La cuesta de enero a veces se hace pendiente.
El 2006 se fue sin pena ni gloria. Se fue como se han ido tantos años míos: compartiendo momentos con toda mi gente (con la que podía estar y/o quería estar). Creamos muchos recuerdos que llevaré conmigo siempre.
El 2007 llegó como mejor lo podía haber hecho: viajando.
La ciudad del amor me acogió con un baile de gotas de agua y caricias de viento. Y me arrastró hacia rincones que sólo se ven cuando uno no busca. Y vi a mi padre sentado en la Plaza du Tetre pintando un cuadro. Y me asomé al balcón de la ciudad y pensé que ese viaje estaba incompleto. Me dejé una parte de mí antes de echar a volar. Por eso sé que tengo que volver, porque no me gusta dejar nada a medias.
Y ahora enero se aleja. Lo bajé montando en bicicleta.
Y febrero se acerca. Me disfrazaré y disfrutaré del carnaval.





