logotipo

img_google
Malleus maleficarum
Experimentos literarios, martillo de herejes y kultura basura
Acerca de
Malleus Maleficarum, (martillo de herejes) fue el libro de cabecera de la Inquision. Es posiblemente el libro mas espantoso jamas escrito.Este blog puede superarlo. Al menos no ha hecho falta emplear arboles muertos, son las ventajas de la publicacion electronica.
Sindicación
 
El Vencejo Lizarrés(Novela negra) Capitulo 4: El pajaro negro


Miss Anara abrió la puerta del apartamento 1.001 del Coronet. Llevaba puesto una camiseta de Cool alaska con unos pantalones de Stradivarius. Malleus se quitó el sombrero y dijo:

—Buenos días.

Miss Anara parecia angustiada. Bajó la cabeza y dijo, en voz callada y tímida:

—Pase, mister Malleus. Y disculpe,está todo revuelto. Ni siquiera he acabado de deshacer el equipaje.

La muchacha dejó el sombrero de Malleus sobre una mesa y se sentó en un pequeño sofá (el Linkoping de IKEA). Malleus tomó asiento en un sillón POANG enfrente de ella.

Miss Anara se miró los dedos, moviéndolos nerviosamente y dijo:
—Mister Malleus, tengo que hacerle una confesión terrible, muy terrible,todo ese cuento que le conté ayer no fue... no fue más que un cuento
—¡Ah, eso! —dijo Malleus, sin darle importancia—. La verdad es que creer, lo que se dice creer en su relato, bueno, no lo creímos.
—¿Entonces...?
A la congoja y al temor vino a sumarse ahora en sus ojos la perplejidad.
—Creímos en sus doscientos euros.
—¿Quiere usted decir que...? —preguntó, sin entender al parecer lo que Malleus había querido decir.
—Quiero decir que nos pagó usted más que si nos hubiera dicho la verdad —explicó tranquilamente—, y más que suficiente para que nos pareciera bien.

A la muchacha se le iluminaron los ojos de repente. Se levantó unas pulgadas del sofá, volvió a sentarse, se alisó la falda, se inclinó hacia adelante, y habló con vehemencia:
—¿E incluso ahora estaría usted dispuesto a...?

—Bueno, pues lo malo del asunto, miss Anara, es que un par de asesinatos —ella hizo un gesto de dolor al oír la palabra— así, ocurridos al mismo tiempo, han causado conmoción considerable, han hecho creer a la policía que pueden llegar hasta el límite, han hecho que todo el mundo resulte difícil y costoso de manejar. No es...

Calló al advertir que ella había dejado de escucharle y que sólo estaba aguardando a que dejara de hablar.
—Mister Malleus, dígame la verdad —y la voz le tembló al borde de la histeria y la cara pareció demacrarse alrededor de unos ojos desesperados—. ¿Tuve yo alguna culpa de... lo de anoche?
Malleus denegó con la cabeza:
—No, a no ser que haya cosas que yo no sepa. Usted nos advirtió que Thursby era peligroso. Claro, nos mintió acerca de su sobrina y de todo lo demás, pero eso no cuenta; no la creímos —encogió los hombros—. No, yo no diría que la culpa haya sido suya.
—Gracias —dijo ella, en voz baja y suave. Luego meneó la cabeza de un lado a otro—. Pero siempre me creeré culpable. —Se llevó una mano al cuello—. Ayer por la tarde, mister Tikis Sellares estaba tan... vivo, parecía tan de verdad, tan animado, tan...
—Déjelo ya —ordenó Malleus—. Sabía lo que estaba haciendo. Son albures que corremos a sabiendas.

Malleus miró el reloj y puso la silla junto al sofá, al lado de ella.
—No hay tiempo para que nos preocupemos por eso ahora —dijo con voz amable pero firme—. En la calle hay montones de policías y de ayudantes de fiscal, y de periodistas yendo de aquí para allá husmeándolo todo. ¿Qué quiere usted hacer?

La muchacha se arrojó de rodillas delante de Malleus. Alzó la cara hacia él. Su cara, pálida y atemorizada, le miraba por encima de las manos cruzadas.
—No he sido buena —gimió—, he sido mala, peor de lo que pueda usted suponer, pero no tan mala. Míreme, mister Malleus. Usted sabe que no soy completamente mala, ¿verdad? Lo puede notar, ¿no? Entonces, ¿no podría fiarse de mí un poco? ¡Estoy tan sola! ¡Tengo tanto miedo! Y no podré contar, si usted no quiere hacerlo, con nadie que me ayude. Sé que no tengo derecho a pedirle que se fíe de mí si yo no me fío de usted. Sí que me fío de usted. Pero no puedo decírselo. Ahora no puedo. Más tarde le contaré todo, cuando pueda. Tengo: miedo, mister Malleus. Tengo miedo de confiar en usted. No, no quiero decir eso. Confío en usted, pero... me fié de Floyd y... No tengo a nadie más, a nadie más, mister Malleus. Usted puede ayudarme. Ha dicho que puede ayudarme. Si no creyera que usted me puede salvar, hoy hubiese huido, en lugar de buscarle. Si creyera que cualquier otra persona puede salvarme,. Ayúdeme. No tengo derecho a pedirle que me ayude a ciegas, pero se lo pido. Sea generoso, mister Malleus. Puede ayudarme. Hágalo.

Malleus miró el sombrero y preguntó:
—¿Qué ocurrió anoche?
—Floyd vino al hotel a las nueve y salimos a dar un paseo. Lo propuse yo, para que mister Tikis le pudiese ver. Entramos en un restaurante en la Yerri Street, el Trovador, para cenar y bailar, y regresamos al hotel a eso de las doce y media. Floyd me dejó en la puerta. Yo estuve allí y vi cómo mister Tikis le siguió calle abajo, por la otra acera.

Malleus comenzó a pellizcarse el labio inferior con el índice y el pulgar y la miró

—¿En qué clase de apuro está usted?
—En el peor posible.
-¿Quién mató a Thursby?
La muchacha se llevó el pañuelo arrugado a la boca y dijo, a través de la bola que formaba:
—No lo sé.
De la garganta de Malleus salió un ruido animal.
—¿Cuánto dinero tiene usted?
La pregunta dejó a la mujer de una pieza. Luego se mordió el labio inferior y respondió a disgusto:
—Me quedan unos quinientos euros.
—Démelos.
Arual Anara vaciló, mirándole tímidamente. Malleus hizo gestos de impaciencia.La mujer fue a la alcoba y regresó casi inmediatamente con un puñado de billetes en la mano.
Malleus los tomó, los contó y dijo:
—Aquí sólo hay cuatrocientos.
—He tenido que quedarme con algo para poder vivir —explicó miss Anara mansamente y llevándose al mismo tiempo una mano al pecho.
—¿No puede conseguir más?
—No.
—Siempre con problemas de pasta —murmuro Malleus entre dientes, —Voy a ver qué puedo hacer por usted. Volveré lo antes posible con las mejores noticias que pueda conseguir.

Malleus regresó a su despacho aquella tarde a las cinco y diez. Bell estaba ante la mesa de Malleus leyendo el Pais.
—¿Alguna novedad encanto? —preguntó Malleus.

Bell abrrió la boca para hablar, pero un ruido en la puerta del pasillo le hizo callar.
Bell salió al primer despacho. Malleus se quitó el sombrero y se sentó en un sillón. La muchacha volvió llevando en la mano una tarjeta de visita grabada: mister Joel Cairo.
—Este fulano es un sarasa —dijo.
—Adentro con él, cariño —dijo Malleus.

Mister Joel Cairo era menudo de huesos y de estatura mediana. Tenía el pelo negro y muy atusado y brillante.: avanzó hacia Malleus con pasitos afectados y saltarines. Emanaban de él fragancias de perfumería.

Malleus saludó a su visitante con una inclinación de cabeza, le indicó una silla y le dijo:
—Tome asiento, mister Cairo,¿En qué puedo servirle?

—¿Me permite preguntar, mister Malleus, si como infirieron los periódicos, existe una cierta... relación entre el desgraciado fallecimiento de Mr Tikis Sellares y la muerte de ese Thursby, acaecida poco después?,me ha inducido a preguntarle tal cosa, mister Malleus, algo más que una curiosidad innata. Estoy tratando de recuperar un... ornamento que ha sido... ¿digamos extraviado? Y creí y esperé que usted podría ayudarme.

Malleus inclinó la cabeza y levantó las cejas para expresar atención.

—Este ornamento es una estatuilla —siguió diciendo Cairo, eligiendo y saboreando cada palabra con deleite—. La estatuilla de un pájaro negro.

Malleus volvió a inclinar la cabeza con atención cortés.
—Estoy dispuesto a pagar, por cuenta del legítimo propietario de la figurilla, cinco mil euros a quien consiga recuperarla.
—Cinco mil euros es mucho dinero —comentó Malleus, mirando pensativamente a Cairo—. Es...

Unos dedos tamborilearon sobre la puerta.
Cuando Malleus dijo «pase», la puerta se abrió lo suficiente como para permitir que asomaran la cabeza y los hombros de Bell.

—¿Manda usted algo más? —preguntó.
—No. Cierre la puerta con llave cuando salga, ¿quiere hacer el favor?
—Buenas noches —dijo Bell, y desapareció detrás de la puerta al cerrarse ésta.
Malleus volvió su sillón hacia Cairo y volvió a decir:
—Es una cifra interesante.
Hasta ellos llegó el ruido de la puerta del pasillo, al ser cerrada por Bell.

Cairo sonrió, sacó una pistola corta y plana de un bolsillo interior y dijo:

—Haga el favor de cogerse las manos por detrás del cuello
Etiquetas: