Estrés, virus, telebasura y El Coche Fantástico.
Estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés, estrés... y ya pasa de estrés a es-cuatro o es-cinco por lo menos! (perdón por el chiste, la neurona no me hace buena conexión ya).
Llevo un par de semanas lo que se dice a piñón fijo en el trabajo(s), trabajando en horarios raros, sin librar, haciendo cursos extraños que seguramente no sirvan para nada, y para colmo pegándome con los malditos viruses que me traen frito: los míos que no se acaban de curar del todo y los de mi máquina, que decidió coger uno en solidaridad con el dueño. Y claro está, uno además quiere tener vida social, y eso es un poco incompatible con la vida friki, y he dejado esto un poco abandonado (y ciertos dibujillos, pero estoy en ello, no teman).
Pero que nadie se preocupe (o monte una fiesta) por ello, que aquí he vuelto a la carga, para que los dos o tres lectores que tengo y que visitan esto ansiosos día a día en busca de nuevos posts (y que nunca dejan comentarios, ejem ejem) tengan algo que echarse a la boca, o los ojos en este caso.
Mientras termino mi próximo, y extenso me temo, post didáctico-moralizante a la par que ameno y entretenido del mundillo friki-comicquero, emularé a los chicos de Adlo y os dejaré con unos de los retazos más frikis y desconcertantes extraídos de lo más profundo de mi disco duro.
Hagan ejercicio retrospectivo, aquellos calurosos veranos de nuestra infancia, pantalones cortos, descamisados, de vacaciones en la playa, en el pueblo, en el campo, cuando solo había dos cadenas de televisión y la hora de la siesta, tras el telediario, era una autentica fiesta para las futuras mentes frikis, por aquel entonces infantiles, que no quiere decir que ahora las tengamos más desarrolladas...
Terminábamos de comer y corríamos delante del televisor, que por aquel entonces era todavía en blanco y negro en algunos casos, y esperábamos ansiosos la aventura diaria del héroe-es de ese verano...
“...UNA TREPIDANTE AVENTURA DE UN HOMBRE QUE NO EXISTE EN UN MUNDO LLENO DE PELIGROS...MICHAEL KNIGHT, UN JOVEN SOLITARIO EMBARCADO EN UNA CRUZADA PARA SALVAR LA CAUSA DE LOS INOCENTES, LOS INDEFENSOS, LOS DÉBILES, DENTRO DE UN MUNDO DE CRIMINALES QUE OPERAN AL MARGEN DE LA LEY...”
Veíamos el coche negro con la luz esa que pusieron todos los horterillas en el morro de su coche (auténticos pioneros del tunning oigan!), y al tipo de la chaquetilla de cuero y los andares extraños y nos emocionábamos...
Aquello si era vida, aquello si era televisión, no lo que hay ahora. Sobremesas repletas de aventurilla y emoción, y no como la de hoy en día: peloteo, cotilleo y reality shows varios...
Las mentes bienpensantes de este país discuten ahora sobre la telebasura y se preocupan por la (para mi nefasta) influencia que están causando en las tiernas mentes infantes, y pretenden abogar por una televisión de calidad, como la de antes, con contenidos que no causen daños irreversibles en los cerebros infantiles.
Llevan razón. Mi generación crecimos con niñas que eran abandonadas a su suerte con su abuelo ermitaño que vivía entre cabras en medio del monte y no se hablaba con nadie, con robots destructores que lanzaban sus pechos a malvados hermafroditas, con niños que se escapaban de casa para buscar a una madre que les había dejado totalmente tirados, con grupos de chicos que convertían el salón de su casa en laboratorios llenos de sustancias y mecheros bunsen, con erizos y panaderos que siempre sonreían y cantaban a las nubes y a los pajaritos, con muñecos de trapo que constituían la primera pareja de hecho de la historia, con prófugos del ejército con muy mala puntería que se tomaban la justicia por su mano, con grupos de elite que enseguida mandaban al francotirador al tejado por si las moscas, con tipos en coches sofisticados que pasaban de llamar a la policía y acababan ellos solitos con el malo...
Eso era televisión de calidad, lo demás son tonterías.
Imágenes como esta no podían causar ningún daño a nadie. El señor Knight era un buen ejemplo para todos, aunque no usara camiseta.
Y a pesar de las extrañas posturitas era un tipo guay, todos le adorábamos y pese a las negativas de nuestros padres insistíamos en levantarnos los cuellos de las chaquetas y de vez en cuando gritábamos a nuestros relojes “Kilt, te necesito!”.
Aquello era televisión de calidad, acorde con los gustos del público y sin terribles efectos secundarios lobotomizantes.
Y hay que reconocer que El Coche Fantástico, obra maestra del entretenimiento lúdico festivo, marcó época y fue pionera en más de un sentido:
precursora e inspiradora del mundillo del tunning,
fuente inagotable de merchandise pirata,
maestra en crossovers imposibles (por sus episodios desfilaron, entre otras, jovencísimas Julias Roberts y Geenas Davis),
y, en general, obra cumbre de la horterez friki, cutre y chorra como ella misma.
Eso era televisión de calidad, para todos los públicos.
La verdad, mirándolo ahora a mis treinta añitos, me pregunto como hemos salido una generación tan “normal”...
Llevo un par de semanas lo que se dice a piñón fijo en el trabajo(s), trabajando en horarios raros, sin librar, haciendo cursos extraños que seguramente no sirvan para nada, y para colmo pegándome con los malditos viruses que me traen frito: los míos que no se acaban de curar del todo y los de mi máquina, que decidió coger uno en solidaridad con el dueño. Y claro está, uno además quiere tener vida social, y eso es un poco incompatible con la vida friki, y he dejado esto un poco abandonado (y ciertos dibujillos, pero estoy en ello, no teman).
Pero que nadie se preocupe (o monte una fiesta) por ello, que aquí he vuelto a la carga, para que los dos o tres lectores que tengo y que visitan esto ansiosos día a día en busca de nuevos posts (y que nunca dejan comentarios, ejem ejem) tengan algo que echarse a la boca, o los ojos en este caso.
Mientras termino mi próximo, y extenso me temo, post didáctico-moralizante a la par que ameno y entretenido del mundillo friki-comicquero, emularé a los chicos de Adlo y os dejaré con unos de los retazos más frikis y desconcertantes extraídos de lo más profundo de mi disco duro.
Hagan ejercicio retrospectivo, aquellos calurosos veranos de nuestra infancia, pantalones cortos, descamisados, de vacaciones en la playa, en el pueblo, en el campo, cuando solo había dos cadenas de televisión y la hora de la siesta, tras el telediario, era una autentica fiesta para las futuras mentes frikis, por aquel entonces infantiles, que no quiere decir que ahora las tengamos más desarrolladas...
Terminábamos de comer y corríamos delante del televisor, que por aquel entonces era todavía en blanco y negro en algunos casos, y esperábamos ansiosos la aventura diaria del héroe-es de ese verano...
“...UNA TREPIDANTE AVENTURA DE UN HOMBRE QUE NO EXISTE EN UN MUNDO LLENO DE PELIGROS...MICHAEL KNIGHT, UN JOVEN SOLITARIO EMBARCADO EN UNA CRUZADA PARA SALVAR LA CAUSA DE LOS INOCENTES, LOS INDEFENSOS, LOS DÉBILES, DENTRO DE UN MUNDO DE CRIMINALES QUE OPERAN AL MARGEN DE LA LEY...”
Veíamos el coche negro con la luz esa que pusieron todos los horterillas en el morro de su coche (auténticos pioneros del tunning oigan!), y al tipo de la chaquetilla de cuero y los andares extraños y nos emocionábamos...

Aquello si era vida, aquello si era televisión, no lo que hay ahora. Sobremesas repletas de aventurilla y emoción, y no como la de hoy en día: peloteo, cotilleo y reality shows varios...
Las mentes bienpensantes de este país discuten ahora sobre la telebasura y se preocupan por la (para mi nefasta) influencia que están causando en las tiernas mentes infantes, y pretenden abogar por una televisión de calidad, como la de antes, con contenidos que no causen daños irreversibles en los cerebros infantiles.
Llevan razón. Mi generación crecimos con niñas que eran abandonadas a su suerte con su abuelo ermitaño que vivía entre cabras en medio del monte y no se hablaba con nadie, con robots destructores que lanzaban sus pechos a malvados hermafroditas, con niños que se escapaban de casa para buscar a una madre que les había dejado totalmente tirados, con grupos de chicos que convertían el salón de su casa en laboratorios llenos de sustancias y mecheros bunsen, con erizos y panaderos que siempre sonreían y cantaban a las nubes y a los pajaritos, con muñecos de trapo que constituían la primera pareja de hecho de la historia, con prófugos del ejército con muy mala puntería que se tomaban la justicia por su mano, con grupos de elite que enseguida mandaban al francotirador al tejado por si las moscas, con tipos en coches sofisticados que pasaban de llamar a la policía y acababan ellos solitos con el malo...
Eso era televisión de calidad, lo demás son tonterías.

Imágenes como esta no podían causar ningún daño a nadie. El señor Knight era un buen ejemplo para todos, aunque no usara camiseta.

Y a pesar de las extrañas posturitas era un tipo guay, todos le adorábamos y pese a las negativas de nuestros padres insistíamos en levantarnos los cuellos de las chaquetas y de vez en cuando gritábamos a nuestros relojes “Kilt, te necesito!”.
Aquello era televisión de calidad, acorde con los gustos del público y sin terribles efectos secundarios lobotomizantes.
Y hay que reconocer que El Coche Fantástico, obra maestra del entretenimiento lúdico festivo, marcó época y fue pionera en más de un sentido:
precursora e inspiradora del mundillo del tunning,

fuente inagotable de merchandise pirata,


maestra en crossovers imposibles (por sus episodios desfilaron, entre otras, jovencísimas Julias Roberts y Geenas Davis),

y, en general, obra cumbre de la horterez friki, cutre y chorra como ella misma.
Eso era televisión de calidad, para todos los públicos.
La verdad, mirándolo ahora a mis treinta añitos, me pregunto como hemos salido una generación tan “normal”...





