Coño, el otoño
Más o menos las seis de la tarde. Falta como una hora para que se ponga el sol en la playa de Mazunte, un pueblito de la costa del Pacífico, en el estado mexicano de Oaxaca. Apenas hay gente en la playa: un grupo de jóvenes extranjeros más allá charlando tranquilamente en sus hamacas y, en el extremo opuesto de la hilera de sillas de madera en la que estamos sentados mi amiga y yo, un chico de unos 25 años escribe afanosamente en su cuaderno mientras sorbe de vez en cuando de la pajita que sale de un coco verde.
Bueno, que os estoy contando
la foto, ya os habréis dado cuenta. Nos hemos pillado unas Coronas (lo que aquí comercializan como Coronitas) y nuestra principal ocupación es ver cómo las olas rompen con fuerza, una detrás de otra. De vez en cuando introducimos algún comentario inteligente ("¿te has parado a pensar en que estamos la ostia de de lejos de casa?" "Mmm, pues es verdad. Joer, mira esa ola") y entre tanto me fijo que la resaca es tan fuerte que se forman olas en sentido contrario y que chocan con las oficiales, y hasta olas que vienen de izquierda a derecha y que no me explico de dónde salen. Qué cosas.
Tengo 226 fotos más o menos potables, nueve borrosas u oscuras y ocho clips de video. Son mis recuerdos de once días recorriendo el centro de México. Me gusta hacer fotos cuando cambio de escenario. Generalmente uno piensa que no volverá a ver ese paisaje, esos edificios, esa luz incidiendo allí de esa manera y con ese niño corriendo por delante. Ya os contaba un día que para mí, como para tanta gente, hacer fotos es un modo de fijar mis recuerdos de los lugares que visito. Y funciona, vaya que sí. También me gusta llevar un pequeño diario de viaje, en el que cuento las pequeñas tonterías que hacemos o que nos pasa cada día. Una hojita de agenda cada dia, con letra apretada. Y los días especialmente ajetreados, dos.
El trío viajero que componemos desde hace cinco años. la Mari, la Rizos y el Linzze, hemos configurado ya una pequeña rutina que suprime cualquier riesgo de roce. No recuerdo que hayamos discutido en serio ni una sola vez, a pesar que de hemos vivido alguna que otra situación tensa. Como cuando chocamos con una cosa de hierro que había tirada en la carretera y le rompimos los bajos al coche de alquiler en aquella carretera de Puerto Barrios a Rio Dulce, en Guatemala, y se me caló el coche mientras un camionazo que venía por detrás se nos echaba encima.
Cada año pactamos una ruta con destinos que incluyan historia y cultura, pero que no falte la playita. Improvisamos los alojamientos sobre la marcha, armados con la guía Lonely Planet o la Trotamundos, o las dos, como este año. Hoteles económicos y cerca del centro: lo demás nos sobra. Reservamos habitaciones triples; la cama más cercana al baño es para la Mari, el primero en pasar a la ducha es el primero que se levanta -generalmente la Rizos- y yo soy el encargado de perseguir a las cucarachas con la sandalia.
Lo cierto es que el viaje salió bien. Siempre suele salir, pero esta vez no me rompí nada, como el año pasado, y no vivimos una semana en vilo pendientes de que no se rompiera el coche y nos dejara tirados en la selva, como hace dos. Un día llegamos a la conclusión de que cambiar de continente y quedar fuera de la cobertura de tu móvil es un procedimiento muy efectivo para olvidarte del jefe y de todo lo que recuerda a él. Pero luego tampoco hay que subirse a la parra porque ese mar de la foto sea el Pacífico. Ir de vacaciones al trópico queda muy bien cuando lo cuentas, pero en el trópico también sudamos, pasamos sed, nos pegamos palizas de andar, nos pican los mosquitos, las hormigas se cuelan en la habitación y nos gastamos una pasta. Aunque ver esos paisajes y conocer esas culturas compensa todo eso y mucho más.
Conclusión: Si me gusta irme de vacaciones bien lejos no es por comodidad, sino por cambiar absolutamente de modo de vida durante unos días en un escenario tan diferente al habitual. Y agradezco los once meses que trabajado como un burro porque así me las puedo pagar.
Y cómo no, al irme en septiembre, el frío se nos echa encima a la vuelta. Áún con el verano en la cabeza, el otoño nos ataca. Pues no hay mal que por bien no venga: Ya falta menos para las Navidades. :P
Pregunta: ¿Cuál sería vuestra escapada ideal?
BANDA SONORA: La televisión me aporta mucha información cuando viajo al extranjero. En México, además de las informaciones sobre los huracanes cercanos y sobre política, que en Centroamérico vienen a ser dos conceptos igualmente revueltos, me interesaba la música que se hace ahora mismo. Y encontré una cancioncilla que sonaba en un canal de videos mientras salía de la ducha que me fascinó. O quizá fue la voz de la cantante. Son Belanova, y la canción es "Me pregunto". Al volver a casa me bajé el disco "Dulce Beat", su segundo, y cuanto más lo oigo, más me gusta. Los definen como pop electrónico, y diría que en lo musical están entre Mecano y Pastora, pero con el encanto de la voz femenina de The Sundays.
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Bueno, que os estoy contando
la foto, ya os habréis dado cuenta. Nos hemos pillado unas Coronas (lo que aquí comercializan como Coronitas) y nuestra principal ocupación es ver cómo las olas rompen con fuerza, una detrás de otra. De vez en cuando introducimos algún comentario inteligente ("¿te has parado a pensar en que estamos la ostia de de lejos de casa?" "Mmm, pues es verdad. Joer, mira esa ola") y entre tanto me fijo que la resaca es tan fuerte que se forman olas en sentido contrario y que chocan con las oficiales, y hasta olas que vienen de izquierda a derecha y que no me explico de dónde salen. Qué cosas.Tengo 226 fotos más o menos potables, nueve borrosas u oscuras y ocho clips de video. Son mis recuerdos de once días recorriendo el centro de México. Me gusta hacer fotos cuando cambio de escenario. Generalmente uno piensa que no volverá a ver ese paisaje, esos edificios, esa luz incidiendo allí de esa manera y con ese niño corriendo por delante. Ya os contaba un día que para mí, como para tanta gente, hacer fotos es un modo de fijar mis recuerdos de los lugares que visito. Y funciona, vaya que sí. También me gusta llevar un pequeño diario de viaje, en el que cuento las pequeñas tonterías que hacemos o que nos pasa cada día. Una hojita de agenda cada dia, con letra apretada. Y los días especialmente ajetreados, dos.
El trío viajero que componemos desde hace cinco años. la Mari, la Rizos y el Linzze, hemos configurado ya una pequeña rutina que suprime cualquier riesgo de roce. No recuerdo que hayamos discutido en serio ni una sola vez, a pesar que de hemos vivido alguna que otra situación tensa. Como cuando chocamos con una cosa de hierro que había tirada en la carretera y le rompimos los bajos al coche de alquiler en aquella carretera de Puerto Barrios a Rio Dulce, en Guatemala, y se me caló el coche mientras un camionazo que venía por detrás se nos echaba encima.
Cada año pactamos una ruta con destinos que incluyan historia y cultura, pero que no falte la playita. Improvisamos los alojamientos sobre la marcha, armados con la guía Lonely Planet o la Trotamundos, o las dos, como este año. Hoteles económicos y cerca del centro: lo demás nos sobra. Reservamos habitaciones triples; la cama más cercana al baño es para la Mari, el primero en pasar a la ducha es el primero que se levanta -generalmente la Rizos- y yo soy el encargado de perseguir a las cucarachas con la sandalia.
Lo cierto es que el viaje salió bien. Siempre suele salir, pero esta vez no me rompí nada, como el año pasado, y no vivimos una semana en vilo pendientes de que no se rompiera el coche y nos dejara tirados en la selva, como hace dos. Un día llegamos a la conclusión de que cambiar de continente y quedar fuera de la cobertura de tu móvil es un procedimiento muy efectivo para olvidarte del jefe y de todo lo que recuerda a él. Pero luego tampoco hay que subirse a la parra porque ese mar de la foto sea el Pacífico. Ir de vacaciones al trópico queda muy bien cuando lo cuentas, pero en el trópico también sudamos, pasamos sed, nos pegamos palizas de andar, nos pican los mosquitos, las hormigas se cuelan en la habitación y nos gastamos una pasta. Aunque ver esos paisajes y conocer esas culturas compensa todo eso y mucho más.
Conclusión: Si me gusta irme de vacaciones bien lejos no es por comodidad, sino por cambiar absolutamente de modo de vida durante unos días en un escenario tan diferente al habitual. Y agradezco los once meses que trabajado como un burro porque así me las puedo pagar.
Y cómo no, al irme en septiembre, el frío se nos echa encima a la vuelta. Áún con el verano en la cabeza, el otoño nos ataca. Pues no hay mal que por bien no venga: Ya falta menos para las Navidades. :P
Pregunta: ¿Cuál sería vuestra escapada ideal?
BANDA SONORA: La televisión me aporta mucha información cuando viajo al extranjero. En México, además de las informaciones sobre los huracanes cercanos y sobre política, que en Centroamérico vienen a ser dos conceptos igualmente revueltos, me interesaba la música que se hace ahora mismo. Y encontré una cancioncilla que sonaba en un canal de videos mientras salía de la ducha que me fascinó. O quizá fue la voz de la cantante. Son Belanova, y la canción es "Me pregunto". Al volver a casa me bajé el disco "Dulce Beat", su segundo, y cuanto más lo oigo, más me gusta. Los definen como pop electrónico, y diría que en lo musical están entre Mecano y Pastora, pero con el encanto de la voz femenina de The Sundays.
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El retonno (a modo de breve anticipo)
Ya he vuelto.
Ayer amanecí en Acapulco. A mediodía agarré (allí no se puede decir "cogí") un bus que me dejó cinco horas después en México DF, donde crucé en Metro la ciudad en hora y cuarto para llegar un cuarto de hora tarde a tomar otro bus que, por suerte para mi, no saldría hasta media hora más tarde con destino al aeropuerto de Toluca. Once horas de vuelo hasta la capital del Reyno, otra hora de Metro arrastrando maletas y dos horas y media más de bus hasta mi ciudad. Y diez minutos de taxi hasta mi casa. Todo ese tiempo sin pillar una cama. Así que os hacéis cargo, ¿no?
He visto muchos paisajes, muchas huellas del pasado, he comido demasiada comida picante, he dicho muchas veces "no, gracias" con una sonrisa, he hecho muchas fotos, he sudado bastante con el calorazo que hace por allí, me he bañado en dos mares ... he visto la vida con otros ojos. Que es lo que busco cuando me voy de vacaciones.
Mañana me voy a apurarlas junto a los míos en la ciudad del Norte. No me llegan buenas noticias de allí. El domingo estoy de vuelta.
Saludos a los que seguís visitando mi guarida. Es vuestra, lo sabéis.
Ayer amanecí en Acapulco. A mediodía agarré (allí no se puede decir "cogí") un bus que me dejó cinco horas después en México DF, donde crucé en Metro la ciudad en hora y cuarto para llegar un cuarto de hora tarde a tomar otro bus que, por suerte para mi, no saldría hasta media hora más tarde con destino al aeropuerto de Toluca. Once horas de vuelo hasta la capital del Reyno, otra hora de Metro arrastrando maletas y dos horas y media más de bus hasta mi ciudad. Y diez minutos de taxi hasta mi casa. Todo ese tiempo sin pillar una cama. Así que os hacéis cargo, ¿no?
He visto muchos paisajes, muchas huellas del pasado, he comido demasiada comida picante, he dicho muchas veces "no, gracias" con una sonrisa, he hecho muchas fotos, he sudado bastante con el calorazo que hace por allí, me he bañado en dos mares ... he visto la vida con otros ojos. Que es lo que busco cuando me voy de vacaciones.
Mañana me voy a apurarlas junto a los míos en la ciudad del Norte. No me llegan buenas noticias de allí. El domingo estoy de vuelta.
Saludos a los que seguís visitando mi guarida. Es vuestra, lo sabéis.






El autor de este blog no se responsabiliza de las opiniones ajenas, y cree que tampoco de las propias. Las cosas nunca son del todo como tú crees, y mas vale que el momento de la extinción te pille con la necesaria dosis de escepticismo.