O português
Mi relación con el portugués es extraña. Tuvo un comienzo a mi pesar. A mi pesar porque todo me condujo a él, como en un mal sueño, me vi abocada, sin posibilidad de elección.
Mi padre estudió portugués, mi mejor amiga tiene un amorío casi ilícito con el portugués, Lisboa me tiene apasionada y allí conocí a una de las personas más fascinantes que he conocido y, me atrevo a decir, que conoceré.
Todas estas razones no son suficientes para explicar por qué me gusta tanto esta lengua, por qué trato de aprenderla y por qué, aun sabiendo tan poco, hay veces que siento que todo mi cuerpo fala português.
La razón de mi amor por el portugués está en la música; el portugués es música, no son palabras, no es un instrumento para hablar sino para cantar e interpretar las melodías que resuenan en mi mente. Por eso cuando estoy en clase no importa nada, absolutamente nada más, por eso puedo concentrarme durante una hora en un não, su o-u nasal perfecta, como la cuadratura del círculo, por eso siento y comprendo más allá de lo razonable, porque es la canción que ando buscando.
Es hermoso sentir cómo se vibra cuando se escucha cantar la canción del propio corazón.
Soñar
Soñar es fácil.
Lo difícil es después,
caminar hacia ese punto
donde sueño y realidad
confluyen.
Había una vez un niño
Había una vez un niño que no heredaba jamás nada. Todo lo que pasaba por sus manos era nuevo, ya fuera ropa, zapatos, juguetes o libros. El niño no tenía hermanos, ni primos, ni siquiera vecinos mayores que él y así le fue concedido el don de estrenar todo lo que usaba.
El niño era tremendamente envidiado por los otros niños del colegio, los que llevaban enorme el bajo de los pantalones, dobladas con dos vueltas las mangas de los jerseys, los zapatos rozados y los libros de texto ya subrayados. Le miraban con odio cuando volvía después de las vacaciones de navidad con su cazadora nuevecita, de la talla adecuada y aún sin una mancha. Le envidiaba hasta la dulce niña de las coletas que recibía como regalo las muñecas tuertas de su prima.
Pero lo que los otros niños no sabían era que el niño que no heredaba nada les envidiaba a ellos más aún que ellos a él. Cada prenda de ropa que los otros niños llevaban de sus hermanos tenía escrita su historia en sus enganchones, los pantalones eran más cómodos porque otros los habían usado antes, los libros pintarrajeados eran más divertidos y los juguetes medio rotos se podían terminar de romper sin que fuera un drama. Esas cosas eran únicas, en cambio las suyas eran iguales a todas las demás, no decían nada, no tenían ningún pasado que averiguar. Pero el niño que no heredaba nada les envidiaba, sobre todo, porque los otros niños tenían alguien que había compartido esas cosas con ellos.
El niño era tremendamente envidiado por los otros niños del colegio, los que llevaban enorme el bajo de los pantalones, dobladas con dos vueltas las mangas de los jerseys, los zapatos rozados y los libros de texto ya subrayados. Le miraban con odio cuando volvía después de las vacaciones de navidad con su cazadora nuevecita, de la talla adecuada y aún sin una mancha. Le envidiaba hasta la dulce niña de las coletas que recibía como regalo las muñecas tuertas de su prima.
Pero lo que los otros niños no sabían era que el niño que no heredaba nada les envidiaba a ellos más aún que ellos a él. Cada prenda de ropa que los otros niños llevaban de sus hermanos tenía escrita su historia en sus enganchones, los pantalones eran más cómodos porque otros los habían usado antes, los libros pintarrajeados eran más divertidos y los juguetes medio rotos se podían terminar de romper sin que fuera un drama. Esas cosas eran únicas, en cambio las suyas eran iguales a todas las demás, no decían nada, no tenían ningún pasado que averiguar. Pero el niño que no heredaba nada les envidiaba, sobre todo, porque los otros niños tenían alguien que había compartido esas cosas con ellos.
Travel with us
This is a message for the passengers from the outer space. Welcome to The Earth. The trip still will last a few thousands of years. We hope that you enjoy it.
Día de risas
Hay días en los que una se parte de risa desde que se levanta hasta que se acuesta. Esos son los mejores días, en los que eres capaz de reírte hasta de tu sombra.
Ayer tuve un día de esos, de reír hasta sentir dolor, de dejar que todo me resbalara y ver las cosas desde la óptica del humor.
Comenzó el día con un mal despertar, al sonar el despertador me sobresalté y me caí de la cama de lo enrollada que estaba en el edredón. Después de soltar un juramento comencé a reírme de mi aparatosa caída, y extrañamente, lo que más hilarante me parecía era que si me hubiera pegado en la nuca contra la mesilla, a lo mejor ya no estaría aquí, contándolo. Puedo imaginarme qué ridículos serían los comentarios sobre mi prematura muerte: “Pobrecita, se ha muerto” – “¿Cómo?” – “Se ha caído de la cama” – “Uy, si es que ya lo decía mi suegro, que en paz descanse, que hay despertares muy traicioneros”...
Al llegar al trabajo todo me parecía gracioso, el peinado nuevo de una de las compañeras que la asemeja a una gallina, los papeles urgentes para dirección general que han acabado misteriosamente en la destructora de documentos, el acento hiper-pijo-súper-mega guay de mi ex-jefa...
El café del almuerzo, que normalmente da ganas de llorar, ayer me parecía como el gas nitroso, jajajejejijijojojuju.
Una de las cosas que normalmente me suelen poner de muy mal genio y por la que ayer pasé un rato magnífico es la conversación diaria en la sala de la fotocopiadora con la estúpida de recursos humanos que, misteriosamente, siempre aparece cuando estoy yo, como si tuviera un radar. Esta chica, que no tiene dos dedos de frente (quizás algún día me entretenga en relatar sus peripecias, que no son pocas) también tiene la virtud de ver la paja en ojo ajeno y no ver la viga en el propio, es decir, más claramente, que le gusta criticar los defectos que ella misma tiene para dar y regalar.
Suele exasperarme hasta tal punto que necesito contar no hasta 10 sino hasta 1000 y morderme la lengua el mismo número de veces. Ayer comenzó su cháchara hablando sobre la última metedura de pata de la ministra de cultura. El caso es que yo a esta señora ministra no la sigo en absoluto y no tenía ni idea de cuál podía ser, pero no me pude contener: “Hombre, teniendo en cuenta el nivel que tenía Esperancita Aguirre, es difícil que la supere”. La buena mujer se sulfuró tanto que se le hincharon las venas del cuello y empezó a despotricar contra Carmen Calvo, Alborch y todas las cármenes de este mundo. Mereció la pena la discusión, lo aseguro, sólo por las risas posteriores y por la posibilidad de que no vuelva a dirigirme la palabra. Aún sigo riéndome, para mis adentros, cada vez que me acuerdo.
Qué gran día.
En las comisuras de tu boca
En las comisuras de tu boca mueren las palabras. Las que pronuncias y las que sólo esbozas con los labios. Las que tienen destinatario y las que te dedicas a ti mismo cuando estás solo y crees que nadie te escucha.
En las comisuras de tu boca hay risas escondidas. Risas cómplices de mis risas. Risas cerradas que no pudieron nacer, por inconvenientes. Risas salvadoras que surgen en los momentos de angustia. Risas honestas sobre mí, sobre ti, sobre todo.
En las comisuras de tu boca, a veces, se descuelga la ironía en forma de un pequeño pliegue que no puedes contener cuando hablas con alguien con quien no comulgas o cuando me riñes como si fuera una niña.
En las comisuras de tu boca nace la pasión. Es allí es donde se ubica el centro del seísmo, la primera pista de las llamas que se encienden en tu interior y que nos envuelven como por ensalmo.
En las comisuras de tu boca hay arruguitas que hacen guiños y confiesan lo mucho que has comido, besado y hablado, porque en esto, como en todo, no hay frenos a la intensidad que domina nuestras vidas.
En las comisuras de tu boca es donde me gusta besarte y así llevarme los sabores de tus palabras, tus risas, tu ironía, tu pasión y tu intensidad, todos juntos en un cóctel que es imagen de tu esencia.
Déjame besarte, de nuevo, en las comisuras de tu boca.
En las comisuras de tu boca hay risas escondidas. Risas cómplices de mis risas. Risas cerradas que no pudieron nacer, por inconvenientes. Risas salvadoras que surgen en los momentos de angustia. Risas honestas sobre mí, sobre ti, sobre todo.
En las comisuras de tu boca, a veces, se descuelga la ironía en forma de un pequeño pliegue que no puedes contener cuando hablas con alguien con quien no comulgas o cuando me riñes como si fuera una niña.
En las comisuras de tu boca nace la pasión. Es allí es donde se ubica el centro del seísmo, la primera pista de las llamas que se encienden en tu interior y que nos envuelven como por ensalmo.
En las comisuras de tu boca hay arruguitas que hacen guiños y confiesan lo mucho que has comido, besado y hablado, porque en esto, como en todo, no hay frenos a la intensidad que domina nuestras vidas.
En las comisuras de tu boca es donde me gusta besarte y así llevarme los sabores de tus palabras, tus risas, tu ironía, tu pasión y tu intensidad, todos juntos en un cóctel que es imagen de tu esencia.
Déjame besarte, de nuevo, en las comisuras de tu boca.
Homenaje a una amiga
Esa amiga que sabe más de mí que yo misma, con la que comparto angustias, secretos, aficiones y sueños. Una amiga que siempre incluyo en mis planes y en la que siempre pienso, cuando río y cuando lloro. Una amiga con la que discuto y luego me abraza, a la que le digo las cosas sin necesidad de pensarlas tres veces, también las malas, y que tiene un crédito de cariño y confianza ilimitado en su cuenta conmigo.
Esa amiga que siempre quise y nunca pude tener, hasta que te conocí.
Este homenaje es tuyo, lo sabes, no puede ser para nadie más. Este homenaje es para ti porque quiero hacer pública mi admiración.
Me admira tu capacidad para ser (y estar) sola, tu valor escondido bajo ese abrigo de fragilidad que te cubre, tu espíritu indomable, tu locura, tu tenacidad en la persecución del sueño que domina tu vida, tu amistad, tu carita de planta que necesita más riego, tu inmenso corazón.
Te has exiliado por necesidad, para ser persona, para que te dejaran crecer, vivir y respirar en libertad y eso también me admira. Hace falta muchísimo valor para largarse como tú lo has hecho, para enfrentarse con todo, para desprenderse de lo conocido y lanzarse a la aventura.
Estás pasando un bache, un revés, un agujero (como diría Aute) y quiero estar a tu lado, pero estás muy lejos. Aún así estamos juntas, con tu mirada intensa en mi mirada quieta. No sé si este amor, este cariño, compensa los que no te han sido concedidos, pero te aseguro que es muy grande y profundo.
Sé que saldrás triunfante de todas las zancadillas que la vida te ponga, que volverás a levantarte siempre, y si alguna vez crees que no puedes, allí estarán mis manos para ayudarte, para acompañarte aún más en el dolor que en la alegría.
Te quiero mucho.
Polémica
Me pregunto por qué en este espacio de expresión en blanco nunca he dado rienda suelta a mi capacidad para generar polémica, que es enorme.
No me he dejado nunca llevar por el entusiasmo de comentar acontecimientos tan jugosos y dignos de discusión como las elecciones de USA, la muerte de Arafat, la manía por quitar los símbolos “hirientes” de la heráldica española o, como hace Camarada Bakunin, lo de quitar los nombres de las calles con referencias franquistas.
Si repaso las discusiones sobre cuestiones no personales de mi vida, me doy cuenta de que hablando de un mismo tema a veces tomo una postura y otras justamente la contraria, dependiendo de lo que diga mi interlocutor. ¿Soy una polemista? Tal vez, a veces por situarme en el tibio medio.
El caso es que las polémicas son buenas y yo no he sido capaz de comentar un solo tema de actualidad que genere el más mínimo diálogo o confrontación.
Así que menos poemas y más circo. Si alguien tiene un tema polémico que lo exponga.
;-)
Viento de cambio
Vino un día soleado de finales de enero y comenzó a soplarme palabrejas al oído. Se instauró en mi vida como un inquilino sin fianza, durante meses hemos compartido el mismo hueco y poco a poco ha ido haciéndose fuerte, basado en mi silencio que ni otorga ni desmiente.
Ayer se convirtió en huracán, las palabras se convirtieron en gritos y las conversaciones en discusiones. Venció mi resistencia, me he rendido a él.
Tiene razón, no vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer, eso no se llama prudencia sino cobardía. No vale conformarse, no vale renunciar al sueño cuando se está tan cerca de conseguirlo, no vale diletar eternamente (cuando se vaya fulano/a, cambiarán las cosas...), no vale contentarse con lo que prometen y que nunca llega. No vale.
A partir de hoy estoy activamente buscando trabajo.
Deseadme suerte.
Tropiezo
...Se levantó con una mueca de dolor. Se miró las manos, tenía pequeñas heridas de las que manaba sangre. Se limpió las heridas con el pañuelo. Miró alrededor por si alguien le había visto caer. Se dio cuenta de que nadie le observaba. Pensó un minuto en el tropiezo que le llevó al suelo. Tomó aire. Se frotó las rodillas doloridas. Comenzó a correr de nuevo. Olvidó el dolor y las heridas. Siguió corriendo...
Vontade de chorar

Amanecer
Desde que madrugo los días laborables y veo rayar el alba mientras trabajo, mi mayor ilusión de los fines de semana es levantarme de la cama pasadas las 11 de la mañana.
Cómo han cambiado las cosas, antes suspiraba por quedarme de fiesta hasta el amanecer y ahora suspiro porque la aurora no me pille despierta ni un día más de los necesarios.
¿Será que estoy madurando?
Propósito
Me he propuesto no enfadarme,
por nada.
No quiero sentir que el mundo cae
sobre mis manos atadas.
No quiero que me domine la ira
y la furia me obligue a alimentarla.
No quiero bullir en el recelo,
en la animosidad más insana.
No quiero pensar en nada
que me dé mal karma,
en lo molesto, irritante, inoportuno,
injusto, intolerable que alguno
sin querer (evitarlo) me haga,
aunque sea la vida la que juegue
estas bromas pesadas.
La verdad es que no puedo,
es que estoy harta,
de malgastar mi energía
en cosas vanas.
por nada.
No quiero sentir que el mundo cae
sobre mis manos atadas.
No quiero que me domine la ira
y la furia me obligue a alimentarla.
No quiero bullir en el recelo,
en la animosidad más insana.
No quiero pensar en nada
que me dé mal karma,
en lo molesto, irritante, inoportuno,
injusto, intolerable que alguno
sin querer (evitarlo) me haga,
aunque sea la vida la que juegue
estas bromas pesadas.
La verdad es que no puedo,
es que estoy harta,
de malgastar mi energía
en cosas vanas.
NO TE SALVES
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo
(Mario Benedetti)
Gigantes
Me tienen fascinada, tengo que reconocerlo, esos gigantes que coronan nuestros montes, los sucesores de los de Don Quijote.
Los veo a lo lejos en el horizonte, sobre las crestas de las sierras de mis paisajes habituales, y me quedo absorta observando sus giros acompasados, su danza atrapante, y cuando, como si de una conjunción planetaria se tratase, puedo ver una sola torre en la que bailan cien brazos, una sonrisa cómplice se dibuja en mi rostro.

Me gusta distinguirlos a lo lejos desde la carretera y verlos en medio de la noche, con sus palas que apenas se adivinan en medio de la negrura y sus lucecitas rojas que parece que marcaran el contorno de un camino hacia el cielo.
Cuando salgo a caminar por el monte, suelen ser mi objetivo, el segundo premio de una caminata en la que el primero es alcanzar la cresta de la montaña. Miro hacia arriba cuando pierdo el resuello en medio de la ascensión o cuando alguna rama entorpece mi camino y los veo, a lo lejos, guiñándome un aspa, y pienso en lo pequeños que parecen entonces y lo enormes que son siempre cuando llegas a su base.
En algunos campos eólicos hay padres e hijos, grandes y pequeños, incluso si alguna vez me fijo bien, los veo cómo se toman de las manos con cariño y me emociono.
Sé que tienen muchos detractores, hay opiniones para todos los gustos, hay quien asegura que afectan a la fauna del entorno (y yo me pregunto ¿qué es lo que hoy día no afecta a la fauna del entorno?), que hacen mucho ruido (yo he estado en muchos campos eólicos y nunca los he oído ni siquiera suspirar, el propio viento hace más ruido) o que las aves mueren al golpearse contra ellos (estamos de acuerdo, pero también en los cables de alta tensión y aún no se han soterrado).
Una cosa que sí me preocupa es que las pistas que se construyen para su montaje y mantenimiento acercan a los coches algunos paisajes a los que antes sólo se podía acceder a pie.
Y estéticamente, me gustan, me encantan, como decía antes, me fascinan los aerogeneradores. Quizás me fascinan en parte porque me recuerdan a los molinos que hacía en la escuela cuando era pequeña o quizás porque me gusta lo que significan: energía renovable y limpia para todos.
Los veo a lo lejos en el horizonte, sobre las crestas de las sierras de mis paisajes habituales, y me quedo absorta observando sus giros acompasados, su danza atrapante, y cuando, como si de una conjunción planetaria se tratase, puedo ver una sola torre en la que bailan cien brazos, una sonrisa cómplice se dibuja en mi rostro.

Me gusta distinguirlos a lo lejos desde la carretera y verlos en medio de la noche, con sus palas que apenas se adivinan en medio de la negrura y sus lucecitas rojas que parece que marcaran el contorno de un camino hacia el cielo.
Cuando salgo a caminar por el monte, suelen ser mi objetivo, el segundo premio de una caminata en la que el primero es alcanzar la cresta de la montaña. Miro hacia arriba cuando pierdo el resuello en medio de la ascensión o cuando alguna rama entorpece mi camino y los veo, a lo lejos, guiñándome un aspa, y pienso en lo pequeños que parecen entonces y lo enormes que son siempre cuando llegas a su base.
En algunos campos eólicos hay padres e hijos, grandes y pequeños, incluso si alguna vez me fijo bien, los veo cómo se toman de las manos con cariño y me emociono.
Sé que tienen muchos detractores, hay opiniones para todos los gustos, hay quien asegura que afectan a la fauna del entorno (y yo me pregunto ¿qué es lo que hoy día no afecta a la fauna del entorno?), que hacen mucho ruido (yo he estado en muchos campos eólicos y nunca los he oído ni siquiera suspirar, el propio viento hace más ruido) o que las aves mueren al golpearse contra ellos (estamos de acuerdo, pero también en los cables de alta tensión y aún no se han soterrado).
Una cosa que sí me preocupa es que las pistas que se construyen para su montaje y mantenimiento acercan a los coches algunos paisajes a los que antes sólo se podía acceder a pie.
Y estéticamente, me gustan, me encantan, como decía antes, me fascinan los aerogeneradores. Quizás me fascinan en parte porque me recuerdan a los molinos que hacía en la escuela cuando era pequeña o quizás porque me gusta lo que significan: energía renovable y limpia para todos.
Qué duro es perder un amigo!
Te sientes solo, abandonado, herido, triste, furioso, desgraciado, insignificante, melancólico, derrotado...
Estoy perdiendo un amigo. No es cosa de un día, éste es un proceso que comenzó hace un tiempo. Hoy he echado las cuentas: un mes, sí, qué corto y qué largo a la vez, este período de desencantos.
No sabría definir muy bien qué es lo que ha ocurrido, sólo que algo se está rompiendo en mi interior y oigo cómo se rasga cada día un poco más.
Me siento sola, abandonada, herida, triste, furiosa, desgraciada, insignificante, melancólica, derrotada...
¿Qué es un poeta?
Decía Pessoa:
O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que llega a fingir que es dolor
El dolor que de veras siente.
Empieza la vida
Hoy es día de difuntos y como la vida es territorio de contrastes, hoy va a dar a luz una buena amiga.
Después de 9 meses de ver a mi amiga florecer, de ver a la niña en ecografías, hoy, por fin, van a dejar de ser una sola y empezarán su vida por separado.
Este ha sido mi primer embarazo en segunda persona, el primero que he seguido desde el comienzo, día a día: el peso, la diabetes gestacional, el sexo del bebé, la dieta estricta, las pataditas, la compra del ajuar...
Tengo muchas ganas de ver a Y., de saber que todo ha ido bien y verla sonreír satisfecha del esfuerzo invertido en los últimos meses. Tengo ganas de llevarle mil cosas al hospital: bombones para resarcirla de la dieta sin azúcar, flores, algo para leer, un peluche gigante comprado para la niña hace meses, un juguete con música para dormirla...

Tengo ganas de coger a esa criaturita entre los brazos, abrazarla suavemente, miedosa de su fragilidad, decirle tonterías, susurrarle su nombre que es una preciosidad y sentir el calor de su cuerpecito contra el mío.
Aún no ha nacido, aún no, pero será hoy, seguro. He hablado con Y. hace dos horas y ya estaba casi con un pie en quirófano.
Estoy casi más nerviosa que la madre y mucho más impaciente.





