Roma
Existen diferentes formas de conocer Roma, la capital de un mundo, de una religión y de un estado, la urbe clásica que fue durante un largo tiempo “mater nutricia” de todo un Imperio y una forma de ver y de sentir el mundo.
Diversas aproximaciones y vías para vivir y sentir la ciudad eterna, y entre todas ellas, como en un fulgurante fotograma cerebral, a mi cabeza acude aquella celebre escena de la “Dolce Vita” de Fellini en la que Annita Ekberg se zambulle en las cantarinas aguas de la fontana di Trevi, bajo la observación lujuriosa de aquel ídolo del celuloide transalpino que fue el bueno de Marcelo Mastroianni.
Pero mi visión de Roma, una ciudad que no he vistado más que en sueños, se nubló la pasada semana, cuando la televisión, haciéndose eco del estado de salud del Papa mostró a un coro de hooligans católicos, españoles para más Inri, que pertrechados de unos curiosos uniformes danzaban y cantaban rezos angelicales para interceder por la salud del Santo Padre.
Un curioso grupo de fanáticos religiosos, que bien hubiesen podido ser filmados en la Columnata de Bernini, en las mezquitas de Nayaf o en el muro de las lamentaciones, pues esa tipología de fanáticos es inherente a las grandes religiones monoteístas, y cuya diferencia se sustenta en exclusiva en la portabilidad de la media luna, la estrella de David o la Cruz, pero cuyos cantos en castellano plasmaban, “urbi et orbe”, un protipo de homínido hispano, meapilas y talibán, que haría un bien a la ciudad de Roma, quedándose en su parroquia, y oficiando catequesis a los hijos de los banqueros y concejales, y no enturbiando la fotogénica perspectiva de los crepúsculos dorados en la capital del Tiber.
Esperemos que Blázquez, el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española, si bien no va a unir en santo Matrimonio a los homosexuales, ni bendecir la investigación celular, al menos, y dada su sensatez, restrinja a estos ultrassur del coro parroquial las visitas a la capital del Lazio.





