Trabajar
Amanda me ha hecho reflexionar sobre el trabajo.
He estado pensando cómo ha cambiado mi visión del trabajo desde que me estaba preparando para encontrar empleo hasta hoy.
Cuando estudiaba pensaba, con la natural estupidez que caracteriza los 18 años, que en mi futuro trabajo me pagarían por mis conocimientos y aptitudes y me preparé a conciencia (carrera, idiomas, informática, master, prácticas...).
Durante las entrevistas para entrar en esta empresa me dijeron que se me pagaría para pensar y me dije – bueno, creo no lo hago tan mal.
En seguida me di cuenta que de pensar poco y que en realidad mi trabajo consistía en escribir, a lo que mi reacción fue – esto sí que me gusta de verdad.
Qué chasco, lo que tenía que escribir no le puede gustar a nadie y además el puesto incluía las funciones de secretariado que cualquier otra persona pudiera necesitar, lo que me ha servido para dejar de ser una analfabeta funcional. He aprendido a poner un fax, escribir todo tipo de documentos oficiales, coger el teléfono y filtrar llamadas, hacer tours turísticos por la empresa en casi todos los idiomas de la unión europea, hacer café (bueno, esto no cuenta porque ya sabía, estuve 5 años trabajando de camarera entre épocas de clase) y tengo el título de Master Fotocopista de la empresa. Llegué a la conclusión de que me pagaban para trabajar en todo lo que me mandaran.
Pero entonces llegó un verano y, con el calor, dejó de apetecerme. Así que dejé de trabajar, me pasé horas haciendo nada, concretamente... nada. Resultó que nadie se dio cuenta. ¡Qué frustrante! Mi trabajo consiste en madrugar, ir al trabajo, fichar, esperar y volver a fichar. Me pagan por estar.
Después descubrí que es peor de lo que pensaba, que hay personas que ni siquiera están 8 horas: se ponen constantemente enfermas, llegan tarde, se van antes de la hora, alargan las vacaciones... ¡y les siguen pagando! Y no sólo eso, sino que además están muy bien consideradas porque según los “de arriba” tienen “actitud de empresa”.
Conclusión: en mi trabajo no tengo que pensar, ni escribir, ni hacer lo que me manden, ni siquiera estar. Me pagan para aparentar y, lamentablemente, es algo que no se me da muy bien.
He estado pensando cómo ha cambiado mi visión del trabajo desde que me estaba preparando para encontrar empleo hasta hoy.
Cuando estudiaba pensaba, con la natural estupidez que caracteriza los 18 años, que en mi futuro trabajo me pagarían por mis conocimientos y aptitudes y me preparé a conciencia (carrera, idiomas, informática, master, prácticas...).
Durante las entrevistas para entrar en esta empresa me dijeron que se me pagaría para pensar y me dije – bueno, creo no lo hago tan mal.
En seguida me di cuenta que de pensar poco y que en realidad mi trabajo consistía en escribir, a lo que mi reacción fue – esto sí que me gusta de verdad.
Qué chasco, lo que tenía que escribir no le puede gustar a nadie y además el puesto incluía las funciones de secretariado que cualquier otra persona pudiera necesitar, lo que me ha servido para dejar de ser una analfabeta funcional. He aprendido a poner un fax, escribir todo tipo de documentos oficiales, coger el teléfono y filtrar llamadas, hacer tours turísticos por la empresa en casi todos los idiomas de la unión europea, hacer café (bueno, esto no cuenta porque ya sabía, estuve 5 años trabajando de camarera entre épocas de clase) y tengo el título de Master Fotocopista de la empresa. Llegué a la conclusión de que me pagaban para trabajar en todo lo que me mandaran.
Pero entonces llegó un verano y, con el calor, dejó de apetecerme. Así que dejé de trabajar, me pasé horas haciendo nada, concretamente... nada. Resultó que nadie se dio cuenta. ¡Qué frustrante! Mi trabajo consiste en madrugar, ir al trabajo, fichar, esperar y volver a fichar. Me pagan por estar.
Después descubrí que es peor de lo que pensaba, que hay personas que ni siquiera están 8 horas: se ponen constantemente enfermas, llegan tarde, se van antes de la hora, alargan las vacaciones... ¡y les siguen pagando! Y no sólo eso, sino que además están muy bien consideradas porque según los “de arriba” tienen “actitud de empresa”.
Conclusión: en mi trabajo no tengo que pensar, ni escribir, ni hacer lo que me manden, ni siquiera estar. Me pagan para aparentar y, lamentablemente, es algo que no se me da muy bien.





