El ser y la piedra
Miente cual bellaco quien asevera que el periodismo carece de la sublime capacidad lírica de conmover, quien niega al periodista la capacidad de emocionar, pues puedo asegurarle que hasta las fibras más profundas de mi alma de observadro semanal de la actualidad, llegaron a conmoverse no ha mucho, apenas unos meses antes de esta calma tensa que se respira en oriente Medio arrivara a Tierra Santa, cuando se vivía en los territorios ocupados la más trágica violación a los derechos humanos desde que Ariel Sharon se paseó desafiante por la explanada de las Mezquitas.
El breve internacional al que atribuía en el párrafo anterior la emotividad lírica, apenas aparecía como complemento a una foto trágica en la que dos cadaveres palestinos se descomponían bajo el sol de Palestina, siendo observados por dos soldados judíos, que como marines norteamericanos en Vietnam, mascaban chicle, ajenos al trágico escenario que les presentaba como anatagonistas de un conflicto del que víctimas y verdugos se observan cada mañana, bajo la sempiterna mirada de un muro de hormigón.
La noticia hacía mención al asesinato por tropas israelíes de un joven de diez años que había sido abatido por las huestes de Yahveh cuando cazaba pájaros en los pedregales palestinos, quizá como juego infantil, o como forma de alimentar a una familia que supuse destrozada y mermada por una guerra terrible, mutilada por la sinrazón de un ultraortodoxo que desde lujosos palacios de Tel Aviv o Jerusalén, en nombre de Dios, y con el beneplácito del texano loco de la Casa Blanca , jugaba a la guerra tecnológica contra indefensos musulmanes, resguardados en el abrigo ideológico del fanatismo islámico.
Imagino el entierro multitudinario de aquel chico que no es más que un número indefinido en la lista de bajas palestinas, rodeado de vecinos y amigos con los que ataviado seguro con las camisetas de equipos españoles, disfrutaba del fútbol, mientras el cielo de tierra santa era recorrido continuamente por cazas israelíes, y el muro de Sharon servía como improvisada porteria de un juego de niños.
El breve internacional al que atribuía en el párrafo anterior la emotividad lírica, apenas aparecía como complemento a una foto trágica en la que dos cadaveres palestinos se descomponían bajo el sol de Palestina, siendo observados por dos soldados judíos, que como marines norteamericanos en Vietnam, mascaban chicle, ajenos al trágico escenario que les presentaba como anatagonistas de un conflicto del que víctimas y verdugos se observan cada mañana, bajo la sempiterna mirada de un muro de hormigón.
La noticia hacía mención al asesinato por tropas israelíes de un joven de diez años que había sido abatido por las huestes de Yahveh cuando cazaba pájaros en los pedregales palestinos, quizá como juego infantil, o como forma de alimentar a una familia que supuse destrozada y mermada por una guerra terrible, mutilada por la sinrazón de un ultraortodoxo que desde lujosos palacios de Tel Aviv o Jerusalén, en nombre de Dios, y con el beneplácito del texano loco de la Casa Blanca , jugaba a la guerra tecnológica contra indefensos musulmanes, resguardados en el abrigo ideológico del fanatismo islámico.
Imagino el entierro multitudinario de aquel chico que no es más que un número indefinido en la lista de bajas palestinas, rodeado de vecinos y amigos con los que ataviado seguro con las camisetas de equipos españoles, disfrutaba del fútbol, mientras el cielo de tierra santa era recorrido continuamente por cazas israelíes, y el muro de Sharon servía como improvisada porteria de un juego de niños.





