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Columna de rojo sobre fondo gris
Mis columnas publicadas en Prensa Nacional, DIARIO SIGLO XXI y EL OTRO DIARIO.
Acerca de
Jesus Nieto Jurado, aspirante a periodista, ejerciendo ya como tal, tiene el honor de ser mi amigo, y tengo yo el valor de dedicarle un monólogo. La verdad es que es un tio peculiar. Malagueño, que no alagüeño, de pura cepa, aunque de corazón madrileño, madridista y madridoso y el madroño. Le gusta mucho Madrid, ama Madrid, adora Madrid, desea a Madrid...si hasta la primera vez que vino, que por cierto le hice yo de guía, y eso que soy de Móstoles; le chupó el dedo a la estatua de Colón, acarició los leones de la Cibeles, meó en Neptuno y hasta creo que se fumó un cigarro en en el edificio Windsor; pero de buena fé eh, luego le entraron remordimientos de conciencia y subió a mear pa ver si lo apagaba, y esas eran las sombras que se ven.
Sindicación
 
Galicia, camisa blanca de mi esperanza
Galicia, camisa blanca de mi esperanza

Jesús Nieto Jurado
DIARIOSIGLOXXI.COM

Con la cita “Oh tempora , oh mores”, criticaba Cicerón los vicios que atacaban la pureza del pueblo romano en la época en la que las nuevas modas atentaban contra el hieratismo de una civilización condenada a desaparecer por el inexpugnable paso del tiempo, y la adopción por parte de la juventud de modas foráneas, ajenas a la pulcritud espiritual de la esencia clásica. Algo similar han debido experimentar en el seno del PP, un partido que pierde su bastión gallego, Santiago y cierra España, en el que sus dirigentes se interrogan melancólicos acerca del Ubi sunt? de un glorioso pasado imperial, del que en manifestaciones próximas a los desfiles de la División Azul, se proclaman custodios.

Previamente al abandono del sempiterno sillón de la Xunta gallega, el bueno de don Manuel Fraga ha querido dejar todo atado y bien atado, con un discurso lacrimógeno en el que despedirse con la calma gallega que le caracteriza de una comunidad que ha dejado de darle su voto, en el que sin ningún lugar a dudas recriminará a los gallegos, a los que vistió de negro petroleo, de ser los causantes de un gobierno rupturista de esa España eterna que ha optado por dejar a los de Génova sin la consecución de la fase superior del aznarismo.

Nuestro país hoy por hoy, además de haber incrementado notablemente el nivel de mejoras sociales de los colectivos tradicionalmente marginados por un gobierno a sueldo de Torquemada, ha conseguido cicatrizar las heridas que a la libertad profirió el anterior gobierno, esa libertad cantada por Miguel Hernández por la que había que luchar, sangrar y morir.

Hoy, contemplo con orgullo como en las inmediaciones de la Carrera de San Jerónimo, desfilan banderas arcoiris, enseñas muy alejadas de las barras y estrellas a las que el anterior legislativo rendió pleitesía en las Azores.
 
Bien por vos, Argentina
El tibio sol del junio porteño ilumina la ciudad de Buenos Aires, que en estos días del invierno austral refulge con un brillo especial en los rostros y los autos que deambulan entre Avellaneda y Corrientes, entre el Obelisco y el barrio de La Boca.

Hoy, las madres de la Plaza de Mayo, el recordatorio a pardos generales de la necesidad de la memoria en la globalización del olvido, celebran jubilosas la decisión de la Corte Suprema de anular las leyes de Punto Final y el ocaso de la impunidad de los militares católicos, rectos y defensores de la patria.

Hoy, las madres de la Plaza de Mayo levantan sus rostros demacrados por la tristeza eterna, al claro cielo austral, aquel cielo puro por el que no volará más el cóndor del infierno.

Hoy, desde el ventanal del colectivo que me lleva por la Avenida 9 de Julio, contemplo una urbe herida por la historia que se despereza de las heridas del tiempo, de una historia en la que a los secretos los llamaron pasado, y a los genocidas libertadores de la patria.

Quizá, nunca haya viajado más que en sueños a Argentina, quizá demasiado nos una bajo una historia de sangre y fuego a aquel pueblo, pienso, mientras por mis avenidas matritenses, individuos peligrosamente similares a los generales de la Armada desfilan vociferando a los cuatro puntos cardinales veneno de sacristía y homofobia, y en Buenos Aires el coronel tiene quien le escriba: la justicia que le reclama su deuda con el pasado.
 
De Sartre a Villepin
El viento arremolinado de la plomiza tarde parisina, traía por las calles empedradas de adoquines toscos ajenos a la playa, las inconfundibles notas de la cadenciosa música de Brel, aquel belga de Montmartre cuya melancolía contagiaba al Sena en su abrazo a la ciudad de la luz.

Las buhardillas de todo París rezumaban amor libre e ideología, mientras que los bulevares eran cada día, cada tarde y cada noche testigos mudas de batallas campales donde el sueño luchaba con gendarmes autómatas, obedientes ciegos de un decadente Charles De Gaulle. Pero era primavera, y cuando los retratos del Che coronaban las habitaciones colmadas de vinilos, la juventud leía despierta y entusiasmada las obras de un francés de difícil mirada pero certera visión, la de un Sastre que aportaba a aquellas fechas de esperanza y adoquines el corpus filosófico necesario para transformar una revolución mental y popular, en un cambio histórico, que como siempre, habría de fracasar ante el ser y la nada de la economía.

Aquellas fechas maravillosas de mayo del 68 resuenan felizmente en el corazón de miles de utópicos, que esperanzados asisten con felicidad y confianza a la debacle de la pesadilla de construir una Europa unida bajo el imperio del poderoso caballero. Los hijos de los franceses que en la primavera parisina no hallaron la playa bajo los adoquines del Pont Neuf, celebran en la Bastilla el descalabro y sepultura de una idea europeísta lejana a Montesquieu o Rosseau .