al tan famoso crimen de hace unos años y a otras insinuaciones posteriores la gente “que no sabe lo que es la fiesta del rol” ponía toda su desconfianza sobre aquellos que jugábamos al rol, podíamos salirles (y salíamos) con la misma respuesta que los amantes de lo taurino: que “no saben lo que es el rol”. Y es cierto; y por si algún despistado aún no lo sabe, un juego de rol, el más común, el de mesa, no es nada más que eso, un juego de mesa donde se tiran dados y se usa más la imaginación que un tablero, donde no hay intenciones ocultas ni acciones físicas que no sean unas risas y algunos dados rodando.
La gran diferencia entre esta frase como excusa aplicable para ambos mundos, es el objetivo de cada uno. A saber, en el mundo del toro uno pretende hacer un espectáculo, cuyo resultado final suele ser la muerte de un animal: el toro, y así está preestablecido. En el mundo del rol, sin embargo, el único objetivo es pasarlo bien unas horas con unas hojas, unos lápices, unos dados, y una buena dosis de imaginación que no sale de una mesa.
Ahora bien, desde el aficionado taurino que observa en las gradas hasta el torero que se juega la piel allá abajo nos puede llegar una explicación paciente de qué significa para ellos el mundo de los toros. Tal vez y sólo tal vez sería un error juzgarles únicamente por el resultado final de su espectáculo: la muerte de un animal, puesto que podríamos pecar de hipócritas. A ver, ¿no matamos animales para comer? ¿No mutilamos y matamos animales de laboratorio para la mejora de nuestra existencia?
Quizá aquellos con férreas convicciones al respecto, por ejemplo, un vegetariano, serían la excepción, y podrían decir algo al respecto, y aquí entraríamos en un complicado debate en el que yo siempre me retrotraigo a la crueldad de la naturaleza en la que nos hallamos. Las especies se comen a otras especies para sobrevivir, y el hombre desde que es hombre ha tenido que hacer lo mismo, y ante eso no hay objeción alguna. Bueno, sí; el hecho de que ahora, tan avanzados como somos (a veces), podemos elegir. Podemos elegir qué nos denigra como personas, qué nos hace más salvajes, menos “humanos”. Y yo no tengo la vara para medir, pero sí podría regirme por un criterio práctico, con el respeto al mundo animal como base. Podemos matar un pollo para comer, podemos sacrificar a un perro enfermo y peligroso, y tendremos la vida y la salud como justificación, pero ¿podemos también matar a un animal por dinero, deporte, afición o mera diversión?
La justificación aquí sería más débil, ¿no os parece?
