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Todo amante es un soldado en guerra. Ovidio
Acerca de
me gusta escribir, me gustan los surrealistas, los situacionistas, me gustan los años 20 y los 50's y la época medieval. Hago cartas astrales por placer y divertimento. Voy al teatro cuando puedo. Me gusta el cine independiente. Me gusta leer ensayo y filosofía e historia. Me gusta la gente valiente. Adoro a Voltaire y Jünger. Me gusta Bolaño y Auster. Me gusta la fotografía, verla y hacerla. Es mi pasión. Me gustan las casas viejas derruídas y abandonadas. Me interesa todo lo misterioso. Me gustaría ser detective. Me gustaría ser médico y psicóloga. Me gustaría darles amor a todos los niños del mundo que sufren en estos momentos y se sienten solos y abandonados. Me gusta lo que hago, trabajar en hospitales. Necesito escuchar a los demás para reconocerme en éste mundo. Me gustaría rodar cortometrajes. Me ponen violenta los violentos. Amo el amor...
Sindicación
 
El rosario de su madre

Está demostrado científicamente: la mayoría de los taxistas que llevan un rosario colgado del espejo retrovisor tienen peor carácter que los que llevan unos zuecos asturianos. Además son casi todos pinochetistas.
Les ha venido Dios a ver con el asunto éste del torturador chileno, porque hasta ellos mismos se habían dado cuenta de que no podían continuar reivindicando a Franco sin mostrarse necrófilos o necrófagos y asustar a la clientela.
Pinochet, aunque en avanzado estado de putrefacción, todavía se mueve, por lo que se le pueden dar vivas sin que le confundan a uno del todo con Millán Astray, el novio de la muerte.
El otro día tomé un taxi en López de Hoyos y en cuanto vi el rosario de su madre oscilando a manera de péndulo bajo el retrovisor me dije malo malo. Comenzaban en ese instante las noticias de las dos y pedí al taxista que subiera un poco el volumen de la radio, para ver cómo andaba el mundo.
El invidivuo me miró con expresión airada y, sospechando que esperaba oír algo estimulante sobre Pinochet, se limitó a llevar la mano hasta el receptor fingiendo que giraba el mando para dejarlo como estaba.
Como no quería discutir, avancé la cabeza y torcí el rostro colocando la oreja en dirección al aparato. Pensé que quizá viendo padecer de aquel modo a un cliente, el servidor público se conmovería, pero no. Entonces, me dirigí de nuevo a él:
-Creo que no me ha oído usted. Le he pedido que suba la radio, por favor.
-Pero si la he subido -protestó.
-Pues todavía no la oigo -insistí.
De mala gana, se inclinó sobre el aparato y fingió una vez más que subía el volumen cuando en realidad lo puso algo más bajo.
Luego perdió la mirada en el tráfico, para no enfrentarse a mi gesto de perplejidad. El crucifijo del rosario se movía a manera de péndulo, pero en lugar de hipnotizarme, que es para lo que sirven los péndulos, y los crucifijos, me exasperó.
Estaba, pues, dándole vueltas al modo de responder a aquella provocación cristiana cuando advertí que el sujeto tenía forrado el taxi con duras advertencias a los fumadores, así que saqué un paquete y encendí un cigarro.
El hombre me observó desconcertado a través del espejo y durante unos segundos no fue capaz de reaccionar. Debía de ser el primer pasajero que se le rebelaba desde la ascensión o la asunción de Álvarez del Manzano a la alcaldía. No obstante, pasado el primer momento de estupor, se volvió ligeramente y escupió por la comisura:
-No se puede fumar en este coche.
-No me había dado cuenta -respondí cortésmente, y fingí que apagaba el cigarro en el cenicero con un gesto semejante al utilizado por él para fingir que subía el volumen de la radio. Luego continué dando caladas con naturalidad, mientras aparentaba escuchar las noticias de la radio.
El hombre se quedó seriamente preocupado y al poco, ya con la seguridad menos entera, insistió:
-Creo que no me ha entendido usted. En este coche no se puede fumar.
-Pero si ya he apagado el cigarro -dije, y volví a llevarlo al cenicero con el gesto de aplastar la brasa, aunque manteniéndolo encendido.
-Está bien -dijo-. Yo subo la radio y usted apaga el cigarro.
-Pero si la radio está muy alta, hombre de Dios. Y el cigarro ya está apagado hace un rato -respondí echándole el humo a la cara sin contemplaciones.
Entonces detuvo el coche a la derecha, obligando a frenar bruscamente al de atrás, y gritó:
-¡Deje de fumar ahora mismo!
-No me da la gana -respondí en voz baja.
Se acercó un guardia para ver qué pasaba, y yo dije que no estaba dispuesto a apagar mi cigarro hasta que él no subiera la radio.
Como esta gente tan agresiva tiene mucho miedo a la autoridad, cedió al fin de mala gana y subió el volumen justo en el momento en el que decían que hasta el 2 de diciembre no sabríamos si Pinochet era inmunodeficiente o deficiente a secas.
Entonces me bajé del coche, y ya desde la acera dije humildemente al taxista:
-Ave María Purísima.
-¡Sin pecado concebida, imbécil! -vociferó él. Y eso fue todo.

Juan José Millás

 
El Amor

Hablemos del amor, ya que estamos en primavera. Hablemos de ese raro ensueño, de esa invención luminosa o sombría con la que nos aguijoneamos el corazón para sentirnos vivos. Si un día no se te ocurre ningún tema para un artículo, escribe del amor, que es algo que nunca falla: es el único asunto que interesa de manera personal y desaforada a todo el mundo, la única cuestión en la que todas las personas se consideran expertas. Si mencionas la palabra amor, todos le echarán cuando menos una ojeada al texto, a ver si hablas de ellos. Es decir, a ver si pueden reconocer entre tus líneas sus vibrantes corazones enamorados.

La pasión es una locura universalmente admitida, un delirio que no está socialmente castigado. Para muchas personas morigeradas y convencionales, es el único viaje que emprenden a los extremos del ser, la sola aventura de sus vidas, aparte de la suprema aventura de morirse, que desde luego debe de ser una emoción intensa. En cualquier caso, el amor nos desatornilla la cabeza, transgrede los límites, enciende el mundo de colores y nos hace rozar la eternidad. Es un sentimiento místico, porque nos saca de nosotros y nos pone en contacto con lo universal. Es la vía de trascendencia más utilizada en este mundo nuestro occidental, en el que ya van quedando pocos dioses. En resumen, es un verdadero chute de droga. Si nos retrataran el cerebro eléctricamente en uno de los espasmos de la pasión, seguro que lo veríamos más iluminado que un carrusel, todo chisporroteante de hormonas y cociéndose en una fulminante sopa química. No he probado nunca la heroína, pero dudo que sus efectos sean más fuertes que los de un ataque de amor desenfrenado.

Cuando estamos enamorados, todos nos sentimos únicos y creemos estar atravesando por dolores y éxtasis que nadie más conoce, pero ésta es una percepción totalmente errónea, un producto de la borrachera de endorfinas. En realidad, y como suele ocurrir con cualquier sustancia intoxicante, la droga orgánica del amor produce síntomas muy semejantes en todas las personas. Tomemos, por ejemplo, el efecto "abismo-a-los-pies", también llamado "desangramiento-del-mundo". Ocurre cuando, tras haber subido al cohete del enamoramiento y habernos sentido perdidamente entusiasmados por alguien, la historia se revienta como un globo. Tal vez le vemos o la vemos con otra persona, o nos deja tirados, o nos dice con todas las letras que la cosa no funciona y que se va. Y entonces, puf, el mundo se apaga de repente. Es como si la realidad se desangrara, como si no tuviéramos fuerzas para seguir adelante. Es un ataque de pena absoluta, un agujero negro, un desconsuelo y un desasosiego tan agudos que no te dejan vivir. Y lo más increíble es que este abismo de desesperación puede surgir tras un enamoramiento de dos días, tras un coqueteo absurdo y leve. Pero da lo mismo. Tu razón puede decirte que te estás inventando esa pasión, pero tu corazón es una ballena arponeada. Basta con haberte metido una pequeña dosis de droga para sentir el mono.

Otro efecto habitual: el "campo-minado". Sucede tras la ruptura. Cuando un amor acaba (es decir, cuando te deja), el mundo se convierte en un lugar peligrosísimo, porque cualquier cosa puede recordarte de repente el dolor de lo perdido. Y así, pongamos que estás intentando sobrevivir al desconsuelo, y que por un momento consigues estar más o menos distraído y casi en paz. Pero súbitamente pasa por la calle una moto igual que la de tu amado, o una chica se sube al metro con el mismo perfume que llevaba ella, o ves un anuncio de Cancún, adonde pensasteis viajar un día juntos, aunque nunca lo hicisteis. Y una mina revienta en tus entrañas y te sientes muerto. Tras una ruptura, las bombas acechan ocultas en todas partes. Calles que no puedes volver a pisar, músicas que no puedes volver a escuchar, bombas de la memoria que te persiguen.

Se podrían nombrar muchas más experiencias comunes del amor y quizá algún día lo haga. Pero hoy acabaré con el efecto "incredulidad-y-predisposición", que es cuando ya se te ha pasado del todo la borrachera amorosa y verdaderamente no te puedes creer qué demonios viste en ese imbécil o en esa ceporra para haber sufrido tanto. Momento en el que ya estás dispuesto y más que predispuesto a meterte otra pasión en la cabeza y recomenzar la chifladura. En fin, que tengáis una buena primavera.

Rosa Montero