Gestalgar desde el aire
Un artículo de Alfons Cervera, nacido en Gestalgar, en el diario Levante:
El corazón de la tierra se ve mejor desde lo alto, como si volaras en un avión a la velocidad lenta de las liebres cuando nadie las acosa. Era la primera vez que Gestalgar se veía desde tan arriba, desde tan alto como lo veíamos aquella mañana de sábado. Muchas veces lo hemos tenido a nuestros pies, subidos a las puntas del Palomar o desde las murallas rotas del castillo. Desde cualquier lugar, el pueblo es hermoso, recostado en la ladera del monte, buscando las huertas del Rajolar y el descenso a ratos agreste del agua hacia la ermita. Atrás las ruinas del puente romano, se multiplican las sendas y los parajes a que ellas conducen. La casona de la Andenia de donde en una novela me inventé que salía todas las noches un fantasma, la barranquera del Prau bajo una pared lisa donde ensayan sus peligros los escaladores del domingo, las lomas rojas de Gabaldón, los cortados de Pera jodidos por el incendio furioso de un verano, esa meseta irrepetible de Marjana en cuyos sembrados bajo la bocacha espía de la Cueva de los Diablos tantos viejos del lugar se dejaron la piel en los inviernos. Y sobre todo, entre el salto de agua y la presa vieja, a la espalda la cabeza de Napoleón esculpida en la roca, esa mole imperturbable de la Peña María, como un gigante de piedra con los pies enormes hundidos en el río. Desde lo alto desfilaba el pueblo entero por una pequeña pantalla. El aire llenaba de pronto sus pulmones y las casas se ponían a respirar el oxígeno puro de una tierra aún no destrozada por las excavadoras que arruinan otros lugares de la Serranía. En Gestalgar todavía no, aquí aún nos salvamos de esa salvaje devastación que sufren nuestros montes. Desde el aire, en aquellas imágenes de ordenador que había construido estupendamente Patricia Sánchez, una joven del pueblo, el paisaje saltaba como una cabra loca de nuestros ojos embobados a ese recóndito lugar donde alguien dice que todo lo que vemos es fruto de la ensoñación. Aquella mañana de sábado era como si todos los sitios que a simple vista nos conocemos al dedillo surgieran de pronto como algo diferente, desconocidos en su nueva envergadura de perdiz aterrizando tranquila por las trochas de los Llanos, grandes como son grandes algunos pueblos pequeños como el mío vistos ahora con el telescopio que Patricia había dispuesto para que no nos perdiéramos detalle. Aquel día supimos que el corazón de la tierra se ve mejor desde lo alto, que desde el aire se escucha con más fuerza el bombeo incansable y tenaz de su musculatura, que a veces el destino del mundo se lee en una simple imagen que vuela lenta y rojiza cerca de las nubes. Yo sigo ahí, enganchado a la pequeña pantalla de aquel sábado, con ese poema sideral, como diría Rubén Darío, dando vueltas y más vueltas por mi cabeza, deslumbrante, brincando libre y rebelde por el laberinto de los sueños.
El corazón de la tierra se ve mejor desde lo alto, como si volaras en un avión a la velocidad lenta de las liebres cuando nadie las acosa. Era la primera vez que Gestalgar se veía desde tan arriba, desde tan alto como lo veíamos aquella mañana de sábado. Muchas veces lo hemos tenido a nuestros pies, subidos a las puntas del Palomar o desde las murallas rotas del castillo. Desde cualquier lugar, el pueblo es hermoso, recostado en la ladera del monte, buscando las huertas del Rajolar y el descenso a ratos agreste del agua hacia la ermita. Atrás las ruinas del puente romano, se multiplican las sendas y los parajes a que ellas conducen. La casona de la Andenia de donde en una novela me inventé que salía todas las noches un fantasma, la barranquera del Prau bajo una pared lisa donde ensayan sus peligros los escaladores del domingo, las lomas rojas de Gabaldón, los cortados de Pera jodidos por el incendio furioso de un verano, esa meseta irrepetible de Marjana en cuyos sembrados bajo la bocacha espía de la Cueva de los Diablos tantos viejos del lugar se dejaron la piel en los inviernos. Y sobre todo, entre el salto de agua y la presa vieja, a la espalda la cabeza de Napoleón esculpida en la roca, esa mole imperturbable de la Peña María, como un gigante de piedra con los pies enormes hundidos en el río. Desde lo alto desfilaba el pueblo entero por una pequeña pantalla. El aire llenaba de pronto sus pulmones y las casas se ponían a respirar el oxígeno puro de una tierra aún no destrozada por las excavadoras que arruinan otros lugares de la Serranía. En Gestalgar todavía no, aquí aún nos salvamos de esa salvaje devastación que sufren nuestros montes. Desde el aire, en aquellas imágenes de ordenador que había construido estupendamente Patricia Sánchez, una joven del pueblo, el paisaje saltaba como una cabra loca de nuestros ojos embobados a ese recóndito lugar donde alguien dice que todo lo que vemos es fruto de la ensoñación. Aquella mañana de sábado era como si todos los sitios que a simple vista nos conocemos al dedillo surgieran de pronto como algo diferente, desconocidos en su nueva envergadura de perdiz aterrizando tranquila por las trochas de los Llanos, grandes como son grandes algunos pueblos pequeños como el mío vistos ahora con el telescopio que Patricia había dispuesto para que no nos perdiéramos detalle. Aquel día supimos que el corazón de la tierra se ve mejor desde lo alto, que desde el aire se escucha con más fuerza el bombeo incansable y tenaz de su musculatura, que a veces el destino del mundo se lee en una simple imagen que vuela lenta y rojiza cerca de las nubes. Yo sigo ahí, enganchado a la pequeña pantalla de aquel sábado, con ese poema sideral, como diría Rubén Darío, dando vueltas y más vueltas por mi cabeza, deslumbrante, brincando libre y rebelde por el laberinto de los sueños.