JORGE BUCAY
No era feliz...
Entonces, escribió un libro, plantó un árbol,
tuvo un hijo y tampoco pudo decir que lo era.
Entonces, escribió otro libro, plantó más árboles
y tuvo varios hijos, pero nada cambió.
Entonces, escribió sobre el árbol, tuvo cinco mil
libros, plantó a sus hijos, y fue más desdichado.
Entonces, plantó los libros, le escribió a sus hijos
y se sintió más desgraciado.
Entonces, cerró el libro, le habló a sus hijos y
se durmió bajo el árbol para siempre
En ese lugar hay una placa que dice:
Yace aquí un hombre que se olvidó de amar
a los árboles, a los hombres y a sus hijos"
Entonces, escribió un libro, plantó un árbol,
tuvo un hijo y tampoco pudo decir que lo era.
Entonces, escribió otro libro, plantó más árboles
y tuvo varios hijos, pero nada cambió.
Entonces, escribió sobre el árbol, tuvo cinco mil
libros, plantó a sus hijos, y fue más desdichado.
Entonces, plantó los libros, le escribió a sus hijos
y se sintió más desgraciado.
Entonces, cerró el libro, le habló a sus hijos y
se durmió bajo el árbol para siempre
En ese lugar hay una placa que dice:
Yace aquí un hombre que se olvidó de amar
a los árboles, a los hombres y a sus hijos"
BERNARD B. de FONTELLE
Lo bueno necesita aportar pruebas; lo bello no.
SAN JUAN DE LA CRUZ
Buscad leyendo y hallaréis meditando.
PAULO COELHO
La gran victoria que hoy parece fácil es el resultado de una serie de pequeñas victorias que pasaron desapercibidas.
Un barco está más seguro cuando está en el puerto; pero no fue para esto que los barcos fueron construidos.
Un profeta es alguien que continua escuchando las mismas voces que oía en la infancia. Y cree en ellas.
Todas las batallas sirven para algo, incluso aquellas en las que somos derrotados.
No existe nada completamente equivocado en el mundo. Hasta un reloj parado consigue estar en lo cierto dos veces por día.
Un barco está más seguro cuando está en el puerto; pero no fue para esto que los barcos fueron construidos.
Un profeta es alguien que continua escuchando las mismas voces que oía en la infancia. Y cree en ellas.
Todas las batallas sirven para algo, incluso aquellas en las que somos derrotados.
No existe nada completamente equivocado en el mundo. Hasta un reloj parado consigue estar en lo cierto dos veces por día.
JUAN JOSE MILLAS
Relaciones personales
Nunca había creído en la compañía que proporcionaban los perros, ni en su fidelidad. Pero llevaba ya dos años solo y había fracasado en todos sus intentos de encontrar a alguien no ya con quien vivir, sino con quien verse los sábados o los domingos para no olvidar su propio idioma. Cuando su mujer, al poco de que se marcharan los hijos, se fue también de casa, él se hundió en la tristeza, pero luego pensó que la vida le daba otra oportunidad. Después de todo, no era tan mayor, así que fantaseó con la idea de tener nuevas relaciones, quizá de volver a emparejarse, de ir al cine, de hacer el amor (él lo llamaba así, "hacer el amor") y de ver la te-le con alguien a su lado. Pero la realidad había demostrado que en el ámbito de las relaciones sociales era un verdadero incompetente. Así las cosas, cada día estaría más solo, hablaría menos, saldría menos, sonreiría menos. Envejecería solo, enfermaría solo, se moriría solo, en el sofá, quizá con la televisión encendida, como una mujer de
su barrio cuyo caso había salido en los periódicos.
Entonces empezó a pensar en lo del perro. Tal vez resultara más fácil la comunicación con un animal que con un ser humano. Llevaba varios meses observando a una mujer que al caer la tarde pasaba por debajo de su ventana dándole conversación a un mastín que parecía entenderla, pues de vez en cuando levantaba la cabeza y ladraba como en señal de asentimiento. Al principio la había observado con lástima, como si se tratara de una pobre loca, pero a medida que pasaban las semanas le fue pareciendo más verosímil la posibilidad de que entre ella y el animal hubiera algún tipo de comunicación. Un día salió a la calle cuando la mujer pasaba por debajo de su ventana y acarició la cabeza del perro al tiempo que decía algo agradable sobre él.
Luego comentó que estaba dándole vueltas la idea de comprarse un perro para que le hiciera compañía. Añadió que tenía un piso de tamaño medio y quería saber qué raza le convenía. La mujer le respondió con desdén que los perros no se elegían.
-¿Tiene usted hijos? -añadió.
-Dos -respondió él-, ya mayores.
-¿Acaso los eligió?
-Bueno, no.
-Pues los perros lo mismo.
El hombre balbuceó unas disculpas y continuó andando. Durante los días siguientes recorrió algunas tiendas de animales donde los perros le ladraban y le movían la cola desde sus jaulas. Eran cachorros y transmitían esa energía especial con la que tarde o temprano acaba la experiencia. Se los habría llevado a todos y por eso mismo era incapaz de decidirse por alguno. Además, cuando ya estaba a punto de dar el paso, pensaba en las vacunas, en las enfermedades, en la obligación de sacarlo a pasear por la mañana y por la tarde, de prepararle la comida, de asearlo (él mismo pasaba días enteros sin peinarse). Curiosamente, algo en su interior le decía que se trataba precisamente de eso, de trabajar para alguien a cambio de un poco de afecto.
Pasaron varios meses, y un día, al regresar de la compra cargado de bolsas, se cruzó con un perro de raza y edad indefinidas, un chucho, de pelo corto y patas largas. Se detuvo a observarlo, pues parecía que estaba solo, y en un momento dado el perro volvió la cabeza y dirigió una mirada cargada de sentido al hombre, que continuó andando preso de una turbación excitante. El animal lo siguió. El hombre sentía su presencia detrás de sí. "En seguida -se dijo- se dará la vuelta y tomará otra dirección". Pero cada vez que miraba de reojo, la sombra del chucho continuaba pegada a la suya, como si ya entre las sombras hubieran llegado a un acuerdo. La mitad de él rezaba para que desapareciera antes de llegar al portal, mientras que la otra mitad rogaba que no le abandonara. Se dio cuenta de que había pensado en el perro en los términos de un animal abandonado, cuando el abandonado era él.
Llevaba meses recorriendo las calles, los bares, los cines, con la esperanza de ser recogido por alguien. ¿Por qué no por este perro?
Llegó al portal, entró y el animal se coló detrás de él. Abrió la puerta del ascensor y el perro se metió dentro como si llevara haciéndolo toda la vida. Una vez en casa, el hombre dejó las bolsas en el suelo, se dirigió al chucho y le dijo:
-¿Se puede saber qué quieres?
El can movió el rabo y ladró. El hombre fue a la cocina, sacó una lata de comida para perros que había comprado hacía meses, para hacer frente a una emergencia de este tipo, la vació en un plato y, mientras lo veía comer, comprendió que acababa de tener un perro.
Nunca había creído en la compañía que proporcionaban los perros, ni en su fidelidad. Pero llevaba ya dos años solo y había fracasado en todos sus intentos de encontrar a alguien no ya con quien vivir, sino con quien verse los sábados o los domingos para no olvidar su propio idioma. Cuando su mujer, al poco de que se marcharan los hijos, se fue también de casa, él se hundió en la tristeza, pero luego pensó que la vida le daba otra oportunidad. Después de todo, no era tan mayor, así que fantaseó con la idea de tener nuevas relaciones, quizá de volver a emparejarse, de ir al cine, de hacer el amor (él lo llamaba así, "hacer el amor") y de ver la te-le con alguien a su lado. Pero la realidad había demostrado que en el ámbito de las relaciones sociales era un verdadero incompetente. Así las cosas, cada día estaría más solo, hablaría menos, saldría menos, sonreiría menos. Envejecería solo, enfermaría solo, se moriría solo, en el sofá, quizá con la televisión encendida, como una mujer de
su barrio cuyo caso había salido en los periódicos.
Entonces empezó a pensar en lo del perro. Tal vez resultara más fácil la comunicación con un animal que con un ser humano. Llevaba varios meses observando a una mujer que al caer la tarde pasaba por debajo de su ventana dándole conversación a un mastín que parecía entenderla, pues de vez en cuando levantaba la cabeza y ladraba como en señal de asentimiento. Al principio la había observado con lástima, como si se tratara de una pobre loca, pero a medida que pasaban las semanas le fue pareciendo más verosímil la posibilidad de que entre ella y el animal hubiera algún tipo de comunicación. Un día salió a la calle cuando la mujer pasaba por debajo de su ventana y acarició la cabeza del perro al tiempo que decía algo agradable sobre él.
Luego comentó que estaba dándole vueltas la idea de comprarse un perro para que le hiciera compañía. Añadió que tenía un piso de tamaño medio y quería saber qué raza le convenía. La mujer le respondió con desdén que los perros no se elegían.
-¿Tiene usted hijos? -añadió.
-Dos -respondió él-, ya mayores.
-¿Acaso los eligió?
-Bueno, no.
-Pues los perros lo mismo.
El hombre balbuceó unas disculpas y continuó andando. Durante los días siguientes recorrió algunas tiendas de animales donde los perros le ladraban y le movían la cola desde sus jaulas. Eran cachorros y transmitían esa energía especial con la que tarde o temprano acaba la experiencia. Se los habría llevado a todos y por eso mismo era incapaz de decidirse por alguno. Además, cuando ya estaba a punto de dar el paso, pensaba en las vacunas, en las enfermedades, en la obligación de sacarlo a pasear por la mañana y por la tarde, de prepararle la comida, de asearlo (él mismo pasaba días enteros sin peinarse). Curiosamente, algo en su interior le decía que se trataba precisamente de eso, de trabajar para alguien a cambio de un poco de afecto.
Pasaron varios meses, y un día, al regresar de la compra cargado de bolsas, se cruzó con un perro de raza y edad indefinidas, un chucho, de pelo corto y patas largas. Se detuvo a observarlo, pues parecía que estaba solo, y en un momento dado el perro volvió la cabeza y dirigió una mirada cargada de sentido al hombre, que continuó andando preso de una turbación excitante. El animal lo siguió. El hombre sentía su presencia detrás de sí. "En seguida -se dijo- se dará la vuelta y tomará otra dirección". Pero cada vez que miraba de reojo, la sombra del chucho continuaba pegada a la suya, como si ya entre las sombras hubieran llegado a un acuerdo. La mitad de él rezaba para que desapareciera antes de llegar al portal, mientras que la otra mitad rogaba que no le abandonara. Se dio cuenta de que había pensado en el perro en los términos de un animal abandonado, cuando el abandonado era él.
Llevaba meses recorriendo las calles, los bares, los cines, con la esperanza de ser recogido por alguien. ¿Por qué no por este perro?
Llegó al portal, entró y el animal se coló detrás de él. Abrió la puerta del ascensor y el perro se metió dentro como si llevara haciéndolo toda la vida. Una vez en casa, el hombre dejó las bolsas en el suelo, se dirigió al chucho y le dijo:
-¿Se puede saber qué quieres?
El can movió el rabo y ladró. El hombre fue a la cocina, sacó una lata de comida para perros que había comprado hacía meses, para hacer frente a una emergencia de este tipo, la vació en un plato y, mientras lo veía comer, comprendió que acababa de tener un perro.
PROVEBIO INDIO
El árbol no niega su sombra ni al leñador.
LAS SEMILLAS DEL REY
En un pueblo lejano, el rey convoco a todos los jóvenes a una audiencia privada con el, en donde les daría un importante mensaje.
Muchos jóvenes asistieron y el rey les dijo: "Os voy a dar una semilla diferente a cada uno de vosotros, al cabo de 6 meses deberán traerme en una maceta la planta que haya crecido, y la planta mas bella ganara la mano de mi hija, y por ende el reino".
Así se hizo, pero había un joven que planto su semilla y esta no germinaba; mientras tanto, todos los demás jóvenes del reino no paraban de hablar y mostrar las hermosas plantas y flores que habían sembrado en sus macetas.
Llegaron los seis meses y todos los jóvenes desfilaban hacia el castillo con hermosísimas y exóticas plantas. El joven estaba demasiado triste pues su semilla nunca germino, ni siquiera quería ir al palacio, pero su madre insistía en que debía ir pues era un participante y debía estar ahí.
Con la cabeza baja y muy avergonzado, desfilo al ultimo hacia el palacio, con su maceta vacía. Todos los jóvenes hablaban de sus plantas, y al ver a nuestro amigo soltaron en risa y burla; en ese momento el alboroto fue interrumpido por el ingreso del rey, todos hicieron su respectiva reverencia mientras el rey se paseaba entre todas las macetas admirando las plantas.
Finalizada la inspección hizo llamar a su hija, y llamo de entre todos al joven que llevo su maceta vacía; atónitos, todos esperaban la explicación de aquella acción.
El rey dijo entonces: "Este es el nuevo heredero del trono y se casara con mi hija, pues a todos ustedes se les dio una semilla infértil, y todos trataron de engañarme plantando otras plantas; pero este joven tuvo el valor de presentarse y mostrar su maceta vacía, siendo sincero, real y valiente, cualidades que un futuro rey debe tener y que mi hija merece"
Muchos jóvenes asistieron y el rey les dijo: "Os voy a dar una semilla diferente a cada uno de vosotros, al cabo de 6 meses deberán traerme en una maceta la planta que haya crecido, y la planta mas bella ganara la mano de mi hija, y por ende el reino".
Así se hizo, pero había un joven que planto su semilla y esta no germinaba; mientras tanto, todos los demás jóvenes del reino no paraban de hablar y mostrar las hermosas plantas y flores que habían sembrado en sus macetas.
Llegaron los seis meses y todos los jóvenes desfilaban hacia el castillo con hermosísimas y exóticas plantas. El joven estaba demasiado triste pues su semilla nunca germino, ni siquiera quería ir al palacio, pero su madre insistía en que debía ir pues era un participante y debía estar ahí.
Con la cabeza baja y muy avergonzado, desfilo al ultimo hacia el palacio, con su maceta vacía. Todos los jóvenes hablaban de sus plantas, y al ver a nuestro amigo soltaron en risa y burla; en ese momento el alboroto fue interrumpido por el ingreso del rey, todos hicieron su respectiva reverencia mientras el rey se paseaba entre todas las macetas admirando las plantas.
Finalizada la inspección hizo llamar a su hija, y llamo de entre todos al joven que llevo su maceta vacía; atónitos, todos esperaban la explicación de aquella acción.
El rey dijo entonces: "Este es el nuevo heredero del trono y se casara con mi hija, pues a todos ustedes se les dio una semilla infértil, y todos trataron de engañarme plantando otras plantas; pero este joven tuvo el valor de presentarse y mostrar su maceta vacía, siendo sincero, real y valiente, cualidades que un futuro rey debe tener y que mi hija merece"
VICTOR HUGO
Un hombre no está ocioso
por el hecho de estar absorto en sus pensamientos.
Del mismo modo que hay trabajos visibles
también los hay que son invisibles.
por el hecho de estar absorto en sus pensamientos.
Del mismo modo que hay trabajos visibles
también los hay que son invisibles.
FELICIDAD
Cuando la felicidad nos sale al paso nunca lleva el hábito con que nosotros pensábamos encontrarla.
Madame Amie Lapeyre.
Madame Amie Lapeyre.
TALENTO
Todo el mundo tiene talento
Lo raro es tener el suficiente coraje
como para seguirlo hasta el oscuro lugar al
que nos quiere llevar.
Erica Jong.
JOSE SANTOS CHOCANO
"El ave canta, aunque la rama cruja, porque conoce lo que son sus alas"
(poeta chileno)
EL MIEDO
"Si uno observa con detenimiento y sin prejuicios esta reacción, encontrará que el miedo es una señal que indica que existe una desproporción entre la magnitud de la amenaza a la que nos enfrentamos y los recursos que tenemos para resolverla."
La sabiduría de las emociones. Norberto Levy





