Ejecutados por nada
Lola Huete Machado 18/03/2007
Las víctimas de Stalin se cuentan por millones desde los años veinte hasta la muerte del dictador comunista soviético, en 1953. Las imágenes de estos ciudadanos corrientes fotografiados antes de morir han permanecido décadas ocultas en la sede de la policía secreta en Moscú. Una galería de retratos posados, tomados con luz natural, cargada de sentimientos, de horror.
Las imágenes de estas páginas corresponden a fichas policiales de personas asesinadas en la purgas estalinistas efectuadas en los años treinta del siglo pasado en la URSS. En ellas desaparecieron millones de ciudadanos. Estos retratos inéditos fueron encontrados en los archivos de la Lubianka, la sede de la policía secreta soviética en Moscú. Allí se guardan decenas de miles más. Sus rostros componen una galería macabra, una suerte de dramático fotomatón, irónico nombre de esa cabina equipada para retratar rauda y veloz, en un aquí te pillo y aquí te mato. Así sucedió con estos hombres y mujeres: desaparecieron en un hoy te arresto y mañana te ejecuto.
Lo dejó dicho el escritor Vassili Grossman, que supo mucho de aquel tiempo: “El nombre de Stalin ha quedado inscrito para toda la eternidad en la historia rusa”. Y así fue. En 1917, los sóviets toman el poder en el país y se entierra para siempre un mundo: la etapa zarista. Cinco años después comienza Josef Stalin a brillar de verdad, cuando Lenin le asciende a secretario general del Partido Comunista, con dudas, sí, pero sin alcanzar a imaginar que él, uno de sus seis cargos de confianza antes de su muerte, en 1924, llegaría a acabar con los otros cinco. Y de paso, con sus conciudadanos en un verdadero ejercicio de exterminio social.
A los protagonistas de todos estos retratos desconocidos, días antes de morir, horas antes, minutos o segundos antes, les mandan salir de la celda, caminar por pasillos inmundos y oscuros, después de haber sido interrogados y torturados; les hacen posar ahí, delante del fotógrafo (“Mira aquí, mira; mantén la pose, mira a la cámara”), al aire libre, con luz natural para que quede mejor, más real, en un rincón cualquiera, en un patio? Quizá estén solos y se llamen Oleg Alexandrovich Kamenetski, estudiante de arte de 21 años, acusado de contrarrevolucionario, que va a ser fusilado el 12 de julio de 1929 y su memoria no quedará rehabilitada hasta 1990; o Aziza Rajimovna Shirinskaia, maestra de escuela, de 37, detenida junto a sus hermanos Akmet-Kemil, Shakir y Selim-Girei por participar en actividades antisoviéticas, que serán fusilados el 10 de enero de 1933, sin que nadie pueda limpiar su imagen hasta 1990; o María Skibitskaia-Tseitlin, médica, de 44, con cargos que se ignoran, condenada y ejecutada el 21 de junio de 1937, a la que nadie ha rehabilitado.
O quizá se encuentren junto a otros de los detenidos esta misma noche, ayer, hace unos días, durante una u otra razia. Y tras el baile consiguiente de autoinculpaciones, acusaciones mutuas, mentiras (“Danos nombres, queremos nombres”), ellos y ellas se quedan quietos, posan, miran al objetivo detenidamente? Y por su rostro, por sus ojos, van desfilando todos los sentimientos posibles, la incredulidad, el espanto, el desprecio, la ira, la tristeza, el orgullo, el dolor, la provocación, el miedo, incluso alguna sonrisa de esas tontas que se escapan ?se deben escapar? cuando ya la esperanza está perdida, uno o una sabe que va a morir y punto; cuando ya se ha agostado incluso el deseo imperioso de salvar la vida, de alargarla como sea, de sobrevivir a cualquier precio; o de rescatar al hijo, al esposo, al padre también prisioneros, desterrados, congelados en un agujero en Siberia, en los Urales (“Prohibidas las visitas y las cartas durante 10 años”, era lo mínimo), para siempre ya desaparecidos.
Las personas de estas fotografías vivieron la misma situación millones de veces vivida en la Europa trágica de la primera mitad del siglo XX: ciudadanos convertidos en enemigos de otros ciudadanos; víctimas unos de otros, y todos a manos de dementes en el poder: Hitler, Franco, Mussolini o Stalin. Sólo que los que fueron ejecutados durante el mandato de este último (de 1929 a 1953) resultan víctimas dobles. Por haber muerto sin pruebas ni garantías y por no encontrar razón última (si es que algún asesinato la tiene) para morir: en su caso no había por medio, en general, conflictos de religión, raza o nacionalidad, ni siquiera políticos, de odio centenario u enemistad territorial, lucha por los recursos o conflicto tribal? No consta.
No había nada para justificar lo injustificable, viene a decir David King, el autor de Ciudadanos comunes. Las víctimas de Stalin (Francis Boutle Publishers, Londres), un libro donde se publican algunos de los retratos descubiertos en la Lubianka. Sólo ansia de poder y afán por hacer desaparecer a los otros, la misma saña y minuciosidad con que Stalin ?conocido como “el devorador de imágenes”? manipulaba las fotografías oficiales, amputaba, tachaba, rehacía, retiraba de ellas a aquellos que no le interesaban; hacía como si nunca hubieran existido. “Estar o no estar en la foto”, ésa era la clave.
Le sucedió primero a León Trotski, y luego, a muchos otros que, de su completa adhesión al régimen y a la causa bolchevique, pasaron al olvido. Como Nikolai Yezhov, el mejor pupilo de Stalin, comisario del Pueblo de Asuntos Internos, jefe de la policía secreta durante la llamada Gran Purga entre 1936 y 1938, cuando el hip parade de la propaganda clamaba en carteles lo de “limpiemos el partido de individuos clasistas y elementos hostiles, degenerados, traidores, arribistas, egoístas, burócratas y personas moralmente decadentes”. Yezhov se dedicó en cuerpo y alma a eliminar todo rastro trotskista. Se cree que, sólo en 1936, 3.000 oficiales superiores de la policía secreta fueron asesinados bajo su mandato. Se le atribuyen millones de fusilamientos políticos. En el verano de 1938 fue relevado de su cargo; el 10 de abril de 1939, detenido, y nunca más visto: se quedó sin imagen.
Eso fue lo primero que llamó la atención a King cuando un buen día buscaba material gráfico sobre Trotski en los archivos soviéticos. No había. Y King, ex editor del Sunday Times Magazine, residente en Londres, apasionado de la URSS y que cuenta hoy con un fondo de más de 250.000 imágenes (www.davidkingcollection.com), se empeñó en buscar y coleccionar esas piezas retocadas que pretendían reescribir la realidad. Con todo ello publicó en 1997 un volumen titulado The commissar vanishes, en el que mostraba el increíble desarrollo de la falsificación fotográfica bolchevique (de ahí nació en 2003 en el Centro Andaluz de la Fotografía, CAF, la exposición Stalinfagia, de la que un crítico, Luis M. Ruiz, dijo: “De golpe, por obra y gracia de un especialista en trucajes y unos minutos de laboratorio, se rescindía un esqueleto y la carne que lo recubría? se eliminaba el primer cigarrillo, la tos, la última carta de amor? en cierto sentido, suprimir a un hombre supone dejar al mundo cojo”).
El británico hurgó en los archivos de los procesos de 1936, 1937 y 1938, los de la depuración del Ejército y la extinción de la Vieja Guardia, tras los retratos de los acusados, hasta que se topó con Memorial, una organización de Derechos Humanos en Moscú; allí descubrió las fichas de miles de ciudadanos comunes. Pura ironía: a pesar de los deseos de Stalin por limpiar el mundo gráfico a su antojo, aquí están, inmortalizados, los rostros de los asesinados, retratados por esos mismos fotógrafos oficiales anónimos a los que el Estado soviético negó la independencia artística entre 1920 y 1960. “Había tantos retratos que fue un dolor elegir sólo dos centenares para el libro. Los seleccioné por su calidad, sus expresiones, por la variedad de procedencias, de entorno, de trabajo?”, cuenta. El material ha servido de nuevo al CAF para producir una exposición que acaba de cerrar sus puertas en Almería y que se moverá por otras ciudades (más información en caf.ccul@juntadeandalucia.es).
“Las fotos de las fichas encontradas son pequeñas, tamaño carné, y están pegadas a la cartulina gris de la NKVD, la Comisaría del Pueblo para Asuntos Internos, en formatos estarcidos y sellados con dígitos, nombres y fechas”, cuenta King. “Los datos personales y tristes de la existencia de cada ejecutado se escribieron en papel rayado con esa caligrafía tan ejemplar que antaño tanto apreciaban los burócratas soviéticos. Todo figura en orden alfabético”, describe. De forma puntillosa y con calidad. Así trabajó la policía secreta bajo sus distintas denominaciones al correr del tiempo: la Cheka, OGPU, NKVD? “Y es también una macabra ironía que la mirada letal de esa policía secreta pudiese haber creado retratos tan sensibles”, dice King.
Rostros atormentados, expresiones conmovedoras. Cada imagen, un número, una vida. Y muchas, con ese giro vertiginoso que produce todo movimiento circular: los que un día eran amigos, ejecutores, denunciantes, torturadores, acaban convertidos años después en enemigos, detenidos, prisioneros, víctimas, ejecutados. Es el caso de Alexander Malchenko. Amigo y camarada de Lenin desde sus inicios revolucionarios: la madre de éste le ocultaba de la policía de San Petersburgo en sus años mozos. Luego, borrado. O el de Mijaíl Frinovski, subcomisario del NKVD que fue considerado criminal contrarrevolucionario, y con él, su esposa, su hijo, sus parientes? Todos ejecutados. Hay muchos más: compañeros de partido o jefes del ejército de confianza un día que al siguiente se convierten en espías, en sospechosos, en intrigantes, en terroristas. Hay en esta galería retratos de comunistas y no comunistas, afiliados o no al partido, simpatizantes o no, directores de teatro, granjeros colectivistas, obreros concienciados de fábricas, secretarias, maestras de escuela, ingenieros, físicos, actores, aviadores, estudiantes o comandantes del mismísimo Ejército Rojo. Ni los héroes de la patria durante la guerra civil se salvaron de la labor de purga criminal. Como Mijaíl Iliich Kossa. Su ficha policial dice: “Nacido en Malo-Ekaterinovka en 1921. Miembro del Partido Comunista. Héroe de la Unión Soviética. Comandante de sección en un centro de entrenamiento militar? Arrestado el 24 de septiembre de 1949. Condenado a muerte por el Consejo Militar de la Corte Suprema de la URSS el 20 de abril de 1950. Cargos: traición a la patria, secuestro de un avión con destino a un país extranjero y vínculos con la Gestapo. Fusilado el mismo día. Se rehabilitó su memoria en 1966”.
Este archivo valiosísimo está custodiado por Memorial, asociación de asociaciones, creada para documentar los crímenes estalinistas al calor de Gorbachov y la perestroika allá por 1989, cuando cayó el muro en Berlín y se derrumbó exhausto ese periodo de la historia. Fue entonces cuando se inició la segunda fase de rehabilitación (la primera se produjo tras la muerte de Stalin, en 1953) de aquellos acusados de crímenes políticos no probados. “Luchamos por prevenir cualquier totalitarismo, por que se sepa la verdad del pasado, por tener libre acceso a los archivos históricos, y desarrollamos proyectos para desvelar lo que sucedió, apoyamos a los familiares de las víctimas?”, indican. Y aseguran oponerse de pleno “al intento reciente y creciente de engrandecer la figura de Stalin”. La lista de personas cuya biografía se ha limpiado de cargos falsos por los que Stalin les robó la vida supera ya el millón de nombres protegidos por la Ley de Rehabilitación de 1991.
Entre las fotos, las hay también de artistas, escritores y poetas? Stalin los consideraba sus peores enemigos. El poder de la palabra. Sin embargo, “ese espíritu ruso”, decía Jorge Edwards, “ese estado de ánimo, esa actitud profundamente creadora, podía existir a pesar de Stalin”. Y existió. Los detalles de aquel tiempo han quedado escritos y descritos en la obra de muchos autores, fusilados o condenados a trabajos forzados en el gulag (“reeducación mediante el trabajo”, era la máxima; un subterfugio para obtener mano de obra gratis que explotara las minas, que levantara obras públicas, para la industrialización). Ellos describen lo que sus ojos ven a diario, lo que sus cuerpos sufren y sus mentes sueñan; narran su lucha por sobrevivir, por continuar siendo personas. Como Isaac Babel, que trabajaba en una novela sobre la Cheka, la policía secreta de Lenin, y nunca la llegó a terminar; Osip Mandelstam, congelado de por vida por culpa de un poema sobre Stalin (“Él puede matar y a la vez ser dulce / Es un georgiano de gran corazón”, escribió); Varlam Shalamov, quien pagó un alto precio, tres lustros de encierro, por desvelar el testamento de Lenin y sus dudas sobre Stalin; Solzhenitsin, que mostró al mundo los crímenes del totalitarismo; Evgenia Ginzburg, arte y parte culpable del estalinismo un tiempo y luego víctima de su represión?
“Lo que yo he visto, un hombre no lo ha de ver, ni siquiera lo ha de conocer”, escribió un día Shalamov desde ese encierro al que consiguió sobrevivir y que describió en sus Relatos de Kolyma, un centenar de historias breves que no se publicaron en Rusia hasta los ochenta; un documento estremecedor sobre la degradación y la deshumanización de la vida en los campos de prisioneros de Stalin, por los que se cree pasaron unos 20 millones de personas. “¿Cómo contar lo que no puede ser contado? Es imposible encontrar las palabras. Morir tal vez habría sido más sencillo”, concluye.

Las víctimas de Stalin se cuentan por millones desde los años veinte hasta la muerte del dictador comunista soviético, en 1953. Las imágenes de estos ciudadanos corrientes fotografiados antes de morir han permanecido décadas ocultas en la sede de la policía secreta en Moscú. Una galería de retratos posados, tomados con luz natural, cargada de sentimientos, de horror.
Las imágenes de estas páginas corresponden a fichas policiales de personas asesinadas en la purgas estalinistas efectuadas en los años treinta del siglo pasado en la URSS. En ellas desaparecieron millones de ciudadanos. Estos retratos inéditos fueron encontrados en los archivos de la Lubianka, la sede de la policía secreta soviética en Moscú. Allí se guardan decenas de miles más. Sus rostros componen una galería macabra, una suerte de dramático fotomatón, irónico nombre de esa cabina equipada para retratar rauda y veloz, en un aquí te pillo y aquí te mato. Así sucedió con estos hombres y mujeres: desaparecieron en un hoy te arresto y mañana te ejecuto.
Lo dejó dicho el escritor Vassili Grossman, que supo mucho de aquel tiempo: “El nombre de Stalin ha quedado inscrito para toda la eternidad en la historia rusa”. Y así fue. En 1917, los sóviets toman el poder en el país y se entierra para siempre un mundo: la etapa zarista. Cinco años después comienza Josef Stalin a brillar de verdad, cuando Lenin le asciende a secretario general del Partido Comunista, con dudas, sí, pero sin alcanzar a imaginar que él, uno de sus seis cargos de confianza antes de su muerte, en 1924, llegaría a acabar con los otros cinco. Y de paso, con sus conciudadanos en un verdadero ejercicio de exterminio social.
A los protagonistas de todos estos retratos desconocidos, días antes de morir, horas antes, minutos o segundos antes, les mandan salir de la celda, caminar por pasillos inmundos y oscuros, después de haber sido interrogados y torturados; les hacen posar ahí, delante del fotógrafo (“Mira aquí, mira; mantén la pose, mira a la cámara”), al aire libre, con luz natural para que quede mejor, más real, en un rincón cualquiera, en un patio? Quizá estén solos y se llamen Oleg Alexandrovich Kamenetski, estudiante de arte de 21 años, acusado de contrarrevolucionario, que va a ser fusilado el 12 de julio de 1929 y su memoria no quedará rehabilitada hasta 1990; o Aziza Rajimovna Shirinskaia, maestra de escuela, de 37, detenida junto a sus hermanos Akmet-Kemil, Shakir y Selim-Girei por participar en actividades antisoviéticas, que serán fusilados el 10 de enero de 1933, sin que nadie pueda limpiar su imagen hasta 1990; o María Skibitskaia-Tseitlin, médica, de 44, con cargos que se ignoran, condenada y ejecutada el 21 de junio de 1937, a la que nadie ha rehabilitado.
O quizá se encuentren junto a otros de los detenidos esta misma noche, ayer, hace unos días, durante una u otra razia. Y tras el baile consiguiente de autoinculpaciones, acusaciones mutuas, mentiras (“Danos nombres, queremos nombres”), ellos y ellas se quedan quietos, posan, miran al objetivo detenidamente? Y por su rostro, por sus ojos, van desfilando todos los sentimientos posibles, la incredulidad, el espanto, el desprecio, la ira, la tristeza, el orgullo, el dolor, la provocación, el miedo, incluso alguna sonrisa de esas tontas que se escapan ?se deben escapar? cuando ya la esperanza está perdida, uno o una sabe que va a morir y punto; cuando ya se ha agostado incluso el deseo imperioso de salvar la vida, de alargarla como sea, de sobrevivir a cualquier precio; o de rescatar al hijo, al esposo, al padre también prisioneros, desterrados, congelados en un agujero en Siberia, en los Urales (“Prohibidas las visitas y las cartas durante 10 años”, era lo mínimo), para siempre ya desaparecidos.
Las personas de estas fotografías vivieron la misma situación millones de veces vivida en la Europa trágica de la primera mitad del siglo XX: ciudadanos convertidos en enemigos de otros ciudadanos; víctimas unos de otros, y todos a manos de dementes en el poder: Hitler, Franco, Mussolini o Stalin. Sólo que los que fueron ejecutados durante el mandato de este último (de 1929 a 1953) resultan víctimas dobles. Por haber muerto sin pruebas ni garantías y por no encontrar razón última (si es que algún asesinato la tiene) para morir: en su caso no había por medio, en general, conflictos de religión, raza o nacionalidad, ni siquiera políticos, de odio centenario u enemistad territorial, lucha por los recursos o conflicto tribal? No consta.
No había nada para justificar lo injustificable, viene a decir David King, el autor de Ciudadanos comunes. Las víctimas de Stalin (Francis Boutle Publishers, Londres), un libro donde se publican algunos de los retratos descubiertos en la Lubianka. Sólo ansia de poder y afán por hacer desaparecer a los otros, la misma saña y minuciosidad con que Stalin ?conocido como “el devorador de imágenes”? manipulaba las fotografías oficiales, amputaba, tachaba, rehacía, retiraba de ellas a aquellos que no le interesaban; hacía como si nunca hubieran existido. “Estar o no estar en la foto”, ésa era la clave.
Le sucedió primero a León Trotski, y luego, a muchos otros que, de su completa adhesión al régimen y a la causa bolchevique, pasaron al olvido. Como Nikolai Yezhov, el mejor pupilo de Stalin, comisario del Pueblo de Asuntos Internos, jefe de la policía secreta durante la llamada Gran Purga entre 1936 y 1938, cuando el hip parade de la propaganda clamaba en carteles lo de “limpiemos el partido de individuos clasistas y elementos hostiles, degenerados, traidores, arribistas, egoístas, burócratas y personas moralmente decadentes”. Yezhov se dedicó en cuerpo y alma a eliminar todo rastro trotskista. Se cree que, sólo en 1936, 3.000 oficiales superiores de la policía secreta fueron asesinados bajo su mandato. Se le atribuyen millones de fusilamientos políticos. En el verano de 1938 fue relevado de su cargo; el 10 de abril de 1939, detenido, y nunca más visto: se quedó sin imagen.
Eso fue lo primero que llamó la atención a King cuando un buen día buscaba material gráfico sobre Trotski en los archivos soviéticos. No había. Y King, ex editor del Sunday Times Magazine, residente en Londres, apasionado de la URSS y que cuenta hoy con un fondo de más de 250.000 imágenes (www.davidkingcollection.com), se empeñó en buscar y coleccionar esas piezas retocadas que pretendían reescribir la realidad. Con todo ello publicó en 1997 un volumen titulado The commissar vanishes, en el que mostraba el increíble desarrollo de la falsificación fotográfica bolchevique (de ahí nació en 2003 en el Centro Andaluz de la Fotografía, CAF, la exposición Stalinfagia, de la que un crítico, Luis M. Ruiz, dijo: “De golpe, por obra y gracia de un especialista en trucajes y unos minutos de laboratorio, se rescindía un esqueleto y la carne que lo recubría? se eliminaba el primer cigarrillo, la tos, la última carta de amor? en cierto sentido, suprimir a un hombre supone dejar al mundo cojo”).
El británico hurgó en los archivos de los procesos de 1936, 1937 y 1938, los de la depuración del Ejército y la extinción de la Vieja Guardia, tras los retratos de los acusados, hasta que se topó con Memorial, una organización de Derechos Humanos en Moscú; allí descubrió las fichas de miles de ciudadanos comunes. Pura ironía: a pesar de los deseos de Stalin por limpiar el mundo gráfico a su antojo, aquí están, inmortalizados, los rostros de los asesinados, retratados por esos mismos fotógrafos oficiales anónimos a los que el Estado soviético negó la independencia artística entre 1920 y 1960. “Había tantos retratos que fue un dolor elegir sólo dos centenares para el libro. Los seleccioné por su calidad, sus expresiones, por la variedad de procedencias, de entorno, de trabajo?”, cuenta. El material ha servido de nuevo al CAF para producir una exposición que acaba de cerrar sus puertas en Almería y que se moverá por otras ciudades (más información en caf.ccul@juntadeandalucia.es).
“Las fotos de las fichas encontradas son pequeñas, tamaño carné, y están pegadas a la cartulina gris de la NKVD, la Comisaría del Pueblo para Asuntos Internos, en formatos estarcidos y sellados con dígitos, nombres y fechas”, cuenta King. “Los datos personales y tristes de la existencia de cada ejecutado se escribieron en papel rayado con esa caligrafía tan ejemplar que antaño tanto apreciaban los burócratas soviéticos. Todo figura en orden alfabético”, describe. De forma puntillosa y con calidad. Así trabajó la policía secreta bajo sus distintas denominaciones al correr del tiempo: la Cheka, OGPU, NKVD? “Y es también una macabra ironía que la mirada letal de esa policía secreta pudiese haber creado retratos tan sensibles”, dice King.
Rostros atormentados, expresiones conmovedoras. Cada imagen, un número, una vida. Y muchas, con ese giro vertiginoso que produce todo movimiento circular: los que un día eran amigos, ejecutores, denunciantes, torturadores, acaban convertidos años después en enemigos, detenidos, prisioneros, víctimas, ejecutados. Es el caso de Alexander Malchenko. Amigo y camarada de Lenin desde sus inicios revolucionarios: la madre de éste le ocultaba de la policía de San Petersburgo en sus años mozos. Luego, borrado. O el de Mijaíl Frinovski, subcomisario del NKVD que fue considerado criminal contrarrevolucionario, y con él, su esposa, su hijo, sus parientes? Todos ejecutados. Hay muchos más: compañeros de partido o jefes del ejército de confianza un día que al siguiente se convierten en espías, en sospechosos, en intrigantes, en terroristas. Hay en esta galería retratos de comunistas y no comunistas, afiliados o no al partido, simpatizantes o no, directores de teatro, granjeros colectivistas, obreros concienciados de fábricas, secretarias, maestras de escuela, ingenieros, físicos, actores, aviadores, estudiantes o comandantes del mismísimo Ejército Rojo. Ni los héroes de la patria durante la guerra civil se salvaron de la labor de purga criminal. Como Mijaíl Iliich Kossa. Su ficha policial dice: “Nacido en Malo-Ekaterinovka en 1921. Miembro del Partido Comunista. Héroe de la Unión Soviética. Comandante de sección en un centro de entrenamiento militar? Arrestado el 24 de septiembre de 1949. Condenado a muerte por el Consejo Militar de la Corte Suprema de la URSS el 20 de abril de 1950. Cargos: traición a la patria, secuestro de un avión con destino a un país extranjero y vínculos con la Gestapo. Fusilado el mismo día. Se rehabilitó su memoria en 1966”.
Este archivo valiosísimo está custodiado por Memorial, asociación de asociaciones, creada para documentar los crímenes estalinistas al calor de Gorbachov y la perestroika allá por 1989, cuando cayó el muro en Berlín y se derrumbó exhausto ese periodo de la historia. Fue entonces cuando se inició la segunda fase de rehabilitación (la primera se produjo tras la muerte de Stalin, en 1953) de aquellos acusados de crímenes políticos no probados. “Luchamos por prevenir cualquier totalitarismo, por que se sepa la verdad del pasado, por tener libre acceso a los archivos históricos, y desarrollamos proyectos para desvelar lo que sucedió, apoyamos a los familiares de las víctimas?”, indican. Y aseguran oponerse de pleno “al intento reciente y creciente de engrandecer la figura de Stalin”. La lista de personas cuya biografía se ha limpiado de cargos falsos por los que Stalin les robó la vida supera ya el millón de nombres protegidos por la Ley de Rehabilitación de 1991.
Entre las fotos, las hay también de artistas, escritores y poetas? Stalin los consideraba sus peores enemigos. El poder de la palabra. Sin embargo, “ese espíritu ruso”, decía Jorge Edwards, “ese estado de ánimo, esa actitud profundamente creadora, podía existir a pesar de Stalin”. Y existió. Los detalles de aquel tiempo han quedado escritos y descritos en la obra de muchos autores, fusilados o condenados a trabajos forzados en el gulag (“reeducación mediante el trabajo”, era la máxima; un subterfugio para obtener mano de obra gratis que explotara las minas, que levantara obras públicas, para la industrialización). Ellos describen lo que sus ojos ven a diario, lo que sus cuerpos sufren y sus mentes sueñan; narran su lucha por sobrevivir, por continuar siendo personas. Como Isaac Babel, que trabajaba en una novela sobre la Cheka, la policía secreta de Lenin, y nunca la llegó a terminar; Osip Mandelstam, congelado de por vida por culpa de un poema sobre Stalin (“Él puede matar y a la vez ser dulce / Es un georgiano de gran corazón”, escribió); Varlam Shalamov, quien pagó un alto precio, tres lustros de encierro, por desvelar el testamento de Lenin y sus dudas sobre Stalin; Solzhenitsin, que mostró al mundo los crímenes del totalitarismo; Evgenia Ginzburg, arte y parte culpable del estalinismo un tiempo y luego víctima de su represión?
“Lo que yo he visto, un hombre no lo ha de ver, ni siquiera lo ha de conocer”, escribió un día Shalamov desde ese encierro al que consiguió sobrevivir y que describió en sus Relatos de Kolyma, un centenar de historias breves que no se publicaron en Rusia hasta los ochenta; un documento estremecedor sobre la degradación y la deshumanización de la vida en los campos de prisioneros de Stalin, por los que se cree pasaron unos 20 millones de personas. “¿Cómo contar lo que no puede ser contado? Es imposible encontrar las palabras. Morir tal vez habría sido más sencillo”, concluye.

Llamar a las cosas por su nombre
Los derechos confusos
Hace unas semanas la actual Miss Cantabria se vio desposeída de su altivo título al saberse que era madre, algo incompatible con las reglas de ese concurso, lo cual originó las protestas no sólo de la descoronada cántabra, sino de un montón de asociaciones nominalmente feministas, entre ellas el siempre tontaina Instituto de la Mujer. La organización de ese certamen fue acusada de machista, de atentar contra la igualdad de oportunidades, de discriminación y no sé de cuántas cosas más. Acusaciones insólitas por redundantes, ya que un concurso de belleza es por fuerza y en esencia machista, atentatorio contra la igualdad de oportunidades (las feas no pueden ganar) y desde luego discriminatorio (las feas, etc). Ahora bien, dado que presentarse a ese certamen es una elección libre de las concursantes, que no es comparable al derecho al trabajo ni a ningún otro fundamental, y que se trata de algo privado y no estatal, quienes lo convocan son muy libres de establecer unas bases e imponer unas normas arbitrarias, que pueden aceptarse o no. Y si a uno le parecen mal, o ridículas, o desfasadas, o denigrantes, no tiene más que no participar en lo que le merece tan negativa opinión. Lo contrario viene a ser como aspirar a protagonizar una película porno, ir a los correspondientes castings y luego, llegada la hora del rodaje, soliviantarse porque le piden a uno follar.
Cada vez es mayor la confusión sobre los “derechos” y la “discriminación”. Esta última es intolerable -y anticonstitucional- en materia de edad, sexo, raza, religión, condición social... en lo que no es privado y en lo que sí es fundamental. Una mujer no debería nunca perder su empleo por serlo, ni por convertirse en madre, ni tampoco cobrar menos que un hombre, lo cual, sin embargo, ocurre sin cesar. Un blanco o un negro no deberían tener prohibido el acceso a un trabajo por el color de su piel, o encontrarse con dificultades para alquilar una vivienda. A un anciano no debería impedírsele ir a la escuela o a la Universidad, si no pudo hacerlo antes o desea ampliar sus conocimientos. Ahora bien, quien organiza algo privado, probablemente festivo y más bien superfluo (un concurso, un premio, un club, una hermandad), está en su perfecto derecho a exigir unos requisitos y establecer unas normas, de la misma manera que todos estamos en nuestro derecho a dejar entrar en nuestras casas a quienes nos plazca y no a cualquiera con el antojo de visitarlas. Que yo sepa, existen tertulias y clubs que son exclusivamente para mujeres porque así lo han decidido sus fundadoras, y nadie suele protestar por ello. Hasta hay una orquesta para tocar en la cual es imprescindible ser del sexo femenino, y nadie la acusa de ser una banda “hembrista”. Sí se acusa de machistas, en cambio, a las cofradías gastronómicas del País Vasco que sólo admiten a varones, o a la Real Academia de la Lengua porque en ella hay pocas mujeres, como si no cupiera la posibilidad de que los miembros de esa institución no vean en la actualidad suficientes personas de ese sexo merecedoras de pertenecer a ella, y sin que el factor determinante sea por fuerza una ojeriza generalizada contra la mujer.
Demasiada gente cree tener hoy “derecho” a todo, sean cuales sean sus méritos y circunstancias. Yo he conocido a escritores que se consideraban con derecho a que les publicaran sus obras, no con el derecho a intentarlo (que no se le niega a nadie), olvidando que para lo primero hace falta el libre acuerdo de otra parte, en este caso un editor. Estamos hartos de oír a individuos y a asociaciones “exigiendo” que su opinión sea tenida en cuenta, cuando a lo único que tenemos derecho todos es a poder expresarla, en modo alguno a que se le haga caso, ni tan siquiera a que se la escuche (nadie podría obligarme, por ejemplo, a prestar atención a las opiniones de sujetos con cerebros propios de una gallina, tipo Losantos o Dragó). No son escasos los jóvenes que proclaman su “derecho” a divertirse berreando a la hora que les parezca, sin acordarse del derecho de muchos otros ciudadanos a dormir y descansar. En otros ámbitos menos nítidos de la vida, nos encontramos con pretensiones equivalentes a las de futbolistas medianos que reivindicaran su derecho a jugar en el Barça o el Madrid, olvidando que estos clubs algo tendrían que decir al respecto y son libres de poner sus condiciones, igual que los organizadores de los concursos de misses, misters o drag-queens. No sé qué se requiere con exactitud para aspirar a estos títulos, pero supongo que si a alguien le parece humillante pasearse en traje de baño o calzarse unos tacones imposibles de plataforma, no debería presentarse a esos certámenes. Es como si yo montara en mi casa un club de fumadores ateos y elevaran luego una queja, por “discriminación”, la Ministra Salgado, Rodrigo Córdoba, monseñor Rouco Varela, los gemelos polacos Kaczynski y el devoto Prada porque no les abro la puerta cuando quisieran entrar. Vade retro, qué pesadilla, sería como admitir en mi casa, todos juntos, a los cristianos renacidos, a los cuáqueros, a los impulsores de la Ley Seca, al Santo Oficio y al Ejército de Salvación.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 18 de marzo de 2007

Hace unas semanas la actual Miss Cantabria se vio desposeída de su altivo título al saberse que era madre, algo incompatible con las reglas de ese concurso, lo cual originó las protestas no sólo de la descoronada cántabra, sino de un montón de asociaciones nominalmente feministas, entre ellas el siempre tontaina Instituto de la Mujer. La organización de ese certamen fue acusada de machista, de atentar contra la igualdad de oportunidades, de discriminación y no sé de cuántas cosas más. Acusaciones insólitas por redundantes, ya que un concurso de belleza es por fuerza y en esencia machista, atentatorio contra la igualdad de oportunidades (las feas no pueden ganar) y desde luego discriminatorio (las feas, etc). Ahora bien, dado que presentarse a ese certamen es una elección libre de las concursantes, que no es comparable al derecho al trabajo ni a ningún otro fundamental, y que se trata de algo privado y no estatal, quienes lo convocan son muy libres de establecer unas bases e imponer unas normas arbitrarias, que pueden aceptarse o no. Y si a uno le parecen mal, o ridículas, o desfasadas, o denigrantes, no tiene más que no participar en lo que le merece tan negativa opinión. Lo contrario viene a ser como aspirar a protagonizar una película porno, ir a los correspondientes castings y luego, llegada la hora del rodaje, soliviantarse porque le piden a uno follar.
Cada vez es mayor la confusión sobre los “derechos” y la “discriminación”. Esta última es intolerable -y anticonstitucional- en materia de edad, sexo, raza, religión, condición social... en lo que no es privado y en lo que sí es fundamental. Una mujer no debería nunca perder su empleo por serlo, ni por convertirse en madre, ni tampoco cobrar menos que un hombre, lo cual, sin embargo, ocurre sin cesar. Un blanco o un negro no deberían tener prohibido el acceso a un trabajo por el color de su piel, o encontrarse con dificultades para alquilar una vivienda. A un anciano no debería impedírsele ir a la escuela o a la Universidad, si no pudo hacerlo antes o desea ampliar sus conocimientos. Ahora bien, quien organiza algo privado, probablemente festivo y más bien superfluo (un concurso, un premio, un club, una hermandad), está en su perfecto derecho a exigir unos requisitos y establecer unas normas, de la misma manera que todos estamos en nuestro derecho a dejar entrar en nuestras casas a quienes nos plazca y no a cualquiera con el antojo de visitarlas. Que yo sepa, existen tertulias y clubs que son exclusivamente para mujeres porque así lo han decidido sus fundadoras, y nadie suele protestar por ello. Hasta hay una orquesta para tocar en la cual es imprescindible ser del sexo femenino, y nadie la acusa de ser una banda “hembrista”. Sí se acusa de machistas, en cambio, a las cofradías gastronómicas del País Vasco que sólo admiten a varones, o a la Real Academia de la Lengua porque en ella hay pocas mujeres, como si no cupiera la posibilidad de que los miembros de esa institución no vean en la actualidad suficientes personas de ese sexo merecedoras de pertenecer a ella, y sin que el factor determinante sea por fuerza una ojeriza generalizada contra la mujer.
Demasiada gente cree tener hoy “derecho” a todo, sean cuales sean sus méritos y circunstancias. Yo he conocido a escritores que se consideraban con derecho a que les publicaran sus obras, no con el derecho a intentarlo (que no se le niega a nadie), olvidando que para lo primero hace falta el libre acuerdo de otra parte, en este caso un editor. Estamos hartos de oír a individuos y a asociaciones “exigiendo” que su opinión sea tenida en cuenta, cuando a lo único que tenemos derecho todos es a poder expresarla, en modo alguno a que se le haga caso, ni tan siquiera a que se la escuche (nadie podría obligarme, por ejemplo, a prestar atención a las opiniones de sujetos con cerebros propios de una gallina, tipo Losantos o Dragó). No son escasos los jóvenes que proclaman su “derecho” a divertirse berreando a la hora que les parezca, sin acordarse del derecho de muchos otros ciudadanos a dormir y descansar. En otros ámbitos menos nítidos de la vida, nos encontramos con pretensiones equivalentes a las de futbolistas medianos que reivindicaran su derecho a jugar en el Barça o el Madrid, olvidando que estos clubs algo tendrían que decir al respecto y son libres de poner sus condiciones, igual que los organizadores de los concursos de misses, misters o drag-queens. No sé qué se requiere con exactitud para aspirar a estos títulos, pero supongo que si a alguien le parece humillante pasearse en traje de baño o calzarse unos tacones imposibles de plataforma, no debería presentarse a esos certámenes. Es como si yo montara en mi casa un club de fumadores ateos y elevaran luego una queja, por “discriminación”, la Ministra Salgado, Rodrigo Córdoba, monseñor Rouco Varela, los gemelos polacos Kaczynski y el devoto Prada porque no les abro la puerta cuando quisieran entrar. Vade retro, qué pesadilla, sería como admitir en mi casa, todos juntos, a los cristianos renacidos, a los cuáqueros, a los impulsores de la Ley Seca, al Santo Oficio y al Ejército de Salvación.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 18 de marzo de 2007

Los Modlin. La historia recobrada de una familia bohemia en España
Los Modlin llegaron a Madrid desde Hollywood en los setenta. Eran atípicos: el padre, actor; la madre, pintora, y el hijo, modelo. Amigos del escritor Henry Miller. Durante 30 años habitaron un mundo excéntrico. La muerte los borró del mapa. Hasta que alguien encontró sus objetos en la basura y reconstruyó su vida.
El cadáver de Nelson Modlin lo encontró un día su mejor amigo. Había muerto fulminado en el salón de su casa antes de alcanzar el teléfono. Según la autopsia, los infartos sufridos durante su vida le partieron el corazón en tres. Su madre había fallecido en 1998, cuatro años antes. Esa noche, su padre la amortajó en la cama y la fotografió en el fúnebre sosiego que él mismo hallaría cinco años más tarde en un hospital madrileño, tras perder el conocimiento aferrado a una botella de Jack Daniel’s, con el cerebro devorado por el alcohol y consumido por la pena de la desaparición de su hijo y de su mujer, el amor de su vida. A los Modlin, una excéntrica familia americana afincada en Madrid desde los años setenta, les sorprendió la muerte de forma tan inquietante como la manera que ellos eligieron para vivir.
Una noche de 2003, Paco Gómez, fotógrafo -revelación PhotoEspaña en 2002 y miembro del colectivo Nophoto- y aficionado a rebuscar entre basura, encontró en la calle del Pez de Madrid una montaña de trastos viejos. Una vida tirada por la ventana. Ropa, paquetes caducados de comida, libros en inglés, cartas, hojas manchadas de pintura, revistas ajadas y decenas de fotografías en blanco y negro en las que tres personas posaban desnudas en extrañas posturas. Cogió los retratos, algunas cartas y las instrucciones de una exprimidora, y se lo llevó a casa.
Gómez había adquirido la costumbre de hurgar en los desechos durante sus veranos de estudiante universitario, cuando ayudaba a su padre, basurero. “Esa noche pensé que aquello caía en mis manos no por casualidad. Algo me empujaba a investigar la vida de los Modlin”. Así empezó, con la ayuda de su amigo Jonás Bel, a interrogar a los vecinos, al cartero, a los dueños de los bares de la zona; fue descifrando los lugares que mostraban las fotos. Un dato le iba conectando con otro: “Quería descubrir hasta las cosas sin sentido”, dice hoy inquieto mientras mira una caja decorada que su novia le ha regalado. En ella guarda las piezas de este rompecabezas que pronto convertirá en película documental (La familia Modlin). Para resolver el enigma ha rellenado los huecos que paso a paso, pregunta a pregunta, ha ido conociendo; ha recompuesto los esquemas de sus vidas. Apuntar un detalle, unir otro, reconstruir espacios, tal como hacen los arqueólogos con las ruinas.
Margaret Marley y Elmer Modlin se conocieron en 1948 actuando en una obra de teatro en la Universidad de Carolina del Norte. Se enamoraron. Un año después se casaron y decidieron marchar a Los Ángeles en busca de fama, independencia y libertad. Los padres de él no entendían que quisiera ser actor, y a los de ella no les gustó que su hija se uniera con el primogénito de un agricultor. Tuvieron un hijo, Nelson, en 1952. Las fotos en blanco y negro congelan la imagen de un ser hermoso y ceñudo, de ojos oscuros y labios brillantes, de aire melancólico y seductor. Obsesionados por el éxito y la belleza, matricularon al niño en el Hollywood Professional School, un centro de arte dramático al que acudían los vástagos de las deslumbrantes estrellas de cine. A principios de los sesenta, Elmer era un actor popular de la televisión gracias a su papel de enfermero en la serie Hospital General y sus colaboraciones en Embrujada. Mientras, Margaret estudiaba un posgrado de arte.
Los papeles de segundón del padre apenas si podían mantener la alegre vida familiar. Los Modlin decidieron entonces abrir un restaurante vegetariano, poco frecuente aún en la época, al que se aficionaron escritores como Orson Welles, Anaïs Nin, Aldous Huxley y Henry Miller. Este último era ya autor consagrado tras haber publicado sus trópicos, novelas prohibidas en países de habla inglesa por pornográficas. Miller se convirtió en piedra angular de la pareja. Ambos le idolatraban; Margaret releyó hasta siete veces su libro El tiempo de los asesinos, sobre Rimbaud, y le agasajó con cientos de misivas. El fotógrafo Paco Gómez las ha recuperado. Tras muchas intentonas logró entrar, en febrero de 2006, en la casa de los Modlin en Madrid. Allí, en el altillo de un armario, encontró, encuadernados en cartulina azul y con olor a polvos de talco, varios tomos con todas las cartas transcritas a máquina.
En 1969, antes de que los Modlin llegaran a España, Miller posa para el cuadro de Margaret Henry Miller ve más que un águila. Un retrato en el que el escritor aparece sentado sobre una columna griega, frente a un arpa con cara de mujer, un búho a sus pies y vistiendo enormes alas. “Los dos lo consideraban un ser supremo, pero intuyo que hubo una relación incluso amorosa por parte de Miller hacia Elmer”, cuenta Carlos Postigo, amigo de la pintora y marchante de arte. El escritor garabateó a pluma en la contraportada de Trópico de Cáncer, su libro más famoso: “Para Elmer y su tercera existencia”. Margaret fotografía cada uno de estos detalles que los unen. Obsesionada, llegó a pedirle al escritor que certificara que había posado para ella. “Querido Miller”, escribió Elmer, “¿podrías verificar en una nota que efectivamente posaste para tu retrato? (...) Una de las mejores galerías de Madrid está interesada en la obra, pero cuestiona la autenticidad de la firma. Pensamos mucho en ti y esperamos que estés bien. Que Dios te bendiga siempre. Elmer”.
Un mes después, el autor contesta: “Querido Elmer, perdona por el retraso, pero estaba curando mi ojo. He decidido que voy a operarme. Te he enviado el certificado que me pediste, pero me ha sorprendido que se cuestione la autenticidad de mi retrato... Mi nuevo libro, My Life and Times, está yendo muy bien; ahora no tengo ninguna copia a mano, pero te enviaré una. Saludos. Henry Miller”.
Un golpe de suerte sacudió a Elmer cuando logró un pequeño papel como uno de los adoradores en La semilla del diablo, de Roman Polanski, el filme que encumbró al director polaco. Después no volvió a recibir más ofertas de cine. La falta de trabajo y el estallido de las revueltas raciales de Watts en Los Ángeles preocupaban a los Modlin. Seis días, 34 muertos, miles de heridos, 4.000 detenidos y cientos de edificios en llamas. Un hombre degusta su cerebro con una cuchara en un cuadro que Margaret pinta. Estaban hartos, la ilusión de Hollywood se había roto. Henry Miller les anima a viajar a España. Él había visitado Grecia invitado por Lawrence Durrell y escribió El Coloso de Marussi, un monumento lírico a la sensualidad mediterránea, una crítica brillante al modo de vida americano y un alegato por la paz.
Alentados por el escritor decidieron emprender el viaje. Enviaron de avanzadilla a Nelson, con sólo 16 años. Así se libraba, iniciando sus estudios en el extranjero, de la guerra de Vietnam. Encontró una habitación y una plaza en el Colegio Americano de Madrid. “Era una persona de una belleza física y humana tan fuera de lo común que era difícil ignorarle”, cuenta Jaime Lipton, el que desde entonces se convirtió en su mejor amigo. “Vivía en un mundo que nada tenía que ver con el nuestro. Imagina un niño de 16 años viviendo solo que nada más llegar al colegio dijo que quería montar un grupo de objetores de conciencia. Era interesantísimo”.
El sentimiento pacifista lo heredó Nelson de su padre. Según su diario, Elmer se describía como el primer marine que pisó la tierra japonesa de Nagasaki el 9 de agosto de 1945, tras la explosión de la bomba atómica en la II Guerra Mundial. Como objetor, con tan sólo 20 años, fue destinado a un barco hospital que se ocupaba de trasladar a los heridos estadounidenses y a cientos de prisioneros de guerra. “Nagasaki aparecía como una gran extensión de cenizas en negro y gris. Un crematorio holocáustico provocado por el odio y el supremo espíritu del mal con jirones de acero restantes de unos pocos edificios retorciéndose agónicos hacia el infierno”, trazó en Nagasaki y yo, un relato sobre su experiencia. Aquella ciudad consumida, como una tumba gigante, le aterró de tal modo que años después su mujer lo pintó desnudo, acurrucado, con la cara de una calavera, indefenso ante una enorme bomba atómica acechante. Él y Nagasaki.
Con todos esos cuadros de Margaret metidos en cajones de madera, la pareja se trasladó a Madrid en 1970, un año después de su hijo, en busca del sueño no cumplido de Hollywood. “¿Sabes?”, mecanografía Margaret a Miller el 24 de octubre de 1973, “tú nos animaste a venir a España cuando hablábamos de dejar EE UU. Gracias a Dios que lo hiciste, porque nunca sabrás lo feliz que soy, y creo que puedo decir lo mismo de Elmer... Quería compartir todo esto contigo, porque tú eres probablemente la única persona en este mundo que entiende nuestro modo de vida... ¡Esperamos tu visita!”, se lee en inglés en otro de los cuadernos que Gómez guarda amontonados en su casa y su estudio.
Desde las islas Palisades de California, el Día de Acción de Gracias, Miller responde: “Querida Margaret: tu carta ha llegado justo después de volver del hospital... Estoy encantado con las cosas que me cuentas. Qué bien que eligierais España. ¡Y que no os haya decepcionado! Durante la operación de hace unos meses perdí la vista en el ojo derecho. Leer es muy difícil, y escribir, más bien cansa. Así que, por favor, perdóname si no te escribo tanto como me gustaría... Sinceramente, Henry Miller”. España no les decepcionó. Todos tenían trabajo. Nelson había empezado la carrera de modelo y de actor. Elmer anhelaba buenos papeles de cine. Pero aquí se vivía el boom del destape. Actuó en Un curita cañón, El diputado, Los nuevos españoles, Ellas los prefieren... locas, de Mariano Ozores, o Historia de O, 2ª parte. Interpretaciones malas en las que representaba siempre a un americano sin muchas luces, pero que él disfrazó para Miller: “Dios me ha dado un golpe de suerte y me ha proporcionado fantásticos papeles”.
Mientras, Margaret se dedicaba a pintar. Primero, con la luz del norte; luego bloqueó todas las ventanas y cerró los balcones. Quería hacerlo con luz artificial. Sus cuadros, firmados siempre con sus tres emes, encierran una mezcla insólita de erotismo e integrismo religioso. Una pintura llena de símbolos sobre el Apocalipsis de San Juan, personas desnudas con poderes sobrenaturales y planetas de colores. También de Franco, de quien Margaret se enamoró. “Yo era niña cuando encontré una foto del general; un hombre con unos ojos brillantes, oscuros y una hipnótica mirada. Era extrañamente guapo. Años después tuve la oportunidad de verlo junto a Nixon. Cuando bajaron del coche entendí que Franco era mi ideal de soldado cristiano. ¡Tenía que pintarlo! Aunque parezca increíble, me di cuenta de que él me buscaba con su mirada, la misma que yo recordaba de pequeña. Corrí a casa y empecé a hacer algunos bocetos”.
En 1978, gracias a su amistad con el escritor José García Nieto, Margaret fue una de las primeras extranjeras que mostraron su obra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Su marido le había pedido a Miller que escribiera sobre ella para el catálogo de la exposición. “Deseo que sea el día más emocionante de su vida, y por eso quiero que el mejor escritor de todos los tiempos... ¿Podrías hacer eso por mí?... Créeme. Mis pensamientos y rezos están siempre contigo. Nunca sabrás lo que significas para nosotros. Dios te bendiga siempre. Elmer”. Miller aceptó. Trazó un boceto a mano y luego mecanografió en un papel esta nota: “Las fantasías de Margaret Modlin tienen un toque femenino y místico. A veces parece que hacen a uno recordar a Di Chirico, o Dalí, o Max Ernst, pero sigue siendo solamente un parecido. Margaret Modlin no es meramente una criatura independiente, sino más bien una pensadora original e inimitable. En ella hay ecos de George Elliot, Plotinus y de aquella novelista británica obsesa por el amor (Maria Corelli). Definitivamente sabe dónde va, lo que está haciendo aquí en la Tierra, y por qué la vida es mejor que la muerte. Coquetea con los grandes maestros, pero no está obligada a ninguno. Para ella, vivir es suficientemente mágico. Ella no pide milagros”.
Los Modlin vivieron aislados en su casa de la calle del Pez. Nunca aprendieron a hablar castellano. Tras los permisos correspondientes, y en su fascinación por coleccionar todos los cachivaches de la familia, Gómez recogió hasta el teléfono de la vivienda. Sobre la base de plástico, en una etiqueta escrita a bolígrafo, se leía: “Quiero una bombona de butano. Quiero dos bombonas de butano. No, gracias, ahora no está aquí”. Pero, pese a su encierro, no pasaron inadvertidos. “Todo el mundo conocía a los Modlin. Es más, mi colaborador Jonás y yo hemos tenido siempre la sensación de que la gente nos estaba esperando cuando llegábamos a preguntar”, relata. Igual de pasmado se quedó cuando su hija Carmela, de dos años y medio, expresó mejor que nadie su obsesión. Un día, jugando, levantó el teléfono y le dijo: “Papá, es Margaret”. Y preguntó luego a la supuesta mujer del otro lado: “¿Estás con Nelson?”.
Pero quienes de verdad han ayudado al fotógrafo a entender el universo Modlin han sido los últimos amigos de la familia. Como Miguel Cervantes, albacea del testamento. “Elmer era para Margaret su enlace con el mundo”, explica. “Para él, ella era una diosa. La adoraba”, evoca también Garrison McDavid, otro colega americano que le ayudaba a traducir algunas cartas. “En esa casa, todo giraba en torno a ella”, asegura Lipton, amigo de la familia. “Era una mujer férrea, infranqueable; proyectaba una especie de disciplina personal que asustaba. Enunciaba su doctrina y era capaz de emitir juicios inapelables sobre las personas”. La imagen que Lipton tiene de Elmer es la de un hombre pasional y sensible. “La relación de ellos era casi como de esclavo y maestra”.
Menos involucrado en ese mundo que se crearon a la medida de sus sueños, Nelson se marchó de la casa familiar en 1980. Quería ser empresario. Comenzó a traducir libros y películas, subtituló al inglés las primeras cintas de Almodóvar. Era la voz que anunciaba los aviones de Barajas y las promociones de El Corte Inglés. A sus padres los veía poco. En sus cumpleaños y por Navidad. “Nelson trató de buscar su propia identidad. Se pasó la vida intentado alejarse del ideal que habían proyectado sobre él”, cuenta Lipton, sentado en el comedor de su casa mientras contempla las fotos que Bel y Gómez le muestran.
Nelson empezó a trabajar en los estu-dios de Radio Nacional de España, en emisiones para EE UU. Allí conoció a Olga Barrio, presentadora del informativo de TVE. En 1986 se casaron, pero el matrimonio duró poco. En verano de 1993 se enamoró de Susana Jarabo, su segunda mujer. Ella tenía 22 años, estudiaba arte y trabajaba como camarera. “Era mi cliente favorito. Tenía un sentido del humor muy particular”, recuerda Jarabo echando la vista atrás. Empezaron a salir y vivieron juntos un lustro. “Era una persona fantástica, capaz de reírse de sí misma. Llenaba el espacio allá donde iba con esa personalidad tan especial”. Y también era reservado, lleno de mutismos. No hablaba de su pasado. “Me estoy enterando ahora, gracias a Paco, de cosas que ignoraba”, asegura. Ella sólo visitó una vez la casa de los Modlin. “Era deprimente, vivían anclados en el pasado; el padre vestía trajes remendados de hacía tres décadas, las paredes estaban sin pintar? Era cutre. Hasta presumían de que les gustaba el vino en tetrabrick”. Susana trabajaba entonces en una galería de arte, y Margaret le preguntó su opinión acerca de sus pinturas, añadiendo pretenciosa: “¡Ni Velázquez!”. “Yo, que no quería quedar mal, le comenté que eran un poco distintos”, recuerda. Al salir, los padres susurraron al hijo que no volviera a llevarla a su hogar. “Luego he vuelto a ver las obras, y algunas son interesantes, parecidas al Dalí de después de la II Guerra Mundial; pero en aquel momento, ver la obsesión de la madre con su marido e hijo, esas pinturas de desnudos, esa relación morbosa que existió entre los tres, me espantó”. Una exposición con los cuadros de Margaret y el material encontrado en la basura se inaugurará en breve: “El objetivo es encontrar un mecenas en España que se haga cargo de la colección, tal y como querían los Modlin”, dice Gómez. “En caso contrario, los herederos quieren que la obra viaje a EE UU”.
Nelson y Susana se separaron el mismo mes que Margaret murió. “Su madre lo llamaba constantemente por la noche; le decía que me dejara, que se iba a morir”. La envidia y el desamor. Nelson estaba furioso, decepcionado, harto. “No les perdonó que no le dieran la independencia que ellos mantuvieron con sus familias. Que se vinieran a España con él”, dice Susana. En noviembre de 1998, Margaret murió de un ataque al corazón. Abatido por perderla, Elmer se precipitó a la bebida. Impresionado por el estado de su padre, Nelson se ofreció a pagarle la comida en el restaurante bajo su casa. Ana, la cocinera, rememora cómo lloraba frente a un plato de comida. Tuvo relaciones con otras mujeres y hombres, que no sirvieron para paliar su dolor.
Nelson trabajó 12 horas al día durante años. Al final trató de cambiar su vida. Se compró una casa de campo para ir de pesca. Volvió a enamorarse. Estaba más relajado, pero no quería abandonar aún sus compromisos. Por eso sus compañeros supieron que algo había sucedido cuando el 3 de junio de 2002 no acudió a una cita. Lipton lo encontró en un petrificado paroxismo, intentado llegar al teléfono. Tenía 49 años. Sobrevivir a su hijo destrozó a Elmer. “Había desaparecido lo que él más quería”, cuenta Postigo. Durante casi un año permaneció en su decrépita casa, hasta que una noche de mayo perdió el conocimiento agarrado a una botella de bourbon. Su vida también se apagó. El azar, o lo que Gómez llama “las causas y efectos entrecruzados”, ha hecho que la historia de su familia perdure. Como los Modlin siempre ambicionaron.
‘La vida de los Modlin’. Ava Gallery. Princesa, 18. Madrid. Hasta el 30 de marzo.

El cadáver de Nelson Modlin lo encontró un día su mejor amigo. Había muerto fulminado en el salón de su casa antes de alcanzar el teléfono. Según la autopsia, los infartos sufridos durante su vida le partieron el corazón en tres. Su madre había fallecido en 1998, cuatro años antes. Esa noche, su padre la amortajó en la cama y la fotografió en el fúnebre sosiego que él mismo hallaría cinco años más tarde en un hospital madrileño, tras perder el conocimiento aferrado a una botella de Jack Daniel’s, con el cerebro devorado por el alcohol y consumido por la pena de la desaparición de su hijo y de su mujer, el amor de su vida. A los Modlin, una excéntrica familia americana afincada en Madrid desde los años setenta, les sorprendió la muerte de forma tan inquietante como la manera que ellos eligieron para vivir.
Una noche de 2003, Paco Gómez, fotógrafo -revelación PhotoEspaña en 2002 y miembro del colectivo Nophoto- y aficionado a rebuscar entre basura, encontró en la calle del Pez de Madrid una montaña de trastos viejos. Una vida tirada por la ventana. Ropa, paquetes caducados de comida, libros en inglés, cartas, hojas manchadas de pintura, revistas ajadas y decenas de fotografías en blanco y negro en las que tres personas posaban desnudas en extrañas posturas. Cogió los retratos, algunas cartas y las instrucciones de una exprimidora, y se lo llevó a casa.
Gómez había adquirido la costumbre de hurgar en los desechos durante sus veranos de estudiante universitario, cuando ayudaba a su padre, basurero. “Esa noche pensé que aquello caía en mis manos no por casualidad. Algo me empujaba a investigar la vida de los Modlin”. Así empezó, con la ayuda de su amigo Jonás Bel, a interrogar a los vecinos, al cartero, a los dueños de los bares de la zona; fue descifrando los lugares que mostraban las fotos. Un dato le iba conectando con otro: “Quería descubrir hasta las cosas sin sentido”, dice hoy inquieto mientras mira una caja decorada que su novia le ha regalado. En ella guarda las piezas de este rompecabezas que pronto convertirá en película documental (La familia Modlin). Para resolver el enigma ha rellenado los huecos que paso a paso, pregunta a pregunta, ha ido conociendo; ha recompuesto los esquemas de sus vidas. Apuntar un detalle, unir otro, reconstruir espacios, tal como hacen los arqueólogos con las ruinas.
Margaret Marley y Elmer Modlin se conocieron en 1948 actuando en una obra de teatro en la Universidad de Carolina del Norte. Se enamoraron. Un año después se casaron y decidieron marchar a Los Ángeles en busca de fama, independencia y libertad. Los padres de él no entendían que quisiera ser actor, y a los de ella no les gustó que su hija se uniera con el primogénito de un agricultor. Tuvieron un hijo, Nelson, en 1952. Las fotos en blanco y negro congelan la imagen de un ser hermoso y ceñudo, de ojos oscuros y labios brillantes, de aire melancólico y seductor. Obsesionados por el éxito y la belleza, matricularon al niño en el Hollywood Professional School, un centro de arte dramático al que acudían los vástagos de las deslumbrantes estrellas de cine. A principios de los sesenta, Elmer era un actor popular de la televisión gracias a su papel de enfermero en la serie Hospital General y sus colaboraciones en Embrujada. Mientras, Margaret estudiaba un posgrado de arte.
Los papeles de segundón del padre apenas si podían mantener la alegre vida familiar. Los Modlin decidieron entonces abrir un restaurante vegetariano, poco frecuente aún en la época, al que se aficionaron escritores como Orson Welles, Anaïs Nin, Aldous Huxley y Henry Miller. Este último era ya autor consagrado tras haber publicado sus trópicos, novelas prohibidas en países de habla inglesa por pornográficas. Miller se convirtió en piedra angular de la pareja. Ambos le idolatraban; Margaret releyó hasta siete veces su libro El tiempo de los asesinos, sobre Rimbaud, y le agasajó con cientos de misivas. El fotógrafo Paco Gómez las ha recuperado. Tras muchas intentonas logró entrar, en febrero de 2006, en la casa de los Modlin en Madrid. Allí, en el altillo de un armario, encontró, encuadernados en cartulina azul y con olor a polvos de talco, varios tomos con todas las cartas transcritas a máquina.
En 1969, antes de que los Modlin llegaran a España, Miller posa para el cuadro de Margaret Henry Miller ve más que un águila. Un retrato en el que el escritor aparece sentado sobre una columna griega, frente a un arpa con cara de mujer, un búho a sus pies y vistiendo enormes alas. “Los dos lo consideraban un ser supremo, pero intuyo que hubo una relación incluso amorosa por parte de Miller hacia Elmer”, cuenta Carlos Postigo, amigo de la pintora y marchante de arte. El escritor garabateó a pluma en la contraportada de Trópico de Cáncer, su libro más famoso: “Para Elmer y su tercera existencia”. Margaret fotografía cada uno de estos detalles que los unen. Obsesionada, llegó a pedirle al escritor que certificara que había posado para ella. “Querido Miller”, escribió Elmer, “¿podrías verificar en una nota que efectivamente posaste para tu retrato? (...) Una de las mejores galerías de Madrid está interesada en la obra, pero cuestiona la autenticidad de la firma. Pensamos mucho en ti y esperamos que estés bien. Que Dios te bendiga siempre. Elmer”.
Un mes después, el autor contesta: “Querido Elmer, perdona por el retraso, pero estaba curando mi ojo. He decidido que voy a operarme. Te he enviado el certificado que me pediste, pero me ha sorprendido que se cuestione la autenticidad de mi retrato... Mi nuevo libro, My Life and Times, está yendo muy bien; ahora no tengo ninguna copia a mano, pero te enviaré una. Saludos. Henry Miller”.
Un golpe de suerte sacudió a Elmer cuando logró un pequeño papel como uno de los adoradores en La semilla del diablo, de Roman Polanski, el filme que encumbró al director polaco. Después no volvió a recibir más ofertas de cine. La falta de trabajo y el estallido de las revueltas raciales de Watts en Los Ángeles preocupaban a los Modlin. Seis días, 34 muertos, miles de heridos, 4.000 detenidos y cientos de edificios en llamas. Un hombre degusta su cerebro con una cuchara en un cuadro que Margaret pinta. Estaban hartos, la ilusión de Hollywood se había roto. Henry Miller les anima a viajar a España. Él había visitado Grecia invitado por Lawrence Durrell y escribió El Coloso de Marussi, un monumento lírico a la sensualidad mediterránea, una crítica brillante al modo de vida americano y un alegato por la paz.
Alentados por el escritor decidieron emprender el viaje. Enviaron de avanzadilla a Nelson, con sólo 16 años. Así se libraba, iniciando sus estudios en el extranjero, de la guerra de Vietnam. Encontró una habitación y una plaza en el Colegio Americano de Madrid. “Era una persona de una belleza física y humana tan fuera de lo común que era difícil ignorarle”, cuenta Jaime Lipton, el que desde entonces se convirtió en su mejor amigo. “Vivía en un mundo que nada tenía que ver con el nuestro. Imagina un niño de 16 años viviendo solo que nada más llegar al colegio dijo que quería montar un grupo de objetores de conciencia. Era interesantísimo”.
El sentimiento pacifista lo heredó Nelson de su padre. Según su diario, Elmer se describía como el primer marine que pisó la tierra japonesa de Nagasaki el 9 de agosto de 1945, tras la explosión de la bomba atómica en la II Guerra Mundial. Como objetor, con tan sólo 20 años, fue destinado a un barco hospital que se ocupaba de trasladar a los heridos estadounidenses y a cientos de prisioneros de guerra. “Nagasaki aparecía como una gran extensión de cenizas en negro y gris. Un crematorio holocáustico provocado por el odio y el supremo espíritu del mal con jirones de acero restantes de unos pocos edificios retorciéndose agónicos hacia el infierno”, trazó en Nagasaki y yo, un relato sobre su experiencia. Aquella ciudad consumida, como una tumba gigante, le aterró de tal modo que años después su mujer lo pintó desnudo, acurrucado, con la cara de una calavera, indefenso ante una enorme bomba atómica acechante. Él y Nagasaki.
Con todos esos cuadros de Margaret metidos en cajones de madera, la pareja se trasladó a Madrid en 1970, un año después de su hijo, en busca del sueño no cumplido de Hollywood. “¿Sabes?”, mecanografía Margaret a Miller el 24 de octubre de 1973, “tú nos animaste a venir a España cuando hablábamos de dejar EE UU. Gracias a Dios que lo hiciste, porque nunca sabrás lo feliz que soy, y creo que puedo decir lo mismo de Elmer... Quería compartir todo esto contigo, porque tú eres probablemente la única persona en este mundo que entiende nuestro modo de vida... ¡Esperamos tu visita!”, se lee en inglés en otro de los cuadernos que Gómez guarda amontonados en su casa y su estudio.
Desde las islas Palisades de California, el Día de Acción de Gracias, Miller responde: “Querida Margaret: tu carta ha llegado justo después de volver del hospital... Estoy encantado con las cosas que me cuentas. Qué bien que eligierais España. ¡Y que no os haya decepcionado! Durante la operación de hace unos meses perdí la vista en el ojo derecho. Leer es muy difícil, y escribir, más bien cansa. Así que, por favor, perdóname si no te escribo tanto como me gustaría... Sinceramente, Henry Miller”. España no les decepcionó. Todos tenían trabajo. Nelson había empezado la carrera de modelo y de actor. Elmer anhelaba buenos papeles de cine. Pero aquí se vivía el boom del destape. Actuó en Un curita cañón, El diputado, Los nuevos españoles, Ellas los prefieren... locas, de Mariano Ozores, o Historia de O, 2ª parte. Interpretaciones malas en las que representaba siempre a un americano sin muchas luces, pero que él disfrazó para Miller: “Dios me ha dado un golpe de suerte y me ha proporcionado fantásticos papeles”.
Mientras, Margaret se dedicaba a pintar. Primero, con la luz del norte; luego bloqueó todas las ventanas y cerró los balcones. Quería hacerlo con luz artificial. Sus cuadros, firmados siempre con sus tres emes, encierran una mezcla insólita de erotismo e integrismo religioso. Una pintura llena de símbolos sobre el Apocalipsis de San Juan, personas desnudas con poderes sobrenaturales y planetas de colores. También de Franco, de quien Margaret se enamoró. “Yo era niña cuando encontré una foto del general; un hombre con unos ojos brillantes, oscuros y una hipnótica mirada. Era extrañamente guapo. Años después tuve la oportunidad de verlo junto a Nixon. Cuando bajaron del coche entendí que Franco era mi ideal de soldado cristiano. ¡Tenía que pintarlo! Aunque parezca increíble, me di cuenta de que él me buscaba con su mirada, la misma que yo recordaba de pequeña. Corrí a casa y empecé a hacer algunos bocetos”.
En 1978, gracias a su amistad con el escritor José García Nieto, Margaret fue una de las primeras extranjeras que mostraron su obra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Su marido le había pedido a Miller que escribiera sobre ella para el catálogo de la exposición. “Deseo que sea el día más emocionante de su vida, y por eso quiero que el mejor escritor de todos los tiempos... ¿Podrías hacer eso por mí?... Créeme. Mis pensamientos y rezos están siempre contigo. Nunca sabrás lo que significas para nosotros. Dios te bendiga siempre. Elmer”. Miller aceptó. Trazó un boceto a mano y luego mecanografió en un papel esta nota: “Las fantasías de Margaret Modlin tienen un toque femenino y místico. A veces parece que hacen a uno recordar a Di Chirico, o Dalí, o Max Ernst, pero sigue siendo solamente un parecido. Margaret Modlin no es meramente una criatura independiente, sino más bien una pensadora original e inimitable. En ella hay ecos de George Elliot, Plotinus y de aquella novelista británica obsesa por el amor (Maria Corelli). Definitivamente sabe dónde va, lo que está haciendo aquí en la Tierra, y por qué la vida es mejor que la muerte. Coquetea con los grandes maestros, pero no está obligada a ninguno. Para ella, vivir es suficientemente mágico. Ella no pide milagros”.
Los Modlin vivieron aislados en su casa de la calle del Pez. Nunca aprendieron a hablar castellano. Tras los permisos correspondientes, y en su fascinación por coleccionar todos los cachivaches de la familia, Gómez recogió hasta el teléfono de la vivienda. Sobre la base de plástico, en una etiqueta escrita a bolígrafo, se leía: “Quiero una bombona de butano. Quiero dos bombonas de butano. No, gracias, ahora no está aquí”. Pero, pese a su encierro, no pasaron inadvertidos. “Todo el mundo conocía a los Modlin. Es más, mi colaborador Jonás y yo hemos tenido siempre la sensación de que la gente nos estaba esperando cuando llegábamos a preguntar”, relata. Igual de pasmado se quedó cuando su hija Carmela, de dos años y medio, expresó mejor que nadie su obsesión. Un día, jugando, levantó el teléfono y le dijo: “Papá, es Margaret”. Y preguntó luego a la supuesta mujer del otro lado: “¿Estás con Nelson?”.
Pero quienes de verdad han ayudado al fotógrafo a entender el universo Modlin han sido los últimos amigos de la familia. Como Miguel Cervantes, albacea del testamento. “Elmer era para Margaret su enlace con el mundo”, explica. “Para él, ella era una diosa. La adoraba”, evoca también Garrison McDavid, otro colega americano que le ayudaba a traducir algunas cartas. “En esa casa, todo giraba en torno a ella”, asegura Lipton, amigo de la familia. “Era una mujer férrea, infranqueable; proyectaba una especie de disciplina personal que asustaba. Enunciaba su doctrina y era capaz de emitir juicios inapelables sobre las personas”. La imagen que Lipton tiene de Elmer es la de un hombre pasional y sensible. “La relación de ellos era casi como de esclavo y maestra”.
Menos involucrado en ese mundo que se crearon a la medida de sus sueños, Nelson se marchó de la casa familiar en 1980. Quería ser empresario. Comenzó a traducir libros y películas, subtituló al inglés las primeras cintas de Almodóvar. Era la voz que anunciaba los aviones de Barajas y las promociones de El Corte Inglés. A sus padres los veía poco. En sus cumpleaños y por Navidad. “Nelson trató de buscar su propia identidad. Se pasó la vida intentado alejarse del ideal que habían proyectado sobre él”, cuenta Lipton, sentado en el comedor de su casa mientras contempla las fotos que Bel y Gómez le muestran.
Nelson empezó a trabajar en los estu-dios de Radio Nacional de España, en emisiones para EE UU. Allí conoció a Olga Barrio, presentadora del informativo de TVE. En 1986 se casaron, pero el matrimonio duró poco. En verano de 1993 se enamoró de Susana Jarabo, su segunda mujer. Ella tenía 22 años, estudiaba arte y trabajaba como camarera. “Era mi cliente favorito. Tenía un sentido del humor muy particular”, recuerda Jarabo echando la vista atrás. Empezaron a salir y vivieron juntos un lustro. “Era una persona fantástica, capaz de reírse de sí misma. Llenaba el espacio allá donde iba con esa personalidad tan especial”. Y también era reservado, lleno de mutismos. No hablaba de su pasado. “Me estoy enterando ahora, gracias a Paco, de cosas que ignoraba”, asegura. Ella sólo visitó una vez la casa de los Modlin. “Era deprimente, vivían anclados en el pasado; el padre vestía trajes remendados de hacía tres décadas, las paredes estaban sin pintar? Era cutre. Hasta presumían de que les gustaba el vino en tetrabrick”. Susana trabajaba entonces en una galería de arte, y Margaret le preguntó su opinión acerca de sus pinturas, añadiendo pretenciosa: “¡Ni Velázquez!”. “Yo, que no quería quedar mal, le comenté que eran un poco distintos”, recuerda. Al salir, los padres susurraron al hijo que no volviera a llevarla a su hogar. “Luego he vuelto a ver las obras, y algunas son interesantes, parecidas al Dalí de después de la II Guerra Mundial; pero en aquel momento, ver la obsesión de la madre con su marido e hijo, esas pinturas de desnudos, esa relación morbosa que existió entre los tres, me espantó”. Una exposición con los cuadros de Margaret y el material encontrado en la basura se inaugurará en breve: “El objetivo es encontrar un mecenas en España que se haga cargo de la colección, tal y como querían los Modlin”, dice Gómez. “En caso contrario, los herederos quieren que la obra viaje a EE UU”.
Nelson y Susana se separaron el mismo mes que Margaret murió. “Su madre lo llamaba constantemente por la noche; le decía que me dejara, que se iba a morir”. La envidia y el desamor. Nelson estaba furioso, decepcionado, harto. “No les perdonó que no le dieran la independencia que ellos mantuvieron con sus familias. Que se vinieran a España con él”, dice Susana. En noviembre de 1998, Margaret murió de un ataque al corazón. Abatido por perderla, Elmer se precipitó a la bebida. Impresionado por el estado de su padre, Nelson se ofreció a pagarle la comida en el restaurante bajo su casa. Ana, la cocinera, rememora cómo lloraba frente a un plato de comida. Tuvo relaciones con otras mujeres y hombres, que no sirvieron para paliar su dolor.
Nelson trabajó 12 horas al día durante años. Al final trató de cambiar su vida. Se compró una casa de campo para ir de pesca. Volvió a enamorarse. Estaba más relajado, pero no quería abandonar aún sus compromisos. Por eso sus compañeros supieron que algo había sucedido cuando el 3 de junio de 2002 no acudió a una cita. Lipton lo encontró en un petrificado paroxismo, intentado llegar al teléfono. Tenía 49 años. Sobrevivir a su hijo destrozó a Elmer. “Había desaparecido lo que él más quería”, cuenta Postigo. Durante casi un año permaneció en su decrépita casa, hasta que una noche de mayo perdió el conocimiento agarrado a una botella de bourbon. Su vida también se apagó. El azar, o lo que Gómez llama “las causas y efectos entrecruzados”, ha hecho que la historia de su familia perdure. Como los Modlin siempre ambicionaron.
‘La vida de los Modlin’. Ava Gallery. Princesa, 18. Madrid. Hasta el 30 de marzo.






