Y la humedad impone su ley, a contratiempo...
El verano avanza, apenas me he dado cuenta y casi está acabando Julio. Un día más mi viaje de vuelta a casa primero en metro, luego en bus, con mi cuaderno, con mi música en los cascos. Escondida tras las gafas de sol observo a la gente, pienso cómo serán sus vidas, qué les hará volar... A veces sus caras reflejan mucho, ríen, van cantando, conversan animados con el que sienta al lado, o miran estresados el coche de delante, le pitan y pisan el acelerador imaginando que este es su cabeza... Otras no reflejan nada, son sólo rostros absortos, mirando fijamente un semáforo, esperando que este cambie de color..., pienso si habrán tenido un buen día o si están jodidos, si habrá alguien esperándoles en casa o la encontrarán vacía como yo..., si se sienten dichosos, si se sienten solos, si saben mantener la cabeza fría y no pensar en nada o en su mente se entrecruzan miles de pensamientos inconexos, la mitad de ellos 100% desechables, la mitad de ellos paranoias enfermizas que sólo sirven para contaminar el alma.

Me gusta observar la vida, como mera espectadora, como quien contempla una obra de teatro, con sus diferentes personajes, con sus tramas enrevesadas, con sus diferentes máscaras como esas que nos ponemos cada día, comportándonos cual marionetas, dejando que alguien maneje nuestros hilos y nos mueva a su antojo. ¿Alguna vez has pensado cuántas veces haces cosas que realmente no te apetece hacer? ¿Cuántas conversaciones superficiales tienes al día? ¿Cuánta hipocresía en ocasiones inunda tus palabras? ¿O cuántas de ellas que si son sinceras se ahogan en tu garganta por falta de cojones?
Hoy detesto este mundo y todos los vaivenes a los que últimamente me somete. Por más que lo intento no comprendo nada, absolutamente nada. Los días se suceden uno tras otro, idénticos, absurdos, monótonos. El despertador suena a las 6, al rato empieza mi clase del coche, el único momento en el que todos mis sentidos se concentran en lo mismo, conducir. Después el largo camino hasta el curro, el confortable y tan necesario abrazo de "buenos días" de mi portugués, las risas con los demás, mis chorradas de turno, las conversaciones por msn con Igni (una amistad tan sana y que llegó del modo más curioso...), trabajo, más trabajo y la vuelta a casa.
Al llegar el piso me recibe en silencio. No me acostumbro a esta soledad, sigo abriendo la puerta esperando escuchar la voz de mi hermana: -¡hola tata!-, pero lo único que encuentro es este calor tan sofocante que no hace más que agotarme aún más. Me ducho, ceno, enciendo la tele, el ordenador, no me apetece prestarle atención a nada. Salgo a la terraza, me siento en el suelo y enciendo un cigarro. Miro el cielo de Madrid, con sus cuatro estrellas mal pintadas y pienso en él, en cómo ha cambiado todo mil veces desde que llegó a mi vida, en cómo me llenó de amor, de paz, de besos..., me dolía la boca de tanto sonreír, me sentía pletórica, afortunada, feliz, capaz de hacer cualquier cosa que me propusiera, orgullosa de verlo caminar a mi lado, de mi mano, odiando el momento de dormir porque esas horas no era consciente de que existía y era para mí...
Luego de repente, me dejó, se marchó sin más y me partió el alma. Entonces si quería dormir para no saberme sin él, para no sentir ese dolor que había borrado de golpe toda mi felicidad. Y al poco volvió, también sin más... y yo lo recibí con los brazos abiertos, sabiendo que sus besos eran mi único bálsamo, que sus brazos eran el único sitio donde quería estar... Y ¿ahora qué? Ahora no sé cómo estás, ni dónde estamos, ahora tu frialdad vuelve a congelar todo el calor que nuestros cuerpos son capaces de desprender cuando se aman. Ahora no sé si vendrás o te estás yendo para siempre..., pero si sé que así no puedo seguir, que toda mi lucha acabó aquí.
Sé que no me he rendido, todo el mundo ha sido testigo de que me he dejado la piel en esta relación, todos menos tú. Tú que vives en tu mundo, ajeno a mi dolor, ajeno a lo que está sufriendo mi corazón, ese que despertaste con cada caricia, ese que sólo sabía entregarse a ti sin condición, ese que vas apagando con cada silencio...
Soy consciente de que mi boca sólo sabe pronunciar tu nombre y de que aún anhela ansiosa que vengas y la beses, como aquella tarde en aquel irlandés, o como aquella noche en mi casa, donde el día nos encontró haciendo el amor aún..., pero abandono mi lucha porque dejó de tener sentido, porque ahora ya no sé si mereces la pena, porque te vas ganando a pulso mi rechazo, porque tu actitud me ha decepcionado tanto..., porque parece que quieres que me vaya de tu lado...

No soy una cobarde, siempre fui de frente, me entregué a ti ciegamente, más auténtica que nunca porque te sabía sincero, porque amarte era lo mejor que hacía. No me voy por miedo a sufrir, al contrario, el único temor aquí es perderte y sin embargo lo prefiero antes que seguir así. Sólo espero que esta vez todo salga bien y que alejarme de tu vida sea lo mejor que me pueda suceder. Y... quizá mientras escribo esta especie de despedida mi deseo de que vengas y me abraces crece por instantes y mis ganas de suplicarte que me ames también, porque es justo el momento en el que siento como la desesperación se instala en mis venas y me llena el alma de angustia, me apago..., lo sé, pero esta vez me marcho porque los sueños, sueños son y la vida es demasiado fugaz como para no aprovecharla al máximo.
Me marcho con el sabor amargo apoderándose de mis labios, ya las lágrimas no me dejan ver la pantalla y tú..., ni siquiera puedes sentir que me haces falta.
"No pudiste quererme. Eso es todo. Qué lástima..."

Me gusta observar la vida, como mera espectadora, como quien contempla una obra de teatro, con sus diferentes personajes, con sus tramas enrevesadas, con sus diferentes máscaras como esas que nos ponemos cada día, comportándonos cual marionetas, dejando que alguien maneje nuestros hilos y nos mueva a su antojo. ¿Alguna vez has pensado cuántas veces haces cosas que realmente no te apetece hacer? ¿Cuántas conversaciones superficiales tienes al día? ¿Cuánta hipocresía en ocasiones inunda tus palabras? ¿O cuántas de ellas que si son sinceras se ahogan en tu garganta por falta de cojones?
Hoy detesto este mundo y todos los vaivenes a los que últimamente me somete. Por más que lo intento no comprendo nada, absolutamente nada. Los días se suceden uno tras otro, idénticos, absurdos, monótonos. El despertador suena a las 6, al rato empieza mi clase del coche, el único momento en el que todos mis sentidos se concentran en lo mismo, conducir. Después el largo camino hasta el curro, el confortable y tan necesario abrazo de "buenos días" de mi portugués, las risas con los demás, mis chorradas de turno, las conversaciones por msn con Igni (una amistad tan sana y que llegó del modo más curioso...), trabajo, más trabajo y la vuelta a casa.
Al llegar el piso me recibe en silencio. No me acostumbro a esta soledad, sigo abriendo la puerta esperando escuchar la voz de mi hermana: -¡hola tata!-, pero lo único que encuentro es este calor tan sofocante que no hace más que agotarme aún más. Me ducho, ceno, enciendo la tele, el ordenador, no me apetece prestarle atención a nada. Salgo a la terraza, me siento en el suelo y enciendo un cigarro. Miro el cielo de Madrid, con sus cuatro estrellas mal pintadas y pienso en él, en cómo ha cambiado todo mil veces desde que llegó a mi vida, en cómo me llenó de amor, de paz, de besos..., me dolía la boca de tanto sonreír, me sentía pletórica, afortunada, feliz, capaz de hacer cualquier cosa que me propusiera, orgullosa de verlo caminar a mi lado, de mi mano, odiando el momento de dormir porque esas horas no era consciente de que existía y era para mí...
Luego de repente, me dejó, se marchó sin más y me partió el alma. Entonces si quería dormir para no saberme sin él, para no sentir ese dolor que había borrado de golpe toda mi felicidad. Y al poco volvió, también sin más... y yo lo recibí con los brazos abiertos, sabiendo que sus besos eran mi único bálsamo, que sus brazos eran el único sitio donde quería estar... Y ¿ahora qué? Ahora no sé cómo estás, ni dónde estamos, ahora tu frialdad vuelve a congelar todo el calor que nuestros cuerpos son capaces de desprender cuando se aman. Ahora no sé si vendrás o te estás yendo para siempre..., pero si sé que así no puedo seguir, que toda mi lucha acabó aquí.
Sé que no me he rendido, todo el mundo ha sido testigo de que me he dejado la piel en esta relación, todos menos tú. Tú que vives en tu mundo, ajeno a mi dolor, ajeno a lo que está sufriendo mi corazón, ese que despertaste con cada caricia, ese que sólo sabía entregarse a ti sin condición, ese que vas apagando con cada silencio...
Soy consciente de que mi boca sólo sabe pronunciar tu nombre y de que aún anhela ansiosa que vengas y la beses, como aquella tarde en aquel irlandés, o como aquella noche en mi casa, donde el día nos encontró haciendo el amor aún..., pero abandono mi lucha porque dejó de tener sentido, porque ahora ya no sé si mereces la pena, porque te vas ganando a pulso mi rechazo, porque tu actitud me ha decepcionado tanto..., porque parece que quieres que me vaya de tu lado...

No soy una cobarde, siempre fui de frente, me entregué a ti ciegamente, más auténtica que nunca porque te sabía sincero, porque amarte era lo mejor que hacía. No me voy por miedo a sufrir, al contrario, el único temor aquí es perderte y sin embargo lo prefiero antes que seguir así. Sólo espero que esta vez todo salga bien y que alejarme de tu vida sea lo mejor que me pueda suceder. Y... quizá mientras escribo esta especie de despedida mi deseo de que vengas y me abraces crece por instantes y mis ganas de suplicarte que me ames también, porque es justo el momento en el que siento como la desesperación se instala en mis venas y me llena el alma de angustia, me apago..., lo sé, pero esta vez me marcho porque los sueños, sueños son y la vida es demasiado fugaz como para no aprovecharla al máximo.
Me marcho con el sabor amargo apoderándose de mis labios, ya las lágrimas no me dejan ver la pantalla y tú..., ni siquiera puedes sentir que me haces falta.
"No pudiste quererme. Eso es todo. Qué lástima..."
Muérdeme las venas, verás como no sangro...

"Tengo la boca amarga y no he mordido;
el alma, atroz, y la canción, tronchada.
No sé qué fuerza traigo en la mirada,
ni qué traigo, en el cuello, de vencido.
No sé ni cómo ni por qué he venido.
Esto es todo: llegué; no sé más nada.
No me importa el quehacer ni la jornada,
y me da igual herir que ser herido.
La sangre, a punto, se impacienta y arde
por inundar la alcoba a la que vine,
donde fui tan feliz que fui cobarde.
Sólo pido al amor que no se obstine.
Me sentaré a su orilla cualquier tarde
para que alguien, de paso, me termine".
Antonio Gala.
Sin más qué decir..., sin más que respirar..., sin más...