Madrid
Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas.
Don Antonio Machado
Madrid, 7 de noviembre de 1936.
Vuelvo a Madrid tras los infaustos días, paseo por sus calles, respiro el aire de libertad del rompeolas de todas las Españas, mientras que en las paradas del metro o en las cafeterías galdosianas resuenan los ecos latinoamericanos de las voces de los inmigrantes que han hecho de Madrid su nueva patria, la de la esperanza y la vida que fluyen tranquilamente entre el bullicio nervioso de la gran urbe castellana, que con el día a día va cicatrizando las incurables heridas de los fatídicos atentados de Marzo.
El sol cae a plomo sobre el derretido asfalto de la Gran Vía, donde los madrileños se resguardan del inclemente sol en cafeterías en las que la prensa o la televisión, muestran imágenes y recuerdos de aquellos días de la infamia, y entonces, al igual que al llegar en el Talgo a Atocha, se produce un silencio aterrador jalonado de miradas perdidas al suelo, esquivas o indagadoras de una respuesta inexistente, y , en ese preciso momento, comprendo que las heridas no han cicatrizado y que en el subconsciente del madrileño pervive el desgarrador recuerdo del más negro mes de Marzo.
El recuerdo de fechas en las que España sufría trágica y virulentamente una segunda transición, un recuerdo de dolor indescriptible en el que la mentira y el engaño mancillaron el dolor sereno de las víctimas de la masacre, que una vez terminados los lutos de esta España de plañideras y negros, fueron vapuleadas a las puertas del Congreso por los "salvapatrias" de la Gaviota, los ultras de Génova, quizá enervados por la derrota electoral que les arrebató aquella nación que había sido gobernada durante ocho años como un cortijo andaluz.
Pero mi paseo no se detiene, al descender desde Cibeles por el Paseo del Prado y arribar a la cúpula de la estación de Atocha, pese al ambiente callejero del Prado entre exposiciones y ferias literarias, el tiempo parece detenerse en la contemplación de lo que fue en un pasado reciente lugar de encuentros y despedidas esperanzadas, y que una brumosa mañana de Marzo se transformó en el monumento popular de Madrid a las nuevas víctimas de un nuevo 2 de mayo, y en mi mente se aparece Pilar Manjón, la "mater dolorosa" del llanto sereno, como en un lienzo de “El Greco” sobre un fondo de Madrid en tinieblas, donde el cielo velazqueño ha sido cubierto por oscuras gaviotas que como cuervos revolotean sobre la carroña terrorista.
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