Cambios
Todo ha cambiado. De repente, en cuestión de 10 días todas las conjeturas y castillos en el aire de estos larguísimos e interminables 6 meses se van haciendo realidad, por fin.
I. ha encontrado trabajo, yo tengo una oferta inmejorable que se va concretando y que para la semana próxima puede estar ya firmada.
I. trabajará en un pueblo a 90 kilómetros de aquí, yo tendré que irme a Guadalajara.
Nos vamos. Nuestra etapa aquí, juntos, se acaba.
Trato de controlar mis pensamientos, pienso en todo el follón que esto representa: buscar dos casas cada una en un sitio, organizar las mudanzas, agenciarme un coche... Pero siento una alegría desbocada porque sé que estos cambios son positivos, que sacrificamos nuestra estabilidad y parte de nuestra vida personal por un desarrollo profesional en campos que nos apasionan y que buscamos sembrar para cosechar un futuro mejor.
Estoy asustada y feliz, muy feliz.
La voz del Silencio
Quiero escribir y no puedo. No me salen las palabras. Sé que las tengo dentro, en algún recoveco escondidas y que luchan por liberarse pero no pueden.
Tal vez debería ir al médico o quizás a objetos perdidos, no sé.
El caso es que en medio de esta sequía me he acordado de un poema que me fascina. Lo escribió una amiga del instituto en su mesa, en medio de una clase de música, casi como un juego,
La nada
El cero
Vacío
Un hueco
Escucha la voz del silencio.
Me gusta recordarlo de vez en cuando y sentir su musicalidad, lo digo para mis adentros, muy despacio, con ritmo de tres por cuatro, y me dejo descolgar de la boca sus frases trisilábicas (escucha / la voz del / silencio).
También me gusta pensar que el silencio, que tanto me atormenta a veces, forma parte de una escala de no-existir, en la que es el mal menor. Es mejor el silencio que un hueco y éste que el vacío y cualquier cosa es mejor que la nada.
Hoy le doy gracias a C. por escribir esto, por enseñarme que su música no es diferente de mi poesía y dejarme este recuerdo que me acompaña cuando mi boca enmudece.
Soñar de nuevo
Soñar es fácil.
Lo difícil es después,
caminar hacia ese punto
donde sueño y realidad
confluyen.
¡Que venga a mí el huracán!

Aquí estoy en mi atalaya, sentada en una taula. Oteo el horizonte y observo la vida pasar a mis pies, ahí abajo. Anticipo desde aquí todos los cambios antes de que se produzcan. Los veo formarse en el horizonte como si fueran tormentas que a veces llegan hasta aquí y a veces no, pero que siempre avanzan lentamente, demasiado lentamente, como si se desperezaran.
Ansío que llegue la tormenta y descargue sobre mí con furia, que haga temblar esta roca en constante vibración a merced de los vientos. Ansío probar su firmeza, poner a prueba mi refugio. Ansío que se destruya todo lo innecesario, inservible o anticuado que he ido acumulando, que quede en pie lo que merezca la pena y reconstruir lo que falte después.
¡Que venga a mí el huracán!





