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Todo amante es un soldado en guerra. Ovidio
Acerca de
me gusta escribir, me gustan los surrealistas, los situacionistas, me gustan los años 20 y los 50's y la época medieval. Hago cartas astrales por placer y divertimento. Voy al teatro cuando puedo. Me gusta el cine independiente. Me gusta leer ensayo y filosofía e historia. Me gusta la gente valiente. Adoro a Voltaire y Jünger. Me gusta Bolaño y Auster. Me gusta la fotografía, verla y hacerla. Es mi pasión. Me gustan las casas viejas derruídas y abandonadas. Me interesa todo lo misterioso. Me gustaría ser detective. Me gustaría ser médico y psicóloga. Me gustaría darles amor a todos los niños del mundo que sufren en estos momentos y se sienten solos y abandonados. Me gusta lo que hago, trabajar en hospitales. Necesito escuchar a los demás para reconocerme en éste mundo. Me gustaría rodar cortometrajes. Me ponen violenta los violentos. Amo el amor...
Sindicación
 
Vidas curiosas...de nuevo Almudena Grandes vuelve a sorprenderme
Prejuicios asesinos

ROSA MONTERO

EL PAIS SEMANAL - 20-11-2005

Los prejuicios son esos parásitos del pensamiento que nos empequeñecen y envilecen. Son un producto de la sinrazón y la incultura, pero también de la miseria moral. Porque los prejuicios más indestructibles son aquellos que proporcionan alguna ventaja, algún beneficio al prejuicioso. Por ejemplo, pensar que los negros son seres inferiores ha permitido a los blancos sentirse superiores a ellos y explotarles durante siglos. De manera que el prejuicio es ciego, en efecto, pero también egoísta, depredador y a menudo homicida. Y somos tan responsables de nuestras reflexiones conscientes como de esas zonas oscuras de pereza mental.

Uno de los casos más espectaculares y conmovedores de prejuicio que conozco es la terrible historia de Ignaz Semmelweis (1818-1865), un ginecólogo húngaro maravilloso. A los 28 años, Ignaz fue nombrado ayudante de la primera clínica ginecológica de Viena. En aquel entonces se había puesto de moda que las mujeres parieran en los hospitales. Al mismo tiempo, coincidencia curiosa, se había desatado en todo el mundo una atroz epidemia que acababa con la vida de miles de parturientas: la fiebre puerperal, una infección generalizada que se declaraba tras el parto y que mataba a la mujer en pocas semanas entre terribles sufrimientos. Nadie sabía la causa de la fiebre, y ningún médico parecía tener en cuenta que atacaba sobre todo a quienes parían en los hospitales. Las cifras eran espantosas: por ejemplo, de los dos pabellones de parto que había en el hospital de Viena, el dirigido por el doctor Klein, que era donde trabajaba Ignaz, registró una media de un 33% de muertes en 1842. Y hubo momentos peores: en los primeros meses de 1846 se alcanzó un 96% de fallecimientos.

Semmelweis, horrorizado ante la matanza, empezó a pensar, a analizar. El pabellón de Klein duplicaba las bajas del otro pabellón e Ignaz descubrió que la única diferencia era que en el primero hacían prácticas los estudiantes que venían directamente de realizar autopsias, y que metían sus manos en los vientres de las mujeres sin haberse lavado previamente. Semmelweis ordenó que estudiantes y médicos se limpiaran las manos con agua clorada antes de tocar a las parturientas, y la mortalidad descendió al 0,23%. El entusiasmado Ignaz incluso intentó obligar a lavarse a su propio jefe, y Klein, enfurecido, echó del hospital al joven médico.

Sin trabajo, Ignaz continuó sus investigaciones. Un amigo suyo se cortó con el escalpelo durante una autopsia, y murió con los mismos síntomas de la fiebre puerperal, esto es, con los síntomas de la septicemia. Esto convenció aún más a Semmelweis de que la fiebre era causada por las manos contaminadas de los médicos y el hombre se lanzó a una afanosa campaña, intentando convencer a sus colegas de la sencilla obviedad de su descubrimiento. Su irrebatible verdad, sin embargo, chocó frontalmente contra el cómodo y egocéntrico prejuicio de los ginecólogos: ¿cómo iban a ser ellos, los santones de la ciencia y la salud, los grandes varones sabelotodo, los causantes de la enorme mortandad? Las sociedades médicas de Amsterdam, Berlín, Londres y Edimburgo condenaron sus aberrantes teorías. Ignaz fue expulsado del colegio médico y en 1849 las autoridades le ordenaron abandonar Viena.

A partir de entonces fue un paria, un apestado. Atacado por todos y desesperado por la certidumbre de lo que sabía, por esa verdad indiscutible y tan sencilla que hubiera podido ahorrar cientos de miles de vidas, fue perdiendo los nervios poco a poco. En 1856, acorralado y horrorizado, publicó una carta abierta a todos los profesores de obstetricia: “¡Asesinos!…”. Tenía razón: sus colegas se comportaban como verdaderos criminales. Semmelweis tenía la razón, sí, pero no el poder, y los poderosos de su tiempo decretaron que estaba loco y le encerraron en un psiquiátrico. En 1865, durante una salida del manicomio, Ignaz hundió un escalpelo en un cadáver putrefacto y luego se hirió a sí mismo. Tres semanas después moría con los síntomas de las parturientas. Fue un último y desesperado intento para convencer a los ginecólogos, pero su sacrificio no sirvió de nada: tuvieron que pasar cincuenta años hasta que la clase médica aceptara sus elementales conceptos de higiene. Y, mientras tanto, las embarazadas siguieron acudiendo como corderos a parir, y a morir, a los hospitales de todo el mundo. A fin de cuentas no eran más que unas pobres mujeres, y sus vidas eran una menudencia en comparación con la dignidad de los grandes doctores. Digo yo si también será por eso, por restos de los viejos prejuicios, por lo que hoy apenas se habla de Semmelweis. No me digan que no resulta extraño que hoy nadie recuerde a ese gran hombre, mártir de la razón, de la compasión y de la verdad.






 
el vientre del arquitecto
Os recomiendo ésta bella película de Peter Greenaway en versión original subtitulada en castellano. Es de una gran simbología y belleza estética y con música preciosa y envolvente del genial Win Mertens. Una joya inexcusable de visionar.












 
In Memoriam
El Albatros


A menudo, por divertirse, los hombres de la tripulación
cogen albatros, grandes pájaros de los mares,
que siguen, como indolentes compañeros de viaje,
al navío que se desliza por los abismos amargos.

Apenas les han colocado en las planchas de cubierta,
estos reyes del cielo torpes y vergonzosos,
dejan lastimosamente sus grandes alas blancas
colgando como remos en sus costados.

¡Que torpe y débil es este alado viajero!
Hace poco tan bello, ¡que cómico y que feo!
Uno le provoca dándole con una pipa en el pico,
otro imita, cojeando, al abatido que volaba.

El poeta es semejante al príncipe de las nubes
que frecuenta la tempestad y se ríe del arquero;
desterrado en el suelo en medio de los abucheos,
sus alas de gigante le impiden caminar.


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El Vampiro

Tú que como una cuchillada
entraste en mi triste pecho,
tú que, fuerte cual un rebaño
de demonios, viniste, loca,

a hacer tu lecho y tu dominio
en mi espíritu humillado.
--Infame a quien estoy unido
como a su cadena el galeote,

corno al juego el jugador,
como a la botella el borracho
como al gusano la carroña,
--¡maldita seas, maldita!

Rogué al rápido puñal
que mi libertad conquistara
dile al pérfido veneno
que socorriese mi cobardía.

Mas ¡ay! puñal y veneno
despreciándome, me han dicho:
"No mereces que te arranquen
de esa maldita esclavitud,

¡imbécil! --si de su imperio
nuestro esfuerzo te librara,
tus besos resucitarían de tu vampiro ¡el cadáver!"



 
homenaje contra la barbarie fascista. Merece la pena recordarlo.
ALMUDENA GRANDES

EL PAIS SEMANAL - 13-11-2005

"Nadie parece recordar ya que en una guerra luchan dos bandos y no uno solo"Modesto piensa en su vida. Él no es un intelectual, no fue a la universidad, y si se sacó el graduado fue sólo por Manolita, la profesora de una escuela nocturna para adultos que funcionaba en unos locales del sindicato oficial, controlado de arriba abajo, en toda su verticalidad, por los militantes de un sindicato comunista. Ella sabía que Modesto pensaba mucho, y muy bien, porque la vida le había obligado a pensar, a fabricarse su propia versión del mundo para sobrevivir en una realidad hostil, sucesiva y simultáneamente sangrienta, asfixiante, polvorienta, áspera y miserable. Manolita le animó a sacarse un título que no necesitaba, y él lo hizo más por ella que por él. En aquella época, y hace casi cuarenta años, Modesto tenía treinta, estaba casado con su mujer y enamorado de su maestra; sabía que ella, casada con su marido, le correspondía, y que nunca, jamás, habría nada entre ellos. No lo hubo. Ahora, por lo que se oye, por lo que se lee, por lo que se escucha, se diría que la España de Franco era un país transitable, grisáceo y poco atractivo como una mala estampa costumbrista, sí, pero también vivible, casi amable, digno de comprensión y hasta conmovedor en su pobreza. En un país así, Modesto se habría declarado a Manolita; pero él nunca vivió en aquel país, sino en otro muy distinto, donde la vida era dura, muy dura, tan dura que no admitía ni siquiera un mínimo margen de complicación.

Entonces, y antes, y después, Modesto pensaba en su vida. Él creía que llegaría un momento en el que no sentiría más el mordisco de esa necesidad; un momento en el que todo encajaría en un paisaje llano, apacible, fecundado por la violencia de un siglo entero de convulsiones. Se equivocaba, ahora lo sabe, se equivocaba, y no le duele su propia equivocación, sino la ceguera compacta y complaciente de los demás, los que deberían pensar tanto y tan bien como él, y no lo hacen. Eso es lo peor, se dice hoy, como ayer, como mañana, con el periódico entre las manos: que sean tan rematadamente tontos.

Vamos a ver, y ya, jubilado, ocioso, sólo puede hablar consigo mismo, vamos a ver… El estatuto catalán, claro, lo de siempre, como siempre, y la derecha ladrando, lo de siempre, como siempre, y el fantasma de la Guerra Civil, lo de siempre, como siempre, pero no. Pero no, piensa Modesto, porque aquí nadie sabe sumar dos y dos. Porque aquí nadie tiene coraje para decir la verdad, pero la ley de la gravedad no afecta igual a todos los silencios. La derecha ladra, grita, se desgañita, hace caer sobre las espaldas de un Gobierno moderado una responsabilidad histórica que les corresponde única y exclusivamente a ellos. Pero nadie se lo dice. Y no sólo eso. Nadie parece recordar en este mezquino país de amnésicos que en una guerra luchan dos bandos y no uno solo. Nadie se atreve a decirle al señor Rajoy que su insistencia en resucitar el Frente Popular conlleva la contrapartida inevitable de declararse a favor de quienes traicionaron al país que habían jurado defender, y se sublevaron contra una legalidad constitucional amparada por la voluntad mayoritaria de los ciudadanos, para desatar una guerra catastrófica que les permitió construir, sobre una inmensa montaña de cadáveres, un Estado ilegal, perpetuado durante treinta y siete años en su ilegalidad gracias a la práctica sistemática de una política de terror brutal e indiscriminada. Nadie se atreve a decirle al señor Rajoy que si no está dispuesto a avalar aquel golpe de Estado con todas sus consecuencias debe abstenerse de evocar los perfiles de sus víctimas o resignarse a pasar a la historia como un sinvergüenza. Porque la Guerra Civil la empezó Franco y sólo Franco, y, para dejarlo bien claro, el régimen que este país padeció gracias a su caudillaje celebró, hasta en su último verano, la fecha del 18 de julio de 1936. Francisco Franco sabía muy bien cuándo empezó la Guerra Civil, entre otras cosas porque estaba muy orgulloso de haberla empezado él. Ni Companys, ni los mineros de Asturias, ni su amiguete Pepe Sanjurjo, que, por cierto, fue el primero que conculcó la legalidad constitucional republicana, en 1932.

Los dirigentes del Partido Popular deberían hacer honor a su formación, piensa Modesto; demostrar que ellos sí estudiaron, en la universidad y en colegios de pago. Y si no, alguien debería obligarles a hacerlo. Entonces cierra el periódico y, como todos los días, se arrepiente un instante, pero sólo un instante, del principal acto de cobardía de su vida: no haberse atrevido a declarar su amor a Manolita.


Os pidod esde mi blog vuestra firma en: www.concordato.org. Gracias. Es en favor de un mundo mejor y más libre.

 
wings of desire
"How beautiful and unexpected it was to wake and see the snow

butterflying in through the open window.

With Macbeth's clay-red arm around his neck, he said:

"Remember.. don't forget, where you are.. you're with me"

And the town below, unaware of the time and the silent snow"

(Macbeth's Head)



"The rain was fresh on the streets

The camber of the road hissed beneath the soft caressing seat sucked me back.

The town arose above me through the tunnel, like a dream.

But nobody sees overland in car that sails.

But nobody sees the soul driver."

(The Soul Driver)






 
transubstanciación del amor
Lo irracional desempeña un papel capital en el nacimiento del amor, al igual que la impresión de fundirse, de disolverse, en la sensación del amor. El amor es una forma de comunión y d eintimidad. Nada podría expresarlo mejor que el fenómeno subjetivo de la disolución, del derrumbamiento de todas als barreras de la individualización. Amo a un ser, epro como éste es el símbolo de todo, participo de la esencia del todo de manera ingenua e incosciente. ESta participación universal supone la especificación del objeto, pues no puede existir un acceso a lo total sin el acceso absoluto a un ser individual. La vaguedad y la exaltación del amor surgen de un presentimiento, de la presencia irracional en el alma del amor en general, que alcanza entonces su paroxismo. El amor verdadero es una cumbre que la sexualidad no menoscaba. Acaso la sexualidad no alcanza también cimas? No permite paroxismos únicos? Sin embargo ese curioso fenómeno que es el amor expulsa la sexualidad del centro de la conciencia, a pesar de que no se pueda concebir un amor sin sexualidad. El ser amado crece entonces en nosotros, purificado y obsesionante, aureolado de trascendencia y de intimidad, las cuales convierten la sexualidad en algo marginal, al menos subjetivamente. Entre los sexos no hay amor espiritual, sino una trnsfiguración carnal en la que la persona amada se identifica con nosotros hasta producirnos la ilusión de la espiritualidad. Entonces únicamente surge la sensación de disoluciñon, en la que la carne tiembla con un estremecimiento total y deja de ser resistencia y obstáculo para abrasarse gracias a un fuego interior, para fundirse y perderse.

E.M. Cioran