"En una empresa tonta sólo manda uno"
Dr. Johannes Ziegler
CEO, Synesis
El coeficiente intelectual de una organización es bajo cuando la empresa se ha estupidizado previamente porque la información no ha circulado. Esto sucede en organizaciones y empresas todavía ancladas en la era industrial, cuando el mundo hoy ya está en la era de la información.
Todavía muchos directivos ocultan datos a sus empleados que éstos pueden encontrar en Internet en dos clics de ratón.
Ese directivo anticuado intenta acaparar todos los datos disponibles y privará de ellos a sus inferiores. El resultado es que la organización acaba intelectualmente anémica y entra en crisis.
Eso es actuar con el esquema desfasado de la vieja fábrica, donde sólo el patrón sabe cómo hacer las cosas. Él y sus directivos ordenan, concentran toda la información de forma oficial. Toda la información se eleva al jefe en una estructura de pirámide y el jefe en el vértice les dice a todos cómo trabajar. Les vigila y reparte premios y castigos.
En la era de la información, todos tienen que tomar decisiones o la empresa se estudipiza. Para crear valor, la información tiene que circular entre todos y no sólo ser servida a la cúpula, que, por otra parte, cada vez tiene que ser menos cúpula porque las decisiones las toma cada uno en su área.
En una empresa tonta, todos se quejan y están frustrados, porque muchos empleados saben cómo hacer las cosas y ven las oportunidades de negocio; pero, en cambio, el que sabe cómo actuar no tiene el poder y el que tiene el poder no tiene ni idea porque no puede acaparar el enorme flujo de información relevante en nuestros días. Y como quien sabe y quien manda no se relacionan, se pierden los mercados.
Es mucho mejor que la pérdida de un gran cliente, de un mercado o de un objetivo cause la crisis que nos obliga a reformarnos que tener que tomar medidas bajo la presión de los números rojos.
En Rusia trabajan sin duda algunos de los mejores matemáticos e ingenieros del mundo, con talento y capacidad de trabajo innegables y, sin embargo, sus empresas de ingeniería tienen ratios de productividad diez veces inferiores a las estadounidenses, aun cuando éstas tienen menos talentos. El sistema crea al individuo y una empresa tonta acaba teniendo empleados tontos.
El salario también cambia de valor. En una empresa inteligente en la que todos tienen información y todos la utilizan, todos disfrutan más y se sienten más creativos y útiles, de forma que la retribución no es tan importante. Si las discusiones en una empresa son siempre sobre sueldos, es que a nadie le importa lo que realmente hace.
En una empresa pequeña se sabe todo, quieras o no. Y eso explica el éxito de pequeñas compañías muy ágiles en sectores muy complejos. Al saberse todo, todos actúan en consecuencia. Pero cuando esa misma empresa crece y supera los cien empleados, alguien siempre sucumbe a la tentación de usar la información en su único beneficio y no para la empresa y así empieza a estupidizarse la compañía.
Y se acaba cometiendo un grave error reiterado en el pasado: decir a los empleados lo que tienen que hacer. Normalmente ellos saben mucho mejor que los directivos lo que es mejor para crear un producto o ganar un mercado, porque lo comprueban en directo cada día. si todos intercambian información, ganan.
Fuente: La Vanguardia
CEO, Synesis
El coeficiente intelectual de una organización es bajo cuando la empresa se ha estupidizado previamente porque la información no ha circulado. Esto sucede en organizaciones y empresas todavía ancladas en la era industrial, cuando el mundo hoy ya está en la era de la información.
Todavía muchos directivos ocultan datos a sus empleados que éstos pueden encontrar en Internet en dos clics de ratón.
Ese directivo anticuado intenta acaparar todos los datos disponibles y privará de ellos a sus inferiores. El resultado es que la organización acaba intelectualmente anémica y entra en crisis.
Eso es actuar con el esquema desfasado de la vieja fábrica, donde sólo el patrón sabe cómo hacer las cosas. Él y sus directivos ordenan, concentran toda la información de forma oficial. Toda la información se eleva al jefe en una estructura de pirámide y el jefe en el vértice les dice a todos cómo trabajar. Les vigila y reparte premios y castigos.
En la era de la información, todos tienen que tomar decisiones o la empresa se estudipiza. Para crear valor, la información tiene que circular entre todos y no sólo ser servida a la cúpula, que, por otra parte, cada vez tiene que ser menos cúpula porque las decisiones las toma cada uno en su área.
En una empresa tonta, todos se quejan y están frustrados, porque muchos empleados saben cómo hacer las cosas y ven las oportunidades de negocio; pero, en cambio, el que sabe cómo actuar no tiene el poder y el que tiene el poder no tiene ni idea porque no puede acaparar el enorme flujo de información relevante en nuestros días. Y como quien sabe y quien manda no se relacionan, se pierden los mercados.
Es mucho mejor que la pérdida de un gran cliente, de un mercado o de un objetivo cause la crisis que nos obliga a reformarnos que tener que tomar medidas bajo la presión de los números rojos.
En Rusia trabajan sin duda algunos de los mejores matemáticos e ingenieros del mundo, con talento y capacidad de trabajo innegables y, sin embargo, sus empresas de ingeniería tienen ratios de productividad diez veces inferiores a las estadounidenses, aun cuando éstas tienen menos talentos. El sistema crea al individuo y una empresa tonta acaba teniendo empleados tontos.
El salario también cambia de valor. En una empresa inteligente en la que todos tienen información y todos la utilizan, todos disfrutan más y se sienten más creativos y útiles, de forma que la retribución no es tan importante. Si las discusiones en una empresa son siempre sobre sueldos, es que a nadie le importa lo que realmente hace.
En una empresa pequeña se sabe todo, quieras o no. Y eso explica el éxito de pequeñas compañías muy ágiles en sectores muy complejos. Al saberse todo, todos actúan en consecuencia. Pero cuando esa misma empresa crece y supera los cien empleados, alguien siempre sucumbe a la tentación de usar la información en su único beneficio y no para la empresa y así empieza a estupidizarse la compañía.
Y se acaba cometiendo un grave error reiterado en el pasado: decir a los empleados lo que tienen que hacer. Normalmente ellos saben mucho mejor que los directivos lo que es mejor para crear un producto o ganar un mercado, porque lo comprueban en directo cada día. si todos intercambian información, ganan.
Fuente: La Vanguardia
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