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Malleus maleficarum
Experimentos literarios, martillo de herejes y kultura basura
Acerca de
Malleus Maleficarum, (martillo de herejes) fue el libro de cabecera de la Inquision. Es posiblemente el libro mas espantoso jamas escrito.Este blog puede superarlo. Al menos no ha hecho falta emplear arboles muertos, son las ventajas de la publicacion electronica.
Sindicación
 
El Vencejo Lizarrés(Novela negra) Segundo capitulo Muerte en la niebla
Muerte en la niebla

Malleus se rascó la nuca y comenzó a vestirse.. Así que se hubo atado los zapatos, cogió el teléfono, llamó al 4.500 de Graystone y pidió un taxi.. En el momento en que se metía en el bolsillo el tabaco, las llaves y el dinero, sonó el timbre de la puerta.

En el lugar donde la Yerri Street sirve de techumbre a la Puy Terrace, antes de bajar hacia el Barrio Chino, Malleus pagó y despidió el taxi. La niebla nocturna de San Lizarrisco, sutil, pegajosa y penetrante, esfuminaba la calle. A unas yardas de distancia de donde Malleus había despedido el taxi, un pequeño grupo de hombres miraba hacia un callejón. Dos mujeres y un hombre estaban parados en la otra acera de Yerri Street, mirando también hacia el callejón. Se veían caras en las ventanas.

Malleus echó a andar Yerri Street arriba, hacia el callejón en donde estaba el grupo. Un policía uniformado, extendió el brazo y preguntó:
—¿Qué busca usted aquí?
—Soy Malleus Malefica. Tony Polhaus me ha llamado por teléfono.
—¡Claro que es usted Malleus! —dijo el guardia, bajando el brazo—. Así, de golpe, no le reconocí... Bueno, pues allí los tiene usted —añadió, señalando con rápido ademán con el pulgar—. Mal asunto.
—Sí que es malo —dijo Malleus, al mismo tiempo que echaba a andar por el callejón.

El callejón acababa en una valla, formada por listones horizontales sin cepillar, que llegaba hasta la cintura. El callejón descendía en fuerte pendiente desde la valla hasta el cartel de anuncio del Eroski.

El larguero superior de la valla estaba arrancado de uno de los postes y colgaba del que había en el extremo opuesto. Como a cinco metros de la cima de la pendiente se veía una piedra achatada que sobresalía. En el recoveco que formaba con el suelo al salir estaba Tikis Sellares, caído, de espaldas.

Uno de los hombres le saludó con un «hola, Malleus», y trepó hasta el callejón precedido por su sombra, que corrió delante de él cuesta arriba.

—Imaginé que querrías verlo antes que nos lo llevásemos —dijo al salvar la valla rota.
—Gracias, Tony —dijo Malleus—. ¿Qué ha ocurrido?

Tony Polhaus se punzó con un sucio dedo la tetilla izquierda y dijo:
—Le acertaron en el mismo corazón..., con esto. —Y sacó del bolsillo del gabán un revólver chato y se lo alargó a Malleus. _ Un «Webley». Es inglés, ¿no?

Malleus quitó el codo del poste y se inclinó para examinar el arma, pero no la tocó.
—Sí, un revólver «Webley-Fosbery», automático. Eso es. Calibre 38, ocho tiros. Ya no los fabrican. ¿Cuántas balas le faltan?
Tony volvió a pincharse el pecho con el dedo y añadió:
—Una.
—Debía de estar ya muerto cuando rompió la valla. ¿Has visto esto antes? —preguntó, alzando el revólver. Malleus afirmó con la cabeza y dijo, sin mostrar interés:
—He visto revólveres «Webley-Fosbery».
Y luego dijo, hablando rápidamente:
—Le mataron aquí, ¿eh? Estaba de espaldas a la valla, en donde estás tú ahora. El que le disparó estaba aquí. —Pasó por delante de Tony, dando la vuelta, y alzó una mano a la altura del pecho con el brazo extendido y el dedo índice apuntando—: Hace fuego contra él y Tikis cae contra la valla, se lleva la parte superior al caer a través de ella y rueda por la cuesta hasta que esa piedra le detiene. ¿Fue así?

—Así fue —Tony respondió muy despacio, juntando las cejas—. El fogonazo le chamuscó el abrigo.
—¿Quién le encontró?
—El camarero del Bar Reynols. Bajaba por Yerri Street y en el momento en que llegó a este lugar un automóvil viró y arrojó hasta aquí la luz de los faros de su Hyunday tuneado. Vio rota la valla, paró para investigar y le encontró.
—¿Nadie oyó el tiro?
—¡Por el amor de Dios, Malleus!! ¡Acabamos de llegar! Alguien tiene que haber oído el disparo. Ya lo encontraremos.
Dio media vuelta y pasó una pierna por encima de la valla:
—¿Bajas para verlo antes de que se lo lleven?
—No —dijo Malleus.
Tony, a caballo sobre la valla, se detuvo y miró a Malleus con ojuelos de extrañeza.
—Ya lo has visto tú —dijo Malleus—. Todo lo que yo pudiera descubrir ya lo habrás visto.
Sin dejar de mirar a Malleus, Tony asintió con expresión de duda y pasó de nuevo la pierna por encima de la valla, en dirección contraria.
—Tikis llevaba su revólver en la pistolera de la cadera —dijo—. No ha sido disparado. Tenía abrochado el abrigo. Llevaba encima cien euros ¿Estaba trabajando en algo?

Malleus vaciló un momento y asintió.
—¿Bien? —preguntó Tony.
—Estaba siguiendo a un sujeto llamado Floyd Thursby —dijo Malleus, y describió a Thursby tal y como miss Anara se lo había descrito a él.
—¿Por qué?
Malleus metió las manos en los bolsillos del abrigo y miró a Tony, guiñando los ojos soñolientos.
—¿Por qué? —repitió Tony, impacientemente.
—Es un inglés, quizá. No sé exactamente qué se trae entre manos. Estábamos tratando de averiguar en dónde vive.
Malleus sonrió ligeramente y sacó una mano del bolsillo para dar una palmada sobre el hombro de Tony:
—No me apures —dijo, y volvió a meter la mano en el bolsillo—. Voy a darle la noticia a la mujer de Tikis.
—Es triste que lo mataran así. Tikis tenía defectos, como todos los tenemos, pero seguro que también tendría cualidades.
—Seguro que sí —asintió Malleus en un tono de voz que no quería decir absolutamente nada, y salió del callejón. Malleus utilizó un teléfono de un drug-store que permanecía abierto toda la noche en la esquina de las calles Yerry y Puy Terrace.

— Bell Preciosa —dijo un poco después de lograr la comunicación—, a Tikis le han pegado un tiro... Sí, sí, está muerto... Bueno, no te excites... Sí... Tendrás que darle a Svetlana la noticia... No, no; Lo tienes que hacer tú... Buena chica... Y no la dejes que vaya por la oficina... Dile que ya la veré, en cualquier momento... Sí, pero no me comprometas a nada... Eso es. Eres un ángel. Adiós.

El despertador barato marcaba las tres y cuarenta cuando Malleus volvió a encender el globo suspendido del techo. Dejó caer el abrigo y el sombrero, fue a la cocina y regresó a la alcoba con un vaso y una botella grande de Bacardi. Se sirvió un trago y se lo bebió de pie. Dejó la botella y el vaso sobre la mesa, se sentó en la cama mirando hacia ellos y lió un cigarro.

Se había bebido ya el tercer vaso de Bacardi y estaba encendiendo el quinto cigarrillo cuando sonó el timbre de la puerta. Las manecillas del despertador marcaban las cuatro y treinta minutos.

Malleus suspiró, se levantó de la cama y fue hasta la puerta del cuarto de baño. Apretó el botón que en la tabla del teléfono interior abría desde arriba la puerta de la calle.
—Hola, Tony —le dijo al detective alto y barrigudo con quien había estado hablando en la Yerri Street—. Hola, teniente Leitor —le dijo al hombre que acompañaba a Tony—. Pasad.

—¿Le diste la noticia a la mujer de Tikis, Malleus?
Malleus dejó oír un ruido posiblemente afirmando.
—¿Cómo lo ha tomado?
—No sé nada de mujeres —dijo Malleus, sacudiendo la cabeza.
—¡No sabes poco! —dijo Tony, en voz queda.

El teniente Leitor puso las manos sobre las rodillas y se inclinó hacia delante.

—¿Qué armas sueles llevar encima? —preguntó.
—Ninguna. No me gustan gran cosa. Claro, en el despacho hay algunas.
—Me gustaría ver una de ellas —dijo el teniente—. ¿No tendrás aquí alguna por casualidad?
—¿Qué buscas, Leitor? —dijo con voz tan dura y fría como sus ojos- Hace ya mucho tiempo que no lloro cuando no le caigo simpático a un policía.

—Nada más que esto —dijo, tratando de pronunciar cada palabra muy claramente y subrayando cada una de ellas con golpes de la punta de los dedos—. A Thursby le han pegado un tiro, justo delante de su hotel, a los treinta y cinco minutos de irte tú de la Yerri Street.

—Y no fuiste a casa de Tikis para decírselo a su mujer —continuó el teniente—. Llamamos y contestó Bell, y nos dijo que tú la habías mandado allí.

 
Comentario:
Ahora que el escritor Mickey Spillane ya no puede continuar escribiendo historias de Mike Hammer, Malleus es su sucesor. Larga vida al nuevo rey!!

P.D.: apuesto a que el asesino es Jonsón Ricardo.
 
Comentario:
R.I.P.
No