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Luz De Aldebarán...
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Hola! Bienvenidos al blog donde quedan estancados en el tiempo los momentos que elegí que se congelaran en escrito. Gracias por venir...
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La clínica de muñecas
La clínica de muñecas.
Crónica de un intento fallido.

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Mi primera impresión fue (y se lo dije al taxista que me había llevado hasta allí): "esta casa está como maluca". Y es que no había otra manera de describir el conjunto que formaban las rejas oxidadas de las ventanas, el sucio a todo lo largo de la terraza y la malla enmugrecida ubicada en la parte inferior de la puerta, que sugería que un perro vive o vivió en ese lugar en algún momento.

Dos grandes letreros dan la bienvenida al negocio: "Clínica de muñecas Juliao. Arreglo de toda clase de muñecas". Los avisos lucen tan viejos y desgastados como la casa, pero aún así, se ven claramente desde cualquier lugar de esa cuadra del barrio Las Delicias de Barranquilla, en la carrera 41 con calle 69.

Del interior de la casa solo me separaba una reja, pues la puerta estaba totalmente abierta, dejando ver una pequeña sala con un escritorio y algunos muebles, todos atestados de muñecas forradas con bolsas de plástico transparente, unas sobre otras, llenas de polvo. Toqué el timbre y al final de un corredor que daba hacia un patio, se levantó una figura que se movía con pesadez. Era la señora Anais De Juliao, dueña de la única clínica de muñecas de Barranquilla, según ella.

Ella misma parece una muñeca a la que los años le han pasado con crueldad. Tiene grandes ojos azules, y luce colorete rosado intenso con un labial del mismo color. "Se arreglan todo tipo de muñecas: la que habla, la que canta…todo tipo" fue lo que me dijo una y otra y otra vez, durante el tiempo que estuve hablando con ella.

Asegura haber estudiado en los Estados Unidos todo lo que sabe acerca del arreglo de muñecas de plástico y de porcelana, y por su labor cobra de diez mil pesos en adelante, según el estado de la muñeca en cuestión. Abrió la clínica con su esposo, el señor Nelson Juliao, hace 35 años. Desde entonces, ha estado abierta ininterrumpidamente.

Aunque no pasé del recibidor, da la impresión de que la mujer vive sola en su casa, con la única compañía de todas las muñecas que guarda y unas cuantas figuras de Papá Noel que no parecen tener velas en ese entierro. Extrañamente, la señora Anais no responde cuando se le pregunta acerca de su esposo, solo cuando dice que hace tantos años abrieron su negocio. Igualmente extraño resulta el hecho de que se la vea distraída, dispersa, como si estuviera en otro mundo, pues no responde las preguntas a menos que yo se las haga más de una vez.

Ignoro cuántos años tiene, si tiene hijos o el motivo por el que se dedica a esa labor, pues todos estos interrogantes quedaron ocultos tras su silencio. Pero aunque ella nunca lo dijo, me atrevo a imaginar que ha de haber una gran pasión por estos juguetes como para dedicarle la vida entera a ellos, y por qué no, en una extraña expresión de su fervor, llegar a maquillarse como esas muñecas que arregla.

La señora Anais afirma que hoy en día, ya casi nadie lleva a arreglar sus muñecas, que apenas se dañan, las botan. Será por eso que su casa se ve tan acabada como su espíritu cuando me cuenta esto último.

- ¿Y para qué es que es esto, para El Heraldo?
- No, señora. Es para un trabajo de la universidad.
- Ah, no…

Replicó unas cuantas palabras inentendibles, que sólo pude interpretar como decepción ante la idea de que todo el esfuerzo para responder mis preguntas no le representaría ni un cliente más.

Me fui de la clínica de muñecas con más preguntas que respuestas, que ni siquiera por teléfono me quiso responder la señora Anais. Sólo replicaba ante cualquier cosa que yo dijera: "si, mañana abrimos, mañana, mañana…"

Al final, este negocio tiene poco de magia y encanto, y mucho de necesidad y olvido. Ese olvido que aborda a la señora Anais de Juliao de cuando en cuando.



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Este texto hace parte de una serie de ejercicios para un taller de crónicas realizado con el periodista barranquillero Alberto Salcedo Ramos.

 
Oda a la cebolla.

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Mi mamá dice que sólo las personas a las que les gusta mucho la cebolla y que la comen a menudo, son las que pueden detectar su dulzura. Y entre todas las posibles variaciones de esta hortaliza (puerro, larga, roja, e incluso su hijito el cebollín), ninguna es más dulce y refrescante que la blanca: tan versátil como para ser exquisita en comidas gourmet, o coloquial para disfrutarla en los perros calientes de la esquina.

Qué tan conmovedor ha de ser un vegetal para llevarte hasta las lágrimas, mientras le quitas sus múltiples vestidos de novia y atraviesas sin piedad su carne semi-transparente con un cuchillo. Pero ¡ojo!, que es rencorosa: no perdona tu crimen y cobra venganza en el aroma que deja en tu aliento, con el placer añadido de hacerte quedar mal.



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Este texto hace parte de una serie de ejercicios para un taller de crónicas realizado con el periodista barranquillero Alberto Salcedo Ramos.

 
Anécdota

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Estaba con una compañera de la universidad esperando que empezara una clase cuando le pedí su celular para ver las fotos que tenía. Entre caras sonrientes y bonitos paisajes había una que se veía bastante fuera de lugar. Era la foto de un letrero a blanco, negro y rojo que citaba: “este lugar está vigilado por cámaras conectadas a un circuito cerrado de televisión”. Como era de esperarse le pregunté qué era eso y por qué le había tomado una foto a un letrero de esos, a lo que ella me respondió con la siguiente anécdota.

Ella estaba en segundo semestre, así que ya conocía la universidad lo suficiente para no sentirse extraña caminando por sus pasillos, y en ese entonces estaba empezando una relación con un muchacho de su misma carrera, por lo que pasaban mucho tiempo juntos.

Cualquier día, luego de que ambos habían terminado todo lo relacionado con el estudio, estaban en algún pasillo hablando y pasando el tiempo, cuando él le dijo que buscaran un lugar un poco más tranquilo para hablar sin tantas interrupciones. Se fueron entonces para la cancha de fútbol de la universidad, a sentarse en las bancas de la casucha que está frente al campo de juego, con la cara mirando hacia la explanada de hierba mal cortada y de espaldas a la pared que sostenía el techito que los protegía del inclemente sol.

Sí, hablaron, pero pronto las palabras se volvieron besos y éstos se volvieron caricias, y luego de un rato, cuando el sentido común y el pudor aterrizaron en sus cabezas, se detuvieron antes de que la situación pasara a las ligas mayores. Gracias a Dios el lugar estaba desierto y nadie alcanzó a ver todo el jugueteo por el que ya habían pasado.

Se sentaron de nuevo en las bancas, mirando hacia el horizonte de la cancha de fútbol, riéndose de lo terrible que hubiera sido ser pillados en pleno. Menuda sorpresa que se llevaron cuando detrás de ESA pared que sostenía ESE techito, salió uno de los tipos de seguridad que rondan la universidad, que con una gran sonrisa dijo: “Jóvenes, solo quería recordarles que en toda la universidad hay cámaras, incluso en el coliseo y la cancha de fútbol, para que lo tengan en cuenta cuando estén hablando más…de cerca”.

El tipo se fue luego de reírse entre dientes de su propio chiste, y ellos quedaron ahí, petrificados al pensar no sólo en la vergüenza que ello representaba, sino en las posibles maneras en que podría afectarles.

Después que se calmaron y se preparaban para irse, pensando en que no había forma de saber que en el lugar había cámaras dispuestas a capturar sus aventuras, se dieron vuelta para toparse con un enorme letrero a blanco, negro y rojo, en medio de esa pared, que sostenía ese techito, de donde recién había salido su amigo el de seguridad, que citaba muy dignamente: “Este lugar está vigilado por cámaras conectadas a un circuito cerrado de televisión”, y que había estado ahí desde que llegaron a esa fatídica casucha.

- “Ajá, pero, ¿ese es el letrero?”, le pregunté señalando a la foto del celular.
- Claro que sí, ese es.
- ¿Pero por qué le tomaste la foto?
- Pues para que nunca más se me olvide el bochorno que pasé, por si alguna vez se me ocurre la grandiosa idea de hacer “algo” aquí en la universidad.



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Este texto hace parte de una serie de ejercicios para un taller de crónicas realizado con el periodista barranquillero Alberto Salcedo Ramos.