Canción de Navidad
En cinco horas estaré viajando, en nueve horas cenaré, riendo y emborrachándome con los amigos de I., en veinticuatro horas veré a mi amiga más añorada, la que tanto necesito, en treinta y tres horas me juntaré con la familia política para dar cuenta de una suculenta cena, en cinco días viajaré para estar con mi familia, en seis días veré a mi abuela, la única que me queda, en siete días me tomaré un café con mi mejor amigo de la infancia, en ocho días despediremos el año y daremos la bienvenida a otro, en nueve días disfrutaremos de una increíble comida y en diez días volveré a trabajar.
No sé qué ocurrirá cuando vuelva, si los cambios que se comunicaron ayer serán malos o peores. No quiero pensar, no quiero preocuparme innecesariamente. Estos asuntos los voy a dejar hasta después de las fiestas, de momento me concentraré en disfrutar con la familia y los amigos. Hoy, como dice un buen amigo "el aire está preñado de promesas".
Felices fiestas a todos.
Justo en el borde

Hoy
Hoy hubiera preferido no levantarme de la cama, no venir a trabajar para no enterarme de las malas nuevas surgidas ayer. Hoy debería haberme quedado abrazada a I. hasta que los malos presentimientos se hubieran reducido a un mal sueño. Hoy tendría que haberme tocado ese gordo gordísimo. Hoy no debería haber fumado esos dos cigarrillos fomentados por la ansiedad de las malas noticias y que entorpecen mi hasta ahora brillante lucha contra el tabaco. Hoy las esperanzas se me cayeron encima como un castillo de naipes. Hoy la vida no sabe a poesía, sabe a ceniza, a lágrimas y deja un regustillo metálico al intentar tragarla mezclada con saliva. Hoy tengo ganas de decir adiós, de dejarme caer hacia atrás y dormir y descansar sin pesadillas y sin que nadie me moleste, ni siquiera para decirme que me quiere. Hoy, de repente, no hay salida, no hay meta, no hay camino, no hay nada. Hoy irónicamente brilla el sol y promete que las fiestas serán maravillosas, pero no le creo. Hoy quedan aún tres horas de agonía y suplicios. Hoy es uno de esos días en los que me ahoga respirar este aire mil veces viciado. Hoy no es un buen día, bueno, en realidad hoy es un día francamente penoso. Y como dice mi hermano en estas ocasiones y para desdramatizar la situación, “no sé si cortarme las venas o dejármelas largas”.
En mi mente suena esta canción de Melon Diesel:
No hay salida, no hay solución
Pierdes la fe, se equivoca el sol
Y el día se tiñe de marrón
Si no hay luz en tu rincón
Los de siempre te marcan gol
Y toca fondo el corazón
Si no te puedes levantar
De ese golpe del ayer
Si tu vida desafina
No lo pienses ponte en pie
(Grita) grita (grita) grita no te pueden oír
(Grita) grita más alto que te puedan sentir
(Grita) grita (grita) grita si te sientes solo
Hay un amigo cerca de ti
Si las agujas de tu reloj
Hablan del tiempo de un perdedor
Y no encuentras una razón
Si estás a punto de estallar
No queda nada en creer
Si tu vida desafina
No lo pienses ponte en pie
(Grita) grita (grita) grita no te pueden oír
(Grita) grita más alto que te puedan sentir
(Grita) grita (grita) grita si te sientes solo
Hay un amigo cerca de ti
Grita más alto no te pueden oír
Grita más fuerte que te puedan sentir
Grita más alto hay alguien cerca de ti
(Grita) grita (grita) grita no te pueden oír
(Grita) grita más alto que te puedan sentir
(Grita) grita (grita) grita si te sientes solo
Hay un amigo cerca de ti
¿Luchar?
¿Merece la pena seguir luchando con coraje en cada batalla si se es plenamente consciente de que se ha perdido ya la guerra?
Aniversario
Unos cuantos años de amor, confianza, amistad, pasión y mutuo entendimiento. Unos cuantos años también de luchar contra todo y contra todos, contra las adversidades que minan nuestro camino, contra el destino que siempre parece separarnos, contra las promesas que no se podían cumplir, contra los sueños que se nos antojaron imposibles, contra las opiniones de los que pensaron que esto no duraría, contra el tiempo, ese fuego que todo lo devora, contra la rutina que a veces nos adormece, contra la aceptación de nuestro amor como algo normal, contra las intromisiones bien (y no tan bien) intencionadas.
Hemos cambiado mucho en el transcurso de estos años y hemos aceptado esos cambios, tanto los propios como los del otro. Hemos superado muchas etapas, nuestra relación ha crecido, en alguna ocasión ha sido delgada como un hilo y se ha fortalecido.
Aquí estoy para decirte que te quiero, que te comprendo, que confío más en ti que en mí misma, que te apoyo, que me confieso cada día contigo, que te deseo, que a veces me asombra que me quieras, que te escucho, que me pareces un milagro, que te valoro y que te amo.
Me siento muy feliz. Felicidades a ti también.
EXPO 2008
Es el comentario del día, ha sido la noticia de la semana y será el acontecimiento más esperado.
Por fin, la Exposición Internacional de 2008 será en Zaragoza.

Disfrutaremos de la expo, la veremos, oiremos, sentiremos... pero lo mejor es sin duda que la ciudad va a evolucionar al menos unos 25 años en el breve período de 4.
Mejorará la estética, las comunicaciones, las infraestructuras y, sobre todo, nos beneficiará a todos, aunque haya algunos que piensen que no.
Un mundo convulso
El trabajo es una guerra diaria, un cansancio infinito, un sinvivir.
La familia es un quebradero de cabeza constante, una preocupación, un desaliento.
Los amigos en sus tristezas son una amargura por empatía, un asidero sin asas, una bocanada de humo.
La casa es una cárcel, una jaula dorada, un saco sin fondo.
Las pequeñas cosas son un obstáculo gigante, una desdicha perezosa, un por qué reiterado.
Y en medio de todo esto TÚ eres un oasis en calma, un abrazo reconfortante, un espejo claro, un oído atento, un beso apasionado, una mirada preocupada, una ayuda inesperada, una mano amiga, un reproche justo, una palabra amable, un buen consejo, una razón. Una buena razón. Hoy, la única.
Los tiempos difíciles
Este fin de semana he ido a casa de mis padres y he pasado dos días muy entrañables en compañía de mi familia. Nos hemos juntado casi todos y hemos probado el menú de nochebuena, hemos hablado y reído y jugado a las cartas, todo ello sin medida. Una de las partes que más me gustan de estas reuniones es lo que yo llamo “los tiempos difíciles”, cuando alguno de mis familiares relata sus recuerdos de infancia-adolescencia-juventud y luego se van encadenando unos con otros, las vivencias de los que estaban en un pueblo frente a las de los que estaban en la ciudad, de los jóvenes y no tan jóvenes de entonces, mayores ahora.
Me encanta oír contar a mis padres, tíos y abuelos cómo recuerdan la realidad de aquellos tiempos. Sé que en parte son visiones sesgadas, subjetivas, incluso hasta deformadas por el paso de los años, pero son sus vivencias, la historia de sus vidas y me enseñan a ver mis preocupaciones desde otro punto de vista. Ahora que estoy buscando trabajo y que me produce mucha zozobra esta incertidumbre de no saber dónde dormiré mañana, pienso en mi padre cuando tenía mi edad y me siento más tranquila y confiada.
Allá por el año 80, con los préstamos a un interés del 20%, mi padre pidió siete créditos en siete bancos para montar una cafetería. Harto del negocio familiar, en el que se sentía muy maltratado, con una niña y un bebé a cuestas y sin un duro, se lió la manta a la cabeza y puso su propia empresa. Durante cinco años mi madre y él trabajaron 14 horas diarias, los créditos les ahogaban, no tenían ni para tomarse un café y rezaban para no ponerse enfermos o para que no hubiera gastos imprevistos. Al cabo del tiempo el negocio prosperó y las cosas fueron tan bien que nos fuimos una semana de vacaciones a Lloret de Mar. Después prosperó aún más y mis padres pudieron cerrar los domingos y tres semanas al año, tener un camarero por las tardes y, en definitiva, vivir.
Creo que en estos tiempos de hoy día, que son difíciles pero menos, perdemos con mucha facilidad la perspectiva y damos por sentado demasiadas cosas. Claro que los jóvenes de ahora tenemos problemas, pero pensar en cómo fueron las vidas de la generación de mis padres me hace valorar mucho más las comodidades y certidumbres de la mía, y desde luego me lo pienso tres veces antes de quejarme.
Punto de inflexión
Repentinamente los astros se alinean, las nubes se dispersan y el aire se torna más respirable.
Un minuto, un segundo, un parpadeo y la situación cambia para siempre.
No hay vuelta atrás; lo dicho, dicho está, y las palabras esta vez no se las lleva el viento.
Cuando no se puede empeorar el cambio es siempre positivo. Brindemos pues, por el cambio, sea el que sea y lleve a donde lleve.
Al menos esta noche descansaré sin pesadillas.
Puente
Hoy es un día extraño. Mi estado de ánimo es pésimo, propiciado en gran parte por una reunión en el trabajo que tuve ayer, en la que me ningunearon, ofendieron y exasperaron, por este mismo orden. Sin embargo, la perspectiva de pasar cinco días sin tener que venir a trabajar es tan maravillosa que, salgan como salgan las cosas este puente (con la familia política de por medio nunca se debe predecir nada, ya se sabe), sólo por no tener que madrugar, estoy animada.
Mi búsqueda de empleo parece que no da frutos, aunque no desespero, aún es pronto. Pero la situación en el trabajo empieza a ser insostenible, cada día es un milagro encontrar una razón para levantarse y venir hasta aquí. Y cada día estoy más cerca de no callarme, de reventar la situación, de poner las cosas en su sitio o de volverme loca.
Espero que estos días de asueto me sirvan para desconectar y para aclarar la situación conmigo misma. Aunque lo que de verdad me haría falta sería una escapadita a un balneario. El paraíso. Y sin móvil.
La bicicleta de mi padre
Cuando mi padre era pequeño vivía con mis abuelos en el barrio de Orcasitas, donde las calles eran de barro y las condiciones muy precarias. La familia de mi padre era pobre y los regalos que hacían a sus hijos eran muy modestos, pero el día que mi padre cumplió siete años recibió algo totalmente inesperado; una bicicleta.

Era una bicicleta grande, nueva, roja, reluciente y tan rápida que a él se le antojaba un avión supersónico. Mi padre disfrutó de su regalo como un poseso, no había quien le bajara de la bici, hasta que un día, misteriosamente, desapareció. Mis abuelos le dijeron que probablemente la habían robado, pero ahora mi padre piensa que la pidieron prestada, tal vez a algún conocido o quizás en la tienda, y luego la tuvieron que devolver. No podemos aclarar el misterio porque mi padre nunca preguntó y mis abuelos hace tiempo que murieron.
Cuando mi padre me lo contó por primera vez, siendo yo muy niña, le pregunté si no le fastidió mucho que se la quitaran, porque pensaba en la rabia que hubiera sentido yo al arrebatarme algo que me gustara tanto. Me contestó que al principio sí pero que luego se le pasó, y que al menos fue dueño de algo tan increíble por unos días. Entonces no lo entendí, pero ahora creo que lo comprendo. Esa bicicleta le devolvió la ilusión y la esperanza tras tantas privaciones. Aún se le iluminan los ojos cuando cuenta esa historia y entonces, mi hermano y yo, podemos ver en esos ojos al chaval que montaba en la bici de sus sueños, el chaval que mi padre dejó de ser prematuramente cuando comenzó a trabajar con nueve años.
Mi hermano y yo siempre tuvimos mucho, tuvimos más de lo necesario y siempre deseamos más de lo que teníamos. Sin embargo nunca he tenido nada que haya significado tanto para mí como esa bicicleta significó para mi padre, ni se me ilumina la mirada como a él cuando pienso en mi infancia y eso que la infancia de mi padre duró escasamente nueve años y la mía unos catorce.
Pero afortunadamente, tengo un padre que me cuenta esas historias y cuando a él se le iluminan los ojos, los míos se llenan de lágrimas por poder compartir esa ilusión.