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Columna de rojo sobre fondo gris
Mis columnas publicadas en Prensa Nacional, DIARIO SIGLO XXI y EL OTRO DIARIO.
Acerca de
Jesus Nieto Jurado, aspirante a periodista, ejerciendo ya como tal, tiene el honor de ser mi amigo, y tengo yo el valor de dedicarle un monólogo. La verdad es que es un tio peculiar. Malagueño, que no alagüeño, de pura cepa, aunque de corazón madrileño, madridista y madridoso y el madroño. Le gusta mucho Madrid, ama Madrid, adora Madrid, desea a Madrid...si hasta la primera vez que vino, que por cierto le hice yo de guía, y eso que soy de Móstoles; le chupó el dedo a la estatua de Colón, acarició los leones de la Cibeles, meó en Neptuno y hasta creo que se fumó un cigarro en en el edificio Windsor; pero de buena fé eh, luego le entraron remordimientos de conciencia y subió a mear pa ver si lo apagaba, y esas eran las sombras que se ven.
Sindicación
 
Roma



Existen diferentes formas de conocer Roma, la capital de un mundo, de una religión y de un estado, la urbe clásica que fue durante un largo tiempo “mater nutricia” de todo un Imperio y una forma de ver y de sentir el mundo.

Diversas aproximaciones y vías para vivir y sentir la ciudad eterna, y entre todas ellas, como en un fulgurante fotograma cerebral, a mi cabeza acude aquella celebre escena de la “Dolce Vita” de Fellini en la que Annita Ekberg se zambulle en las cantarinas aguas de la fontana di Trevi, bajo la observación lujuriosa de aquel ídolo del celuloide transalpino que fue el bueno de Marcelo Mastroianni.

Pero mi visión de Roma, una ciudad que no he vistado más que en sueños, se nubló la pasada semana, cuando la televisión, haciéndose eco del estado de salud del Papa mostró a un coro de hooligans católicos, españoles para más Inri, que pertrechados de unos curiosos uniformes danzaban y cantaban rezos angelicales para interceder por la salud del Santo Padre.

Un curioso grupo de fanáticos religiosos, que bien hubiesen podido ser filmados en la Columnata de Bernini, en las mezquitas de Nayaf o en el muro de las lamentaciones, pues esa tipología de fanáticos es inherente a las grandes religiones monoteístas, y cuya diferencia se sustenta en exclusiva en la portabilidad de la media luna, la estrella de David o la Cruz, pero cuyos cantos en castellano plasmaban, “urbi et orbe”, un protipo de homínido hispano, meapilas y talibán, que haría un bien a la ciudad de Roma, quedándose en su parroquia, y oficiando catequesis a los hijos de los banqueros y concejales, y no enturbiando la fotogénica perspectiva de los crepúsculos dorados en la capital del Tiber.

Esperemos que Blázquez, el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española, si bien no va a unir en santo Matrimonio a los homosexuales, ni bendecir la investigación celular, al menos, y dada su sensatez, restrinja a estos ultrassur del coro parroquial las visitas a la capital del Lazio.
No