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Todo amante es un soldado en guerra. Ovidio
Acerca de
me gusta escribir, me gustan los surrealistas, los situacionistas, me gustan los años 20 y los 50's y la época medieval. Hago cartas astrales por placer y divertimento. Voy al teatro cuando puedo. Me gusta el cine independiente. Me gusta leer ensayo y filosofía e historia. Me gusta la gente valiente. Adoro a Voltaire y Jünger. Me gusta Bolaño y Auster. Me gusta la fotografía, verla y hacerla. Es mi pasión. Me gustan las casas viejas derruídas y abandonadas. Me interesa todo lo misterioso. Me gustaría ser detective. Me gustaría ser médico y psicóloga. Me gustaría darles amor a todos los niños del mundo que sufren en estos momentos y se sienten solos y abandonados. Me gusta lo que hago, trabajar en hospitales. Necesito escuchar a los demás para reconocerme en éste mundo. Me gustaría rodar cortometrajes. Me ponen violenta los violentos. Amo el amor...
Sindicación
 
Apéndice 2 de El coleccionista de láminas de José Luís Rodriguez García
Siempre me he sentido fascinado por la aventura dadá y por ese singular personaje literario que fue Tristan Tzara. Los descendientes reconocidos de la aventura iniciada en el café Voltaire de Zürich contribuirán eficazmente a facilitar la risa ante la obra tradicional de la cultura occidental: sin duda tenía razón Naville cuando escribía: "Ciertos intelectuales, entre los más puros y los más revolucionarios, son conocidos bajo el nombre de surrealistas". Breton recordará en Le pas perdu que cuando Tzara llega a París a finales de 1919 es considerado un mesías por los surrealistas. Y es que estos son inimaginables en verdad sin la risa enfurecida y positiva de tzara, quien tiene y maifiesta la firme voluntad de romper con todo, de irse a otro lugar. En el Manifiesto de 1918 celebrará la potencia de ese "dégoût dadaiste" que está empeñado en abolir el reinado de la lógica, de la memoria, de los profetas, del futuro...
Se apuntará, sin embargo, que tales pretensiones son consustanciales al horizonte del arte occidental que es incomprensible sin la aceptación de esta dialéctica de permanentes revocaciones, de este juego contra lo viejo que esgrime la aparición una novedad que pretende ocupar el lugar de lo que ya ha comenzado a convertirse en tradición. Como Bordieu ha señalado con acierto, hasta Baudelaire no pretende con sus constantes vituperios sino ocupar el trono de los académicos.
¿Por qué entonces el oscuro y alegre entusiasmo que provoca el dadaísmo? ¿Por qué esa simpatía que inevitablemente provoca? desde luego, no puede estar radicada en el hecho de que exprese con solemnidad una decadencia sobre la que advertía la ruina y el horror de la guerra.
¿Por qué entonces? ¿Cuál es la razó de la simpatía dadaísta? Creo que las huestes de Tzara dan prueba de una coherencia inusitada. Sus herederos naturales sucumbieron a la seducción del poder literario. Sartre lo reconoció: "El alguacil ha quedado algualizado". Diversamente, Tzara advierte desde el principio que la más onerosa trampa en que el movimiento puede caer es, precisamente, aspirar a sustituir el poder literario. Por esto le he puesto a discutir con Lenin en un café de Zürich, ya que el revolucionario ruso pretendió ansiosamente sustituir el poder dominante desde la confianza que el cambio de rumbo estaría regido por una nueva identidad que usará los mismos instrumentos pero de otra forma. Tzara pretendía no tomar als funciones desbaratadas por la pandilla de cretinos que, según su criterio, dominaba el mundo, sino hacer que no existiera pandilla de cretinos alguna. Es por esto por lo que se recomienda en el Manifiesto sobre los amores que "méfiez-vous de Dada", situando el principio de la auténtica liberación en esta desconfianza. Es inconcebible que Lenin hubiera escrito "desconfiad de los bolcheviques"-- aunque entonces, acaso, la aventura de la liberación universal había trazado otra trayectoria--. Tzara insiste: "Les vrais dadas sont contre Dada"
Y la autodisolución del movimiento no se queda en el abandono de la actividad literaria o pictórica--Tzara seguirá escribiendo, Picabia garabateando su mundo de ordenado desorden--. En un magnífico artículo publicado en la revista Riff Raff, Oskar Díez llamana la atención sobre la importancia política del movimiento, especialmente de la sucursal berlinesa que Richard Huelsenbeck, entre otros--como George Gras--, animará. Es Berlín, y con posterioridad a la abdicación del kaiser Guillermo II a comienzos de noviembre de 1918, en la frialdad de un final de otoño ilusionante, cuando el grupo alemán del dadaísmo asume la responsabilidad de traducir políticamente los primarios sueños de tzara. La reivindicación del comunismo radical, la exigencia del desempleo progresivo facilitado por la mecanización integral de la actividad productiva y el sueño de construir ciudades luminosas y de ciudades jardín se traducen en la calle, en als barricadas. Revolución del 9 de noviembre... Los espartaquistas están animados. Liebknecht iza la bandera roja desde ele stado del viejo Palacio Real.
Es el signo último de una coherencia absoluta. Oskar Díez sintetizaba en el artículo citado: "Ser dadaísta entonces, tal vez consista elementalmente en preservar una risa creadora, protegerla hurtándola a la mirada aniquiladora del poder. Administrarla para evitar la paciente actividad aniquiladora de quienes trabajan por la continuidad de todo". Esto es lo que emociona del movimiento dadaísta: haber entendido que soñar la victoria de la partida no significa el cambio de rostro en las oficinas del poder, sino constrir ciudades luminosas sobre la ruina de las oficinas del poder.


José Luís Rodriguez García- "El coleccionista de láminas"
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JUAN JOSÉ MILLÁS El tiempo

JUAN JOSÉ MILLÁS 06/07/2007

A veces los segundos hieren más que los minutos o las horas, más que los días, los meses o los años. Esas puntas de aguja, esos residuos afilados, esas esquirlas temporales penetran en la piel o en el ánimo como limaduras de acero y, aun sin provocar heridas visibles, matan como puñales. Cuatro segundos de asfixia valen por cientos de horas de dolor. Dos segundos de humillación profesional anulan una carrera de éxito. Los cinco segundos de sufrimiento muscular que preceden al infarto son cinco siglos de amargura. No diremos nada de las décimas de segundo que en las pruebas deportivas separan al campeón del aspirante... Contamos los días en horas para hacernos la ilusión de que el tiempo, como el dinero o los afectos, tiene una porción de calderilla, pero todo lo realmente importante nos sucede en cosa de segundos (véase el Big Bang).


A Rajoy, en la contrarréplica del debate sobre el Estado de la Nación, le sobraron 40 segundos como 40 dardos. Mientras regresaba a su escaño desde la tribuna de oradores, aquellos 40 segundos no utilizados sonaban como los clavos sobre el ataúd. Cuando se sentó y observamos su expresión, pero sobre todo la de Acebes, supimos quién había perdido el debate y quizá la vida. No hay precedentes de lo que el martes hizo Rajoy con currículum. El espectáculo de un jefe de la oposición que no sabe qué decir cuando le toca hablar es desgarrador. Lo curioso es que más tarde, ante los periodistas, atribuiría su derrota a la falta de tiempo. ¿En qué quedamos?

Aquellos 40 segundos fueron más largos que el minuto que emplea el microondas en calentar la leche, más tensos que el tiempo que tarda el recién nacido en romper a llorar, más agobiantes que los que preceden a la apertura del sobre con un diagnóstico clínico jodido. Nos dimos cuenta de que los cinco minutos de réplica le venían largos cuando, abrazado a ETA como Juana la Loca al cadáver de Felipe el Hermoso, empezó a gimotear. En ese instante comprendimos que el tiempo acababa de adquirir para él las dimensiones de un abismo al que, quizá fascinado por su hondura, se arrojó. Aunque viva cien años, su biografía quedará concentrada en aquellos 40 segundos de agonía.