A ti, que sigues estando ahí, en esa estrella
"No por amor, no por tristeza,
no por la nueva soledad:
porque he olvidado ya tus ojos
hoy tengo ganas de llorar."
Estos son los versos con los que comienza un poema Antonio Gala. No es que sea de mis autores preferidos, de hecho apenas he leído trabajos suyos, pero este poema (casi) siempre viene a rondarme la cabeza cuando me encuentro triste, sean cuales sean los motivos que originen mi tristeza.
Recuerdo el día que leí este poema por primera vez. Tras leer los dos últimos versos que escribo arriba me acordé de ti. Recordé todas aquellas tardes en las que me sentaba en el sillón justo enfrente de ti observándote mientras tú veías o mirabas la tele. Ultimamente creo que más bien la mirabas, con esa mirada perdida sólo dios sabe dónde. Habría dado los últimos diez años de mi vida por saber tus pensamientos. Quizá pensabas en tu cierto futuro, o en tus vivencias pasadas, o en las que podrían haber sido tus experiencias futuras, o en lo injusto que era todo. Porque en eso pensaba yo mientras te observaba, en eso y en que quizá esa sería la última tarde que pasaría ahí, sentada enfrente tuya, por eso me empeñaba en dibujar esa imagen en mi retina, para no olvidarme nunca de tu cara, ni de tu expresión, ni de tus ojos -en aquel entonces medio tristes-medio alegres-, quería grabar aquella imagen en mí, para llevarte siempre conmigo. Porque yo, al igual que Gala, no quiero olvidarme nunca de tus ojos, no quiero olvidarme nunca de ti.
Una vez leí en un libro que los muertos seguían vivos mientras hubiese alguien que los recordase. Así que tú para mí no estás muerto, tú para mí sólo estás ausente. Y mientras yo siga viva, tú también lo estarás porque no pasa un solo día que no me acuerde de ti. A veces incluso creo verte en mí. Sí, en mí. No es que me acuerde de ti, es que te veo en mí mientras hago algo, algún gesto, que inevitablemente hace que te vea a ti haciendo el mismo gesto. Sobre todo ese que tú siempre hacías con tus gafas. También recuerdo la primera vez que te vi a ti cuando yo hice aquel gesto con las mías. Es como si tú estuvieras en mí e hicieras el gesto. Algo extraño, pero agradable.
O como aquella tarde que estaba a punto de tirar la toalla porque me sentía vencida y me olvidé de beber. Ya sabes que siempre que me siento así suelo recurrir a una imagen. Es un recuerdo que tengo tuyo, porque me hace sentir mejor y me da fuerzas, muchas fuerzas. Pero aquella tarde no tuve que pensar en ello siquiera, porque la situación que provocó aquel gesto tuyo que nos sacó a los dos una sonrisa en un momento muy duro, la viví yo, exactamente la misma situación. Aquella tarde a mí se me había olvidado pensar en ese momento, y me ocurrió a mí. Puede que fuera sólo una coincidencia, una casualidad, pero a mí me pareció una señal, una señal tuya diciéndome: "Niña... recuerda..." Y entonces se desvanecieron todos mis pensamientos grises...
Hoy hace ya seis años que no nos vemos, y te sigo echando de menos como el primer día. Me da coraje, mucho, que nos estemos perdiendo el tiempo que nos correspondía compartir juntos, y todos esos momentos en los que tú deberías estar, acompañándonos. Como cuando la pequeña consiguió hacer realidad su sueño, o cuando la mayor empezó a trabajar para tu loco...
Te quiero mucho, papi.





