Había una vez un niño
Había una vez un niño que no heredaba jamás nada. Todo lo que pasaba por sus manos era nuevo, ya fuera ropa, zapatos, juguetes o libros. El niño no tenía hermanos, ni primos, ni siquiera vecinos mayores que él y así le fue concedido el don de estrenar todo lo que usaba.
El niño era tremendamente envidiado por los otros niños del colegio, los que llevaban enorme el bajo de los pantalones, dobladas con dos vueltas las mangas de los jerseys, los zapatos rozados y los libros de texto ya subrayados. Le miraban con odio cuando volvía después de las vacaciones de navidad con su cazadora nuevecita, de la talla adecuada y aún sin una mancha. Le envidiaba hasta la dulce niña de las coletas que recibía como regalo las muñecas tuertas de su prima.
Pero lo que los otros niños no sabían era que el niño que no heredaba nada les envidiaba a ellos más aún que ellos a él. Cada prenda de ropa que los otros niños llevaban de sus hermanos tenía escrita su historia en sus enganchones, los pantalones eran más cómodos porque otros los habían usado antes, los libros pintarrajeados eran más divertidos y los juguetes medio rotos se podían terminar de romper sin que fuera un drama. Esas cosas eran únicas, en cambio las suyas eran iguales a todas las demás, no decían nada, no tenían ningún pasado que averiguar. Pero el niño que no heredaba nada les envidiaba, sobre todo, porque los otros niños tenían alguien que había compartido esas cosas con ellos.
El niño era tremendamente envidiado por los otros niños del colegio, los que llevaban enorme el bajo de los pantalones, dobladas con dos vueltas las mangas de los jerseys, los zapatos rozados y los libros de texto ya subrayados. Le miraban con odio cuando volvía después de las vacaciones de navidad con su cazadora nuevecita, de la talla adecuada y aún sin una mancha. Le envidiaba hasta la dulce niña de las coletas que recibía como regalo las muñecas tuertas de su prima.
Pero lo que los otros niños no sabían era que el niño que no heredaba nada les envidiaba a ellos más aún que ellos a él. Cada prenda de ropa que los otros niños llevaban de sus hermanos tenía escrita su historia en sus enganchones, los pantalones eran más cómodos porque otros los habían usado antes, los libros pintarrajeados eran más divertidos y los juguetes medio rotos se podían terminar de romper sin que fuera un drama. Esas cosas eran únicas, en cambio las suyas eran iguales a todas las demás, no decían nada, no tenían ningún pasado que averiguar. Pero el niño que no heredaba nada les envidiaba, sobre todo, porque los otros niños tenían alguien que había compartido esas cosas con ellos.
Comentario:
Yo siempre tuve cosas nuevas, sin olores, sin defectos ni historia. Por eso inventaba siempre, soñaba con hermanos que nunca me darían nada. Crecí entre juguetes nuevos que debían continuar nuevos, Para quien? para alguien que no existia...
Pero mis amigos compartieron sus cosas usadas conmigo y entonces empecé a ser feliz.
besitos-beijinhos
María
Pero mis amigos compartieron sus cosas usadas conmigo y entonces empecé a ser feliz.
besitos-beijinhos
María
Comentario:
Texto muito lindo...sou o mais novo de dez irmãos e sei o que é ter TUDO usado...e sempre gostei de saber que minhas coisas têm histórias. Hoje tenho 34 anos e não gosto de coisas novas, mas quando as tenho prefiro que se gastem logo para terem mais valor.
Comentario:
Como gostei desta história! Será a história do menino, mas também das pessoas que nunca partilharam nada.
Beijos, Luz
Beijos, Luz
Comentario:
Es la gran paradoja de los hijos únicos. Todo para ellos, menos lo que realmente quieren... Eso me pasa a vaces con mi hija. No hay más, y tiene prácticamente todo lo que desea, excepto una hermana para jugar y compartir.





